LOGINEntró en la habitación equivocada la peor noche de su vida. Él era el único hombre con el que jamás debió haberse cruzado. Caroline Bennet ha vivido siempre a la sombra del favor de su familia, pero construyó su imperio de eventos de lujo con sus propias manos. Inteligente, elegante y ferozmente independiente, creía que su vida iba por buen camino... hasta que descubrió a su prometido —con quien llevaba cuatro años de relación— protagonizando una traición devastadora con su propia hermana. Desolada y desorientada, busca refugio y evasión en un hotel de lujo, pero termina entrando por la puerta equivocada. Alexander Wade es el frío e imponente director ejecutivo de Wade International. Implacable, dueño de un autocontrol absoluto y extremadamente reservado, no comete errores ni permite que variables imprevistas alteren su mundo estructurado. Sin embargo, tras ser drogado a escondidas en una gala familiar, se encuentra recuperándose en una suite privada cuando una hermosa desconocida, bajo los efectos del alcohol, entra tambaleándose en su habitación. En la oscuridad, dos desconocidos unidos por crisis personales comparten una noche inesperada e inolvidable.
View MoreLa luz ambiental del gran salón de baile del St. Regis resultaba cegadora; rebotaba en las lámparas de araña de cristal y en las superficies pulidas de la fachada de la alta sociedad. Para el resto del mundo, Alexander Wade era el despiadado e inaccesible director ejecutivo de Wade International, un hombre cuya vida se cimentaba en un control férreo, horarios precisos y una disciplina inquebrantable.
Aquella noche no era más que un trámite. Su padre, Richard Wade, esperaba su presencia en la gala benéfica anual de la familia, una escenificación de unidad de la alta sociedad destinada a complacer tanto a la prensa como a los inversores. A pocos pasos de él se encontraba Daniel, su asistente personal y sombra siempre vigilante, asegurándose de que la velada transcurriera con una perfección ensayada. Desde el otro lado del salón, Victoria Wade, la madrastra de Alexander, se desplazaba entre la multitud con su habitual gracia impecable, mientras su hijo biológico, Ethan, la seguía a un paso de distancia. Victoria le dedicó a Alexander esa sonrisa cortés y medida que reservaba para las apariciones públicas: la máscara reluciente de una mujer que nunca había aceptado realmente al primogénito de su marido. —Parece que te preparas para despedir a toda la junta directiva, hermano —murmuró Ethan al detenerse junto a Alexander y dar un sorbo a su copa—. Es un evento benéfico. Puedes relajarte. Alexander no dejó de escudriñar el salón. —Alguien tiene que mantener intacta la reputación de esta familia. Ethan esbozó una sonrisa sutil, imperturbable. —Cierto. Sigue a lo tuyo, entonces. Tras aceptar una copa de champán de un camarero que pasaba por allí, Alexander bebió un sorbo cortés para complacer a un grupo de dignatarios extranjeros que se acercaban. No tenía intención de quedarse mucho tiempo. Sin embargo, al cabo de veinte minutos, una presión repentina e intensa se instaló tras sus ojos. Al principio, lo atribuyó a la fatiga. Luego, su visión se nubló. Un calor sofocante se propagó por sus venas, embotando sus agudos instintos y haciendo que sus extremidades se sintieran increíblemente pesadas. Se aferró al borde de una mesa alta; los nudillos se le pusieron blancos mientras luchaba por mantener el equilibrio. Daniel apareció a su lado al instante, con voz baja y urgente. —¿Señor Wade? Está pálido. ¿Qué le ocurre? —Estoy bien —respondió Alexander con voz ronca, aunque carecía de su habitual autoridad imponente. El corazón le latía con fuerza desbocada contra las costillas. Daniel observó sus pupilas dilatadas y tomó una decisión inmediata y discreta. Sin pasar por la salida principal y evitando las cámaras, guio a Alexander hacia una puerta lateral privada. Consciente de que la seguridad del lugar se había visto comprometida, Daniel evitó por completo el hotel donde se celebraba el evento; acomodó a su jefe en un sedán de cristales tintados y ordenó al conductor que se dirigiera a un hotel de lujo más tranquilo y de alta seguridad, situado a cuatro manzanas de distancia. Cuando llegaron a la suite, Alexander apenas podía mantenerse en pie. Daniel ya había avisado al doctor Hayes, el médico privado de confianza de la familia Wade. El doctor