로그인Intentaron matar a Iris Nox por descubrir los secretos de un golpe de Estado, pero en lugar de morir, despertó en el cuerpo de Elisa Valeri, una mujer sin voz ni carácter, atrapada en un matrimonio impuesto con un poderoso CEO que la desprecia desde el día en que lo obligaron a casarse con ella. Ahora, una agente secreta entrenada para sobrevivir ocupa el cuerpo de una esposa humillada. Mientras todos esperan que Elisa continúe siendo dócil y silenciosa, Iris está dispuesta a descubrir quién la traicionó, recuperar los secretos que casi le costaron la vida y destruir a quienes intentaron silenciarla. Ellos creen que Iris Nox está muerta. No saben que acaba de regresar.
더 보기La noche había cubierto la ciudad con una oscuridad espesa cuando Iris Nox salió de las oficinas del Ministerio con una pequeña memoria escondida dentro de la manga de su chaqueta. Caminaba con aparente tranquilidad entre los empleados que abandonaban el edificio, sosteniendo una carpeta contra el pecho y fingiendo ser una mujer más que terminaba su jornada laboral. Nadie habría imaginado que aquella mujer de aspecto elegante acababa de entrar en un sistema restringido, copiar información clasificada y descargar archivos capaces de destruir las carreras de varios hombres que ocupaban puestos demasiado importantes dentro del gobierno. Iris había tardado meses en llegar hasta ese momento y sabía perfectamente que aquella información podía costarle la vida, pero también sabía que si no sacaba los documentos del edificio, todo lo que había descubierto desaparecería bajo las órdenes de quienes estaban preparando un golpe de Estado.
Al llegar al estacionamiento, Iris pulsó el botón de su automóvil y caminó hacia él sin apresurarse. Sin embargo, cuando estaba a pocos metros del vehículo, percibió algo extraño. Dos hombres permanecían junto a una camioneta negra fingiendo conversar, pero ninguno llevaba identificación visible y ambos tenían la mirada demasiado pendiente de los movimientos de los empleados. Iris continuó caminando sin modificar el ritmo, aunque su mano se deslizó discretamente hacia el pequeño comunicador escondido bajo su ropa. Entonces escuchó el sonido de una puerta cerrándose detrás de ella y supo que había cometido un error: habían descubierto la intrusión. —¡Iris Nox! —gritó uno de los hombres mientras sacaba un arma y señalaba hacia ella con expresión amenazante. Iris giró la cabeza y, en lugar de detenerse, sonrió con ironía mientras aceleraba el paso. —Qué manera tan poco elegante de despedirse —murmuró, llevándose una mano al bolsillo antes de echar a correr. Los primeros disparos rompieron el silencio del estacionamiento y obligaron a varias personas a gritar mientras buscaban refugio. Iris se agachó justo cuando una bala pasó sobre su cabeza y corrió entre los vehículos, utilizando las columnas de concreto para cubrirse. Sacó su arma mientras avanzaba y disparó contra una de las luces del techo, dejando una zona del estacionamiento completamente a oscuras. Los hombres comenzaron a gritar órdenes y a perseguirla, pero Iris ya había calculado su ruta de escape. Saltó sobre el capó de un automóvil, rodó por el otro lado y salió por una puerta de emergencia que daba hacia una calle lateral. —¡No la pierdan! —rugió uno de sus perseguidores mientras corría detrás de ella con el arma en alto. Iris siguió corriendo sin mirar atrás, con la respiración agitada y la memoria escondida contra su cuerpo. Había conseguido lo que necesitaba, pero ahora tenía a media organización siguiéndole los pasos. Giró por una calle estrecha, derribó un contenedor para retrasar a sus perseguidores y continuó hacia el río, convencida de que todavía podía alcanzar el viejo puente antes de que cerraran todas las salidas de la zona. Entonces un dolor ardiente le atravesó el costado y sus piernas vacilaron durante un instante. Bajó la mirada y descubrió la sangre extendiéndose por su ropa. —Maldita sea —murmuró entre dientes mientras apretaba una mano contra la herida y continuaba corriendo.Iris