LOGINCada palabra era un puñal diseñado para herir a Victoria. Ella esperó, con un hilo de esperanza, que Alejandro interviniera, que pusiera un límite a las ofensas de su hermana. Pero el silencio de él fue absoluto. Alejandro no movió un solo dedo para defenderla.
Con la mente hecha un caos absoluto y el pecho oprimido por el dolor, Victoria dio media vuelta y salió apresuradamente de la habitación del hospital.
Las preguntas daban vueltas en su cabeza sin piedad. ¿Cuándo había regresado Andrea? ¿Llevaban tiempo viéndose a sus espaldas? Necesitaba respuestas. Necesitaba hablar con él a solas y aclarar, de una vez por todas, qué significaba realmente su matrimonio.
La tarde transcurrió en una nebulosa de ansiedad. Sorprendentemente, la reunión con el socio comercial se desarrolló sin contratiempos y la firma del contrato fue un éxito rotundo.
Sin embargo, apenas el cliente cruzó la puerta de salida, Victoria buscó a Alejandro con la mirada, pero él ya no estaba por ningún lado. Le preguntó a su secretaria, pero nadie sabía dónde se había metido.
"Seguro fue a buscar a Andrea", pensó Victoria con amargura.
Resignada, decidió ordenar los últimos detalles de su trabajo en la oficina y regresar a la casa que compartían. Lo esperaría allí el tiempo que fuera necesario para tener esa conversación pendiente.
Al bajar al vestíbulo del edificio para dirigirse al estacionamiento, una voz alegre la sacó de sus pensamientos.
—¡Victoria!
Al levantar la vista, vio a su mejor amiga caminando hacia ella con paso decidido. Antes de que Victoria pudiera reaccionar, su amiga la tomó firmemente del brazo.
—Ni se te ocurra decirme que tienes que trabajar —dijo su amiga con una sonrisa cómplice—. Ayer fue tu cumpleaños y no pudimos celebrar nada por culpa de tus pendientes de la oficina. Así que hoy yo misma te voy a compensar.
—No, de verdad no puedo... —intentó protestar Victoria, pensando en Alejandro.
—Claro que puedes —la interrumpió su amiga, empujándola suavemente hacia el asiento del copiloto de su coche—. Vamos a mi casa. Te tengo una sorpresa que te va a encantar, no acepto un no por respuesta.
Victoria suspiró, dejándose llevar por la insistencia de su amiga. Quizás un momento de distracción la ayudaría a calmar la tormenta que llevaba dentro.
Poco después, llegaron al apartamento de su amiga. Al abrir la puerta principal, Victoria entró al recibidor. Pero antes de que pudiera encender la luz o dar un paso más, una voz sumamente familiar, que no había escuchado en mucho tiempo, resonó desde el interior de la sala.
Victoria tomó fuertemente de la mano a Ana Victoria y apuró el paso sin detenerse en la esquina. Un auto negro con chofer las estaba esperando con el motor encendido al borde de la acera. Subieron rápidamente al vehículo y el conductor arrancó de inmediato, dejando atrás la silueta amenazante de Andrea y el bullicio de la calle. El trayecto transcurrió en un silencio tenso. Al llegar al lujoso hotel donde Victoria se estaba hospedando durante su estancia en la ciudad, subieron directamente a la suite. Solo cuando cerró la puerta y sintió la seguridad del lugar, Victoria pudo soltar el aire que tenía atravesado en el pecho. Caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad, sacó el teléfono de su bolso con manos decididas y marcó el número de Alejandro. En el penthouse, el teléfono sonó e inmediatamente él contestó. —Victoria... —dijo Alejandro al responder. —Alejandro, escúchame con mucha atención —interrumpió Victoria con tono firme, sin rodeos—. Acabo de llegar al hotel con Ana Vic
—¡Maldita seas, Victoria! ¡Suéltame, imbécil! —gritó Andrea con desesperación, forcejeando e insultándola con furia mientras intentaba zafarse del agarre que la mantenía contra la pared. Victoria la sostuvo un segundo más, mirándola con profundo desprecio, antes de soltarla de un empujón que hizo que Andrea diera un paso tambaleante hacia atrás, acomodándose el abrigo desgastado con la respiración agitada y una expresión de pura rabia contenida. —Guárdate tus insultos y tus amenazas, Andrea. No te tengo miedo —le advirtió Victoria con voz fría, ajustándose la chaqueta dispuesta a dar media vuelta. Justo en ese momento, las puertas de vidrio del edificio se abrieron con un suave zumbido. Ana Victoria salió a la acera buscando a su madre con la mirada, pero se quedó congelada al ver la tensión en el ambiente y notar la presencia de Andrea a pocos metros. —¿Mamá? ¿Qué pasa aquí? —preguntó Ana Victoria, acercándose con pasos rápidos y desconcertados al ver el rostro desencajado