llegó en cuestión de quince minutos, realizó un análisis de sangre rápido y confirmó la situación. —Lo han drogado con un sedante químico de última generación —susurró el doctor Hayes a Daniel cerca del vestíbulo de entrada—. Le he administrado un agente neutralizante, pero su organismo está en estado de choque. Necesita reposo absoluto. Permanecerá consciente, pero su percepción y sus funciones cognitivas se verán gravemente mermadas durante las próximas horas. Daniel asintió con la mandíbula tensa. Tras acomodar a Alexander en la mullida cama de la habitación en penumbra, salió y cerró con llave la pesada puerta. Por seguridad, ocupó la habitación contigua a la de Alexander y colocó su portátil sobre el escritorio para empezar a revisar las grabaciones de seguridad de la noche, manteniéndose lo bastante cerca para responder a cualquier llamada. Cuatro plantas más abajo, en un bar de hotel tenuemente iluminado y totalmente ajeno al entorno de la familia Wade, Caroline Bennet permanecía sentada, contemplando su vaso de whisky escocés de color ámbar.A sus veintisiete años, Caroline había construido una vida de la que se sentía orgullosa. Era inteligente, independiente y sumamente capaz; confiaba en su propio esfuerzo en lugar de en la considerable fortuna de su familia. Era una mujer que valoraba el control, la elegancia y una fortaleza serena.
Sin embargo, esa noche, aquella fortaleza se había hecho añicos en fragmentos afilados y dolorosos. Su teléfono vibraba sin cesar sobre la barra de mármol: una avalancha implacable de mensajes y llamadas de Finn Forbes. Finn, el hombre al que había amado durante cuatro años. El hombre con quien había imaginado todo su futuro.—Solo... quiero que pare —susurró Caroline, mientras sus mecanismos de defensa se desmoronaban por completo bajo el peso del agotamiento y el alcohol. No sabía quién era aquel desconocido de hombros anchos, pero en su estado de profunda confusión y desconsuelo, el firme agarre en su muñeca no le parecía una amenaza, sino el único ancla que la mantenía en pie en un mundo que acababa de derrumbarse. —Por favor... déjame olvidar...
Alexander estaba confundido; la observaba fijamente. ¿Quién era aquella chica? Su habitual control férreo se veía debilitado por la droga que aún nublaba sus sentidos. Aun así, a través de la bruma, podía sentir el temblor que recorría el cuerpo de ella. No era una intrusa. No estaba fingiendo. Era simplemente una mujer que parecía haber visto cómo su mundo entero se desmoronaba.
Caroline se acercó a él; el alcohol había suavizado la rigidez de su habitual compostura, dejando sus mejillas encendidas y sus pasos ligeramente vacilantes. Alexander también la atrajo hacia sí; su aliento rozaba el rostro de ella y su pulgar apartaba una lágrima que se aferraba a su mejilla. A Caroline le faltó el aire por un instante, pero no se apartó. Entonces, Caroline alzó la vista y sus ojos se encontraron con los de él. Algo en aquella mirada acalló cualquier cautela que aún quedara entre ambos. Alexander se inclinó hacia ella, lo suficientemente despacio como para darle oportunidad de alejarse. Ella no lo hizo. Sus labios se unieron. Al principio hubo vacilación, pero a medida que el momento se prolongaba, el anhelo tácito entre ambos tomó el control. Caroline cerró los ojos, entregándose a la calidez que había ansiado encontrar durante toda la noche. Alexander olvidó la bruma de su mente y cualquier motivo para resistirse; ya solo existía ella. —¿Qué me estás haciendo? —gruñó Alexander mientras miraba sus ojos inocentes, sintiendo cómo se esfumaba la poca sensatez que aún conservaba. Los dedos de Caroline se aferraron suavemente a la camisa blanca de él, al tiempo que el brazo de Alexander la rodeaba y la atraía hacia sí. Finalmente, el agotamiento se impuso sobre las preguntas que ninguno de los dos se atrevía a formular. Caroline permaneció acurrucada junto a él, protegida por el abrazo firme de su brazo, mientras la habitación se sumía poco a poco en el silencio. Al amanecer, seguían abrazados, sin sospechar siquiera cuánto iba a cambiar todo entre ellos a raíz de aquella única noche.Finalmente, el agotamiento se impuso a las preguntas que ninguno de los dos se atrevía a formular. Caroline permaneció acurrucada junto a él, con el brazo de él rodeándola con firmeza, mientras la habitación se sumía lentamente en el silencio.
