MasukTres semanas después.
En una de las elegantes suites reservadas para el evento del día, una joven de veintitrés años permanecía en silencio frente al tocador.
El vestido de novia, blanco y etéreo, caía con gracia sobre su figura, y la suave tela resplandecía bajo la luz de la mañana. Su cabello negro, perfectamente peinado, enmarcaba un rostro sereno que no mostraba ni un atisbo de alegría—solo una tranquila resignación.
Isabella Hernando miraba su reflejo. Sabía que debería sentirse emocionada, pero lo único que sentía era un vacío punzante en el pecho.
Hoy era su boda.
Solo le había enviado dos mensajes breves: el primero, diciendo que la vería junto a su madre para preparar los detalles de la boda; el segundo, días después, disculpándose porque no podría asistir y que dejaría todo “en manos de las damas”.
La señora Martez le aseguró que no tenía de qué preocuparse. Aun así, una inquietud persistía en el corazón de Isabella, una sensación que no podía sacudirse por más que lo intentara.
—Mírate, Bella —la suave voz de su madre interrumpió sus pensamientos—. Estás preciosa. Igual que cuando eras niña… solo que ahora, toda una mujer.
Isabella esbozó una pequeña sonrisa.
—Estoy segura de que Miguel quedará encantado cuando te vea —añadió la señora Martez, sentándose junto a ellas—. Rara vez habla de mujeres, pero tengo el presentimiento de que ustedes dos serán perfectos el uno para el otro.
Isabella asintió, aunque su mente estaba lejos. ¿Cómo podría casarse con alguien que ya ni siquiera la conocía?
Aun así, decir que no solo rompería el corazón de las dos mujeres que creían que este matrimonio era el destino.
Unos golpes rápidos en la puerta rompieron la frágil calma.
¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!
Las dos mujeres mayores se miraron, sorprendidas. La señora Martez se levantó.
Del otro lado se oyó una voz masculina, profunda y apremiante.
Había urgencia en su tono, casi una orden.
Cuando la puerta se abrió, Maximilian Martez llenó el umbral: alto, apuesto, con una compostura tensa y el ceño fruncido.
—Mamá, necesito hablar contigo. Ahora.
—¿Qué ocurre, Max? —preguntó ella, alarmada por la dureza de su voz.
—Por favor… afuera —respondió con tono cortante, urgente.
Al ver la gravedad en su expresión, la señora Martez vaciló, pero finalmente asintió. Se volvió hacia las mujeres del interior.
La puerta se cerró tras ella, y Isabella solo alcanzó a ver los anchos hombros del hombre y la determinación en su paso.
Isabella intercambió una mirada confusa con su madre.
Isabella asintió despacio.
Había algo en su voz… algo que le resultaba familiar. Su corazón le susurró una advertencia.
¿Por qué siento que ya he escuchado esa voz antes?
Mientras tanto, en el pasillo silencioso, Maximilian caminaba con paso rápido, la mandíbula tensa. Llevó a su madre hacia un rincón apartado, lejos de miradas curiosas.
—Mamá, por favor no te asustes —dijo con voz baja y contenida—. Acabo de recibir un mensaje de Miguel.
La señora Martez frunció el ceño, confundida.
Maximilian sacó su teléfono y le mostró el texto que acababa de llegar.
Lo siento, mamá. No puedo casarme con Isabella. No estoy listo para un matrimonio arreglado. Por favor, no me busques.
— Miguel
Por un momento, la mujer se quedó mirando la pantalla, inmóvil. El color desapareció de su rostro.
Su voz se quebró a mitad de la frase.
—Mamá, cálmate —dijo Maximilian enseguida, tomándola por los hombros—. Intenté llamarlo, pero su número está desconectado. Lo importante ahora es detener la boda antes de que todo empeore.
Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de la mujer mientras negaba con la cabeza.
—¡Mamá, no tenemos otra opción!
—¿Opción? —exclamó, temblando—. ¿Sabes lo que esto significa para mí? Desde que tu padre murió, todos me miran por encima del hombro. ¡Dicen que no soy digna del apellido Martez!
Se cubrió el rostro con ambas manos, sollozando.
El corazón de Maximilian se encogió al verla derrumbarse.
Ella de pronto le tomó la mano, la voz rota.
Él la miró, incrédulo.
—Por favor, hijo —suplicó ella, con la voz llena de desesperación—. Cásate con Isabella en lugar de Miguel.
Maximilian se quedó helado. Por un instante, todo pareció detenerse: sus pensamientos, el zumbido distante del pasillo, incluso su respiración.
