ログインKamrynn
La ansiedad se me retuerce bien adentro en el estómago, un nudo incómodo de aprensión que no logro quitarme de encima. La cabeza me retumba, con un dolor punzante y sin tregua. Ya casi es hora de que Calvin regrese, y el solo pensarlo hace que todo mi cuerpo se ponga en tensión. Estoy tan débil que hasta el peso de mis propios huesos me resulta insoportable. Apenas he comido en días; solo me dejó probar bocado hace dos días, sobras que me tocó tragarme del piso como si fuera un animal salvaje. El estómago me ruge, hueco y doloroso, pero no hay nada que pueda hacer.
Me paso la lengua por los labios secos y agrietados y me miro el cuerpo. Se me llenan los ojos de lágrimas antes de que pueda contenerlas. Ahora no soy más que cuero y hueso, con el cuerpo lleno de moretones, cicatrices y llagas. Las costillas se me marcan afiladas por debajo de los trapos que me han obligado a vestir. Me duele cada parte de mi ser: los brazos, las piernas, la espalda. Las cadenas se me clavan en las muñecas y los tobillos, y ya no siento las manos ni los pies de llevar tanto tiempo atada.
¿Cómo llegué a esto?
Yo antes era fuerte. Yo antes estaba llena de vida. Y ahora soy una sombra, una esclava, aguantando a duras penas. Me tiemblan las manos mientras me limpio las lágrimas. El dolor en el pecho, tanto por el hambre como por la pena, es abrumador. Quiero gritarle a la Diosa de la Luna, maldecirla por haberme abandonado. Ya la he maldecido tantas veces. ¿Por qué yo? ¿Por qué me tuvieron que quitar todo? ¿Por qué mataron a Sherelle? ¿Por qué me echaron a mí la culpa? ¿Cuál fue mi delito: enamorarme de Calvin? ¿O simplemente estar en el lugar equivocado a la hora equivocada?
Quiero gritar. Quiero justicia para Sherelle. Quiero que encuentren al verdadero asesino, pero sé que si me quedo aquí, me voy a morir antes de que la verdad salga a la luz. Tengo que escaparme, si no es por mí, por mi hijo. No voy a dejar que Calvin mate a este bebé como mató a los otros.
De repente, escucho gritos afuera. Un alboroto. El corazón me da un vuelco y me sube un pánico por la garganta. ¿Qué está pasando? Antes de que pueda entenderlo, la puerta se abre de un golpe y Lysaa entra corriendo al cuarto, pálida pero decidida, con una llave apretada en la mano.
—¿Lysaa? —susurro, con la voz ronca tras días de silencio—. ¿Qué estás haciendo?
—Tengo la llave —dice Lysaa agitada, corriendo a mi lado—. Te tienes que ir de aquí. Ya.
—¿Qué? —El corazón me da un brinco en el pecho—. ¿Cómo… cómo le quitaste la llave al Alfa?
—No te preocupes por eso —dice Lysaa rápido, abriéndome los candados de las muñecas—. Armé una distracción, pero no tenemos mucho tiempo. Te tienes que ir.
Apenas me quita las esposas, los brazos me caen flojos a los lados. El entumecimiento da paso a una punzada dolorosa de hormigueo a medida que la sangre me vuelve a los dedos, y hago un gesto de dolor ante la sensación. Lysaa me abre luego los tobillos e intento moverme, pero las piernas no me responden. Están demasiado débiles. Llevo días sin caminar.
—No puedo… —logro ahogar, con la voz temblándome de pánico—. Lysaa, no puedo ponerme de pie.
—Aguanta —dice, agarrando una cobija grande del rincón del cuarto. Me la envuelve en los hombros como un chal, tapándome los trapos—. Yo te ayudo.
Me levanta de la cama, con un cuerpo pequeño pero más fuerte de lo que me imaginaba. Me me agarro de ella mientras me ayuda a ponerme firme, con las piernas temblándome por debajo. Las rodillas se me doblan, pero Lysaa me sostiene con firmeza.
