LOGINKamrynn
Las palabras me dan como un martillazo en el pecho, sacándome el aire de los pulmones. Lo miro fijamente, con el corazón desbocado y el peso de su advertencia cayendo sobre mí como una manta asfixiante.
Nunca. Más. Un hijo.
Parpadeo, intentando procesar lo que me acaba de decir. Se me aprieta la garganta y una lágrima se me resbala por la mejilla. Ya he perdido a tres. Ya he fallado tantas veces.
Lysaa me aprieta la mano, con la voz temblorosa.
—¿Hay algo que podamos hacer? —pregunta—. ¿Lo que sea?
La Dra. Thorne suspira y su rostro se suaviza un poco.
—Necesita reposo. Reposo absoluto. No más matarla de hambre, no más golpizas. No más… trato brusco. Su cuerpo está muy frágil ahora mismo. Si el Alfa continúa, será inevitable.
Cierro los ojos, aguantando el sollozo que amenaza con salir. ¿Reposo? ¿Cómo voy a descansar cuando Calvin no me ve más que como un objeto para descargarse? Nunca me va a dejar descansar. Nunca me va a dejar proteger a este hijo.
La Dra. Thorne se mueve hacia la puerta y la abre despacio. Frunce el ceño mientras habla.
—Volveré a revisarte en unos días —dice en voz baja—. Mientras tanto, Lysaa cuidará de ti.
Lysaa asiente rápidamente, con rostro decidido.
—Haré todo lo que pueda.
La doctora me da una última mirada antes de salir y cerrar la puerta detrás de sí.
Apenas la puerta se cierra tras la Dra. Thorne, Lysaa entra en acción. Sus ojos se mueven rápido por el cuarto, fijándose en las sábanas manchadas de sangre debajo de mí.
—Tenemos que limpiar esto antes de que él lo vea —susurra con urgencia, ya jalando de las esquinas de la sábana—. Si el Alfa se entera…
Su voz se apaga, pero el miedo en su tono es inconfundible. Lysaa corre alrededor de la cama, jalando la tela, con cuidado de no extender las manchas de sangre. Intento acomodar mi cuerpo, pero las cadenas me sostienen firmemente en mi lugar y hago un gesto de dolor cuando el movimiento me manda una nueva ola de dolor.
—Quédate quieta —murmura Lysaa, con la voz tensa por la concentración—. Yo me las arreglo.
La veo trabajar, con manos rápidas y eficientes mientras saca con cuidado la sábana de debajo de mí. Es un baile delicado y puedo ver la preocupación marcada en su cara mientras se apura. Se las arregla para deslizar una sábana limpia debajo de mí sin mucho problema, acomodándola con habilidad practicada.
—Lysaa —logro decir con voz ronca, con la garganta seca—. ¿Por qué me crees?
Se congela un momento, mirándome con los ojos abiertos de par en par.
—¿A qué te refieres?
Me mezo los labios resecos, con la voz siendo apenas un susurro.
—Todos los demás en la Manada piensan que la maté. Piensan que soy una asesina. Pero tú no… ¿por qué?
Lysaa duda, agarrando la sábana limpia con las manos. Toma aire profundamente y luego me mira con una ternura en los ojos que no veía desde hacía tanto tiempo.
—Porque tú no eres así —dice con firmeza—. Siempre te he admirado, Kamrynn. Tienes un buen corazón. Has pasado por tanto y, aun así… sigues siendo tú. Mi intuición me dice que tú no mataste a Sherelle.
Sacudo la cabeza, mientras se me llenan los ojos de lágrimas.
—¿Pero por qué? ¿Por qué confías en mí cuando todos los demás piensan que soy culpable?
Lysaa se sienta en el borde de la cama, todavía agarrando la sábana con los dedos.
—¿Te acuerdas de cuando me ayudaste con los niños del pueblo? —pregunta suavemente.
Parpadeo, confundida.
—¿Los niños del pueblo?
Ella asiente.
—Hace unos años. Había unos cachorros en el pueblo; huérfanos, como yo. La Manada no siempre se ocupa de los rangos bajos. A mí me costaba conseguir suficiente comida para ellos. Me robaba lo que podía, pero siempre tenía miedo de que me atraparan. Entonces me encontraste.
Lysaa sonríe un poco, con la mirada perdida al recordar.
—No me delataste. No me castigaste. En lugar de eso, me diste comida para los cachorros. Me dijiste que me ayudarías a mantenerlo en secreto para que no me metiera en problemas. Para ti, probablemente pareció una tontería. Pero para mí… lo fue todo.
La miro fijamente, con la garganta apretada por la emoción.
—No me daba cuenta…
Lysaa sacude la cabeza.
—Significó el mundo para mí, Kamrynn. Ese día me juré a mí misma que siempre te ayudaría en lo que pudiera. No creo ni por un segundo que hayas matado a tu hermana. Tú no eres esa clase de persona.