—Mamá, ¿te das cuenta de lo que me estás pidiendo? —dijo en un murmullo tenso, cargado de emoción contenida.
—Si no lo haces —imploró ella—, la señora Hernando pensará que hemos humillado a su hija. Las dos familias quedarán arruinadas. No puedo permitirlo.
Las lágrimas le corrían libremente por las mejillas.
Apretó con fuerza la mano de su hijo, la desesperación reflejada en cada rasgo.
Su voz se quebró.
Maximilian cerró los ojos. El aire se volvió espeso, sofocante.
Ni siquiera conocía su rostro.
A lo lejos, la música del salón comenzó a sonar.
El tiempo se había acabado.
Por Dios, parecía que cada hueso del cuerpo de Adeline se estuviera desgarrando uno por uno. El dolor era abrumador, insoportable en todo sentido de la palabra.Jason no dejaba de consolar a su esposa. Cuando finalmente llegó el momento y el bebé de Adeline estaba listo para nacer, el doctor entró para asistir en el parto. Jason permaneció a su lado, incapaz de apartar la vista. Su corazón se apretaba dolorosamente al ver a su esposa sufrir así. Cada grito que escapaba de los labios de Adeline hacía que los pelos del cuello de Jason se erizaran.—Jason… ya no soporto el dolor —lloró Adeline, con la voz temblorosa y cargada de lágrimas que corrían por su rostro. Jason le secaba suavemente las lágrimas una y otra vez.&md
Al escuchar el grito de Adeline, Odette se quedó paralizada. Sus ojos se abrieron de par en par y todo su cuerpo temblaba, como si pudiera sentir el dolor que su mejor amiga estaba soportando. Andrew notó de inmediato lo pálida y tensa que se había puesto su esposa.Odette estaba completamente aterrorizada.Maximilian se disculpó y se apresuró a entrar para revisar a Adeline.Dios… ¿será realmente tan doloroso? —susurró Odette en silencio en su corazón.—Amor —llamó Andrew suavemente.—S-sí… —respondió Odette, con los labios temblorosos.Andrew sabía que e
—Maldita sea… me colgó —murmuró Odette con frustración—. Ugh, Adeline… ¿qué se supone que haga ahora? Estoy tan confundida.—¿Confundida sobre qué, cariño?La voz de Andrew surgió de repente justo al lado de la cama.Los ojos de Odette se abrieron de par en par. Su corazón casi le sale del pecho.—¡Andrew?! ¿N-no estabas en el baño? —balbuceó.Él levantó una ceja, claramente divertido, con una leve sonrisa en los labios.—Terminé más rápido de lo que pensaba —dijo con calma—. Entonces… &iques
Celine soltó una risa corta, burlona y aguda.—Señorita Selena —dijo con calma—, escúchame bien.—Sí, me gusta Jason. Pero hay algo que necesitas entender: Jason ama a Adeline más que a su propia vida.Sus ojos se dirigieron hacia Jason, al otro lado del salón de baile.—¿No viste lo aterrorizado que estaba hace un momento? ¿Sabes que Jason fue quien le donó un riñón a Adeline? ¿Sabes que una vez me pidió que fingiera ser su novia… por una sola razón? Para hacer que Adeline sintiera celos.Celine esbozó una leve sonrisa.—Hizo todo eso porque la ama.
Se escucharon carcajadas.—Estás bromeando —se burló Belva—.—No hay manera de que alguien como Jason te eligiera —añadió otra, con tono burlón.—¿Por qué iba a bromear sobre esto? —replicó Adeline con firmeza—. ¿Qué tiene de malo? Jason es mi esposo. Si no me creen, pregúntenle a Selena.Se giró hacia Selena con una sonrisa afilada y cargada de intención.—¿Verdad, Selena?Selena puso los ojos en blanco, claramente molesta.—Selena, ¿es cierto? —preguntó Belva—. ¿Jason e
Adeline sonrió felizmente.—¡Oye, por favor! —protestó Odette dramáticamente, fingiendo cubrirse los ojos—. ¡Aquí hay un niño!—¡Ay, cállate! —le respondió Adeline.Jason notó que Adeline seguía tragando saliva nerviosamente.Tomó un vaso, le sirvió un poco de agua y se lo entregó.—Bebe —dijo suavemente—. Siempre se te olvida hidratarte. Recuerda que ya has tenido problemas de riñón antes.—Perdón, se me olvidó —dijo Adeline en voz baja.Jason la ayudó a bebe







