MasukEl domingo por la mañana el teléfono sonó a las diez y Dante lo contestó antes del segundo tono.
Era Reyes, el químico que se encargaba del desarrollo de todas las drogas.
—Necesito verlo hoy en el cuartel. Hay algo sobre el compuesto que no puede esperar.
—A las doce estaré ahí—Dijo Dante y colgó.
Tal como había dicho Dante a las doce estuvo en el cuartel frente a Reyes quien fue directo al punto en cuanto Dante entró al laboratorio.
—La vinculación emocional funciona exactamente como la diseñamos. Pero a dosis completa aparece un efecto secundario — atracción física intensa que en las primeras etapas todavía no está completamente anclada hacia usted. El cuerpo de la persona está en un estado de hiperactivación mientras se calibra.
Dante pensó en Valentina. En la manera en que lo había mirado esa mañana. En el beso de la noche anterior.
—¿Solución?
—Una segunda dosis esta noche. Ancla el efecto completamente y cierra el proceso. Sin ella queda incompleto.
—Esta noche. —Dante se puso de pie y salió.
Llegó a casa antes del mediodía. Valentina estaba en la biblioteca, como todos los días, con un libro en el regazo y cuando lo vio entrar lo miró sin la distancia de antes.
Se acercó antes de que él pudiera decir nada, se puso en puntas de pie y lo besó en la comisura de los labios con una lentitud deliberada, y cuando se apartó lo miró con esos ojos marrones que esta tarde tenían algo más.
—Quedémonos en casa esta noche —dijo ella.
—Ya lo tenía planeado —dijo él.
La cena estuvo lista a las ocho. Dante sirvió el vino él mismo, con la segunda dosis ya disuelta en la copa de ella, y cuando Valentina la tomó y bebió sin dudar algo se cerró en su pecho con una precisión que no tenía nada de alivio y todo de otra cosa que prefirió no examinar.
Comieron despacio. Valentina hablaba poco pero se movía mucho — cruzaba los brazos sobre la mesa, se inclinaba hacia él cuando quería decir algo, rozaba su mano sin intención aparente y la dejaba ahí. Y cada vez que lo hacía Dante sentía algo ceder un poco más, ese control suyo que había construido con años de práctica y que esta noche estaba encontrando cada vez más difícil de sostener.
Cuando terminaron de cenar ella se levantó, rodeó la mesa y se sentó en sus piernas con la naturalidad de alguien que lleva años haciéndolo, y lo miró de cerca con una expresión que no tenía ninguna capa encima.
—Dante —dijo, en voz muy baja.
—¿Qué? — respondió él sin dejar de mirarla
No respondió, simplemente se inclinó y lo beso, pero esta vez no fue un beso lento fue un beso más apasionado, luego se levantó y volvió a su habitación sin estar segura de porqué había hecho eso, aunque ya no parecía preocuparle tanto esas acciones
Dante se quedó quieto unos minutos luego de que ella lo besara y se fuera, antes de que una leve sonrisa se dibujara en su rostro, era satisfacción pura, ya que sabía que la droga estaba haciendo efecto y tenía a Valentina justo donde siempre la había querido.
Al día siguiente la cena con Estrada fue en Fauno a las nueve. Valentina lo leyó en treinta segundos — demasiadas palabras, números repetidos, posición débil — y cuando Estrada se excusó un momento le dijo a Dante en voz baja que esperara al postre para responder y que lo tendría donde quería. Así fue. La reunión cerró en los términos de Dante y salieron antes de las once.
Faltaban diez minutos para llegar cuando Valentina se giró.
No hubo advertencia. Se movió con esa decisión que en los últimos días parecía venir de un lugar más profundo que el pensamiento, se sentó sobre sus piernas y lo besó con las manos en su cara y todo el peso de algo que llevaba días acumulándose. Dante respondió sin dudar — una mano en su cintura, la otra en su nuca — y el chofer y la ciudad dejaron de existir hasta que el auto redujo la velocidad y Valentina lo sintió y se apartó.
Se miraron. Ella tenía los ojos abiertos y la respiración acelerada y una expresión que no era confusión sino algo más decidido, más consciente que la noche anterior.
