LOGINCalvin
No hay palabras para describir cuánto la odio.
Cada vez que la miro, me hierve por dentro esta rabia ardiente que nunca se apaga. Pensé que la conocía. Pensé que era una buena amiga, alguien en quien podía confiar. Crecimos juntos: yo, Sherelle y ella. Éramos inseparables, o eso creía. Pero todo el tiempo no fue más que una perra manipuladora y repugnante que quería destruir mi felicidad.
No me la puedo ni ver. Odio todo de ella. La forma en que me mira con esos ojos azules grandotes e inocentes, como si no hubiera hecho nada malo. Como si no me hubiera destrozado la vida. La forma en que gimotea y tiembla cuando la toco, pretendiendo ser la víctima cuando ella fue la que mató a Sherelle. A mi Sherelle. Mi compañera. Mi amor.
No solo la odio: la desprecio. Y me da placer verla sufrir. Cada moretón, cada grito, cada lágrima… es justicia. Es lo que se merece. Disfruto hacer de su vida un infierno, viendo cómo se le apaga la luz de los ojos al darse cuenta de que nadie la va a salvar, nadie le va a creer. No es nada. Menos que nada. Y me voy a asegurar de que pague cada segundo de la muerte de Sherelle con cada aliento que tome.
Yo no siempre pensé así. Hubo un tiempo en que creí que Kamrynn era una amiga, alguien con quien podía contar. Éramos muy unidos de niños: yo, ella y Sherelle. Nunca me imaginé que fuera capaz de la clase de maldad que ha demostrado. Pero la verdad siempre sale a la luz, ¿no? En el momento en que Sherelle se convirtió en Luna, Kamrynn mostró sus verdaderas intenciones. Celosa, maquiavélica y retorcida.
Pensé que amaba a su hermana. Pensé que le importaba. Pero no. En el momento en que Sherelle quedó embarazada de mi hijo, los celos de Kamrynn la envenenaron. No podía soportar vernos felices, vernos construir un futuro juntos. Así que lo destruyó todo. Mató a Sherelle a sangre fría. Asesinó a mi hijo antes de que tuviera la oportunidad de dar su primer respiro.
Y nunca se lo voy a perdonar.
El día que Sherelle murió todavía me persigue. Se suponía que sería un día normal: estaba paseando con Kamrynn, embarazada de nuestro hijo. El guardia estaba con ellas. Todo estaba bien. Pero luego Kamrynn regresó, cubierta de sangre, gritando como si no tuviera idea de lo que había pasado. El cuerpo de Sherelle no aparecía por ninguna parte. El guardia juró que vio a Kamrynn atacarla, que la vio matar a Sherelle con sus propios ojos. Y luego, él murió misteriosamente y el cuerpo de Sherelle desapareció.
Tuve que enterrar un ataúd vacío.
Desde ese día, me atormenta el hecho de ni siquiera saber dónde está el cuerpo de Sherelle. Eso es lo que no me deja dormir de noche. Kamrynn se niega a decir dónde lo escondió, no importa cuánto la golpee, no importa cuánto la haga sufrir. No se quiebra. Pero no necesito matarla. Eso sería demasiado fácil. Se merece vivir con el dolor que causó. Se merece sufrir, sentir el peso de sus crímenes por el resto de su miserable vida.
Me quitó a Sherelle. Me quitó a mi hijo, el futuro de esta Manada. Así que lo va a reemplazar. Es la única razón por la que no la he despedazado con mis propias manos. Me va a dar otro hijo, y una vez que lo haga, su destino va a ser mucho peor que cualquier cosa que haya soportado hasta ahora. Me va a rogar que la mate, pero no voy a dejar que la muerte se le acerque.
Odio tener que tocarla. Me da asco. Pero se parece tanto a Sherelle que a veces resulta casi insoportable. Cada vez que la tomo, veo la cara de Sherelle en la suya y la sangre me hierve. Pero esto es necesario para el futuro de la Manada. Es un sacrificio que estoy dispuesto a hacer, no importa cuánto la odie. Una vez que me dé un hijo, ya no me va a servir para nada.