Al amanecer, seguían abrazados, sin sospechar en absoluto cuánto estaba a punto de cambiar todo entre ellos a raíz de aquella única noche.
La débil luz del sol otoñal se filtraba a través de las finas cortinas de la suite principal, proyectando un resplandor suave y fresco por todo el inmenso ático. Muy por encima de la ciudad, la habitación permanecía en silencio, aislada de la fría humedad que se extendía por las calles de Manhattan, allá abajo.Caroline despertó lentamente, recuperando los sentidos en suaves y pausadas oleadas. Tenía la cabeza cómodamente apoyada sobre el cálido y firme pecho de Alexander, con un brazo descansando despreocupadamente alrededor de su cintura. El ritmo constante y acompasado de su respiración era un refugio reconfortante y, durante un breve instante, atrapada en esa neblina entre el sueño y la vigilia, el enorme peso de las interminables responsabilidades logísticas de su agencia pareció encontrarse a millones de kilómetros de distancia.Se movió ligeramente, levantando el rostro para mirarlo.En la silenciosa calma de la mañana, la fría e imponente máscara que Alexander llevaba en las r
La débil luz del sol de noviembre bañaba las tranquilas calles adoquinadas del Upper East Side. Un amanecer pálido y frío se abría paso entre las bajas capas de nubes. Mientras el resto de Manhattan apenas comenzaba a despertar —los barrenderos retiraban las húmedas hojas otoñales de las alcantarillas y los carritos de café abrían en cada esquina—, una maniobra sutil y calculada ya estaba en marcha dentro de un reservado privado de The Carlyle.En el silencioso salón del hotel, las pesadas cortinas de terciopelo estaban descorridas lo justo para dejar entrar la fría luz de la mañana. El ambiente era tranquilo, aislado del ruido de las calles que se extendían abajo, y solo se percibía el delicado aroma del té Earl Grey recién preparado y del brioche tostado.Isabelle Laurent estaba sentada en una mesa junto a la esquina, perfectamente serena a pesar de lo temprano que era. Vestida con una blusa de seda color crema y un elegante blazer de corte impecable, sostenía una taza de porcelana
La lluvia golpeaba con un ritmo constante e hipnótico contra los ventanales de suelo a techo del ático de Alexander en Manhattan, difuminando la deslumbrante extensión del horizonte de la ciudad en un lavado de luces ámbar y de neón.En el interior, el vasto ático reinaba en silencio, salvo por el calor bajo y crepitante de una chimenea de gas moderna y el zumbido tenue de un sistema de sonido invisible que reproducía una suave y pausada melodía de jazz. Los suelos de madera pulida reflejaban el cálido resplandor del fuego, mientras que el imponente panel de cristal ofrecía un marcado contraste entre la metrópolis caótica y empapada por la lluvia en el exterior y la absoluta quietud del santuario en las alturas.Caroline estaba sentada acurrucada en la esquina del profundo sofá de terciopelo carbón, con una suave manta de cachemira drapeada holgadamente sobre sus hombros. Sostenía una taza caliente de té de manzanilla con ambas manos, con la mirada fija en las llamas titilantes. La fr
Las pesadas puertas de cristal del salón Mercer se cerraron de golpe tras Emily, dejando atrás el ambiente silencioso, impregnado de seda costosa y mármol pulido, para sumergirla de lleno en el viento gélido y cortante que recorría la calle Mercer. Su corazón martilleaba contra sus costillas como un pájaro atrapado. El aire frío del otoño le escocía en las mejillas, pero apenas lo notaba mientras sus tacones marcaban un ritmo rápido y errático sobre la acera empedrada. En su mano derecha, sus dedos aferraban con tal fuerza el vaso de café —ya tibio— que el cartón se hundía hacia adentro bajo la presión de su agarre. Encontrarse con Isabelle Laurent no había sido una mera coincidencia; parecía más bien una forma de intervención divina. Durante meses, Emily había vivido bajo la sombra asfixiante de Caroline Bennet. Incluso después del estrepitoso colapso de la familia Bennet —cuando William Bennet finalmente solicitó el divorcio de Eleanor y abandonó a la familia para siempre, tras


















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