LOGINLa noche de su quinto aniversario, Daniela descubre que Víctor, su esposo y el hombre que ama, espera un hijo con su antigua novia. Pero la verdadera humillación llega cuando él le exige que continúe siendo su esposa mientras instala a su amante en otra casa. Víctor está convencido de que Daniela aceptará. Cree que es una mujer dependiente, incapaz de sobrevivir sin su apellido ni su dinero. Lo que ignora es que ella lleva años sosteniendo en secreto buena parte del imperio que él presume haber construido solo. Decidida a divorciarse y recuperar todo lo que dejó en sus manos, Daniela recibe una propuesta inesperada de Ramiro Alcázar, el hermano mayor de Víctor y el enemigo que su propia familia lleva años intentando borrar. Ramiro necesita una esposa para reclamar el poder que le arrebataron. Daniela necesita un aliado capaz de enfrentarse a los Alcázar. Él le ofrece un matrimonio por contrato. Ella lo manda al infierno. Hasta que descubre que Víctor no solo traicionó su amor. También utilizó su patrimonio a sus espaldas.
View MorePOV Daniela
La amante de mi esposo me felicitó por nuestro aniversario.
Su mensaje apareció a las diez y diecisiete de la noche, mientras yo contemplaba la silla vacía al otro lado de la mesa y buscaba una nueva excusa para no sentirme humillada. Víctor me había escrito más de una hora antes para avisarme que una reunión de último momento lo retrasaría. No era la primera vez, así que pedí al camarero que mantuviera la cena caliente y continué esperándolo en el salón privado donde habíamos celebrado cada aniversario desde nuestra boda.
“Felicidades por estos cinco años, Daniela. Supongo que ya es hora de que sepas por qué Víctor no pudo celebrarlos contigo”
No reconocí el número, pero sí a la mujer de la fotografía que acompañaba el mensaje. Verónica Salvatierra sonreía frente a un espejo, con una mano debajo del vientre y la otra sosteniendo el teléfono. Detrás de ella estaba Víctor. No se veía su rostro, solo su torso cubierto por una camisa blanca y una de sus manos apoyada sobre aquella pequeña curva.
Reconocí el reloj que le había regalado cuando asumió la presidencia. También la cicatriz junto al pulgar y la alianza que yo misma había colocado en su dedo cinco años atrás.
Deslicé la pantalla y encontré una segunda imagen: una ecografía con el nombre de Verónica y una fecha de cuatro días antes. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones, pero mantuve la espalda erguida porque el camarero acababa de entrar para llenar mi copa.
—¿Desea que sirvamos la cena, señora Alcázar? —preguntó mientras miraba con discreción el puesto vacío de Víctor.
Guardé el teléfono dentro del bolso antes de responder. No quería que un desconocido viera lo que acababa de hacerme mi esposo, aunque probablemente mi rostro ya lo revelara.
—No será necesario. Puede traerme la cuenta.
El hombre dudó apenas un instante antes de retirar la botella.
—¿Quiere que preparemos la comida para llevar?
La idea de regresar a casa cargando la cena que Víctor había abandonado me revolvió el estómago.
—No, gracias. Pueden retirarlo todo.
El camarero se alejó y yo apoyé las manos sobre el regazo. Dentro del bolso, debajo del teléfono, llevaba los resultados de los estudios médicos que me había realizado sin contarle a nadie. Durante tres años, la familia Alcázar había opinado sobre mi cuerpo como si les perteneciera. Mi suegra me recomendaba especialistas en cada almuerzo; mi cuñada hablaba de tratamientos milagrosos, y Octavio, el padre de Víctor, ni siquiera se molestaba en disimular que me consideraba incapaz de cumplir con mi obligación.
Los resultados demostraban que no existía ningún problema aparente en mí.
Víctor había elegido ese restaurante para nuestra primera cena como esposos. También había pedido que nos reservaran el mismo salón privado cada aniversario. Durante cinco años repetimos el ritual, aunque en los últimos dos él llegara tarde y pasara buena parte de la noche contestando llamadas.
Seguía creyendo que aparecería con una disculpa breve y esa expresión cansada que siempre lograba desarmarme. Esa vez ni siquiera se había presentado.
Quería aprovechar aquella cena para hablar con él, mostrarle el informe y pedirle que se hiciera los estudios correspondientes. Pasé varios días pensando cómo planteárselo sin que lo interpretara como un ataque. Incluso elegí las palabras que usaría para proteger su orgullo, porque llevaba cinco años protegiéndolo de todo, muchas veces también de sí mismo.
