FAZER LOGINPara Melani, Diego lo fue todo: su primer amor y el hombre que le enseñó a conjugar el futuro. Ella se entregó con la pureza de quien no conoce cicatrices, logrando lo imposible: derretir el invierno en el que Diego vivía tras ser abandonado por su pasado. Durante años, Melani habitó una primavera que creía propia, cuidando un hogar construido sobre las cenizas de otro incendio. Pero el pasado nunca se apaga; solo se queda en pausa. El regreso de "aquella mujer" no provoca un estallido, sino una grieta silenciosa. Diego no se marcha de inmediato, pero su mente habita en otro tiempo. Su indecisión y la necesidad de reparar lo que quedó pendiente asfixian la relación. Él se debate entre el cariño real por Melani y la atracción magnética de un primer amor sin cierre, dejando a Melani como una sombra en su propia vida. En medio del derrumbe, aparece Aras. Él también carga con un invierno, pero de una naturaleza distinta: el silencio de una esposa que la muerte se llevó. Aras no busca reparar el pasado, sino aprender a caminar bajo un cielo nuevo. Ahora, Melani está atrapada entre dos hombres marcados por el ayer: uno dispuesto a postergarla por un fantasma, otro que, tras perderlo todo, ve en ella la oportunidad de empezar de nuevo. ¿Se puede florecer dos veces en la misma vida ? Melani deberá descubrir si su destino es rescatar inviernos ajenos, ser la protagonista de su propia primavera o finalmente entender que no todas las flores están hechas para sobrevivir en el invierno de otros.
Ver maisMelani Fernández
Dicen que el invierno en Austria tiene un sonido propio: el crujido de la nieve bajo las botas y un silencio que te obliga a escuchar tus propios pensamientos. Durante dos años, ese silencio fue mi único compañero en una casa que, aunque llena de lujos, nunca terminó de calentarse. Mi nombre es Melani Fernández. Y antes de entender que no todas las flores están hechas para sobrevivir en el invierno de otros, yo creía que el amor era una cuestión de voluntad. Pensaba que, si entregaba suficiente calor, acabaría por derretir el muro de hielo que rodeaba el corazón de Diego von Seidl. Qué equivocada estaba. Para entender lo que podría ser el final de este viaje, tengo que volver al principio. A esa noche en Salzburgo donde el aire olía a pino y a una sofisticación que yo, recién llegada de la calidez caótica de Venezuela, apenas empezaba a procesar. Tenía veinticuatro años, un título en Comercio Internacional bajo el brazo y la estúpida certeza de que el mundo era un lugar que se podía conquistar con esfuerzo. Tal vez eran esos valores que mi familia me había inculcado desde pequeña, en aquella ciudad ajetreada de Caracas. —Solo una copa, Mel —me había dicho Elena, mi mejor amiga, arrastrándome a Der Kristall. El lugar era un escondite al exceso discreto. Piedra, cristal y hombres que hablaban de logística y acero como si fueran poetas. Entre ellos estaba el profesor Weber, quien me presentó a la élite local con el orgullo de un mentor. Y entonces lo vi. Diego estaba apoyado en la barra, ignorando la fiesta a su alrededor con una elegancia que resultaba casi irreal. Era alto, de facciones tan afiladas que parecían esculpidas por un buen alfarero, y poseía una mirada azul que no buscaba a nadie. Weber me susurró su apellido como si fuera un secreto: «Von Seidl». Un linaje de acero y distancias. Me contó, en voz baja, que Diego era un hombre marcado; una mujer lo había dejado años atrás, llevándose consigo su capacidad de sonreír. En ese momento, mi orgullo de mujer joven y llena de vida se encendió. «¿Un corazón congelado?», pensé. «Qué desperdicio de hombre». —Sr. Von Seidl —dije, cuando Weber finalmente nos presentó. Mi acento latino cortó el aire denso del bar como un rayo de sol inesperado—. El profesor dice que usted sabe más de logística que nadie en este país. Yo digo que la logística es fácil; lo difícil es entender por qué alguien elegiría quedarse en la esquina más fría de un bar tan vibrante. Él dejó de mirar su whisky. Sus ojos bajaron hasta los míos y, por un segundo, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de Salzburgo. No me sonrió. Simplemente me estudió con una curiosidad inexplicable, como si yo fuera un espécimen exótico que acababa de aterrizar en su espacio privado. —La esquina más fría es la única donde nadie te molesta con conversaciones vacías, señorita… —Hizo una pausa, esperando mi nombre. —Melani —respondí, sosteniéndole el pulso—. Y no se preocupe, mis conversaciones nunca son vacías. Suelen estar llenas de preguntas que la gente como usted prefiere no responder. Esa fue mi primera victoria. Y también, aunque no lo supe hasta mucho después, el primer paso hacia el abismo. Diego no buscaba una esposa esa noche; buscaba un puente, una distracción para su invierno. Y yo, en mi bendita ignorancia,y optimismo caribeño me ofrecí a ser su primavera sin saber que él todavía estaba esperando que otra mujer volviera a reclamar su frío. Hoy, la realidad es distinta. Estoy sentada frente al ventanal de nuestra casa en Viena, observando cómo la nieve se acumula en el alféizar. Es un silencio absoluto, el tipo de silencio que solo habita en los hogares donde el amor se ha convertido en una pieza de decoración cara. Diego lleva dos horas de retraso. Antes, su puntualidad era mi mayor seguridad; ahora, cada minuto de su ausencia es una pregunta que no me atrevo a formular. Tengo veintisiete