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007

Author: HisTreasure
last update publish date: 2026-08-30 00:29:29

**AVA**

—¡Bzzz! —El molesto sonido del despertador perforándome los oídos hizo que soltara un quejido, despertando de golpe. Me masajée las sienes y me estiré, dejando escapar un pequeño bostezo.

—Libertad al fin —murmuré entre dientes, pero una risita resonó en la habitación, haciéndome dar un brinco. Me llevé las manos al pecho para evitar que el corazón se me saliera del susto.

¿Emily? De pie en medio de mi habitación, con una sonrisa de oreja a oreja, estaba la sirvienta que me había ayudado a escapar aquel día.

La me quedé mirando un minuto, parpadeando y frotándome los ojos para asegurarme de que era ella.

—Soy yo, Ava —dijo sonriendo. Salté de la cama y corrí a su encuentro.

—¡Eres tú! —grité de alegría, rodeándola con los brazos en un fuerte abrazo—. ¿Cómo entraste aquí? ¡¿Te vio?! —le pregunté en un susurro histérico tras soltarla.

Ella asintió, levantando las manos en un gesto tranquilizador. —Sí, me vio.

¿Qué?

La abracé de nuevo. —Lamento tanto que hayas tenido que pasar por todo eso por mi culpa —me disculpé profundamente.

Ella arrugó la nariz, confundida, antes de mirarme con fijeza. —Sinceramente, no tengo idea de qué estás hablando. Me fui unos días por un asunto personal.

¿Cómo?

—¿Quieres decir que has estado a salvo todo este tiempo? —indagué para asegurarme de lo que estaba oyendo. Yo había perdido el sueño por este asunto, ¿y ahora me decía que había estado perfectamente bien?

—Así es, señora.

Vaya. La miré parpadeando, sin entender de dónde venía todo esto.

Al ver mi confusión, decidió sacarme de dudas. —El señor Zayn nunca me castigó, solo me dio una severa advertencia. Creo que fue una táctica para controlarla y asustarla para que no volviera a escapar.

¡Qué maldito! Seguro era uno de esos hombres ricos que se niegan a aceptar el hecho de que no todo el mundo puede ser controlado.

Un torbellino de emociones inundó mi corazón: gratitud, alivio, todo a la vez. Le di palmaditas en el brazo. —Me alegra que estés de vuelta.

—Sí, a mí también. Voy abajo a preparar la mesa. El desayuno se sirve en veinte minutos —anunció antes de darse la vuelta.

Perfecto.

Veinte minutos después, bajé las escaleras con una sensación de entusiasmo, ya que había recibido el permiso del Señor Arrogante. Revisé dos veces mi atuendo en el espejo del pasillo y asentí. Al menos me veía presentable.

Desde donde estaba, divisé a Zayn sentado a la mesa del comedor, con la cabeza sepultada en su teléfono y el ceño fruncido por la concentración.

Sintiéndome audaz, decidí acompañarlo. Mis pantuflas resonaron en el suelo de linóleo, pero él se negó a levantar la vista hasta que me detuve junto a la silla al lado de la suya. —Buenos días, Señor Arrogante —le dije, tocando la silla tentativamente mientras esperaba que respondiera.

Levantó la cabeza para mirarme y, tras observarme un momento, finalmente habló: —No se supone que debas comer conmigo —respondió, con voz fría y distante.

Una enorme sonrisa se dibujó en mi rostro. —Ups —comencé a decir—. Lo lamento tanto, señor, pero el bebé quiere comer aquí, y si no me equivoco, el bebé tiene derecho a lo que quiera, ¿verdad? —pregunté en broma, con la voz destilando sarcasmo, pero él no respondió.

Volvió a centrar su atención en el teléfono, haciéndome rodar los ojos mientras le clavaba el diente a la baguette.

Olía delicioso, y sentí que mis entrañas saltaban de alegría ante la idea de devorar tan rica comida.

Tenía unas sirvientas maravillosas. Solo esperaba que las tratara bien.

Noté su mirada fija en mí y levanté la cara para encararlo. —¿Tiene algo que decir, señor? —pregunté, arqueando las cejas.

—Deja de masticar tan ruidoso, es irritante —soltó antes de seguir con su teléfono. Yo aumenté el ruido; por alguna extraña razón, disfrutaba sacarlo de quicio.

Todo iba de maravilla hasta que un trozo de baguette se me quedó atorado en la garganta. Intenté por todos los medios pasármelo o expulsarlo, pero fue en vano.

Me aclaré la garganta varias veces para deshacerme del pedazo alojado en mi tráquea. Me estaba empezando a doler del esfuerzo por tragar. Agarré el vaso de jugo que tenía enfrente para pasármelo, pero solo empeoró la situación.

—Z-Zayn... —lo llamé, pero me ignoró como si yo no existiera. Golpeé su lado de la mesa, pero se negó a responder.

—¡Zayn! —grité con desesperación.

Eso resultó un desastre porque, para ese momento, ya había empezado a asfixiarme, tosiendo ruidosamente. Su cabeza se levantó como un resorte. Sus ojos se abrieron de par en par, horrorizados.

—¡Mierda! —maldijo y entró en acción, alcanzando una jarra de agua que estaba frente a mí—. Toma esto. —Sirvió el agua en el vaso, derramando unas gotas en el proceso—. ¡Dios mío! ¿Estás bien? —preguntó antes de darme palmaditas en la espalda con delicadeza, como si fuera una niña.

El agua ayudó a aliviar la opresión en mi garganta y por fin pude tragar de nuevo, sintiendo cómo pasaba libremente.

Inhalé aliviada y contuve las lágrimas que amenazaban con salir como prueba del dolor que había sentido.

—¿Cómo te sientes? —volvió a preguntar, con la preocupación asomándose en sus ojos.

Los ojos de Zayn se clavaron en los míos y sentí un escalofrío recorrerme la espalda. —Sí, sí, ya estoy mejor. —Tragué saliva ante la intensidad de su mirada—. Gracias.

Siguió mirándome fijamente y me removí incómoda en la silla, esquivando su mirada penetrante. —Esto... —balbuceé.

—Deberías tener más cuidado la próxima vez, mastica despacio —dijo, y lo único en lo que pude fijarme fue en la poca distancia que nos separaba. Estaba tan cerca.

Negué levemente con la cabeza. —Sí, fue un error total —me reí con nerviosismo—. No es como si hubiera querido...

Él asintió sin apartar los ojos de los míos. —Entiendo, tienes que ser cuidadosa de ahora en adelante, no es bueno para el bebé.

Tenías que arruinarlo, Señor Arrogante. Solo fingía preocupación por el bebé. ¿Por qué me miraba tanto? Luché contra el impulso de decirle que se sentara y dejara de aparentar que le importaba yo.

Su mirada descendió hacia mi cuello y, por instinto, tragué saliva. —¿Quieres seguir comiendo esto o prefieres que las sirvientas te traigan algo más? —me preguntó.

Sí, eso tenía sentido. Seguíamos sin romper el contacto visual. —Prefiero otra cosa —murmuré.

Se puso de pie, enderezándose, cuando una voz furiosa tronó en el lugar: —¿Qué carajos está pasando aquí?

Me di la vuelta y vi a su prometida, Sophia, fulminándome con la mirada.

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