El teléfono vibró nuevamente dentro del bolso. Me obligué a sacarlo.
“Él quería decírtelo, pero nunca encontró el momento. Espero que podamos resolver esto sin lastimarnos más de lo necesario.”
La delicadeza fingida de Verónica consiguió lo que la primera fotografía no había logrado. La rabia atravesó el dolor y me permitió levantarme sin tambalear. Pagué la cuenta y abandoné el restaurante sin responderle. No iba a discutir con la amante de mi esposo antes de escuchar qué pretendía hacer él con el desastre que había provocado.
Víctor me llamó cuando estaba entrando al automóvil. Observé su nombre en la pantalla hasta que la llamada se cortó y comencé a conducir. Volvió a intentarlo dos veces durante el trayecto, pero no contesté. Si hablaba con él por teléfono, podía mentirme, interrumpirme o decidir que aquella conversación debía esperar hasta la mañana siguiente. Quería tenerlo frente a mí. Necesitaba verle los ojos cuando admitiera cuánto tiempo llevaba engañándome.
Su automóvil ya estaba estacionado frente a la casa cuando llegué. Al entrar, escuché su voz procedente del estudio y avancé hacia allí sin quitarme el abrigo.
—No debiste escribirle —decía con una frialdad que conocía bien—. Te pedí que esperaras hasta que pudiera hablar con ella.
Me detuve antes de cruzar la puerta. No escuché la respuesta de Verónica, pero vi cómo Víctor cerraba los ojos mientras se presionaba el puente de la nariz.
—Mañana resolveré esto —aseguró antes de colgar.
Dejó el teléfono sobre el escritorio y levantó la mirada. Su expresión cambió al verme, aunque no encontré culpa ni vergüenza en ella. Solo fastidio. Parecía molesto porque una situación que creía bajo control se le había adelantado.
—¿Te escribió Verónica? —preguntó mientras tomaba el vaso de whisky que tenía junto a unos documentos.
Entré en el estudio y cerré la puerta a mi espalda. Mis manos seguían frías, pero mi voz salió serena.
—Me envió una fotografía de ustedes y una ecografía. También me felicitó por nuestro aniversario.
Víctor bebió un sorbo antes de dejar el vaso. La tranquilidad con que lo hizo me indicó que llevaba tiempo preparando aquel momento.
—Quería hablar contigo esta noche, pero la situación en la empresa se complicó.
—No llegaste al restaurante porque estabas trabajando o porque estabas con ella.
Mi pregunta no contenía una acusación. No la necesitaba. Aun así, Víctor apartó la vista y acomodó unos documentos que ya estaban perfectamente alineados.
—Estuve con Verónica. Tenía una consulta y me pidió que la acompañara.
La naturalidad de la confesión me obligó a apretar los dedos alrededor del bolso.
—¿El hijo es tuyo?
Víctor volvió a mirarme. Esperé que dudara, que reconociera que necesitaba una prueba o que, al menos, pareciera abrumado por lo que estaba admitiendo.
—Sí, Daniela, es mío.
El dolor no llegó como un golpe. Se extendió lentamente por mi pecho, ocupando el espacio donde todavía conservaba la esperanza de que existiera otra explicación.
—¿Cuánto tiempo llevas acostándote con ella?
Su mandíbula se endureció ante la pregunta, como si mi derecho a formularla fuera más ofensivo que sus actos.
—Siete meses, aunque entrar en esos detalles no nos ayudará a resolver nada.
—A mí me ayudará a entender cuántas veces regresaste a nuestra cama después de estar en la suya.
Víctor guardó silencio. Desvió la mirada hacia el ventanal y volvió a tomar el whisky, concediéndome la respuesta que no quería pronunciar. Yo recordé sus viajes, sus cenas de negocios y las noches en que llegaba tan tarde que apenas se quitaba la ropa antes de acostarse a mi lado. También recordé todas las veces que lo había defendido cuando alguien insinuaba que un hombre con su posición nunca permanecía fiel demasiado tiempo.
Abrí el bolso y saqué el sobre de la clínica.
—Hace unos días recibí estos resultados. No tengo ninguna dificultad para quedar embarazada. Pensaba pedirte que te realizaras estudios para averiguar por qué no habíamos podido tener hijos.
