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Capítulo 2

작가: Sea One
Durante los últimos días, me la pasé ocupada empacando mis cosas.

Sellaba una caja tras otra y las mandaba directo a Chicago.

Incluso el propio Dante me ayudó a encintarlas.

—Solo vas a ir a Chicago por diez días. ¿Para qué mandas tantas cosas? —preguntó él, extrañado.

—Mi padre compró una casa nueva y quiero llevarme algunas de mis pertenencias.

Esa fue la excusa que le di, y Dante simplemente asintió, creyéndose el cuento.

—Dile al personal que plante más ginkgos en el patio.

—Te gustan.

Todos los años hacía que me llevara a esa hilera de ginkgos.

Y todo este tiempo, él pensó que lo que me gustaba eran los árboles en sí.

Ni siquiera se le pasó por la mente lo que esa propuesta significaba para mí.

—No es necesario.

Él detuvo lo que estaba haciendo y me miró.

—Ahora me gustan más los sicomoros.

Soltó una risa leve y asintió.

Le devolví la sonrisa.

Fue en ese momento cuando lo entendí: si Dante nunca discutía conmigo, no era porque me consintiera o me amara. Simplemente era porque nada de lo que tuviera que ver conmigo le importaba en serio.

Poco después, por fin pareció notar algo.

—¿Por qué todas las cajas son tuyas?

—¿No vas a dejar espacio para mí allá?

Yo ya tenía lista la respuesta.

—Todavía no.

—Mi papá ha estado mal de la presión últimamente. Es mejor que esperemos un poco antes de decirle que tú también te vas a mudar para allá.

Dante entrecerró los ojos y me abrazó por la cintura desde atrás.

—¿Ya no me exiges que vaya a Chicago a conocer a tu padre?

Fingí alcanzar algo para zafarme de él.

—No tengo ganas de verlos apuntándose con armas.

Se rio suavemente.

—Él nunca me mataría —dijo, y luego agregó—. Cuando estés lista para decírselo, por mí está bien.

Esa tarde salí en el auto a hacer unas compras.

Mientras esperaba en un semáforo en rojo, voltee hacia un lado y vi a Dante. Iba manejando y Camille iba en el asiento del copiloto.

Mi mente se quedó en blanco por un segundo.

Perdí el control de los pedales y terminé chocando por detrás al auto de adelante.

Con el impacto, me hice una cortada larga y profunda en el brazo izquierdo.

Cuando levanté la mirada, Dante seguía volteado hacia Camille, diciéndole algo.

Rara vez lo había visto sonreír con tanta facilidad.

Y fue ahí cuando finalmente abrí los ojos: no era que Dante no supiera sonreír, simplemente no lo hacía conmigo.

Su auto se alejó hasta perderse de vista.

Tuve que llamar a la ambulancia yo sola.

En el hospital aguanté el dolor con los dientes apretados.

Lo llamé más de diez veces, pero no me contestó ni una sola vez.

Pasé toda la tarde sola, haciendo los trámites con torpeza, haciéndome los estudios y dejando que me curaran la herida.

En eso, una enfermera se me acercó y me preguntó con lástima:

—¿Tu esposo todavía no ha venido?

Me saqué la tarjeta bancaria de entre los dientes.

—Ya estoy divorciada.

Tres días después, Dante por fin apareció.

Me miró, lo miré a los ojos, y con total naturalidad preguntó:

—¿Por qué no me dijiste?

Quise decirle algo, pero de inmediato me vino a la mente la imagen de ellos dos en el auto.

Y aquellas decenas de llamadas mías que ignoró por completo.

Así que, tragándome mis palabras, lo único que alcancé a decir fue:

—Sé que estás ocupado. No quería molestarte.

Dante se puso serio de inmediato.

—El exesposo de Camille se puso bastante pesado esta vez. Me tomó más tiempo de lo normal controlarlo.

—Entonces... ¿ya se solucionó?

—Ya quedó resuelto —respondió con total ligereza.

Asentí levemente.

Antes me fascinaba verlo así: calmado, poderoso, capaz de solucionar cualquier problema.

Ahora, cuando lo miraba, solo me parecía ridículo.

Camille volvió a llamar.

Y una vez más, Dante se fue.

Me quedé sola, sentada en la cama del hospital. Solté una risa seca.

—Qué bueno.

—Al menos ya no tendrás que estar corriendo de un lado a otro.

Poco después, un viejo amigo de la infancia de Chicago me llamó para preguntarme a qué hora llegaría.

—En dos días —le respondí.

—Por fin vas a ser libre.

—Sí. Él ya firmó los papeles de divorcio.

De repente, la puerta de la habitación del hospital se abrió de golpe.

Dante entró corriendo y me miró fijamente, con los ojos de par en par.

—¿Quién se va a divorciar?
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