años y, por primera vez, me siento vieja. No es la edad, es el desgaste de intentar mantener encendida una chimenea con leña húmeda. Nuestra historia no fue un error desde el principio, o al menos eso me decía yo. Nos conocimos a mis veinticuatro; me tomó un año decidir que él era el hombre por el que valía la pena cambiar mi destino, y a los veinticinco, vestida de blanco bajo un cielo austríaco, le juré una vida que él aceptó con una solemnidad que confundí con amor devoto. El primer año de matrimonio fue nuestra primavera. Pero todo cambió hace unos meses, en nuestro segundo aniversario. Esa noche, el pasado dejó de ser una anécdota para recuperar su nombre propio. Ella volvió. Y aunque Diego me juró, mirándome a los ojos, que no había nada que rescatar de esas cenizas, su cuerpo se quedó conmigo pero su alma y su mente cruzó la puerta para ir a buscarla. Desde entonces, las cenas se enfrían, las excusas se vuelven elegantes y él… él se ha vuelto un extraño que comparte mi cama. Aunque intente disimularlo muy bien. Escucho el sonido de su auto en la entrada. Mi corazón, que antes saltaba de alegría al oír ese motor, ahora solo late con una pesadez sorda. Diego va a entrar, me dará un beso frío en la mejilla y me dirá que «el trabajo se complicó». Y yo, por primera vez, no voy a preguntarle si quiere cenar. Voy a preguntarme cuánto tiempo más podré soportar este invierno que me está afectando.Media hora más tarde, el goteo del suero vitaminado llegó a su fin en la habitación de Fatma. La enfermera de guardia retiró la vía, comprobando que la presión arterial de la matriarca se había estabilizado por completo. —Listo, Hanımefendi. Ya puede incorporarse si se siente con fuerzas —anunció la asistente, acomodando la bandeja. Fatma se sentó al borde de la camilla con fría elegancia, alisándose la falda del traje. No necesitó invocar a nadie; la tensión en el pasillo era un secreto a voces y sus hermanas aguardaban por su alta momentánea. Al abrir la puerta, el clan se giró al unísono. Burak y Emre, se apresuraron a dar un paso al frente. —Fatma, gracias a Dios ya estás mejor —exclamó Suna con tono aliviado—. Ven, nosotras te acompañamos. La pequeña Elif... La matriarca levantó una mano, deteniéndolas en seco con la autoridad incuestionable de su mirada. Su mandíbula estaba tensa, pero sus ojos delataban una curiosidad feroz que se negaba a admitir en voz alta.
—¿Por qué se tardan tanto? —suspiró Aras, incapaz de controlar el trabajo de los médicos. —Una cirugía toma su tiempo hijo. Debes tener paciencia —Calmó Fatma, cuando sus propios nervios estaban a flor de piel. La cesárea había sido programado precisamente para evitar alargar la espera y por seguridad de la paciente. Sin embargo el tiempo parecía ir tan lento ese día que la espera se estaba tornando insoportable. Los padres de Melani por el contrario, acompañados por Lale se mantenían muy tranquilos, su hija era fuerte y sabían que todo saldría bien. —Tía Delia —susurró Lale con la confianza que la madre de su amiga le había concedido —¿Mel fue un parto natural o cesárea? —Parto natural —respondió la mujer con cariño. —Uff ¡Qué valiente!. Mel sin duda estará bien, tiene una madre valiente —concluyó tomándole las manos A un lado de los presentes junto a Emre, Burak miraba de reojo a la joven, examinando su postura y esa felicidad que desbordaba por algo tan ajeno. La
En horas de la tarde, Fatma no podía dejar de ver el reloj. Casi al mediodía su hijo le había pedido de la nada preparar la casa para un anuncio importante en la cena. Al principio pensó que se trataba de otro acuerdo que beneficiaría más al holding, pero que también estuvieran invitados sus consuegros hizo que descartara de inmediato la posibilidad de lo primero. —Suna, ¿qué podría ser tan importante para cenar con los consuegros? —preguntó Fatma, con los hilos de la impaciencia tensándose bajo su piel. —No tengo idea, Fatma. Aras es cada vez más impredecible. Esperemos con qué nos sorprende esta vez. —Rezo para que sean buenas noticias; no voy a poder soportar otro escándalo —bramó la matriarca, ajustándose los anillos con los dedos rígidos. —Así será, querida. Presiento que es algo bueno —intentó calmarla Suna. Mientras la suegra intentaba adivinar el motivo tras las gruesas cortinas del salón, los padres de Melani llegaron. El ambiente cambió sutilmente. Fatma era u
¿Dos meses? —pensó Melani, atónita—. ¿He estado formando una vida todas estas semanas? La confirmación la abrumó hasta dejarla sin palabras, provocando que un par de lágrimas silenciosas se deslizaran por sus mejillas. Aras no fue ajeno al quiebre emocional de su esposa. Él, que guardaba en silencio una devoción feroz, sabía el peso de ese momento; tener a su lado a esa mujer y descubrir que la vida ya se abría camino entre ellos era la prueba definitiva de su destino compartido. Ignorando por completo la presencia de la doctora, se inclinó hacia ella. Depositó un beso lento y reverente en su frente, mientras su mano derecha se apartaba de la de ella para deslizarse con suavidad hasta el contorno de su vientre, trazando con los dedos un corazón sobre su piel. —Los amo —susurró con la voz ronca, cuando sus ojos se encontraron en un pacto mudo. Deniz desvió la mirada de inmediato, abrumada por la intensidad de la escena. Aquella intimidad cruda, desprovista de cualquier


















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