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Esposa de la mafia
Esposa de la mafia
Author: Ginya Les

C1 DEUDA

Author: Ginya Les
last update publish date: 2026-05-12 07:44:14

POV: Valentina

No era la primera vez que un hombre me miraba como si pudiera comprarme. Pero era la primera vez que uno lo hacía sin tocarme.

Estaba en la esquina más oscura del VIP, con un traje negro, con un vaso en la mano, y no había quitado los ojos de mí en veinte minutos. No con hambre, no con asco, sino con algo que no supe nombrar y que me puso la piel de gallina a pesar del calor del escenario.

Seguí bailando, contoneando mis caderas, agarrándome del tubo y exhibiendo mi cuerpo casi desnudo, excepto por esas tiras de encaje rojo que cubrían mis pezones y vulva.

Ese era mi trabajo. Moverme, aunque el mundo se estuviera cayendo, aunque tuviera los pies destrozados, aunque el tío Miguel me hubiera dicho esa tarde que había "arreglado algo para mi" y se negara a decirme qué.

La música tronó y yo giré alrededor del tubo, dejando que el movimiento me vaciara la cabeza. Luces rojas, azules y amarillas inundaban el escenario. El olor a alcohol caro y sudor barato llenaba el lugar cada noche y aun así no me acostumbraba. Doce años bailando en este escenario, primero porque no tenía opción y después porque ya no sabía hacer otra cosa.

Cuando terminó la canción, bajé del escenario. Miguel me estaba esperando al pie de las escaleras con mi bata en mano. Se la quite y me la puse sin siquiera mirarlo, me repugnaba en exceso.

—Ven —dijo, sin mirarme a los ojos.

Eso nunca era buena señal… solo de pensar para que me quería se me revolvió el estómago.

Me llevó a la oficina privada del fondo, la que solo estaba abierta cuando había negocios que no quería que nadie más escuchara. Olía a cigarro y a las colonias caras que se ponía cuando quería impresionar a alguien.

El hombre guapo de la esquina oscura estaba sentado frente al escritorio.

De cerca era terriblemente apuesto pero a la vez, peligroso.

Alto. Ancho de hombros de una forma que no tenía nada que ver con un gimnasio. Mandíbula como tallada por un artista, una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha, ojos color azul profundo y un cabello castaño oscuro. Traje oscuro, sin corbata, los dos primeros botones de la camisa desabrochados. Manos grandes sobre las rodillas y una maldita boca que me encantaría probar.

Me miró exactamente dos segundos.

Después miró a mi tío Miguel.

—Ella —dijo. Una sola palabra, en un español con acento que no supe ubicar.

El calor me subió por el cuello.

—¿Yo qué? —cuestioné a mi tío.

Miguel me puso una mano en el hombro, lo que significaba: cállate.

Me quité su mano de encima.

—¿Alguien me puede explicar qué está pasando?

El hombre volvió a mirarme. Esta vez no fueron dos segundos.

—Tu tío tiene una deuda casi impagable conmigo —informó—. Llevamos tres años siendo pacientes, pero ya no más.

—No es mi deuda…

—No, no lo es. —Algo en su boca se movió, casi una sonrisa, pero no llegó a serlo—. Pero eres su solución.

Se me cerró la garganta y me sudaron las manos.

Volteé a ver a Miguel. Mi tío, el hombre que me recogió del suelo después de que mataron a mi familia, el hombre que me había puesto a bailar a los dieciocho para pagar sus propias deudas, estaba mirando el piso.

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