—Tienes que caminar, Kamrynn —me exige, con voz firme—. Sé que duele, pero tienes que hacerlo. No hay tiempo.
Asiento, tragándome el dolor.
—Está bien.
Nos movemos despacio hacia la puerta; cada paso me manda un corrientazo de dolor por las piernas, pero me obligo a seguir. Vamos avanzando por el pasillo, con el corazón acelerado mientras oigo que el alboroto afuera se hace más fuerte. Miro hacia la ventana y, entre las sombras de la noche, veo gente corriendo y gritando órdenes. La Manada es un caos.
—¿Qué hiciste? —pregunto, sin aire por el esfuerzo de caminar.
—No importa —dice Lysaa rápido, moviendo los ojos a todos lados mientras avanzamos—. Lo importante es que salgas. No va a haber otra oportunidad como esta.
Quiero preguntarle más, pero no hay tiempo. Tiene razón. Esta es mi única oportunidad y tengo que aprovecharla. Aún así, no puedo evitar preocuparme por Lysaa. ¿Y si la atrapan? ¿Y si la castigan por ayudarme?
—Lysaa —susurro, con la voz apretada de miedo—. Si te metes en problemas por mi culpa…
—No te preocupes por mí —me espeta, más dura de lo que nunca la he oído hablar—. Yo voy a estar bien. Tú solo vete.
Ya estamos casi en la salida cuando una figura se nos cruza de repente en el camino. Uno de los miembros de la Manada. El corazón se me frena en seco.
POV de CalvinJamás pensé que esto fuera a pasar—no así, jamás otra vez.Los dedos de Kamrynn estaban suavecitos, pero me agarraba con firmeza mientras me guiaba hacia mi cuarto. Cada paso se sentía irreal, como un sueño de calentura del que no me atrevía a despertar. Lo calientito de su mano, la mirada chiquita que echaba por encima del hombro, el modo en que traía los labios entreabiertos, casi como si se estuviera aguantando las palabras—era más de lo que jamás me había permitido esperar.Ella quería esto. Me quería a mí.Tragué saliva duro, haciéndole la lucha para mantener mis emociones a raya, pero me sentía como un morro a punto de tocar a una chava por primera vez. Yo—un guey ya grande, un lobo plateado, alguien que un día la trajo aterrorizada—quedando como un pendejo atarantado nomás por el modo en que me veía.Kamrynn le puso seguro a la puerta atrás de nosotros, y el corazón me dio un tropezón en el pecho cuando se volteó y me jaló a sus brazos. Apenitas si tuve chance de
POV de KamrynnRodé los ojos pero no le seguí la corriente al tema.Por un rato, nomás nos pusimos a platicar. Se sentía… a gusto. Como agarrar un ritmo viejo y conocido. Calvin siempre había sido bueno para hacerme reír, y hoy no era la excepción.Me contó un cuento bien chistoso de Franklin cuando se metió de metiche sin querer donde andaban Lorien y Lysaa en un momento… privado. Me reí tanto que casi me caía del columpio, y Calvin estiró la mano por puro instinto para darme el paro, sintiéndosele sus manos suavecitas en mis hombros.Su toque se quedó un segundo más de la cuenta, y cuando le eché la mirada para arriba, me lo topé viéndome con una cara tan suave, tan llena de emociones que no decía, que se me atoró el aire en la garganta.Soltó las manos en chinga y se aclaró la garganta, como cayendo en cuenta de que lo había agarrado con las manos en la masa.—Kamrynn —dijo quedito, cambiándole el tono de juguetón a serio.Me enderezé tantito, sintiendo que lo que fuera que me iba
