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POV NinaEntré nuevamente al despacho de abogados.Los documentos del divorcio seguían sobre el escritorio, esperando solamente nuestras firmas para convertirse en una realidad.Respiré profundamente.—Abogado, quiero hablar un minuto con el señor Acosta.El abogado nos observó y después asintió.—Claro.Augusto se levantó inmediatamente.Salimos a la terraza del despacho.El aire fresco golpeó mi rostro y por unos segundos ninguno de los dos dijo nada.Nos quedamos frente a frente.Finalmente fui yo quien rompió el silencio.—Yo… no quiero arruinar la vida de mi hijo.Augusto bajó ligeramente la mirada.—Nina…—Déjame terminar.Respiré profundamente.—No quiero que me odie. No quiero que crezca pensando que su familia se rompió por su culpa. No quiero que vea el divorcio como algo normal que simplemente ocurre y que siempre termina lastimando a las personas.Sentí que mi voz comenzaba a quebrarse.—Es tan pequeño, Augusto. Él solamente quiere a su mamá, a su papá y a su hermano. No en
POV AugustoTres meses después.No fue fácil hablar con Alejandro sobre su madre.Durante mucho tiempo pensé que todavía era demasiado pequeño para comprender lo que había ocurrido. Quería protegerlo, mantenerlo alejado de los problemas de los adultos y evitar que cargara con un dolor que no le correspondía.Pero después de todo lo que había sucedido, comprendí que ocultarle la verdad tampoco era protegerlo.Era solamente retrasar el momento en que tendría que enfrentarse a ella.Cuando finalmente su salud mejoró y el médico consideró que estaba lo suficientemente estable, lo llevé a terapia.Recuerdo que aquella mañana manejé hasta el consultorio con las manos apretadas sobre el volante.Yo estaba nervioso.Mucho más de lo que quería admitir.¿Cómo se le explica a un niño que su madre cometió un delito?¿Cómo le dices que la persona que él ama está pagando por algo que hizo?¿Cómo evitas que piense que es culpa suya?Entré con él al consultorio y permanecí a su lado durante unos minut
POV Nina—Augusto, me fallaste.Decir aquellas palabras me dolió mucho más de lo que había imaginado.Durante días había intentado convencerme de que, cuando finalmente lo tuviera frente a mí, sería capaz de gritarle, de reclamarle todo lo que había ocurrido y de dejar salir la rabia que llevaba acumulada en el pecho.Pero ahora que estaba allí, frente a mí, no sentía rabia.Sentía tristeza.Una tristeza profunda, agotadora, de esas que parecen instalarse en el cuerpo y no quieren marcharse.Augusto me miró con los ojos llenos de lágrimas.—Déjame demostrarte que fue un error. Nina, por favor. Tenía mucho miedo. No sabía qué hacer.Negué lentamente con la cabeza.—Augusto…—Te juro que nunca quise lastimarte.Su voz se quebró.De pronto, cayó de rodillas frente a mí y me abrazó por la cintura.—Nina, nunca te fui infiel, pero…—Nada.Lo interrumpí.Ya no quería escuchar explicaciones.Había pasado demasiado tiempo intentando comprender las decisiones de los demás y justificando sus err
—Mamita… ¿estás enojada con papá?La voz de mi hijo consiguió atravesar todas las defensas que había levantado durante aquella noche.Me quedé inmóvil.Por un instante, olvidé los papeles que llevaba entre las manos, olvidé las palabras que había preparado y, sobre todo, olvidé la rabia que había intentado mantener viva para no volver a derrumbarme.Miré a mi pequeño.Sus ojos estaban clavados en mí, llenos de una inocencia que me partía el alma. No entendía las discusiones entre adultos, no comprendía las heridas que se habían acumulado durante años ni sabía que, detrás de aquella puerta, su madre estaba intentando tomar una de las decisiones más difíciles de su vida.Tragué saliva antes de responder.—No… cariño. No estoy enojada.Mentí.Sí estaba enojada.Estaba furiosa, decepcionada y profundamente herida.Pero no quería que mi hijo cargara con mis problemas.Me agaché frente a él y acaricié suavemente su cabello.—Papi ya se va.En cuanto pronuncié aquellas palabras, su expresión
POV AugustoQuince días después.Por fin, después de tantos días de angustia, el doctor me dio permiso para llevar a Alejandro a casa.Sentí un alivio enorme cuando escuché aquellas palabras.Aunque sabía que todavía no estaba completamente recuperado.Mi hijo había pasado por momentos muy difíciles y su cuerpo aún estaba débil. Necesitaba reposo, medicamentos, alimentación adecuada y, sobre todo, vigilancia constante. Por esa razón, había contratado a una enfermera especializada que comenzaría a cuidarlo desde el día siguiente.No quería correr ningún riesgo.Alejandro tenía apenas diez años.Era un niño inteligente, observador y mucho más maduro de lo que correspondía a su edad. Quizá por todo lo que había vivido, había aprendido demasiado pronto a notar cuando los adultos intentábamos ocultarle algo.Mientras salíamos del hospital, llevaba su pequeña mochila sobre los hombros.Lo observé caminar lentamente a mi lado.—¿Cansado, campeón?Negó con la cabeza.—Estoy bien, papi.Sonreí,
POV AUGUSTOEstaba sentado en uno de los pasillos del hospital, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas con tanta fuerza que sentía los dedos entumecidos.Llevaba horas allí.Quizá demasiadas.Pero no podía irme.No podía alejarme de mi hijo mientras su vida pendía de un hilo.Cada vez que escuchaba pasos acercándose, levantaba la cabeza con desesperación, esperando encontrar al médico que me diera alguna noticia.Hasta ese momento, nadie había podido decirme nada definitivo.El trasplante se había realizado, pero todavía era demasiado pronto para saber si su cuerpo aceptaría el órgano.Y esa espera era una tortura.Mi hijo estaba detrás de una puerta que yo no podía atravesar.No podía verlo.No podía tomar su mano.No podía decirle que todo estaría bien porque, sinceramente, ni siquiera yo sabía si sería así.Cerré los ojos y respiré profundamente.—Vamos, hijo… tienes que luchar.Mi voz salió quebrada.—No puedes dejarme ahora.Había pasado toda mi vida in