Sus palabras me dan de lleno y las lágrimas que estuve aguantando finalmente se me escapan. He estado tan sola. Desde el día en que Sherelle murió, he sentido que no queda nadie en el mundo a quien le importe. Sherelle era mi hermana, mi única familia después de que nuestros padres murieron protegiendo a Calvin cuando teníamos 10 años.
Eran guerreros valientes que protegieron a la familia del Alfa y sacrificaron sus vidas para proteger al futuro Alfa cuando la Manada fue atacada hace 11 años. Sherelle era todo lo que tenía. Y ahora… siento que a ella también me la robaron.
—Gracias —susurro, con la voz quebrada—. Me he sentido tan sola desde… desde que murió Sherelle. No sabía que alguien creyera en mí. Pensé…
—No tienes que darme las gracias —la interrumpe Lysaa, con voz suave pero firme—. Solo desearía poder hacer más.
Suelto un aire tembloroso, limpiándome los ojos con el dorso de la mano.
—Hay una cosa más… Lysaa, necesito tu ayuda.
Lysaa me mira, frunciendo el ceño con preocupación.
—¿Qué pasa?
—Necesito escapar —susurro—. No puedo quedarme aquí. Si me quedo, él va a matar a este bebé. Él… me va a matar a mí.
Los ojos de Lysaa se abren desmesuradamente por el impacto, pero rápidamente disimula su expresión, mirando hacia la puerta como si Calvin pudiera irrumpir en cualquier momento.
—¿Escapar? —susurra—. ¿Cómo? Te tiene encadenada todo el tiempo.
—No lo sé —admito, con la desesperación clara en la voz—. Pero tengo que intentarlo. Si no me salgo de aquí, voy a perder a este bebé. No puedo… no puedo perder a otro.
La cara de Lysaa se suaviza y asiente despacio.
—Encontraré la forma —promete—. Todavía no sé cómo, pero encontraré la forma.
Apenas las palabras salen de sus labios, suena un golpe seco en la puerta. Las dos nos congelamos, con el corazón martilleándome en el pecho.
—Mierda —murmura Lysaa entre dientes. Me mira y luego va a toda prisa a la puerta, abriéndola solo lo suficiente para ver quién es.
Es él.
Calvin está parado en el umbral, con su figura imponente proyectando una sombra larga en el cuarto. Sus ojos son fríos, calculadores, mientras pasan por Lysaa y luego hacia mí, que estoy tirada y encadenada en la cama.
—Alfa —lo saluda Lysaa, con una voz un poco demasiado tranquila, pero puedo escuchar el temblor por debajo.
Él no le hace caso, con la mirada fija en mí, y el estómago se me aprieta de miedo. Intento mantener una expresión neutral, dejar la mirada agachada, pero puedo sentir cómo me tiembla el cuerpo. Las ganas de cubrirme el vientre son abrumadoras, pero tengo las manos encadenadas y no me puedo mover.
No lo mires. No le des una razón para lastimarte.
—Lárgate —dice Calvin, con voz tajante y desprovista de emoción.
Lysaa sale a toda prisa, dejándome a solas con él. La puerta se cierra suavemente, pero bien podría ser el sonido de mil cadenas cerrándose con candado. Estoy atrapada. Atrapada en esta habitación, en esta vida, en esta pesadilla que nunca se acaba. El cuerpo me tiembla, no por miedo, sino por el puro agotamiento de aguantar todo lo que siento.
El aire entre los dos se siente sofocante, pero no es la misma clase de miedo que me agarraba antes. El corazón me martillea en el pecho, pero no es por pánico; es algo más oscuro. Más fuerte. Puede que mi cuerpo esté temblando, pero ya no es solo por terror. Hay algo más.
Odio.
Da un paso más cerca, con los ojos fríos y duros mientras me recorren, pero no me encojo como solía hacerlo. Antes lo veía y sentía que el corazón me daba un vuelco. Tenía la esperanza —estúpida de mi parte— de que alguna parte de él todavía recordara a la chica que fui. La chica que lo amaba con cada pedazo de su corazón. Pero ahora, al verlo, lo único que siento es odio. Las mariposas que antes me llenaban el estómago cuando lo veía están muertas, podridas bajo el peso de su crueldad.
El amor que alguna vez sentí por él se ha transformado en algo retorcido y amargo. Odio. Puro y hirviente. Me hierve bajo la piel, punzante y ardiente, hasta que apenas puedo contenerlo. Me llama asesina, ¿pero qué es él? Ha matado a tres de nuestros hijos; tres vidas que nunca pude proteger. Su rabia, su brutalidad, me lo han quitado todo. ¿Y tiene el descaro de llamarme asesina?
