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Capítulo 222

Auteur: Melissa
last update Date de publication: 2026-07-15 22:18:36

Capítulo 221: El umbral del veneno

Los primeros rayos del sol de la mañana atravesaron las persianas de la suite de cuidados intensivos, dibujando líneas doradas sobre el suelo de linóleo. El ambiente seguía impregnado del olor a antiséptico y del monótono e incesante pitido del monitor cardíaco. Elena estaba sentada en la misma silla metálica al lado de la cama, con los dedos entrelazados alrededor de la mano inmóvil de Alexander Blackwood. Había pasado las últimas horas vigilando cada uno de
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  • GORDiTA Y EMBARAZADA. LA ELEGIDA DEL CEO   Capítulo 312

    Arturo y Victoria miraron a Elena; ellos sabían la verdad. Alexander miró a su esposa.—Es hija de la cobra; Matín la secuestró para obligar a la cobra a declarar contra mí.—¡Gracias a Dios!... —Susurró Elena, apretando la mano de Alexander—. Esa pobre criatura inocente... Gracias a Dios está viva.—Pero eso no es todo —continuó Carlos, abriendo el maletín y extrayendo las carpetas selladas con las actas de flagrancia y el dispositivo de audio forense—. Capturamos a los tres secuestradores en el lugar de los hechos. Y el cabecilla de la banda, Marcos Rivas, cantó todo para salvarse de la cadena perpetua.Alexander frunció el ceño, dando dos pasos hacia la mesa.—¿A qué te refieres con que cantó todo?Carlos miró a Alexander y luego al licenciado Cifuentes con una expresión de letalidad implacable.—Rivas no solo confesó que Matías Corne le pagó para secuestrar a la niña y chantajear a La Cobra en los calabozos... Ese mismo sicario confesó que él y sus hombres fueron los que ejecutaro

  • GORDiTA Y EMBARAZADA. LA ELEGIDA DEL CEO   Capítulo 311

    Confesiones al descubierto y el cerco legalLas sirenas de la patrulla del oficial Carlos Mendoza desgarraban el aire del mediodía mientras el vehículo oficial avanzaba a toda velocidad sobre el asfalto mojado, sorteando el tránsito de la avenida con maniobras calculadas y precisas. En el asiento del copiloto, un fiscal adjunto de la unidad especializada contra el crimen organizado terminaba de sellar en lacre rojo tres sobres transparentes que contenían las declaraciones preliminares, los teléfonos incautados y las confesiones juradas tomadas a los secuestradores en los primeros diez minutos posteriores al rescate en el galpón ferroviario.El cabecilla de la célula criminal, un sujeto con amplio prontuario conocido en los bajos fondos como Marcos Rivas, alias «El Cuervo», no había tardado ni cinco minutos en quebrarse por completo al verse acorralado por los agentes de fuerzas especiales. Frente a la perspectiva ineludible de una condena de más de treinta años de prisión en un penal

  • GORDiTA Y EMBARAZADA. LA ELEGIDA DEL CEO   Capítulo 310

    .Carlos no dudó una sola fracción de segundo.Con una velocidad de reacción forjada en años de servicio en las calles más peligrosas, Carlos soltó la correa de su arma larga, dio un salto atlético hacia adelante y embistió al atacante con todo el peso de su cuerpo antes de que pudiera alzar el cañón hacia la niña. Ambos hombres rodaron por el suelo de tierra y aserrín en un violento forcejeo. El delincuente intentó apretar el gatillo a quemarropa, pero Carlos le bloqueó la muñeca con la mano enguantada, torciéndole la articulación con una palanca seca que hizo crujir el hueso y provocó que el arma saliera disparada por el aire, patinando sobre el cemento hasta quedar lejos de su alcance.Sin darle tregua, Carlos descargó un golpe seco con la base de la palma en el mentón del agresor, seguido de una inmovilización de cuello que le cortó el flujo de oxígeno hasta dejarlo inconsciente y reducido contra el piso.—¡Zona asegurada! ¡Edificio despejado! —gritó el oficial de apoyo mientras e

  • GORDiTA Y EMBARAZADA. LA ELEGIDA DEL CEO   Capítulo 309

    Asalto al galpón y el rescate de la inocenciaEl reloj táctico en la muñeca del oficial Carlos Mendoza marcaba exactamente las once y quince de la mañana. Los sesenta minutos de receso otorgados por el juez en la sala de audiencias corrían con la velocidad implacable de una mecha encendida a punto de alcanzar un polvorín. Mientras en el Palacio de Justicia la tensión se masticaba en los pasillos custodiados, a quince kilómetros de allí, en la periferia industrial desolada de la ciudad, una caravana de tres camionetas oscuras sin distintivos oficiales avanzaba a velocidad moderada, sorteando los baches de un camino de tierra y grava.En el interior del vehículo de vanguardia, Carlos terminaba de ajustar las correas de su chaleco balístico nivel cuatro con las siglas en relieve de la Unidad de Operaciones Tácticas de la Policía. A su lado, cuatro agentes de fuerzas especiales con pasamontañas, cascos de kevlar y fusiles de asalto revisaban los cerrojos de sus armas en un silencio tenso

  • GORDiTA Y EMBARAZADA. LA ELEGIDA DEL CEO   Capítulo 308

    El secretario se retiró y Peralta avanzó dos pasos hacia el banquillo con una sonrisa untuosa y triunfal.—Señora Salcedo, usted es la líder indiscutible del pabellón B del Centro Penitenciario Femenino donde actualmente purga condena la señora Flor Valentí —comenzó el abogado con tono persuasivo y teatral—. Dígale a este tribunal con absoluta claridad y sin temor a represalias: ¿conoce usted al señor Alexander Blackwood, presente en esta sala a escasos metros de usted? ¿Y recibió usted instrucciones y pagos mensuales en efectivo de ese hombre para golpear, humillar y quebrar físicamente a la reclusa Flor Valentí dentro de la prisión?La sala entera contuvo la respiración. El silencio era tan sepulcral que podía escucharse el paso lejano de los vehículos por la avenida exterior.Matías se inclinó hacia adelante sobre la mesa, con los ojos encendidos de malicia pura, esperando el momento exacto en que la reclusa pronunciara las palabras que sepultarían a su rival. A su lado, Elena cerr

  • GORDiTA Y EMBARAZADA. LA ELEGIDA DEL CEO   Capítulo 307

    Juramento de fuego y el juego del silencioEl silencio que se apoderó de la sala del Juzgado Primero de lo Familiar y Penal era tan denso y pesado que el zumbido de los tubos fluorescentes en el techo parecía adquirir la fuerza de un motor industrial. En los bancos del público, periodistas, abogados y curiosos contenían el aliento con los ojos clavados en el estrado de caoba donde el juez presidente, con el rostro endurecido por la tensión institucional, acomodaba las fojas del expediente sobre su escritorio.A la derecha del recinto, en la mesa reservada para la familia demandada, Alexander Blackwood permanecía erguido como una estatua de bronce. Su traje oscuro no mostraba una sola arruga y sus facciones proyectaban la frialdad imperturbable del hombre que no cede un solo centímetro de debilidad ante el enemigo. Sin embargo, por debajo de la madera pulida de la mesa, su mano grande y tibia envolvía con firmeza los dedos helados de Elena.Elena apenas lograba controlar el temblor que

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