Cuando el auto se detuvo frente a la casa Dante no esperó al chofer.
Bajó con Valentina en brazos antes de que ella pudiera decir nada soltando una risa breve, sorprendida, y él la besó antes de que terminara Valentina respondió con las manos en su cuello y subieron las escaleras sin soltarse.
Una vez en la habitación Dantela llevó hacia la cama sin dejar de besarla y comenzó a quitarle lentamente la ropa, mientras ella también le quitaba la ropa.
Una vez que ambos estaban completamente desnduos, Dante comenzó a masajear la parte intima de Valentina haciendo que ella soltara gemidos de placer. Cuando Dante la sintió lo suficientemente húmeda se posicionó entre medio de sus piernas e ingreso de una sola estocada haciendo que Valentina soltara un gemido.
— ¿Te gusta así Val?
— Ahh sii Dante maas, ahhh —- decía ella entre gemidos
Los movimientos de Dante eran fuertes y apasionados, nada que ver con la primera vez que estuvieron juntos que fue suave y delicado, esta vez era rudo y sus estocadas eran fuertes, cosa que a Valentina le gustaba mucho.
— Ahh eres deliciosa, — gemía Dante
Ambos continuaron dándose placer mutuamente durante toda la noche, hasta que a la madrugada ambos cayeron agotados en la cama, Valentina estaba recostada en el pecho de Dante y él la tenía abrazada sin soltarla mientras la miraba a los ojos.
Valentina cerró los ojos y Dante sintió su respiración tranquila como señal de que se había dormido.
Él se quedó mirando el techo. Pensó en la llamada. En el mensaje. En que alguien ahí afuera sabía algo, y en que ese alguien había elegido este momento para hacérselo saber.
No era una coincidencia. Nunca lo era.
La boda fue en octubre, cuando el jardín de la mansión todavía tenía las últimas flores del verano y el aire ya empezaba a traer ese frío suave que anunciaba el otoño.Elena llegó caminando desde la casa, sin auto, porque había insistido en que quería sentir cada paso hasta llegar a donde Mateo la esperaba. Llevaba un vestido simple, sin nada exagerado, que había elegido ella misma después de descartar media docena de opciones que Valentina le había sugerido con demasiado entusiasmo.Su padre la acompañó hasta el altar improvisado bajo los árboles.—Estás hermosa —dijo Marco, con la voz un poco quebrada.—Gracias, papá.Mateo la esperaba con Dante a un lado, como padrino, y Sofía adelante con un vestido que efectivamente no era rosa, sino de un verde oscuro que había elegido ella misma con una seguridad que a sus doce años ya parecía definitiva.La ceremonia fue corta, como Elena había pedido. Dijeron los votos que habían escrito cada uno por separado, sin mostrarlos antes al otro, y c
Mateo llegó al café a las seis, diez minutos antes de que Elena saliera del trabajo.Pidió la mesa del fondo, la misma donde se habían sentado la primera vez, y se quedó mirando la puerta hasta que la vio entrar con ese paso tranquilo que tenía para todo.—Llegaste temprano —dijo ella, sentándose frente a él.—Quería asegurarme la mesa.—¿Esta mesa en particular?—Esta mesa en particular.Elena lo miró un segundo, algo registrando en su cara, aunque todavía no dijera nada.El mozo se acercó, tomó el pedido, se fue. Hablaron de cosas simples al principio: el trabajo de ella, los mellizos, algo que había dicho Sofía esa semana que los hizo reír a los dos.Cuando el café llegó, Mateo lo dejó sin tocar.—¿Te acordás de la primera vez que nos sentamos acá? —preguntó.—Me acuerdo de todo de esa vez.—Yo también. —Mateo la miró—. Me acuerdo de que llegaste y me preguntaste por qué había tardado tanto en invitarte, y yo no supe qué contestar.Elena sonrió.—Contestaste bastante bien, en realid
