MasukMi novia, Isabel Sánchez, es la heredera de la familia más poderosa de la capital. Su fortuna supera los cien mil millones de dólares. Para ponerme a prueba, durante siete años de relación, nunca me regaló nada, nunca gastó un solo centavo en mí. Ni siquiera cuando iba a comprar parches anticonceptivos: insistía en pagar a medias. Después, mi madre se enfermó de gravedad. Les pedí dinero a todos los familiares y amigos que pude. Solo me faltaban dos mil dólares para cubrir el costo de la cirugía. Le supliqué, le rogué. Pero Isabel no me prestó ni un dólar. Tuve que pagar yo solo los gastos del funeral de mi madre. Cuando regresé a casa para recoger mis cosas, encontré por casualidad una lista de regalos que le había comprado a Marco Aguiñaga: una villa de lujo, bolsos de marcas exclusivas, trajes de gala masculinos de alta costura… También encontré los audios en el grupo con sus amigos: —Isabel, ¿es cierto que César se arrodilló para pedirte dos mil dólares? Isabel se rió con frialdad; su voz sonó despreocupada, casi divertida. —Marco tenía razón: quien se arrodilla por tan poco dinero no es más que un interesado. Apenas llevamos siete años juntos y ya está desesperado por sacarme dinero. Resultó que siete años de "prueba" no valieron más que un comentario venenoso de su vecinito de al lado. No importa. Desde el momento en que mi madre murió, ya lo había decidido: desaparecer de su vida para siempre.
Lihat lebih banyak—De verdad, te amo. Puedo darte todo lo que quieres.Irene se puso delante de mí. Su expresión era de puro desprecio.—Señora Sánchez, sé lo que pasó entre ustedes. No lo mencioné porque no quería que César se hiciera más daño. Pero si de verdad lo amara, no se habría pasado años dudando de si él estaba con usted por interés. Aunque alguien le haya envenenado la cabeza, la subasta lo dejó claro: usted no lo ama. Yo le doy regalos a César sin esperar nada a cambio. Con que él sea feliz, me basta. Solo quiero verlo sonreír cuando recibe algo. A mí no me importa cuánto cueste. Usted no puede decir lo mismo. Para usted, el dinero pesa más. Si uno quiere a alguien, le da lo mejor. Y usted no lo hizo.Cada frase le cayó a Isabel como un golpe. Y cuando vio que yo apretaba con fuerza la mano de Irene, lo entendió: yo no iba a volver. Tampoco iba a perdonarla.—Isabel —dije, mirándola sin un ápice de calidez—. Ya no te amo. Por tu culpa perdí demasiado. Perdí a mi mamá. Perdí amigos. Perdí mi
Irene, cuando se pone nerviosa, sí que tartamudea.—Ya entendí —le dije, riéndome—. Mañana me pongo mi ropa favorita. No le des tantas vueltas; yo no pienso tanto en eso.***A la mañana siguiente, abrí el clóset.Y al ver que la mitad del clóset era ropa que Irene me había regalado, me llevé la mano a la frente y se me escapó una sonrisa amarga.¿Cuál le gustaría más? Me acordé de su cara cada vez que me daba un regalo, y no pude sacar nada en claro. Porque ella no parecía preocuparse por si a mí me gustaba, sino solo por si yo iba a amarla o no.Tres horas después, por fin me decidí: una camisa azul claro. Perfecta para combinar con el reloj.Irene quería pasar por mí, pero le dije que no. Quería llegar solo y darle una sorpresa; quería que me viera y lo entendiera sin palabras: que me gustaba su regalo, que me gustaban todos los que me había dado.Solo que no esperaba toparme con Isabel antes de llegar. Apenas la vi, aceleré el paso para irme, pero me agarró de la muñeca.Yo me zafé
Cuando terminé el reporte, la sopa ya estaba frente a mí, humeando.Ya iba por la mitad, Irene sonrió y preguntó:—¿Ya te llenaste?Se me nota. Cuando estoy lleno, empiezo a comer más despacio.La comida que alguien te prepara con cariño, uno se la acaba, aunque ya no pueda más. Yo siempre me la voy acabando poco a poco, a cucharaditas.—Si ya estás lleno, no comas más —dijo Irene—. Si comes de más, te va a caer pesado.Me reí.—¿Cómo es que me conoces tanto?—Jajaja. No puedo evitarlo. Todo lo que piensas lo traes escrito en la cara. No tengo ni que adivinar.Era la primera vez que alguien me describía así. Para Isabel, yo siempre fui "el que calcula", el "interesado".Si de verdad yo era como decía Irene, ¿por qué durante tantos años Isabel nunca se preocupó por cómo me sentía?Irene notó mi expresión y se apresuró a hablar.—¿Qué pasó? ¿Dije algo mal?Yo sonreí, negué con la cabeza y me recompuse.Entonces Irene sacó un estuche que traía escondido detrás de la espalda.—Mira, a ver
Decir que no me conmovió sería mentira. Ella estaba ocupadísima, podía inventarse mil excusas para sacarme de encima y aun así no lo hizo.Me cambié de ropa y me fui con Irene hacia el estanque.—Tu terreno es de dos hectáreas. Conviene mantener la profundidad en 2,5 metros. Y para desinfectar, por cada hectárea se aplican unos 150 kilos de cal viva. Pero el nivel del agua está demasiado bajo para criar peces.Saqué mi cuaderno. Anotaba a toda prisa y asentía sin parar.—¿Hay alguna especie que convenga meter?Irene lo pensó un momento.—En general, para un estanque de este tamaño, podrías meter más o menos dos mil carpas crucianas, mil quinientas bremas y unas veinte carpas plateadas. Pero si apenas estás empezando, mejor empieza con especies resistentes, fáciles de mantener. Y lo de los trabajadores no te preocupes: yo te pongo en contacto con un par de personas con experiencia.Señaló el agua y siguió, como si ya estuviera viendo el proyecto terminado.—Sobre lo del club de pesca po
Volví a mi tierra, volví a la casa en la que, durante años, mi mamá y yo nos apoyamos el uno al otro.Ese olor familiar me apretó la garganta, las lágrimas volvieron a llenarme los ojos.Abracé la caja de sus cenizas, me arrodillé en el suelo y lloré hasta quedarme sin fuerzas.Perdón, mamá, por no
—Isabelita, si no fuera porque tú le diste trabajo a César, ni siquiera podría quedarse en esta ciudad. Su mamá ya se murió y punto; no es para tanto. Por lo menos ya no puede usar esa excusa para sacarte dinero. Si vas a buscarlo ahora, solo le estás dando la oportunidad de meterse en tu cabeza. Lo
Además de quedarse con mis bonos y mis aumentos, Isabel también se hizo la desentendida y no firmó la autorización para mi indemnización. Incluso canceló la solicitud de anticipo de sueldo.Eran solo dos mil dólares. ¿Por qué no pudo dármelos? ¿Por qué tenía que pisotearme justo a mí?Cuando pienso












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