Se connecterEl murmullo de la gente en el centro comercial pareció desvanecerse por completo. En medio del ir y venir de los transeúntes, Victoria y Alejandro permanecieron inmóviles, congelados por el impacto del reencuentro. Hacía dos años que no cruzaban una sola palabra; la última vez había sido aquella noche fría en el muelle, envueltos en el dolor y en la revelación de la trampa que Andrea les había tendido. El pequeño en los hombros de Alejandro balbuceó algo alegre, tirándole suavemente de la solapa del saco. El gesto rompió el transe. Alejandro bajó al niño con delicadeza, tomándolo firmemente de la mano, y tras dudarlo apenas un segundo, caminó despacio hacia donde estaba Victoria. Victoria sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Instintivamente dio un paso atrás, ajustando la correa de su bolso entre las manos. Quería girarse y huir para evitar complicaciones, pero sus pies no respondieron. —Victoria... —dijo Alejandro al detenerse a un par de metros de ella. Su voz so
En el otro extremo de la ciudad, la luz del sol matutino entraba a través de los ventanales de una amplia y moderna residencia ubicada en una de las zonas más exclusivas. El ambiente allí era completamente distinto al de la fría mansión Del Castillo: las paredes ostentaban tonos cálidos y sobre la alfombra de la estancia principal había juguetes de madera, bloques de construcción y libros ilustrados esparcidos en un desorden lleno de vida. Alejandro Del Castillo caminaba por el corredor cargando a un pequeño niño de dos años en brazos. El pequeño, de cabello castaño claro y sonrisa inquieta, reía mientras Alejandro le hacía cosquillas en el costado antes de sentarlo en su silla alta en el comedor. —A ver, campeón, hoy tenemos un día largo —dijo Alejandro con una sonrisa genuina, acomodando el tazón de avena frente al niño—. Si te terminas todo el desayuno, iremos al parque por la tarde. El niño balbuceó con entusiasmo, tomando la cuchara con sus pequeñas manos. Alejandro lo ob
La mañana de un martes cualquiera comenzó con el mismo silencio tenso que se había vuelto cotidiano en el departamento. Victoria ordenaba la mesa del comedor, colocando los platos del desayuno con excesivo cuidado, intentando ignorar el peso de las miradas evasivas de Fernando. El olor a café recién pasado llenaba la cocina, pero ninguno de los dos disfrutaba del aroma. Fernando mantenía los ojos fijos en la pantalla de su teléfono móvil, desplazándose por correos electrónicos de la oficina con una concentración fingida. Frente a él, sobre la barra, descansaba un sobre blanco con el membrete de la clínica de fertilidad que habían visitado dos semanas atrás. El resultado negativo de la última prueba de laboratorio no necesitaba ser nombrado; la sola presencia de ese sobre en la casa era un recordatorio constante de su incapacidad para concebir. —Fernando, el café se te va a enfriar —dijo Victoria en voz baja, rompiendo el espeso silencio mientras se sentaba frente a él. —Gracias,
Victoria decidió buscar a Fernando en el restaurante. Necesitaba encarar la situación antes de que la distancia terminara por destruir lo poco que les quedaba. Al llegar, caminó por los pasillos silenciosos hasta subir las escaleras que daban a la parte alta. Lo encontró parado en la orilla, mirando la ciudad desde la azotea del restaurante, con el viento despeinándole el cabello y la mirada perdida en el horizonte. —Fernando... Fernando, por favor, tenemos que hablar —le pidió Victoria acercándose despacio, con la voz llena de una emotividad contenida. Él no se giró de inmediato. Mantuvo la vista en los edificios antes de responder con amargura: —¿De qué? ¿De lo importante que sigue siendo Alejandro Del Castillo en tu vida? —No, de nosotros, Fernando —dijo ella con firmeza, dándole el frente para que pudiera verle a los ojos—. Tuve la oportunidad de renunciar a nuestro matrimonio cuando Alejandro me secuestró. Pude haber dicho que no a una segunda ocasión; sin embargo, me cas
Doña Carlota intentó llevarse una mano al pecho para tomar aire, pero el rostro se le desencajó por completo. La acumulación de tantas mentiras, el escándalo en la entrada de la casa y el golpe demoledor a la honra de los Del Castillo terminaron por quebrarla. De pronto, la mirada de la matriarca se volvió difusa y se desplomó perdiendo el conocimiento. —¡Mamá! —gritó Camila al verla caer, abalanzándose hacia ella. Alejandro reaccionó al instante, tomándola antes de que se golpeara contra el suelo y acomodándola con cuidado sobre el sofá. —¡Llamen al médico inmediatamente! —exigió Alejandro hacia los empleados con voz de mando—. ¡Que venga a la mansión de urgencia, rápido! Minutos después, el médico de la familia llegó a la residencia y subió a revisar a Doña Carlota a su habitación. Tras examinarla meticulosamente y aplicarle un sedante para estabilizarle la presión arterial, salió al pasillo donde Alejandro y Camila lo esperaban con evidente angustia. —La salud de Doña Car
La palabra "MÍO" aún resonaba en las paredes del gran salón cuando la cordura de Alejandro terminó de romperse. La humillación de los años perdidos, la trampa de la fiesta, las mentiras sobre su matrimonio y ahora la verdad sobre la paternidad del bebé se concentraron en un solo impulso de rabia pura. Sin decir una sola palabra, Alejandro dio dos pasos agigantados y le descargó un puñetazo brutal en la mandíbula a Marcos. El impacto resonó con eco seco. Marcos trastabilló hacia atrás, chocando contra una mesa auxiliar y derribando un adorno de porcelana que se hizo trizas en el suelo. Llevándose la mano a la boca ensangrentada, Marcos lanzó una mirada llena de odio y se abalanzó sobre Alejandro. —¡Maldito Seas! —rugió Marcos, tacleándolo por la cintura. Ambos cayeron pesadamente sobre la alfombra principal del vestíbulo. Se desató una pelea feroz. Alejandro, cegado por la furia, logró girar el cuerpo y quedar por encima, asestándole dos golpes seguidos en el rostro mientras Ma







