FAZER LOGINMientras tanto, Dante seguía concentrado en su trabajo, revisando información en la pantalla de su computadora desde una de las oficinas de la empresa de su esposa. Aun así, de vez en cuando su atención se desviaba hacia Elisa, recordando su nueva forma de mirarlo, la seguridad con la que respondía y aquella indiferencia que antes no existía ni de chiste. Intentó convencerse de que solo se trataba de una reacción ante el cambio de actitud de su esposa, pero algo en esa nueva versión de ella conseguía despertar su curiosidad y, aunque no entendía por qué, comenzaba a prestar atención a detalles que antes ni siquiera notaba.Justo cuando intentaba volver a concentrarse en la pantalla, el teléfono vibró sobre el escritorio. Dante miró el celular y reconoció el número de su madre antes de contestar.—¿Qué ocurre, mamá? —preguntó, llevándose el teléfono al oído.—Los empleados me comentaron que Elisa salió de la casa. Tomó uno de los autos y se marchó sin decir a dónde iba —informó Beatriz
Alejandro se sentó en el borde del muelle, todavía intentando asimilar todo lo que acababa de escuchar. Iris se acomodó a su lado y ambos quedaron unos segundos contemplando el río. El viento movía suavemente el cabello de ella, pero Alejandro apenas prestaba atención al paisaje. Después de tantos días buscándola, tenerla frente a él con otro rostro resultaba tan absurdo que una parte de su mente todavía se negaba a aceptar que realmente fuera Iris. La dio por perdida y, sin embargo, allí estaba, hablando con la misma seguridad de siempre y pidiéndole que encontrara su propio cuerpo.—No lo puedo creer. Esto es muy loco —murmuró, pasándose una mano por el cabello y soltando una risa nerviosa.Iris dejó escapar el aire lentamente y apoyó los antebrazos sobre las piernas.—Lo sé. Yo todavía no puedo asimilarlo —admitió, girándose hacia él—. Pero, Ale, necesito que encuentres mi cuerpo. Ve y busca en el río.Alejandro la observó con incredulidad. La petición era tan extraña que durante u
Iris Nox se dirigió al garaje y, al entrar, sus ojos se abrieron maravillados al encontrarse con una fila de coches deportivos perfectamente cuidados. Todos parecían piezas de colección, pero su atención se quedó en uno en particular: un Lamborghini negro cuya llave encontró precisamente dentro del bolso de Elisa. Una sonrisa amplia apareció en su rostro mientras se acercaba al vehículo y se acomodaba detrás del volante. Giró la llave y el motor rugió con una fuerza que consiguió arrancarle una expresión de satisfacción. —Uno de estos necesitaba en mi vida —murmuró Iris, acariciando el volante antes de pisar el acelerador. El Lamborghini salió del garaje a toda velocidad, dejando a los empleados y jardineros observándola con evidente desconcierto. —¿De verdad es la señora Elisa? —preguntó uno de ellos, siguiendo el coche con la mirada. —Así parece —respondió otro, soltando una pequeña risa—. Ya era hora de que retomara su vida. Iris condujo hacia el norte hasta llegar a un vi
Iris, por su parte, aprovechó la salida para intentar comunicarse con uno de sus compañeros más leales. Lo intentó varias veces, pero la comunicación se cortaba antes de conseguir establecer una conversación. Después de varios intentos, se detuvo junto a una arboleda y se quitó uno de los audífonos para recuperar el aliento que había perdido durante el trote. —Contéstame, Alejandro —pidió Iris, mirando la pantalla del teléfono con creciente frustración mientras volvía a intentarlo. Finalmente, Alejandro decidió atender aquel número extraño mientras trabajaba en la base de investigaciones. —Hola… —respondió con cautela, sin apartar la mirada de la pantalla. —Hola, Ale, soy Iris —dijo ella al otro lado de la línea. Alejandro abrió los ojos de par en par. Durante unos segundos se quedó sin palabras, hasta que se levantó de su asiento y comenzó a alejarse de sus compañeros para poder hablar con mayor tranquilidad y evitar que alguien escuchara la conversación. —¿Dónde carajos te hab
Carla fingía llorar en la sala, acompañada por Victoria. Cuando escucharon los pasos de Dante bajando por las escaleras, Victoria levantó la mirada y lo vio descender con una expresión extraña. Inmediatamente le hizo un gesto discreto a Dante para que se acercara y consolara a Carla. Él se aproximó, mientras Carla continuaba fingiendo un llanto desconsolado. —Dante, Elisa es muy mala —lloró Carla, refugiándose entre los brazos de Victoria. —Creo que no te dijo nada para que te pongas así —respondió Dante, observándola con cierta indiferencia. Carla levantó la mirada y frunció el ceño, sorprendida por su reacción. —¿Ahora la defiendes? —preguntó con voz dolida—. ¿Qué te está pasando? ¿Acaso tus sentimientos cambiaron? —Vaya, parece que se invirtieron los roles entre ustedes —protestó Dante, llevándose una mano al rostro con evidente cansancio—. Ya no entiendo nada. Dante soltó un suspiro y, sin añadir nada más, le hizo un discreto gesto a Victoria para que se llevara a Carla a la
Iris ingresó a su habitación y cerró la puerta detrás de sí, pero apenas dio unos pasos, unos zapatos negros perfectamente lustrados aparecieron atrás de ella y la obligaron a detenerse. Giró lentamente para descubrir quién la había seguido y se encontró con Dante, que acababa de entrar por el umbral. —Creo que no he terminado de hablar contigo —dijo con seriedad, cerrando la puerta tras de sí. —Yo sí terminé. Puedes irte, por favor —respondió Iris con absoluta calma, señalando la puerta con un leve movimiento de cabeza. —No lo haré hasta que me escuches lo que tengo que decirte —insistió Dante, acercándose unos pasos. —Habla —contestó Iris, cruzándose de brazos mientras lo observaba sin ninguna emoción. —No te quiero. Siempre quise decírtelo, pero eras tan frágil que no me salían las palabras. No quería herirte, pero ahora que te veo fuerte, creyéndote la Mujer Maravilla, voy a decirte todo lo que no pude decirte antes —confesó Dante con una seriedad que no dejaba lugar a dudas—







