Mag-log inPara intentar despejar un poco la mente y calmar la angustia que lo ahogaba, Alejandro se había levantado de su asiento y se había acercado lentamente hacia el área de la televisión en la sala de espera del hospital. En la pantalla, el noticiero matutino transmitía un reporte de último momento. Aunque en el titular aún no mencionaban el nombre de Andrea, las imágenes de video de seguridad mostraron de repente el rostro de una mujer y los clips de la entrada al establecimiento. Alejandro se quedó petrificado, con los ojos fijos en la pantalla; el corazón pareció detenérsele en el pecho al reconocerla de inmediato. Era ella. Un sudor frío le recorrió la espalda y, con las manos temblando de forma descontrolada, sacó el celular del bolsillo y marcó el número del comandante Benedetti. —¿Comandante? —exigió saber Alejandro con la voz tensa apenas le contestaron—. Acabo de ver las noticias... ¿Es verdad? ¿Encontraron a una mujer muerta en un motel? Del otro lado de la línea, el co
La desesperación y la rabia ciega nublaron por completo el juicio de Alejandro. Apenas escuchó el nombre de la mujer, se abalanzó sobre Marcos con una violencia desatada, atrapándolo con fuerza por el cuello de la camisa y estrellándolo contra la pared del hospital con un golpe sordo. —¿Tú sabes dónde está Andrea? ¡Dímelo ahora mismo, Marcos! —le exigió Alejandro a gritos, con los ojos inyectados en sangre y la voz quebrada por el odio, sacudiéndolo sin piedad ante la mirada atónita de los transeúntes. Marcos contuvo el aliento por el impacto, sin intentar zafarse ni devolverle el golpe; sabía que se lo merecía y que la vida de su hijo colgaba de un hilo. Con las manos temblorosas y el rostro contraído por la culpa, levantó la mirada hacia el hombre que lo sujetaba. —Yo... solo la vi entrar al alquiler de autos, te lo juro... —balbuceó Marcos con la voz rota y ahogada, tratando de explicarse mientras el aire le faltaba—. No sé a dónde fue después... ¡Pero te juro que la voy a en
La rabia acumulada durante años estalló en el pecho de Alejandro al tenerlo tan cerca. Con un movimiento brusco, se sacudió de encima las manos de Marcos y lo empujó hacia atrás con furia, señalándolo con un dedo tembloroso. —¡No te atrevas a llamarlo tu hijo! Diego es mi hijo. Así que lárgate de aquí —le rugió Alejandro con la voz rota por el veneno y la impotencia. Marcos se adelantó encarándolo, con la mirada inyectada en sangre y la voz saliendo entrecortada por el dolor. —¡Es mi hijo! Tú me lo quitaste únicamente porque tenías dinero y pudiste comprar a los jueces para que te dieran la custodia, que fue muy diferente —le reclamó Marcos con furia, sin amedrentarse—. ¡Pero lleva mi sangre y lo sabes muy bien! Así que es mi hijo y necesito saber cómo está. Alejandro lo miró con una mezcla de asco y profunda lástima. Las lágrimas volvieron a amenazar con desbordarse por el borde de sus ojos, recordando las palabras lapidarias del médico apenas unos minutos antes. —Está vi
El informe del cirujano en el pasillo de urgencias había dejado a todos al borde del colapso, pero la pesadilla médica no había terminado. Con el rostro todavía marcado por el cansancio y una evidente expresión de pesar, el doctor hizo una pausa, respiró hondo y volvió a tomar la palabra ante la mirada atenta y desesperada de Alejandro, Ana Victoria y Victoria. —Hay algo más que deben saber. El médico bajó la mirada por un segundo antes de soltar el diagnóstico definitivo. Debido a la magnitud del daño, existe una probabilidad extremadamente alta de que, aun si logra despertar y superar el coma, Diego pierda la movilidad en sus extremidades inferiores. Es muy posible que no vuelva a caminar y tenga que depender de una silla de ruedas. Un silencio sepulcral, denso y desgarrador se instaló en el pasillo. Las palabras del doctor cayeron como una losa de plomo sobre los hombros de todos. Ana Victoria sintió que el suelo se le abría bajo los pies; un sollozo agónico, roto por el es
El silencio que cayó de golpe en la habitación era espeso y pesado. Marcos se quedó de pie, con los nudillos lastimados y la respiración agitada, observando el cuerpo inmóvil de Andrea tirado sobre el suelo frío. Ella yacía con los ojos cerrados, el labio partido y sin emitir el menor sonido, completamente vencida tras los golpes. Al ver que no reaccionaba, un frío repentino recorrió la espalda de Marcos. Aunque la odiaba, el miedo a que se le hubiera ido la mano y terminara muerta en ese motel de mala muerte lo sacó de su estupor. La rabia que lo había cegado era por una razón muy clara: Diego también era su hijo, y la idea de que esa infeliz lo hubiera masacrado le encendía la sangre. Pero no iba a quedarse ahí a cargar con un cadáver; si la policía lo encontraba en la escena, todo se iría al diablo. Marcos dio un paso atrás, se sacudió la ropa con manos temblorosas y salió de la habitación a toda prisa, cerrando la puerta con disimulo. Con la cabeza gacha y el paso apresurado
El sudor frío le corría a Marcos por la frente mientras caminaba con pasos rápidos y sigilosos. Llevaba días con una obsesión clavada en la cabeza, vigilando de cerca los movimientos de Andrea desde que la vio rondando las agencias de alquiler de autos. Sabía que tramaba algo oscuro, y su instinto no se equivocaba. Esa tarde, la vio aparecer a lo lejos, caminando con pasos acelerados y la mirada fija en el suelo, dirigiéndose directamente hacia la entrada del modesto motel de carretera donde se alojaba. Sin dudarlo ni un segundo, Marcos se deslizó entre las sombras de las paredes vecinas, siguiéndola de cerca y manteniendo la distancia justa para que ella no notara que la venía pisando los talones. Andrea llegó frente a la puerta de su habitación, sacó las llaves del bolso con torpeza y se dispuso a abrir la cerradura. Estaba tan nerviosa que las manos le temblaban. Justo en el instante en que iba a girar la llave, Marcos se abalanzó sobre ella desde atrás. Con un movimien