Aprieto los dientes, cerrando los puños tan fuerte como me lo permiten las cadenas. Todo el cuerpo se me tensa con las ganas de gritarle, de pegarle un grito, de sacarle los ojos con las uñas y hacerle sentir aunque sea una fracción del dolor que me ha infligido. Pero no puedo. Todavía no. No mientras siga encadenada a esta cama, con el cuerpo demasiado débil para defenderme.
Ronda alrededor de la cama como un depredador, con la mirada afilada y evaluadora. Me está estudiando, buscando cualquier señal de desacato, cualquier razón para castigarme. Sus ojos verdes antes me llenaban de calor. Ahora, me revuelven el estómago. No queda ni rastro del chico que alguna vez conocí en esos ojos. El que me sonreía mientras corríamos por los campos, riéndonos como si no hubiera nada en el mundo que pudiera tocarnos.
Ahora, solo hay crueldad.
Su mirada cae en las sábanas recién cambiadas y frunce el ceño, con la rabia apenas disimulada en el rostro.
—¿Por qué cambiaron las sábanas? —exige, con voz tajante, más como una orden que como una pregunta.
No respondo de inmediato. No puedo. La furia que me borbotea por dentro es demasiado densa, demasiado fuerte. No me fío de hablar sin que se me salga el veneno, sin dejar ver lo mucho que lo detesto. Antes le tenía miedo, me encogía ante sus palabras, pero ahora lo único que temo es perder el control y dejarle ver el odio que me quema en el pecho.
—Te hice una pregunta, perra asquerosa —espeta, acercándose más, con la cara a centímetros de la mía.
Me muerdo la lengua, tragándome la amargura.
—Yo… lo siento —consigo decir, forzando las palabras a través de los dientes apretados. El cuerpo me tiembla; no de miedo, sino por el esfuerzo de contener la marea de emociones que amenaza con liberarse.
Calvin me estudia un momento, entrecerrando los ojos. Hay algo calculador en la forma en que me mira, como si estuviera buscando algo que pueda usar para lastimarme, para terminar de romperme. Pero no le voy a dar ese gusto. Ya no.
Entonces, sus ojos bajan hacia mi estómago y algo cambia en su expresión. Es sutil, pero lo veo. Su mirada se endurece aún más y su mueca de desprecio se profundiza, como si hubiera descubierto un secreto que yo no estaba lista para compartir.
Se inclina más cerca, con su aliento caliente contra mi piel, y se burla.
—¿Estás embarazada?
La pregunta me da como un puñetazo en el estómago. Todo el cuerpo se me pone rígido y la sangre se me vuelve hielo en las venas. No me puedo mover. Apenas puedo respirar. Mantengo la cabeza gacha, obligándome a no reaccionar, pero cada músculo de mi cuerpo se tensa, queriendo protegerle el vientre por instinto.
La frágil vida dentro de mí (el hijo que de alguna manera he logrado proteger hasta ahora) siente que tambalea al borde de la destrucción. Ya ha matado a tres de nuestros hijos, arrebatándomelos con su brutalidad, y sé, muy en el fondo, que si se entera de que estoy embarazada otra vez, este bebé será el siguiente.
Calvin se acerca aún más, bajando la voz a un susurro cruel.
—Contéstame, perra. ¿Llevas a un hijo mío dentro?
POV de CalvinJamás pensé que esto fuera a pasar—no así, jamás otra vez.Los dedos de Kamrynn estaban suavecitos, pero me agarraba con firmeza mientras me guiaba hacia mi cuarto. Cada paso se sentía irreal, como un sueño de calentura del que no me atrevía a despertar. Lo calientito de su mano, la mirada chiquita que echaba por encima del hombro, el modo en que traía los labios entreabiertos, casi como si se estuviera aguantando las palabras—era más de lo que jamás me había permitido esperar.Ella quería esto. Me quería a mí.Tragué saliva duro, haciéndole la lucha para mantener mis emociones a raya, pero me sentía como un morro a punto de tocar a una chava por primera vez. Yo—un guey ya grande, un lobo plateado, alguien que un día la trajo aterrorizada—quedando como un pendejo atarantado nomás por el modo en que me veía.Kamrynn le puso seguro a la puerta atrás de nosotros, y el corazón me dio un tropezón en el pecho cuando se volteó y me jaló a sus brazos. Apenitas si tuve chance de
