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Capítulo 4 El informe que lo cambió todo.

Author: Frost Kibble
Conrad claramente no esperaba que cambiara de tema de una manera tan repentina. Tras un breve momento de silencio, se acercó a su escritorio para revisar su agenda.

—El próximo miércoles... Por la mañana tengo una reunión de dirección, pero por la tarde estoy libre.

Me miró con un destello de curiosidad.

—¿Por qué? ¿Pasa algo?

—Nada importante.

—Tengo que ir al Hospital Central de Riverdale. Necesitan la firma de un familiar para unos trámites.

Legalmente, él no era mi familia. Pero, durante mucho tiempo, había sido lo único que yo tenía.

Conrad se relajó y una leve sonrisa apareció en su rostro.

—¿Al hospital? ¿Por fin decidiste someterte a esa intervención para los pólipos del estómago?

Seguía pensando que yo era la misma Seraphina de hacía un año, aquella cuyo mayor problema de salud había sido una gastritis leve.

—Está bien. Iré contigo el miércoles por la tarde.

Aceptó con tanta facilidad, como si se tratara del compromiso más insignificante del mundo.

—De acuerdo.

No aclaré el malentendido. Simplemente me di la vuelta y salí de la oficina.

Durante los días siguientes, terminé todas las tareas pendientes y dejé todo listo para la transición.

Ya no reaccionaba al ver a Conrad junto a Summer. No sentía enojo ni celos.

Era como alguien que se preparaba para partir, observando desde afuera cómo la fortaleza que había ayudado a construir durante siete años se desvanecía lentamente de sus manos.

Llegó el miércoles.

A la una de la tarde, estaba sola en un banco del área de hospitalización del Hospital Central de Riverdale. El olor a desinfectante impregnaba el lugar y el dolor en mi estómago aparecía una y otra vez, en oleadas cada vez más intensas.

Eran las dos y media y Conrad aún no había llegado. Lo llamé, pero tenía el teléfono apagado.

Con el celular entre las manos, observé las luces fluorescentes al final del pasillo. Entonces vi una nueva publicación de Summer.

No me había bloqueado; la publicación solo era visible para los empleados de la empresa.

«Mi novio tonto canceló una reunión de un millón de dólares solo para quedarse conmigo mientras me sacaban las muelas del juicio».

Había adjuntado una foto tomada en una clínica dental privada. En una esquina se veía parte de la espalda de un hombre. Un traje a medida, hombros anchos... una silueta demasiado conocida.

Durante siete años había contemplado esa espalda.

Me quedé mirando la foto hasta que la pantalla se apagó.

—¿Su familiar todavía no ha llegado?

El médico encargado de mi caso me miró con evidente preocupación.

—Este es el consentimiento para suspender el tratamiento intensivo y pasar a cuidados paliativos. Necesitamos la firma de un familiar directo o de un representante legal.

—No tengo familia.

Apenas terminé de decirlo, las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas. Me las sequé rápidamente y luego saqué mi documento de identidad y el formulario que ya había preparado.

—Estoy sola —dije con firmeza—. Si ocurriera algo, asumiré toda la responsabilidad.

El médico miró mis ojos enrojecidos y suspiró.

Al final, ante mi insistencia, accedió a que fuera yo quien firmara cada documento. Lo hice con pulso firme, sin una sola vacilación.

Más tarde, tomé un taxi para regresar al apartamento que Conrad y yo habíamos compartido durante los últimos tres años. Todo seguía igual que cuando lo dejé esa mañana.

No me llevé ninguno de sus regalos costosos; solo empaqué algunas prendas viejas y un diario que había conservado durante siete años.

La maleta se veía patéticamente pequeña. Ni siquiera estaba llena a la mitad.

Antes de irme, dejé la llave de repuesto sobre la mesa de centro, junto a un sobre de papel manila. Dentro estaba el acuerdo firmado para ceder nuevamente a la empresa el uno por ciento de participación que me pertenecía.

Cuando terminé, tomé la maleta y salí sin mirar atrás.

La cerradura hizo un suave chasquido a mis espaldas, sellando siete años de mi juventud.

A las once de la noche, Conrad llegó a casa tarareando por lo bajo.

—¡Seraphina, ya llegué! —anunció mientras se quitaba los zapatos.

El silencio fue su única respuesta.

Frunció el ceño y entró en la sala. Allí vio el sobre sobre la mesa de centro.

Lo abrió despreocupadamente y encontró primero el acuerdo de transferencia de acciones.

Soltó una risa fría, convencido de que era otro intento mío por llamar su atención.

Entonces pasó a la segunda página.

Sus ojos se detuvieron en el informe que había debajo.

Y, en ese instante, el mundo pareció detenerse.

Era un informe de anatomía patológica del Hospital Central de Riverdale.

Al final del documento, en letras negras y contundentes, aparecía el diagnóstico:

Adenocarcinoma gástrico avanzado. Estadio IV.

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