El lunes a la mañana, Marcos llegó al despacho con las carpetas antes de que Valentina bajara a desayunar.—Salió limpio —dijo, sin rodeos—. Ricci almorzó el jueves como siempre, tomó su vino de siempre, y no notó nada. El mozo que armamos hizo el trabajo sin levantar sospecha.—¿Y ahora? —preguntó Dante.—Reyes ya empezó el refuerzo. En diez días va a estar completamente alineado.Marcos se fue, y esa tarde Mateo pasó a buscar a Elena después del trabajo.—Mi padre recibió el informe esta mañana —dijo, apenas subió al auto—. Todo salió bien.Elena se quedó mirando el parabrisas un momento.—¿Y ahora?—En diez días va a estar completamente alineado. —Mateo la miró—. Va a seguir pareciendo la misma persona, pero sus decisiones ya no van a tener el mismo peso de antes.Elena asintió y no dijo nada más.Los días siguientes pasaron con calma. Mateo la llevaba todas las noches a cenar a la mansión, y Elena se fue integrando de a poco a algo que hasta hacía unas semanas le hubiera resultado
Elena cerró la puerta.Antes de que pudiera darse cuenta, Mateo ya la estaba besando. No fue un beso suave ni de prueba: fue inmediato, profundo, con las manos ya en su cintura y la espalda de ella chocando contra la madera. El beso se volvió más intenso en segundos, sus bocas abriéndose, las lenguas encontrándose con una urgencia que llevaban guardando semanas.—¿Estás segura? —preguntó él, la voz baja y ronca, mientras sus dedos bajaban el cierre del vestido por la espalda.—Segura —respondió Elena, y le sacó la camisa por la cabeza de un solo movimiento—. Hace semanas que estoy segura.El vestido cayó al piso. Mateo la miró un segundo, el corpiño negro contrastando con su piel, y la besó de nuevo mientras la empujaba hacia la cama. Tropezaron contra el borde del colchón, se rieron un instante, y después volvieron a besarse como si no pudieran detenerse. Elena lo empujó hacia atrás hasta que él quedó sentado en el borde de la cama y se sentó a horcajadas sobre su regazo. Su pelo cayó
El jueves, mientras Marco Ricci almorzaba solo en su restaurante de siempre sin saber que su vida estaba a punto de cambiar de una manera que nunca iba a poder nombrar del todo, Mateo estaba en Milán organizando algo completamente distinto.Llamó a Elena a media mañana.—¿Estás libre el sábado a la noche?—Depende. —Elena sonaba distraída, con ruido de oficina de fondo. —¿Para qué?—Para una cena. —Mateo lo dijo simple. —Vestite bien. Paso a buscarte a las ocho.—¿Eso es todo lo que me vas a decir?—Eso es todo lo que te voy a decir.Elena se quedó un segundo en silencio del otro lado.—Está bien. —Y Mateo pudo escuchar, aunque no la viera, que sonreía. —A las ocho.El sábado, Mateo llegó al departamento de Elena a las ocho en punto, como siempre. Elena abrió la puerta con un vestido verde oscuro que Mateo no le había visto antes, el pelo suelto, y esa manera de pararse en el umbral que tenía cuando sabía que estaba siendo mirada y no le molestaba.—¿Y bien? —preguntó ella.—Vale la pe
Mateo la llamó el martes a la mañana.Elena atendió al segundo tono, que era su costumbre cuando sabía que la llamada importaba, y acordaron verse esa tarde. No en el restaurante. En el departamento de Elena, que era la primera vez que Mateo iba a estar ahí y que Elena propuso sin elaborar demasiado la razón, aunque los dos sabían que algunas conversaciones necesitan un espacio donde ninguno de los dos pueda levantarse y irse sin que sea un gesto con peso.Mateo llegó a las seis.Elena abrió la puerta, lo dejó entrar, y no dijo nada hasta que los dos estaban sentados con el café sobre la mesa del salón.—Contame —dijo ella.Mateo apoyó los codos sobre las rodillas.—Nos reunimos con Sorokin. —Fue directo. —El refuerzo funcionó. Sorokin está completamente alineado con nuestra estructura y va a seguir estándolo.—¿Y mi padre?—Sorokin nos dio información sobre él. —Mateo la miró. —No porque se lo pidiéramos. Porque ya no tiene razón para guardársela.Elena tomó el café sin apurarse.—¿Qu