POV de KamrynnMe senté en silencio en el columpio viejo de madera del jardín, dejando que la brisa suave me besara la piel mientras el sol de la tarde bañaba todo en una luz dorada y suave. El columpio rechinaba tantito mientras me mecía de adelante para atrás, rascándome los pies descalzos contra el pasto. Estaba tranquilo aquí afuera, lejos del ruido y del desmadre de adentro de la Casa de la Manada.Pero mi mente no andaba nada tranquila.Me la había pasado la semana entera en un remolino encabronado de sentimientos. Desde mi plática con Lysaa, le había andado haciendo la lucha para acomodar lo que sentía, descifrar qué quería y juntar coraje para hablar con Calvin.Habían pasado un chingo de cosas en ese tiempo. Calvin se había recuperado bien rápido—mucho más rápido de lo que me esperaba, aunque a lo mejor eso tenía que ver con que era un lobo plateado. Sus cortadas casi todas le habían cerrado, y ya se podía mover solo por su cuenta, aunque la doctora le había avisado que le sa
POV de KamrynnHabía pasado una semana desde mi plática con Calvin.Una semana desde que le dije que ocupaba tiempo.Lo había andado checando a diario, asegurándome de que se tomara su medicina, tragara bien y se curara como debía. Sus cortadas andaban cerrando, los moretones borrándose, pero el silencio entre los dos se quedaba grueso y medio feo. Jamás me quedaba el tiempo suficiente como para que tuviéramos una plática de verdad.Cada que le caía, él me veía con esos ojos verdes bien filosos, como rogándome que dijera algo—lo que fuera. Pero yo no podía. No andaba lista.En lugar de eso, me metí de lleno a cuidar a los gemelos y a tirar esquina en la Casa de la Manada, haciéndole la lucha para ganarme la confianza de todos. No estaba papita. Algunos lobos todavía me sacaban la vuelta, quedándoseme viendo con sospecha o con miedo. Pero otros—los que habían perdido niños y habían hallado consuelo en mi bendición—ya andaban empezando a agarrarme cariño.Hoy, andaba sentada en el patio
POV de CalvinLos celos me prendieron en el pecho, calientes y ahogantes. Me cagaba sentirme así, pero no me lo podía parar.Habían andado juntos un mes entero. Solos. Y a lo mejor se habían hecho cercanos. A lo mejor más cercanos de lo que me aguantaba pensar.Hice los puños, haciéndole la lucha para aventar las pensadas lejos, pero se me seguían metiendo, susurrándome mamadas que no quería oír.Franklin se debió de haber dado cuenta del cambio en mi cara porque se aclaró la garganta y me dijo: —Este… ¿estás bien, guey?No andaba bien.Pero me obligué a asentar con la cabeza. —Estoy bien. Nomás… déjame la charola. Quiero estar solo.Franklin le dudó tantito, como no sabiendo si debía, pero al final me dio un asentimiento chiquito, puso la charola en la mesa y se salió del cuarto.La puerta sonó al cerrarse, y solté un aire tembloroso.Solo otra vez.Le me quedé viendo a la comida, pero se me había quitado el hambre. El cuerpo me dolía, la cabeza me pulsaba, y cada que cerraba los ojo
POV de CalvinLa primera vez que me desperté, el dolor me saludó como un viejo conocido.No era la agonía filosa y abrasadora que me consumió durante el castigo de Lorien, sino un dolor sordo que me retumbaba por cada nervio del cuerpo. La cabeza me pulsaba, la espalda me quemaba, y hasta el subir y bajar cortito de mi pecho se sentía como una batalla.Quería moverme, sentarme, pero el cuerpo no me respondía.Y luego, la vi a ella.Kamrynn.Estaba sentada en la silla al lado de mi cama, con las manos descansando en el regazo. El pelo le caía en ondas suavecitas alrededor de los hombros, y sus ojos—Diosa de la Luna, esos ojos—estaban llenos de una mamada que no les veía desde hacía un chingo: preocupación.Por un segundo, pensé que andaba alucinando.No habría sido la primera vez que la mente me inventaba imágenes de ella, más que nada en mis momentos más oscuros cuando la culpa y el arrepentimiento me tragaban entero.Pero cuando me vio—cuando de verdad me vio—y me susurró: —Ya desper