Dejé el informe sobre el escritorio. Víctor miró el logotipo de la clínica sin tocar el sobre, y una sombra de incomodidad cruzó su rostro.
—Ya no tiene importancia.
—Para mí sí la tiene.
—Verónica está embarazada —señaló, apoyando ambas manos sobre el escritorio—. Es evidente que el problema no soy yo.
Capítulo 5 —Una reunión privadaPOV DanielaEl divorcio terminó un martes.La resolución llegó por correo electrónico poco después de las nueve de la mañana, mientras revisaba con Clara una serie de inversiones que había descuidado durante mi matrimonio. Leí el documento completo, aunque solo necesitaba las primeras líneas para saber que Víctor ya no era mi esposo.Esperé sentir alivio. En cambio, permanecí sentada frente a la pantalla, con las manos apoyadas sobre el escritorio y una presión dolorosa en el pecho.Habían pasado semanas desde que abandoné nuestra casa. Semanas de reuniones con abogados, llamadas rechazadas y documentos que Víctor se negaba a firmar porque insistía en que terminaría arrepintiéndome. Al final, mi decisión de no reclamar propiedades ni compensaciones le había quitado cualquier motivo legítimo para continuar retrasando el proceso.Ya era libre, pero la libertad no había conseguido borrar cinco años de mi vida.—Puedes irte a casa si lo necesitas —ofreció C
Capítulo 4 —El momento adecuadoPOV RamiroAltair Capital retiró el respaldo que mantenía estable al grupo cuatro días después de que Daniela Mentha abandonara a mi hermano.Recibí ambas noticias en el extranjero, durante una reunión que llevaba semanas preparando. La primera apareció en un informe enviado por mi director financiero; la segunda llegó por medio de uno de los abogados que vigilaban los movimientos de mi familia. Leí los dos mensajes mientras los hombres sentados al otro lado de la mesa continuaban discutiendo cifras que habían perdido todo mi interés.Víctor estaba a punto de descubrir que una presidencia no se sostenía únicamente con un apellido.Cerré la carpeta de la negociación y miré a Roberto Nassario, mi asesor financiero. Él conocía ese gesto y comprendió que la reunión había terminado antes de que se lo indicara.—Reprograma lo que queda para mañana —ordené mientras me levantaba—. Necesito revisar una situación en mi país.Roberto no hizo preguntas delante de l
Capítulo 3 — El día despuésPOV DanielaDormí con el teléfono apagado.O, al menos, permanecí varias horas con los ojos cerrados, intentando convencerme de que eso podía considerarse dormir. La habitación de invitados de mi tía era cómoda y silenciosa, pero cada vez que movía la mano izquierda, la ausencia del anillo de bodas me recordaba que la cena, la fotografía de Verónica y la arrogancia de Víctor no habían sido una pesadilla.Clara no intentó obligarme a hablar durante la madrugada. Me dejó una jarra de agua junto a la puerta y esperó hasta la mañana. Cuando bajé a la cocina, la encontré revisando unos documentos en su tableta. Empujó hacia mí una taza de café y me observó ocupar la silla contraria.—¿Qué quieres hacer? —preguntó, sin ofrecerme un consuelo que ninguna de las dos habría creído.Rodeé la taza con las manos. Había pasado la noche formulándome la misma pregunta y rechazando cualquier respuesta que incluyera volver con Víctor.—Quiero divorciarme.Clara dejó la table
Capítulo 2 —La parte más cruel de aquella nochePOV DanielaLa frase fue pronunciada sin violencia, pero consiguió humillarme más que cualquier insulto. Durante años había permitido que su familia me responsabilizara. Ahora utilizaba el embarazo de su amante para liberarse de toda sospecha, sin detenerse a pensar en lo que implicaba para mí.—¿Eso es lo único que tienes que decirme?Víctor rodeó el escritorio y se acercó, aunque mantuvo suficiente distancia para no tocarme.—Sé que estás dolida y comprendo que necesites tiempo. No espero que aceptes la situación de inmediato, pero debemos pensar con calma antes de hacer algo que perjudique a todos.Su tono razonable me produjo un escalofrío. Víctor no estaba improvisando. Había pensado en aquel momento, analizado las consecuencias y elegido una solución. Lo único que no había considerado era mi voluntad.—¿Qué piensas hacer con Verónica?Él sostuvo mi mirada mientras respondía.—El niño será reconocido y llevará mi apellido. Voy a com






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