La conversación en el penthouse llegó a su fin cuando Victoria decidió que era momento de marcharse. Antes de despedirse, Ana Victoria se acercó a su madre con una mezcla de pena y determinación en los ojos. —Mamá... ¿te importaría si me quedo un poco más aquí con Diego? Quiero estar un rato más con él —pidió Ana Victoria con suavidad. Victoria la miró unos segundos, notando el cariño sincero que había entre ellos, y asintió con una ligera sonrisa comprensiva. —Está bien, puedes quedarte un rato más, hija. Pero luego tenemos que hablar tú y yo con calma sobre todo esto —le advirtió Victoria antes de encaminarse hacia la salida. Se despidió de Alejandro, quien aún procesaba el peso de la verdad que acababa de confesar, y salió del penthouse. Tomó el ascensor hasta la planta baja, cruzó el vestíbulo y empujó las puertas de vidrio para salir a la acera y buscar un transporte. Iba caminando unos pasos hacia la esquina cuando, de repente, una mano áspera la sujetó fuertemente d
El silencio en la sala se volvió casi insoportable. Victoria miró a Alejandro sin poder salir de su asombro, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Se llevó la mano a la sien por un segundo y respiró profundo antes de hablar. —¿De qué estás hablando, Alejandro? —preguntó Victoria, con la voz apenas como un hilo, pero sin perder la compostura—. ¿Cómo que Diego no es tu hijo? ¿Cómo guardaste algo así durante todos estos años? Alejandro bajó la cabeza, agobiado por la vergüenza y el peso de su pasado. Caminó un par de pasos hacia el ventanal, asegurándose de que los muchachos siguieran afuera en la terraza, ajenos a la conversación, antes de volver a mirarla. —Cuando su madre estuvo embarazada, las cosas entre nosotros ya estaban destruidas —explicó Alejandro, con tono amargo—. Tiempo después me enteré de la verdad, pero para ese momento Diego ya me miraba a los ojos y me decía «papá». Para mí él siempre ha sido mi hijo, Victoria, con o sin mi sangre. Nunca me importó l
El eco de la risa de Andrea seguía en la cabeza de Alejandro, dejándolo furioso y con los puños apretados. Al otro lado de la línea, la mujer le había colgado sin dejarlo hablar, recordándole el chantaje con el que intentaba destruir el secreto de su familia. Diego era su hijo, pero la verdad sobre su origen era una bomba de tiempo. —Maldita sea... —bufó Alejandro, pasándose las manos por la cara, sabiendo que tenía que actuar rápido. Mientras tanto, en Los Ángeles, el ambiente en la casa era de pura tensión. Tras la llamada en la que Ana Victoria se negó a volver, Victoria guardó el teléfono con un suspiro pesado y se acercó a la ventana. Fernando se levantó del sillón con calma y se acercó a ella, tomándola de las manos. —Iré a preparar tus maletas —le dijo con ternura—. Llama para cambiar el pasaje. Si las cosas se ponen feas allá, me avisas y busco la forma de alcanzarte. Victoria le apretó las manos y asintió, agradeciendo su apoyo. Horas más tarde, el avión despegó
Ana Victoria miró a Diego a los ojos y apretó su mano con fuerza. La decisión ya estaba tomada en su corazón, aunque supiera que le dolería a su madre. —Mamá, lo siento mucho... pero no puedo dejar a Diego solo en este momento —dijo Ana Victoria con firmeza pero con cariño—. Te quiero mucho, pero me voy a quedar. —¡Ana Victoria, no! ¡Espera! —alcanzó a decir Victoria desde el otro lado, pero la joven cortó la llamada y dejó el celular sobre la mesa. Diego la miró, sin poder creer que ella hubiera desafiado a su mamá por él. —Gracias... de verdad gracias —murmuró él, abrazándola muy fuerte. Mientras tanto, en Los Ángeles, Victoria se quedó con el teléfono en la mano, escuchando el tono de la llamada cortada. Un sudor frío le recorrió el cuerpo y la angustia le oprimió el pecho. Tenía pavor de lo que pudiera pasarle a su hija. Caminó a toda prisa hacia la sala, buscando desesperadamente a Fernando. Al verlo descansando en el sillón, se acercó a él con las manos temblorosas