Mientras regreso de la reunión, veo a la doctora salir del pasillo que lleva a la habitación de Kamrynn. Frunzo el ceño, confundido. ¿La doctora? ¿Qué hace ella aquí? Kamrynn ha recibido bastantes palizas y nunca antes ha necesitado un médico. Es resistente, se lo reconozco. Ha aguantado todo lo que le he echado encima y ha sobrevivido.
¿Así que por qué está la doctora aquí ahora?
Una sospecha se me forma en la cabeza, una que no había considerado antes. Algo urgente tuvo que haber pasado. Algo… como un embarazo.
El corazón se me acelera de solo pensarlo. ¿Será posible?
Voy directo a la habitación, con la idea dándome vueltas en la cabeza. Si está embarazada, todo cambia. Por fin tendré a mi hijo. Y luego, cuando el bebé nazca, podré hacer de la vida de Kamrynn un infierno todavía mayor. Me va a rogar que la mate, pero no le voy a dar el gusto. La voy a mantener viva solo para verla sufrir más.
Apenas entro al cuarto, me doy cuenta de las sábanas de inmediato. Frescas. Cambiadas. Y Lysaa está aquí. Mis sospechas aumentan. Kamrynn ha recibido palizas antes; nunca necesitó que le cambiaran las sábanas por un par de moretones. Algo es diferente. Algo anda mal.
—Alfa —me saluda Lysaa con una inclinación de cabeza, con voz tranquila, firme, pero hay algo raro por debajo. Algo está pasando aquí.
Entrecorro los ojos.
—Lárgate.
Agacha la cabeza rápidamente y sale a toda prisa del cuarto como la cobarde que es. Al segundo de que la puerta se cierra detrás de ella, mi mirada cae sobre la mujer encadenada a la cama.
Kamrynn.
Me acerco, y al hacerlo, veo que su cuerpo se tensa. Está aterrorizada. Bien. Debería estarlo. Mi sospecha crece mientras la veo acomodarse con incomodidad, con la cara pálida y las manos temblándole. La me quedo mirando un largo rato, y entonces la pregunta se me sale de los labios.
—¿Estás embarazada?
Todo su cuerpo se pone rígido y, por un breve segundo, veo el pánico en sus ojos antes de que lo disimule. Los labios se me tuercen en una mueca de desprecio. Está escondiendo algo.
—Contéstame, perra. ¿Llevas a un hijo mío dentro? —exijo, dándole un paso más cerca.
Ella sacude la cabeza, con una voz que es apenas un susurro.
—No… no estoy embarazada.
—Mentirosa —siseo. Me me inclino sobre ella, agarrando el borde de la cama con las manos—. Ni se te ocurra mentirme.
—¡No estoy! —chilla, encogiéndose cuando me acerco más—. Te lo juro, no estoy embarazada.
Entrecierro los ojos, estudiándole la cara. Es buena en esto. Lleva meses mintiéndome, escondiendo el cuerpo de Sherelle, escondiendo la verdad. La he golpeado, la he torturado, le he hecho de todo y nunca se ha doblado. Nunca se ha quebrado. Pero esta vez… esta vez puede que se le haya resbalado.
—¿Entonces por qué estaba la doctora aquí? —pregunto, con voz baja y amenazante—. ¿Por qué vino si estás tan bien?
A Kamrynn le tiemblan los labios mientras traga saliva con dificultad.
—Yo… no podía respirar —dice, con la voz temblorosa—. Por… por la costilla rota.
No le creo. Ni por un segundo. Algo está escondiendo y se lo voy a sacar de una forma u otra. Me acerco más, con mi cara a centímetros de la suya.
—No me mientas, pedazo de puerca —gruño—. Dime la verdad. Ya.
Sus ojos se cruzan con los míos y, por una fracción de segundo, me parece ver algo (algo que chispas en su mirada), pero entonces habla.
—No estoy embarazada —dice con firmeza, con la voz más estable ahora—. No lo estoy.
Le escudriño la cara, entrecerrando los ojos. Está demasiado tranquila. Demasiado segura. No hay señas de mentira, pero tampoco hay alivio en su voz. Es casi como si… no le importara.
Aprieto los dientes, sintiendo cómo la frustración se me desborda. Levanto la mano y le doy un bofetón tremendo en la cara. La cabeza se le va de lado y se le marca una huella roja en la mejilla casi de inmediato.
