INICIAR SESIÓNSiete años después.El sol de la tarde filtraba sus últimos rayos dorados a través de las ventanales industriales del loft, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire como notas suspendidas en el tiempo. El antiguo estudio de Dante, que en otro tiempo olió a aislamiento y libertad desesperada, se había transformado en un hogar cálido, amplio y lleno de vida, donde los cables y las consolas de mezcla convivían de manera natural con partituras encuadernadas en cuero y juguetes esparcidos por el suelo de madera refinada.El éxito internacional del dúo ya no era una novedad, sino una consolidación histórica. Tras cuatro álbumes de estudio aclamados por la crítica global, giras mundiales multitudinarias en escenarios que iban desde el Royal Albert Hall hasta festivales de música electrónica en Berlín, Valeria y Dante habían redefinido para siempre el concepto de la música neo-clásica. Pero su triunfo más grande no se medía en discos de platino ni en estatuillas de oro colocados
El Teatro Real no respiraba; contenía el aliento. Bajo la majestuosa cúpula bañada en pan de oro y las lámparas de cristal que proyectaban destellos dorados sobre miles de asistentes, la atmósfera estaba cargada de una expectación casi mística. Las entradas se habían agotado en cuestión de segundos semanas atrás, atrayendo a una multitud heterogénea jamás vista en ese recinto: críticos de música clásica en riguroso esmoquin, jóvenes con chaquetas de cuero del Distrito Sur, productores de vanguardia y estudiantes de conservatorio que abarrotaban los palcos superiores.En el escenario, iluminado por una luz cenital azul pálido, no había una orquesta tradicional. En el centro destacaba la figura de Valeria, ataviada con un vestido fluido color plata que contrastaba con la madera oscura de su violín. A su derecha, rodeado por una estructura semicircular de sintetizadores análogos, consolas de mezclas, pedales de efecto y una caja de ritmos de diseño personalizado, estaba Dante. Vestía un
El resplandor azul y rojo de las luces rotativas de la policía rasgaba la penumbra del bosque del este. La escena frente a la mansión rústica era el retrato perfecto del colapso de una mentira impecablemente construida. Valeria, envuelta en la chaqueta de cuero de Dante, terminando la llamada que daría fin al reinado de Julián.No necesitó temblar ni dudar. Con la voz aplomada y la mirada fija en el inspector jefe —el mismo que horas antes sospechaba de Dante—, prestó una declaración minuciosa.Detalló cada segundo del secuestro: la emboscada en su propio departamento, el uso de sedantes, las ventanas selladas, la requisa de su violín y las constantes amenazas de Julián para doblegar su voluntad artística. Para cuando entregó la fotografía de la extorsión junto con los registros de los mensajes amenazantes, la coartada mediática de Julián se desmoronó como un castillo de naipes.Salieron los agentes escoltando a Julián del vestíbulo. Ya no quedaba rastro del mánager pulcro de trajes i
El pavimento helado del jardín se teñía con pequeñas gotas de sangre que caían del labio partido de Dante. Con las rodillas clavadas en el suelo y los pulmones ardiendo por la falta de aire, sentía la pesada mano del primer guardaespaldas sujetándolo del cuello, aplastando su tráquea contra el hormigón. El segundo matón, con el leño de roble en alto, se preparaba para asestar el golpe definitivo que le rompería el brazo izquierdo y acabaría con su capacidad de volver a tocar jamás.Desde el interior de la casa, a través del grueso cristal reforzado de la puerta de entrada, Valeria golpeaba la superficie con los puños desnudos. Sus gritos ahogados eran una tortura sin sonido para Dante, quien apretaba los dientes intentando reunir una última reserva de fuerza en sus músculos exhaustos. Julián la sujetaba desde atrás con la serenidad de un titiritero que ha recuperado el control de su obra, disfrutando cada segundo del espectáculo.El leño inició su trayectoria descendente cortando el a
Oculto entre el denso follaje de los sauces llorones que delimitaban la propiedad rústica de Julián, unos ojos astutos y fijos no perdían un solo detalle de lo que ocurría bajo los potentes focos halógenos. Era Mateo, el mismo muchacho escurridizo del Distrito Sur que, apenas unas horas antes, le había vendido a Dante las coordenadas exactas de la finca.Mateo no era un tipo propenso a la empatía; en las calles donde se había criado, la información era una mercancía y el sentimentalismo, un lujo mortal. Sin embargo, algo en la mirada suicida y desesperada de Dante Vega al pagarle los últimos billetes le había dejado una molesta espina clavada en la conciencia. Conociendo de lo que Julián era capaz con sus millones y sus conexiones, Mateo intuía que el productor musical se estaba metiendo directo en la boca del lobo. Por eso, subido a su vieja motocicleta sin luces, lo había seguido desde las sombras a una distancia prudencial, guiado únicamente por el rastro lejano de los neumáticos d
La luz blanca de los focos halógenos cortaba la oscuridad del jardín como cuchillas fosforescentes, proyectando sombras alargadas y grotescas sobre el hormigón. Valeria ahogó un grito, dando un paso atrás instintivo, pero la mano de Dante se cerró con más fuerza sobre la suya. No era un agarre de pánico; era un ancla. Su pulso seguía siendo un ritmo constante, una línea de bajo firme en medio del caos que amenazaba con desatarse.Julián dio un paso al frente, acomodándose los puños de su impecable camisa italiana. Sus ojos, habitualmente entrenados para fingir empatía ante las cámaras de televisión, destilaban un odio frío, destilado.—¿De verdad pensaste que podías entrar en mi propiedad y robarte mi inversión más preciada, Vega? —preguntó Julián, su voz modulada con una tranquilidad escalofriante—. Eres tan predecible. Un chico de la calle con ínfulas de héroe. No entiendes cómo funciona el mundo real. En el mundo real, los tipos como yo dictan la partitura y los tipos como tú solo







