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Capítulo 3

Author: Dolores Moreno Torton
Volví a casa y elegí un cuchillo afilado.

No quería quedarme esperando así. Si de todos modos iba a morir, era mejor hacerlo de una vez.

Después de todo, estaba sola en casa. No tenía que preocuparme por asustar a nadie.

Me acosté en la cama y miré el techo blanco.

Con el cuchillo en la mano, no pude evitar reírme de lo absurda que había sido mi vida.

Había pasado veinte años enteros en este mundo, y todo ese tiempo lo había dedicado a una misión de conquista impuesta por el sistema.

El tiempo había pasado volando. En esos años viví demasiadas cosas que jamás habría podido prever.

Recordé cuando mamá se volvió a casar y me llevó a vivir a una casa desconocida. Samuel fue quien se acercó primero a mí, quien hizo que confiara en él por completo.

Pensé que por fin tenía a alguien en quien apoyarme en este mundo. Con él, podía ser libre, caprichosa y hacer lo que quisiera, porque siempre estaba ahí para protegerme.

Así que, para corresponder a ese cariño, me esforcé con todas mis fuerzas por tratarlo bien.

Desde primaria, ahorraba todo lo que podía para comprarle figuras de colección de edición limitada. Más adelante, cuando él se metía en problemas por hacerles bromas pesadas a otros, yo lo cubría; cuando le dolía el estómago a las tres de la madrugada, salía a comprarle medicamentos soportando mis propios cólicos y lo cuidaba sin quejarme hasta el amanecer; y cuando quiso un reloj nuevo de edición limitada, usé todo el dinero que gané trabajando durante unas vacaciones de verano para comprárselo, sin gastar ni un centavo en mí.

Al vernos tan unidos, creí que ese era un lazo familiar que la protagonista adorada por todos no podría arrebatarme.

Qué pena. El aura de protagonista era realmente poderosa. Incluso Samuel, un personaje secundario casi insignificante, terminó atraído por Gemma.

En cuanto Gemma apareció, me arrebató con facilidad el único cariño familiar que tenía en este mundo.

Pero ya daba igual. Yo era una persona destinada a morir. Al final, todos mueren. La única diferencia es morir antes o morir después.

Sin dudarlo, me hice un corte en la muñeca y vi cómo la sangre empezaba a salir.

Sentí cómo la sangre abandonaba mi cuerpo poco a poco. Me mareé, la vista se me nubló, y solo quería morir así, en silencio.

Como no quería causarle problemas a nadie, dejé una carta de despedida para dejar claro que había sido una decisión mía y que no involucraran a nadie más.

Me voy por voluntad propia. No hace falta que nadie se ponga triste por mí.

Aunque, probablemente, nadie se pondría triste por mí. Después de todo, era una persona muy desagradable.

Mi conciencia empezó a volverse borrosa, y recordé mi desastrosa vida.

No importaba cuánto me esforzara por completar la misión de conquista. Mientras Gemma apareciera, todos se sentirían atraídos por ella y terminarían odiándome.

Justo cuando creí que por fin podría abandonar este mundo horrible, escuché que alguien golpeaba la puerta con fuerza.

Luego sentí que alguien me vendaba la muñeca con cuidado.

Hice un esfuerzo por abrir los ojos.

—Frida, ¿perdiste la cabeza?

El hombre frente a mí era Martín Bermúdez, mi antiguo profesor particular. Me llevaba siete años.

Era uno de los objetivos de conquista que el sistema me había asignado.

Recuerdo que, cuando estaba en el colegio, mis notas eran malas, y mi padrastro contrató a un estudiante de una universidad prestigiosa para que me diera clases particulares.

En ese momento, yo solo quería estudiar, pero el sistema me avisó que él podía ser conquistado.

Así que usé las clases como excusa para acercarme a él.

Sabía que él daba prioridad a sus estudios, así que escribí una ruta de conquista para él. Me fabriqué una imagen de chica dulce, bonita y dependiente de él, y me pasaba el día pegada a él.

Incluso llegó a llevarme a conocer a sus padres.

Dijo que yo era la primera chica que les presentaba.

El nivel de afecto de Martín hacia mí aumentó tal como había previsto, y subió muy rápido.

Justo cuando pensé que por fin podría sobrevivir, Gemma volvió a aparecer frente a mí.

Ella compartía exactamente los mismos gustos e intereses que Martín. En cuanto me vio, se asustó tanto que empezó a temblar y se refugió en los brazos de Martín, llorando.

—Martín, no sé qué hice para molestar a Frida. En el colegio, ella fue quien empezó a acosarme. Ahora tengo que tomar pastillas todas las noches para poder dormir, y hasta terminé con depresión.

Entonces Martín abrazó a Gemma frente a mí con fuerza, como si fueran dos amantes separados durante mucho tiempo.

—No tengas miedo. Yo voy a protegerte.

Ese mismo día, Martín me dio una bofetada y me dijo que me largara de ahí, que a partir de ese momento fingiría que no me conocía. También me advirtió que no volviera a molestar a Gemma.

Así, mi misión volvió a fracasar.

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