—¿Acaso eres capaz de tener hijos? —me burlo con rabia—. Llevo cogiéndote nueve meses seguidos y nada. A lo mejor la Diosa de la Luna te está castigando por tus crímenes haciéndote estéril.
Se queda en silencio, sin atreverse siquiera a levantar la mirada.
—No me importa cómo le hagas —digo, con la voz chorreando veneno—. Me vas a dar un hijo. Vas a reemplazar al que mataste.
No responde. Nunca lo hace.
La agarro de la barbilla, obligándola a mirarme.
—A lo mejor no te estoy doliendo lo suficiente —me burlo—. Pónte en cuatro.
Por un momento, ella duda, y en sus ojos se enciende algo que casi parece rebeldía. Entonces habla, con la voz temblorosa.
—No… no me siento bien.
Abro la boca para responder, pero antes de que pueda hacerlo, la voz de mi madre me entra por la conexión mental, urgente e insistente. Quiere verse conmigo en su cuarto. Algo importante.
Suelto un gruñido de frustración y le suelto la barbilla a Kamrynn, empujándome lejos de la cama.
—Está bien —espeto—. Pero no pienses que esto se acabó, perra. Te voy a romper de una forma u otra.
Abro la puerta de un tirón y salgo hecho una furia, con la rabia ardiéndome en el pecho. Odio dejarla viva así. Odio saber que todavía respira, que sigue en mi Manada, que sigue aquí después de todo lo que hizo.
Pero la necesito. Necesito que lleve a mi hijo, que reemplace el futuro que me robó. Y una vez que lo haga… entonces le voy a quitar todo. Todo.
Camino por el pasillo, mientras la conexión mental de mi madre me retumba en la cabeza. Más le vale que lo que quiera hablar sea importante. No me puedo sacar de la mente la imagen de Kamrynn tirada ahí, como si no tuviera nada más para dar. Pero está escondiendo algo. Sé que sí. Lo voy a averiguar, y cuando lo haga… va a desear no haber nacido nunca.
POV de CalvinJamás pensé que esto fuera a pasar—no así, jamás otra vez.Los dedos de Kamrynn estaban suavecitos, pero me agarraba con firmeza mientras me guiaba hacia mi cuarto. Cada paso se sentía irreal, como un sueño de calentura del que no me atrevía a despertar. Lo calientito de su mano, la mirada chiquita que echaba por encima del hombro, el modo en que traía los labios entreabiertos, casi como si se estuviera aguantando las palabras—era más de lo que jamás me había permitido esperar.Ella quería esto. Me quería a mí.Tragué saliva duro, haciéndole la lucha para mantener mis emociones a raya, pero me sentía como un morro a punto de tocar a una chava por primera vez. Yo—un guey ya grande, un lobo plateado, alguien que un día la trajo aterrorizada—quedando como un pendejo atarantado nomás por el modo en que me veía.Kamrynn le puso seguro a la puerta atrás de nosotros, y el corazón me dio un tropezón en el pecho cuando se volteó y me jaló a sus brazos. Apenitas si tuve chance de
POV de KamrynnRodé los ojos pero no le seguí la corriente al tema.Por un rato, nomás nos pusimos a platicar. Se sentía… a gusto. Como agarrar un ritmo viejo y conocido. Calvin siempre había sido bueno para hacerme reír, y hoy no era la excepción.Me contó un cuento bien chistoso de Franklin cuando se metió de metiche sin querer donde andaban Lorien y Lysaa en un momento… privado. Me reí tanto que casi me caía del columpio, y Calvin estiró la mano por puro instinto para darme el paro, sintiéndosele sus manos suavecitas en mis hombros.Su toque se quedó un segundo más de la cuenta, y cuando le eché la mirada para arriba, me lo topé viéndome con una cara tan suave, tan llena de emociones que no decía, que se me atoró el aire en la garganta.Soltó las manos en chinga y se aclaró la garganta, como cayendo en cuenta de que lo había agarrado con las manos en la masa.—Kamrynn —dijo quedito, cambiándole el tono de juguetón a serio.Me enderezé tantito, sintiendo que lo que fuera que me iba
