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Fate Says No, but the Devil Says Yes

Fate Says No, but the Devil Says Yes

By:  Gilded RichesCompleted
Language: English
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On the day of my mate-bonding ceremony, someone threw a corrosive potion at me, leaving my face disfigured. In front of everyone, Oliver Fielding—my fated mate, the one promised to me for eight years—coldly rejected me and claimed the Alpha's younger stepsister, Isabella Dorsey, instead. That same night, Alpha Lucas Dorsey placed a moonstone ring in my hand. "If Oliver won't claim you, then I will. And I'll make sure you get justice." He brushes his fingers over my corroded, scarred cheek and whispers tenderly, "Evelyn, even in such a state, you're more beautiful than anyone else." Since he claimed me, Lucas has treated me like something sacred. He remembers every little thing I love and hate. Even when the painful memories overwhelm me and I lash out in panic, he just presses a kiss to my palm, his pain lingering in the touch. How could I not be completely lost to him? However, three years later, I overhear Lucas speaking with his assassin outside the council chamber. "That silver-laced corrosive potion I had you prepare—was the dosage correct?" The assassin hesitates before replying, "Alpha, if you care about Evelyn so much, why would you—" "Isabella wants Oliver, so I'll help her by removing the obstacle—Evelyn." He runs his thumb over the herbal sachet I made him and murmurs, "It's just… I've grown strangely reluctant to let Evelyn go. She's my pawn, after all." I wipe away my tears. If I'm nothing more than an obstacle to him, I'll save him the trouble and walk away on my own.

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Chapter 1

Chapter 1

El teléfono sonó a las tres de la tarde, justo cuando estaba cambiando el suero del paciente de la cama siete.

Nunca debí contestar.

—¿Señorita Méndez?

La voz del otro lado era masculina, neutra, sin una pizca de humanidad. De esas voces que no necesitan gritar para destrozarte la vida.

—Sí, soy yo.

—Le hablo del departamento legal del Banco Nacional. Llamo para informarle que el plazo para liquidar la deuda asociada a la propiedad de su abuela, María Elena Campos, vence en setenta y dos horas.

Setenta y dos horas.

Tres días.

El suero tembló en mi mano. Una gota de solución salina cayó al suelo de linóleo.

—No entiendo —mentí, porque sí entendía, lo entendía perfectamente, pero una parte de mí esperaba que aquello fuera un error, una broma macabra, cualquier cosa menos la verdad—. Mi abuela falleció hace tres meses. Yo... yo he estado pagando lo que puedo.

—Los pagos parciales no cubren el total de la deuda, señorita Méndez. Su abuela dejó un préstamo médico de cien mil dólares que usted avaló con la propiedad. Si no liquida el monto completo antes del viernes a las tres de la tarde, el banco procederá al embargo y la casa saldrá a subasta pública.

Avalé con la propiedad.

Esa frase me perseguiría durante años.

Recordé el día que firmé ese papel. Mi abuela acababa de recibir el diagnóstico. Un cáncer agresivo, de esos que no preguntan ni esperan. El médico habló de tratamientos costosos, de esperanzas limitadas, de meses que podían alargarse si pagábamos lo suficiente.

Yo tenía veintidós años, un sueldo de enfermera recién graduada y el corazón roto. El abogado del banco puso el documento delante de mí y dijo: "Es solo una formalidad, señorita. Para que su abuela pueda recibir el tratamiento."

Firmé.

Ahora ese papel me costaba la única casa que había conocido.

—Señorita Méndez, ¿sigue ahí?

—Sí —mi voz sonó como si viniera de muy lejos—. Sigo aquí.

—Le recuerdo que el plazo es improrrogable. Setenta y dos horas.

La llamada se cortó.

---

El pasillo del hospital se alargaba ante mí como un túnel sin salida.

Había empezado el turno de tarde. Las luces fluorescentes parpadeaban ligeramente, como si el edificio también estuviera cansado. El olor a desinfectante y a vendas estériles se me metía en la nariz, un aroma que antes me parecía a hogar y que ahora solo me recordaba a todo lo que había perdido.

Cien mil dólares.

Podía repetir la cifra mil veces y seguiría sin encontrarle sentido. Mi sueldo de enfermera apenas alcanzaba para el alquiler del cuartucho donde vivía y para comer dos veces al día. Ahorrar era un lujo que no me podía permitir. Los pagos que había hecho al banco eran migajas, intentos desesperados de mantener a flote un barco que ya se estaba hundiendo.

Y entonces llegó la imagen.

No fue un recuerdo ordenado, sino una ráfaga que me golpeó sin avisar: el olor a canela y a jazmín en la cocina de la abuela. El sonido de su voz cantando aquel bolero viejo que tanto le gustaba. Sus manos arrugadas peinándome el pelo antes de dormir. Las tardes de lluvia viendo telenovelas en el sofá de flores descoloridas.