ingresó a su habitación y cerró la puerta detrás de sí, pero apenas dio unos pasos, unos zapatos negros perfectamente lustrados aparecieron atrás de ella y la obligaron a detenerse. Giró lentamente para descubrir quién la había seguido y se encontró con Dante, que acababa de entrar por el umbral. —Creo que no he terminado de hablar contigo —dijo con seriedad, cerrando la puerta tras de sí. —Yo sí terminé. Puedes irte, por favor —respondió Iris con absoluta calma, señalando la puerta con un leve movimiento de cabeza. —No lo haré hasta que me escuches lo que tengo que decirte —insistió Dante, acercándose unos pasos. —Habla —contestó Iris, cruzándose de brazos mientras lo observaba sin ninguna emoción. —No te quiero. Siempre quise decírtelo, pero eras tan frágil que no me salían las palabras. No quería herirte, pero ahora que te veo fuerte, creyéndote la Mujer Maravilla, voy a decirte todo lo que no pude decirte antes —confesó Dante con una seriedad que no dejaba lugar a dudas—
Elisa mantenía la mirada fija en la pantalla de su teléfono, aparentando estar completamente distraída, pero sus oídos permanecían atentos a cada comentario casi imperceptible de Carla y Victoria. Aunque parecía absorta en el aparato, analizaba cada gesto, cada palabra y cada cambio en sus voces. —Ay, querida Elisa… a tu querido esposito le gustan las cosas difíciles. ¿Y tú tenías que ser tan migajera? —susurró, negando ligeramente con la cabeza—. Me decepcionas, mujer. Le entregaste todo y todavía tenías que perseguirlo. Qué manera tan triste de rogar por cariño. Iris se levantó del sofá y comenzó a subir las escaleras, pasando cerca de Victoria y Carla sin dedicarles una sola palabra. Ambas siguieron sus movimientos con la mirada. Carla frunció el ceño, claramente molesta por aquella indiferencia, mientras Victoria la observaba con una mezcla de desconcierto y cautela. Iris continuó subiendo con el teléfono en una mano y el rostro completamente sereno. No necesitaba provocarlas ni
Carla ocupó directamente su lugar al lado de Dante. Él observó a Elisa, esperando encontrar algún rastro de celos detrás de aquella nueva arrogancia que, según él, había aparecido después del accidente. Sin embargo, no encontró absolutamente nada. Iris ni siquiera se molestó en mirar a Carla; estaba demasiado concentrada en comer y recuperar las fuerzas de aquel cuerpo para cumplir su misión y encontrar su verdadero cuerpo. Para ella, Dante podía sentarse junto a quien quisiera, besar a quien quisiera o tener una amante dentro de aquella misma casa. Nada de eso le provocaba el menor interés. Aquel hombre no era suyo, y ella tampoco sentía que le perteneciera a nadie. Si Dante esperaba verla sufrir por Carla, iba a llevarse una decepción. Iris levantó la copa, bebió tranquilamente y continuó con su cena, como si la mujer sentada junto a su supuesto esposo fuera tan irrelevante como cualquier otro objeto de aquella mesa. La rabia comenzó a crecer silenciosamente dentro de Dante, pero d
Dante dio unos pasos hacia atrás, sin apartar los ojos de ella. —Dime qué pasó en ese cuarto —insistió, con el ceño fruncido. —¿Importa? —preguntó Iris, cruzándose de brazos con absoluta tranquilidad. —Claro que importa. Que mi esposa esté cogiendo con mi padrastro me revuelve el estómago —espetó Dante, visiblemente disgustado. —¿Tu esposa? —replicó Iris, levantando ligeramente una ceja—. Tu beneficiaria, querrás decir. —¿Desde cuándo te volviste tan arrogante? —preguntó él, indignado, sin apartar la mirada de ella. Iris lo observó con desdén y negó ligeramente con la cabeza. —¿Sabes qué? Ya no tengo ganas de hablar. Adiós —respondió con indiferencia antes de darse la vuelta y retirarse. Dante intentó retenerla, pero no alcanzó a reaccionar. Iris ya había salido del despacho y cerrado la puerta detrás de ella. Horas más tarde, durante la cena, Daniel bajó por las escaleras. Sus ojos buscaron inmediatamente a Elisa y, al encontrarla, sintió una incomodidad que no pudo disimula
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