POV de KamrynnMe senté en silencio en el columpio viejo de madera del jardín, dejando que la brisa suave me besara la piel mientras el sol de la tarde bañaba todo en una luz dorada y suave. El columpio rechinaba tantito mientras me mecía de adelante para atrás, rascándome los pies descalzos contra el pasto. Estaba tranquilo aquí afuera, lejos del ruido y del desmadre de adentro de la Casa de la Manada.Pero mi mente no andaba nada tranquila.Me la había pasado la semana entera en un remolino encabronado de sentimientos. Desde mi plática con Lysaa, le había andado haciendo la lucha para acomodar lo que sentía, descifrar qué quería y juntar coraje para hablar con Calvin.Habían pasado un chingo de cosas en ese tiempo. Calvin se había recuperado bien rápido—mucho más rápido de lo que me esperaba, aunque a lo mejor eso tenía que ver con que era un lobo plateado. Sus cortadas casi todas le habían cerrado, y ya se podía mover solo por su cuenta, aunque la doctora le había avisado que le sa
POV de KamrynnHabía pasado una semana desde mi plática con Calvin.Una semana desde que le dije que ocupaba tiempo.Lo había andado checando a diario, asegurándome de que se tomara su medicina, tragara bien y se curara como debía. Sus cortadas andaban cerrando, los moretones borrándose, pero el silencio entre los dos se quedaba grueso y medio feo. Jamás me quedaba el tiempo suficiente como para que tuviéramos una plática de verdad.Cada que le caía, él me veía con esos ojos verdes bien filosos, como rogándome que dijera algo—lo que fuera. Pero yo no podía. No andaba lista.En lugar de eso, me metí de lleno a cuidar a los gemelos y a tirar esquina en la Casa de la Manada, haciéndole la lucha para ganarme la confianza de todos. No estaba papita. Algunos lobos todavía me sacaban la vuelta, quedándoseme viendo con sospecha o con miedo. Pero otros—los que habían perdido niños y habían hallado consuelo en mi bendición—ya andaban empezando a agarrarme cariño.Hoy, andaba sentada en el patio
POV de CalvinLos celos me prendieron en el pecho, calientes y ahogantes. Me cagaba sentirme así, pero no me lo podía parar.Habían andado juntos un mes entero. Solos. Y a lo mejor se habían hecho cercanos. A lo mejor más cercanos de lo que me aguantaba pensar.Hice los puños, haciéndole la lucha para aventar las pensadas lejos, pero se me seguían metiendo, susurrándome mamadas que no quería oír.Franklin se debió de haber dado cuenta del cambio en mi cara porque se aclaró la garganta y me dijo: —Este… ¿estás bien, guey?No andaba bien.Pero me obligué a asentar con la cabeza. —Estoy bien. Nomás… déjame la charola. Quiero estar solo.Franklin le dudó tantito, como no sabiendo si debía, pero al final me dio un asentimiento chiquito, puso la charola en la mesa y se salió del cuarto.La puerta sonó al cerrarse, y solté un aire tembloroso.Solo otra vez.Le me quedé viendo a la comida, pero se me había quitado el hambre. El cuerpo me dolía, la cabeza me pulsaba, y cada que cerraba los ojo
POV de CalvinLa primera vez que me desperté, el dolor me saludó como un viejo conocido.No era la agonía filosa y abrasadora que me consumió durante el castigo de Lorien, sino un dolor sordo que me retumbaba por cada nervio del cuerpo. La cabeza me pulsaba, la espalda me quemaba, y hasta el subir y bajar cortito de mi pecho se sentía como una batalla.Quería moverme, sentarme, pero el cuerpo no me respondía.Y luego, la vi a ella.Kamrynn.Estaba sentada en la silla al lado de mi cama, con las manos descansando en el regazo. El pelo le caía en ondas suavecitas alrededor de los hombros, y sus ojos—Diosa de la Luna, esos ojos—estaban llenos de una mamada que no les veía desde hacía un chingo: preocupación.Por un segundo, pensé que andaba alucinando.No habría sido la primera vez que la mente me inventaba imágenes de ella, más que nada en mis momentos más oscuros cuando la culpa y el arrepentimiento me tragaban entero.Pero cuando me vio—cuando de verdad me vio—y me susurró: —Ya desper