Esa casa no era solo una propiedad.

Era el único lugar del mundo donde alguien me había querido.

Mis padres murieron cuando yo tenía seis años. Un accidente de tráfico en una carretera mojada, una curva mal tomada, dos ataúdes cerrados porque los cuerpos quedaron irreconocibles. Mi abuela me recogió sin hacer preguntas, me puso un plato de sopa caliente delante y me dijo: "Aquí estarás siempre en casa, mi niña."

La abuela había cumplido su promesa.

El banco estaba a punto de romperla.

—¿Luna?

Parpadeé. Carla, mi compañera de turno, me miraba con el ceño fruncido desde la puerta de la sala de descanso. Llevaba el uniforme arrugado y una mancha de café en la solapa. Carla siempre estaba arrugada, siempre tenía manchas de café, y siempre, sin excepción, aparecía cuando yo estaba a punto de derrumbarme.

—Estás pálida —dijo—. ¿Malas noticias?

—Tengo que irme —respondí, guardando el teléfono en el bolsillo con dedos temblorosos—. Dile a la supervisora que ha surgido una emergencia familiar.

—¿Emergencia familiar? Luna, si necesitas...

—Gracias, Carla.

No dejé que terminara. Porque si me quedaba un segundo más, iba a romperme allí mismo, en medio del pasillo, rodeada de pacientes que necesitaban que alguien los cuidara.

Y yo ya no podía cuidar a nadie.

Ni siquiera a mí misma.

---

Salí del hospital con el uniforme puesto.

El sol de la tarde me golpeó la cara como un insulto. La ciudad seguía funcionando a mi alrededor, ajena a mi desastre. Coches, peatones, el ruido de un autobús frenando en la esquina. Gente que iba a trabajar, que volvía a casa, que reía, que hablaba por teléfono.

Gente que no debía cien mil dólares.

Gente que no estaba a punto de perderlo todo.

Caminé sin rumbo. Las aceras estaban llenas, los semáforos cambiaban de color, mis pies se movían automáticos como si no me pertenecieran. La mente se me había quedado en blanco, ocupada solo por aquella cifra imposible y por el sonido de la voz del abogado repitiendo setenta y dos horas una y otra vez.

La casa de la abuela estaba al otro lado de la ciudad, en un barrio modesto de calles estrechas y vecinos que se conocían por el nombre. La última vez que había ido, después del funeral, me quedé sentada en el porche durante horas. No pude entrar. El olor a canela aún estaba allí, atrapado en las cortinas, y yo no tenía fuerzas para olerlo sin romperme.

Ahora el banco quería quitármelo todo.

¿Qué haría la abuela en mi lugar?

La respuesta llegó inmediata, con su voz cascada resonando en mi memoria: "Tú nunca te rindes, mi niña. Las Méndez no nos rendimos. Nos levantamos, nos sacudimos el polvo y seguimos andando."

Pero yo no podía levantarme.

El peso de la deuda era demasiado grande.

El dolor de haberla perdido aún estaba demasiado fresco.

Y entonces alcé la vista.

Había llegado a un cruce de calles anchas, con tráfico denso y el semáforo peatonal parpadeando en rojo. Los coches pasaban veloces, brillantes, indiferentes. Mi reflejo se proyectaba en las carrocerías pulidas: una mujer menuda, con el uniforme azul de enfermera, el pelo castaño recogido en una coleta descuidada y unas ojeras que contaban historias de insomnio.

El semáforo cambió a verde.

O eso creí.

Porque en realidad no miré.

Simplemente eché a andar.

El claxon me taladró los oídos. Chirrido de frenos. Un golpe seco, metálico, violento. El mundo giró sobre sí mismo y yo caí al asfalto, raspándome las palmas de las manos.

No me atropelló a mí.

El coche se desvió en el último segundo para esquivarme y se estrelló contra una farola.

Me quedé sentada en el suelo, con el corazón latiéndome en la garganta. La gente empezó a agruparse, a preguntar, a sacar teléfonos. El humo del motor se elevaba en espirales grises.

Y entonces la puerta trasera del vehículo se abrió.

De él salió el hombre más imponente que había visto en mi vida.

Traje gris impecable. Hombros anchos. Mandíbula cuadrada, afilada como el filo de un cuchillo. Y unos ojos verdes, intensos, que en ese momento me miraban como si quisieran reducirme a cenizas.

—¿Estás loca? —su voz era grave, cortante, furiosa—. ¡Podrías haberte matado! ¡Podrías habernos matado a nosotros!

Abrí la boca para responder.

Pero no me salió nada.

Porque aún no lo sabía, pero ese hombre no solo iba a cambiarme la vida.

Iba a comprarla.

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