POV de KamrynnRodé los ojos pero no le seguí la corriente al tema.Por un rato, nomás nos pusimos a platicar. Se sentía… a gusto. Como agarrar un ritmo viejo y conocido. Calvin siempre había sido bueno para hacerme reír, y hoy no era la excepción.Me contó un cuento bien chistoso de Franklin cuando se metió de metiche sin querer donde andaban Lorien y Lysaa en un momento… privado. Me reí tanto que casi me caía del columpio, y Calvin estiró la mano por puro instinto para darme el paro, sintiéndosele sus manos suavecitas en mis hombros.Su toque se quedó un segundo más de la cuenta, y cuando le eché la mirada para arriba, me lo topé viéndome con una cara tan suave, tan llena de emociones que no decía, que se me atoró el aire en la garganta.Soltó las manos en chinga y se aclaró la garganta, como cayendo en cuenta de que lo había agarrado con las manos en la masa.—Kamrynn —dijo quedito, cambiándole el tono de juguetón a serio.Me enderezé tantito, sintiendo que lo que fuera que me iba
POV de KamrynnMe senté en silencio en el columpio viejo de madera del jardín, dejando que la brisa suave me besara la piel mientras el sol de la tarde bañaba todo en una luz dorada y suave. El columpio rechinaba tantito mientras me mecía de adelante para atrás, rascándome los pies descalzos contra el pasto. Estaba tranquilo aquí afuera, lejos del ruido y del desmadre de adentro de la Casa de la Manada.Pero mi mente no andaba nada tranquila.Me la había pasado la semana entera en un remolino encabronado de sentimientos. Desde mi plática con Lysaa, le había andado haciendo la lucha para acomodar lo que sentía, descifrar qué quería y juntar coraje para hablar con Calvin.Habían pasado un chingo de cosas en ese tiempo. Calvin se había recuperado bien rápido—mucho más rápido de lo que me esperaba, aunque a lo mejor eso tenía que ver con que era un lobo plateado. Sus cortadas casi todas le habían cerrado, y ya se podía mover solo por su cuenta, aunque la doctora le había avisado que le sa
POV de KamrynnHabía pasado una semana desde mi plática con Calvin.Una semana desde que le dije que ocupaba tiempo.Lo había andado checando a diario, asegurándome de que se tomara su medicina, tragara bien y se curara como debía. Sus cortadas andaban cerrando, los moretones borrándose, pero el silencio entre los dos se quedaba grueso y medio feo. Jamás me quedaba el tiempo suficiente como para que tuviéramos una plática de verdad.Cada que le caía, él me veía con esos ojos verdes bien filosos, como rogándome que dijera algo—lo que fuera. Pero yo no podía. No andaba lista.En lugar de eso, me metí de lleno a cuidar a los gemelos y a tirar esquina en la Casa de la Manada, haciéndole la lucha para ganarme la confianza de todos. No estaba papita. Algunos lobos todavía me sacaban la vuelta, quedándoseme viendo con sospecha o con miedo. Pero otros—los que habían perdido niños y habían hallado consuelo en mi bendición—ya andaban empezando a agarrarme cariño.Hoy, andaba sentada en el patio
POV de CalvinLos celos me prendieron en el pecho, calientes y ahogantes. Me cagaba sentirme así, pero no me lo podía parar.Habían andado juntos un mes entero. Solos. Y a lo mejor se habían hecho cercanos. A lo mejor más cercanos de lo que me aguantaba pensar.Hice los puños, haciéndole la lucha para aventar las pensadas lejos, pero se me seguían metiendo, susurrándome mamadas que no quería oír.Franklin se debió de haber dado cuenta del cambio en mi cara porque se aclaró la garganta y me dijo: —Este… ¿estás bien, guey?No andaba bien.Pero me obligué a asentar con la cabeza. —Estoy bien. Nomás… déjame la charola. Quiero estar solo.Franklin le dudó tantito, como no sabiendo si debía, pero al final me dio un asentimiento chiquito, puso la charola en la mesa y se salió del cuarto.La puerta sonó al cerrarse, y solté un aire tembloroso.Solo otra vez.Le me quedé viendo a la comida, pero se me había quitado el hambre. El cuerpo me dolía, la cabeza me pulsaba, y cada que cerraba los ojo
POV de CalvinLa primera vez que me desperté, el dolor me saludó como un viejo conocido.No era la agonía filosa y abrasadora que me consumió durante el castigo de Lorien, sino un dolor sordo que me retumbaba por cada nervio del cuerpo. La cabeza me pulsaba, la espalda me quemaba, y hasta el subir y bajar cortito de mi pecho se sentía como una batalla.Quería moverme, sentarme, pero el cuerpo no me respondía.Y luego, la vi a ella.Kamrynn.Estaba sentada en la silla al lado de mi cama, con las manos descansando en el regazo. El pelo le caía en ondas suavecitas alrededor de los hombros, y sus ojos—Diosa de la Luna, esos ojos—estaban llenos de una mamada que no les veía desde hacía un chingo: preocupación.Por un segundo, pensé que andaba alucinando.No habría sido la primera vez que la mente me inventaba imágenes de ella, más que nada en mis momentos más oscuros cuando la culpa y el arrepentimiento me tragaban entero.Pero cuando me vio—cuando de verdad me vio—y me susurró: —Ya desper







