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Flores de un Invierno Ajeno
Flores de un Invierno Ajeno
Autor: Coral

Copos de Nieve

Autor: Coral
last update Data de publicação: 2026-03-12 00:51:05

Melani Fernández

Dicen que el invierno en Austria tiene un sonido propio: el crujido de la nieve bajo las botas y un silencio que te obliga a escuchar tus propios pensamientos. Durante dos años, ese silencio fue mi único compañero en una casa que, aunque llena de lujos, nunca terminó de calentarse.

​Mi nombre es Melani Fernández. Y antes de entender que no todas las flores están hechas para sobrevivir en el invierno de otros, yo creía que el amor era una cuestión de voluntad. Pensaba que, si entregaba suficiente calor, acabaría por derretir el muro de hielo que rodeaba el corazón de Diego von Seidl.

​Qué equivocada estaba.

​Para entender lo que podría ser el final de este viaje, tengo que volver al principio. A esa noche en Salzburgo donde el aire olía a pino y a una sofisticación que yo, recién llegada de la calidez caótica de Venezuela, apenas empezaba a procesar. Tenía veinticuatro años, un título en Comercio Internacional bajo el brazo y la estúpida certeza de que el mundo era un lugar que se podía conquistar con esfuerzo. Tal vez eran esos valores que mi familia me había inculcado desde pequeña, en aquella ciudad ajetreada de Caracas.

​—Solo una copa, Mel —me había dicho Elena, mi mejor amiga, arrastrándome a Der Kristall.

​El lugar era un escondite al exceso discreto. Piedra, cristal y hombres que hablaban de logística y acero como si fueran poetas. Entre ellos estaba el profesor Weber, quien me presentó a la élite local con el orgullo de un mentor. Y entonces lo vi.

​Diego estaba apoyado en la barra, ignorando la fiesta a su alrededor con una elegancia que resultaba casi irreal. Era alto, de facciones tan afiladas que parecían esculpidas por un buen alfarero, y poseía una mirada azul que no buscaba a nadie. Weber me susurró su apellido como si fuera un secreto: «Von Seidl». Un linaje de acero y distancias. Me contó, en voz baja, que Diego era un hombre marcado; una mujer lo había dejado años atrás, llevándose consigo su capacidad de sonreír.

​En ese momento, mi orgullo de mujer joven y llena de vida se encendió. «¿Un corazón congelado?», pensé. «Qué desperdicio de hombre».

​—Sr. Von Seidl —dije, cuando Weber finalmente nos presentó. Mi acento latino cortó el aire denso del bar como un rayo de sol inesperado—. El profesor dice que usted sabe más de logística que nadie en este país. Yo digo que la logística es fácil; lo difícil es entender por qué alguien elegiría quedarse en la esquina más fría de un bar tan vibrante.

​Él dejó de mirar su whisky. Sus ojos bajaron hasta los míos y, por un segundo, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de Salzburgo. No me sonrió. Simplemente me estudió con una curiosidad inexplicable, como si yo fuera un espécimen exótico que acababa de aterrizar en su espacio privado.

​—La esquina más fría es la única donde nadie te molesta con conversaciones vacías, señorita… —Hizo una pausa, esperando mi nombre.

​—Melani —respondí, sosteniéndole el pulso—. Y no se preocupe, mis conversaciones nunca son vacías. Suelen estar llenas de preguntas que la gente como usted prefiere no responder.

​Esa fue mi primera victoria. Y también, aunque no lo supe hasta mucho después, el primer paso hacia el abismo. Diego no buscaba una esposa esa noche; buscaba un puente, una distracción para su invierno. Y yo, en mi bendita ignorancia,y optimismo caribeño me ofrecí a ser su primavera sin saber que él todavía estaba esperando que otra mujer volviera a reclamar su frío.

​Hoy, la realidad es distinta. Estoy sentada frente al ventanal de nuestra casa en Viena, observando cómo la nieve se acumula en el alféizar. Es un silencio absoluto, el tipo de silencio que solo habita en los hogares donde el amor se ha convertido en una pieza de decoración cara. Diego lleva dos horas de retraso. Antes, su puntualidad era mi mayor seguridad; ahora, cada minuto de su ausencia es una pregunta que no me atrevo a formular.

​Tengo veintisiete años y, por primera vez, me siento vieja. No es la edad, es el desgaste de intentar mantener encendida una chimenea con leña húmeda.

​Nuestra historia no fue un error desde el principio, o al menos eso me decía yo. Nos conocimos a mis veinticuatro; me tomó un año decidir que él era el hombre por el que valía la pena cambiar mi destino, y a los veinticinco, vestida de blanco bajo un cielo austríaco, le juré una vida que él aceptó con una solemnidad que confundí con amor devoto.

​El primer año de matrimonio fue nuestra primavera. Pero todo cambió hace unos meses, en nuestro segundo aniversario.

​Esa noche, el pasado dejó de ser una anécdota para recuperar su nombre propio. Ella volvió. Y aunque Diego me juró, mirándome a los ojos, que no había nada que rescatar de esas cenizas, su cuerpo se quedó conmigo pero su alma y su mente cruzó la puerta para ir a buscarla. Desde entonces, las cenas se enfrían, las excusas se vuelven elegantes y él… él se ha vuelto un extraño que comparte mi cama. Aunque intente disimularlo muy bien.

​Escucho el sonido de su auto en la entrada. Mi corazón, que antes saltaba de alegría al oír ese motor, ahora solo late con una pesadez sorda. Diego va a entrar, me dará un beso frío en la mejilla y me dirá que «el trabajo se complicó». Y yo, por primera vez, no voy a preguntarle si quiere cenar. Voy a preguntarme cuánto tiempo más podré soportar este invierno que me está afectando.

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