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Fotos De Mal Tercio
Fotos De Mal Tercio
ผู้แต่ง: Lucía Tormentas

Capítulo 1

ผู้เขียน: Lucía Tormentas
—En serio... qué delicia... nadie me la mete como tú...

En la penumbra del cuarto, la mujer estaba desnuda, de rodillas sobre la cama con el pecho subiendo y bajando al ritmo de un jadeo pesado, las mejillas encendidas, la mirada perdida. Solo su trasero redondo y perfecto, que yo sostenía en alto, seguía bien levantado.

—¿Tu marido o yo, quién es mejor?

Giró la cabeza para mirarme con los ojos llenos de deseo.

—Diez como él no te llegan ni a los talones...

Me llamo Dante Quiroga. Desde la universidad me obsesioné con la fotografía de desnudo artístico.

Nunca imaginé que ese oficio me permitiría, bajo el pretexto de sesiones fotográficas, acostarme con incontables mujeres.

Al principio frecuentaba las convenciones de cosplay, tomaba fotos para practicar. Conforme mi nivel fue subiendo, las modelos empezaron a buscarme para sesiones y a proponer intercambio de favores por su cuenta.

Fue entonces cuando entendí que, durante las sesiones de fotos más atrevidas, las modelos pagaban acostándose con el fotógrafo a cambio de no cobrar. Eso era el intercambio de favores.

A partir de ahí no hubo vuelta atrás: las modelos más famosas del país pasaron por mis manos.

Un día, Leonel, mi mejor amigo, me invitó a cenar y me pidió que llevara el equipo fotográfico.

Apenas me senté en el restaurante, me envolvió una ráfaga de perfume. Una mujer se acercó por detrás, sus senos suaves me rozaron el brazo, y se sentó frente a mí.

Era Aranza Duarte, la prometida de Leonel, novios desde la infancia. La mujer más hermosa que había visto en mi vida.

Aranza llevaba un vestido largo color crema que le marcaba cada curva sin piedad: el escote caía un poco más de la cuenta y dejaba a la vista sus pechos blancos, que temblaban con cada movimiento; más abajo, una cintura que cabía entre las manos y unas nalgas redondas y jugosas como un durazno.

Uno no podía evitar imaginarse: si se quitara la ropa, ¿qué tan ardiente sería?

Cuando noté que Leonel me observaba con una sonrisa burlona, caí en cuenta de que había perdido la compostura. Bajé la cabeza y le di un trago al agua para disimular.

Sirvieron la comida, Leonel pidió una botella y yo le hice señas con la mano.

—Vengo en auto.

—No importa, al rato Aranza te lleva en tu auto.

Si Leonel lo ponía así, no tenía caso seguir rechazando.

—Dante, ¿qué te parece Aranza?

Entre copa y copa, media botella se fue rápido. Aranza se levantó a servirme.

Fue entonces cuando me di cuenta de que no traía sostén. era obvio que se había quitado los cubrepezones, y a través del escote que caía un poco, sus pechos blancos quedaban a la vista sin dejar nada a la imaginación.

Aunque había tomado algo, no me quedé mirando. Le eché un vistazo y enseguida aparté los ojos. Le dije en tono de broma:

—Parece sacada de una película, y solo tú con esa suerte de perros te sacaste el premio gordo con una mujer así.

Leonel abrazó a Aranza por los hombros y se carcajeó.

—Dante, ¿le tomas unas fotos a Aranza? —Después de la broma, Leonel se puso serio.

—Ah, pensé que era algo grave. Contacto un estudio fotográfico, consigo al mejor iluminador y le hacemos la sesión con todo. —Le di un trago largo a la copa.

Pero Leonel me detuvo la mano antes de que sacara el celular y dijo, un poco incómodo:

—No, no, no. Solo nosotros tres.

Lo miré sin entender.

—¿Fotos privadas?

A mi lado, Aranza se sonrojó pero no dijo nada.

—Ya vas a ver. Ya renté una quinta en las afueras. ¿Trajiste el equipo? —Leonel me guiñó un ojo.

Le señalé que todo estaba en el auto, pero al verlo con esas señas raras, no me quedó más que aceptar.

Terminamos de cenar. Leonel pidió un chofer para que le llevara su auto, pero hizo que Aranza me llevara en el mío hasta el lugar de la sesión.

Dentro del auto estábamos solo Aranza y yo. Desde donde me sentaba podía ver el cinturón de seguridad pasándole entre los pechos, y el vestido delgado se le ceñía al cuerpo como una segunda piel. Daban ganas de lanzarse a manosearla.

Cuando se dio cuenta de que la miraba, Aranza no se apenó; al contrario, sacó el pecho a propósito para que me diera un buen vistazo.

Algo no me cuadraba, pero no lograba identificar qué era.

La primera vez que vi a Aranza fue en la universidad. Viajó hasta allá para festejarle el cumpleaños a Leonel, y todavía recuerdo la impresión que me causó al verla. Era una belleza de otro mundo; decirlo de ella no era exageración.

Y recuerdo todavía mejor aquella vez en el departamento rentado, masturbándome mientras escuchaba los gemidos de ella y Leonel a través de la pared.

—Llegamos, Dante.

Aranza me arrancó del recuerdo. Miré alrededor y vi que ya estábamos frente a un edificio de tres pisos.

Bajé del auto y vi a Leonel bajarse del otro. Fui a su encuentro.

Leonel no entró. Me jaló hasta la pérgola junto a la entrada, me pasó un cigarrillo y dijo, como hablando consigo mismo:

—Hasta el mejor platillo aburre si lo comes todos los días. Hasta la mujer más bella cansa si te la coges demasiadas veces.

No entendí nada, pero no dije nada. Esperé a que siguiera.

—Dante, ¿cuánto tiempo llevamos de conocernos? —preguntó.

—Unos diez años, más o menos.

—Tengo que decirte algo. No te vayas a burlar de mí. —Leonel apagó el cigarrillo, como si hubiera tomado una decisión, y dijo:

—Últimamente, cuando veo a Aranza no siento nada. Pero en cuanto me imagino a otro desnudándola y cogiéndosela, siento que un fuego maldito me sube por dentro y me excito como loco. ¿Qué me pasa?

Ahí fue cuando entendí la gravedad del asunto. Él tenía ese fetiche de compartir pareja.

—¿Y si dejas de pensarlo? —le pregunté, tanteando el terreno.

—Es peor de lo que te cuento. —Leonel parecía angustiado. Siguió—: Ahora no puedo dejar de imaginarla con otro. No puedo ni dormir. Llevo mucho tiempo sin acostarme con ella...

—¿Qué quieres que haga?

—¿Te quieres coger a Aranza?
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