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Capítulo 2

Penulis: Lucía Tormentas
Volteé a ver a Aranza: pechos redondos, cintura breve, piernas largas, trasero generoso. No supe qué responder y me quedé pensando.

—No te preocupes. Sé que te la quieres coger, pero me respetas y no te atreves. Lo entiendo. —Leonel me encendió otro cigarrillo.

—Dime qué necesitas. Haré lo que pueda.

El fetiche de compartir pareja no era nada nuevo para mí; trabajaba en el mundo de la fotografía y vi toda clase de fetiches extraños. Pero que le pasara a mi amigo era algo que todavía me costaba aceptar.

—Ya hablé con ella, solo falta que tú aceptes. Nada más tienes que... —Leonel se acercó a mi oído y empezó a hablar en voz baja.

Cuando entramos a la quinta con el equipo fotográfico, lo que vi al cruzar la puerta me dejó helado.

¡Aranza solo traía puesto un conjunto de lencería!

El encaje negro transparente la hacía lucir provocativa y sensual. El diseño a rayas del corpiño dejaba ver con claridad cómo se le marcaban los pezones; era obvio que se había quitado los cubrepezones.

Más abajo, salvo por una tanga de encaje que apenas cubría sus partes íntimas, sus nalgas redondas y llenas quedaban al descubierto.

—Ya deja de mirar, que luego vas a tener tiempo de sobra. —Leonel me apuró impaciente.

Subí a revisar el lugar y decidí que la primera escena sería en la recámara principal del segundo piso.

Cuando bajé de nuevo, encontré a Leonel acariciándole los pechos a Aranza mientras le susurraba algo al oído. Ella tenía la cara tan roja que no podía ni levantar la mirada; era claro que Leonel no le estaba diciendo nada inocente.

Con las manos temblando, abrió una botella de vino tinto sin mirarme y sirvió tres copas.

En ningún momento se atrevió a verme a los ojos, como una novia tímida a punto de entrar a la alcoba.

Les expliqué rápido el plan de la sesión y, entre copa y copa, la botella se terminó y los tres parecimos relajarnos.

Ya en la recámara del segundo piso, cerré las cortinas y le indiqué a Leonel que iluminara.

La primera toma: Aranza acostada boca arriba con las piernas abiertas, y yo disparando desde un ángulo alto en diagonal.

—Saca el pecho, métete un dedo a la boca y mira hacia acá... eso, así... piensa en la primera noche que te acostaste con Leonel.

Aranza seguía tensa, pero siguió mis indicaciones y adoptó la pose.

Estaba a punto de disparar cuando Leonel me interrumpió:

—Espera. Cariño, bájate un poco más la tanga.

Siguiendo sus órdenes, Aranza se jaló la tanga hacia abajo con la cara ardiendo de vergüenza, casi dejándose ver por completo. Se notaba que se había depilado con anticipación.

De reojo vi que Leonel respiraba agitado; era obvio que ver a su mujer expuesta ante otro lo tenía excitado como nunca.

El tiempo fue pasando, una pose más indecente que la anterior, foto tras foto, cada una más provocadora.

Aranza se fue soltando frente a la cámara. No solo se quitó la parte de arriba de la lencería y dejó sus pechos perfectos al aire, sino que con cada destello del flash me pareció distinguir una mancha húmeda en la tanga de encaje.

No sé qué le habrá dicho Leonel para convencerla así y tenerla tan dispuesta.

O quizá Aranza tenía algo de exhibicionista y le excitaba mostrar su cuerpo frente a otro.

Entonces Leonel soltó la bomba:

—Mi amor, las modelos que vienen a tomarse fotos con Dante normalmente acaban acostándose con él. ¿Por qué no te animas un poco? Ayúdale a quitarse los pantalones.

Después de tanta foto, Aranza parecía haberse dejado llevar, o quizá fue el deseo puro, pero se deslizó frente a mí hasta que mi entrepierna quedó justo frente a su cara.

—Apúrate —ordenó Leonel.

Aranza lo fulminó con la mirada, pero sus manos ya trepaban por mi cintura. Como si hubiera tomado una gran decisión, fue bajándome los pantalones poco a poco.

—Ah... es enorme...

Cuando el bóxer bajó hasta las rodillas, mi miembro salió disparado como una serpiente. Aranza abrió los ojos sorprendida, gimió suavemente y extendió su mano tibia para tomarlo y empezar a moverlo con un ritmo pausado.

En un momento así, por supuesto que no me iba a resistir. Estiré las manos, le recorrí la piel desde las clavículas hacia abajo y empecé a amasarle los senos suaves con delicadeza.

Bastaron unas cuantas caricias para que la respiración de Aranza se volviera entrecortada, cruzara las piernas frotándolas sin darse cuenta y empezara a temblar de placer de pies a cabeza.

Leonel ya no se contuvo:

—Cariño, primero ayúdalo con la boca.

—B-bueno...

Aranza levantó la mirada, sensual como nunca, y hasta su voz dejaba escapar un jadeo entrecortado:

—Dante, la verdad no soy muy buena en esto... si te rozo con los dientes, no te enojes.

Dicho eso, se mordió el labio y dudó un instante. Al final, inclinó el cuello y acercó la cabeza hacia mí...
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