LOGINTras la trágica muerte de su esposa en un accidente de causa desconocida, Ethan Ferraz, un CEO implacable y reservado, cierra su corazón al amor. Aunque sabía de las infidelidades de su esposa, nunca dejó de amarla, y su pérdida solo fortaleció las murallas emocionales que había construido. El misterio que rodea el accidente permanece sin resolver, atormentando sus pensamientos y haciéndolo aún más frío y distante. Ahora, enfocado exclusivamente en su imperio empresarial, Ethan se ha convertido en un hombre temido por sus empleados y reacio a cualquier conexión verdadera. Sin embargo, su rutina cambia cuando Sophie Collins, su nueva asistente personal, entra en su vida. Con su determinación, gentileza y un brillo que él no había visto en años, Sophie comienza a romper las barreras que Ethan ha levantado a su alrededor. Lo que comienza como una relación estrictamente profesional se transforma en algo más profundo y arrollador. Entre secretos del pasado, miedos del futuro y una pasión intensa, Ethan descubrirá que quizá todavía haya espacio para un nuevo comienzo. Y, junto a Sophie, no solo encontrará el amor verdadero, sino que también construirá la familia con la que siempre soñó.
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Me llamo Ethan Ferraz, tengo 38 años y soy el CEO de la mayor constructora del país: Ferraz Ingeniería. Soy ingeniero civil de profesión y, por encima de cualquier título que lleve, soy un apasionado de mi trabajo. Dicen que el amor es ciego. Pero yo diría que, a veces, también es estúpido. Yo soy conocido por dirigir la mayor constructora del país. También soy conocido como un estratega implacable, el tiburón blanco del mercado inmobiliario. Y, aun así, caí como un amateur en las trampas de un sentimiento que, hoy, me avergüenza. Me casé por amor. Creí que había encontrado a mi compañera de vida, a alguien que construiría a mi lado no solo un imperio, sino también un hogar. Penélope era hija de uno de mis mayores inversionistas. Hermosa, elegante, con una sonrisa seductora que hacía que cualquiera olvidara el mundo a su alrededor. Me cautivó. Me hizo reír, soñar, hacer planes. En poco tiempo, me vi completamente entregado. Le pedí matrimonio, organicé una boda digna de un cuento de hadas y, durante un tiempo, viví la ilusión de que era feliz. Pero lo que yo no sabía era que Penélope no quería ser esposa. Quería estatus. Lujo. Fama. Quería ser la señora Ferraz solo por el apellido, no por el hombre que venía con él. El primer año de matrimonio fue un aprendizaje cruel. Penélope comenzó a mostrar su verdadera cara, una mujer frívola que evitaba cualquier tipo de responsabilidad y despreciaba todo lo que venía del corazón. Yo, que soñaba con ser padre, que crecí en una familia estructurada, con principios y amor, descubrí que estaba casado con alguien que no soportaba la idea de ser madre. Me dijo, sin remordimiento, que no quería hijos. Que la maternidad era una prisión, una idea anticuada. Aun así, lo intenté. Me engañé a mí mismo. Me aferré a la tonta esperanza de que, con el tiempo, ella cambiaría. Que quizá, con paciencia, lograría tocar su corazón. Pero la verdad era que Penélope nunca me amó. Las mentiras comenzaron a aparecer como grietas en una pared mal construida. Amigos que apartaban la mirada cuando yo llegaba, rumores en los pasillos de la empresa, mensajes intercambiados a medianoche... Todo indicaba lo que, en el fondo, yo ya sabía. Ella me engañaba. Salía por la noche con sus amigas, pero regresaba por la mañana, con olor a motel y risas fingidas. ¿Y yo? Yo soportaba. Me tragaba el dolor con whisky y cerraba los ojos para no enfrentar la verdad. Me preguntaba dónde había fallado, por qué no era suficiente, por qué el amor que sentía no bastaba para los dos. Aquella noche, todo estaba demasiado silencioso. Llegué a casa después de otro día intenso de reuniones, contratos y negociaciones. La mansión estaba vacía, sin rastro de Penélope. Ninguna nota, ningún mensaje, nada. Una vez más, había salido sin decirme adónde iba. Me puse ropa cómoda y fui al despacho, aquella habitación que se había convertido en mi refugio y, al mismo tiempo, en mi prisión. Me senté en el sillón de cuero oscuro, serví un whisky doble y me quedé observando la chimenea encendida. Las llamas danzaban como los pensamientos en mi cabeza, consumiendo las últimas ilusiones a las que todavía me empeñaba en aferrarme. Pasó el tiempo mientras yo permanecía perdido en mis pensamientos. Y entonces, sonó el teléfono. Era tarde. Pasaban de las dos de la madrugada. Me extrañó. Pocas personas se atrevían a llamarme a esa hora. Contesté con el corazón apretado, presintiendo que nada bueno podía salir de una llamada nocturna. —¿Señor Ferraz? —la voz al otro lado era grave, profesional, pero cargaba una dolorosa vacilación. —Sí, ¿con quién hablo? —Lamento informarle, pero su esposa, Penélope Ferraz, sufrió un accidente. Silencio. —Su automóvil chocó contra un camión de carga en la carretera RJ-116. El impacto fue devastador. Ella... ella no sobrevivió. El vaso cayó de mi mano y se hizo añicos sobre la alfombra persa. Pero el sonido pareció distante. El dolor fue sordo, seco. Sentí como si el mundo se derrumbara sobre mí, como si todas las paredes de mi casa y de mi vida se vinieran abajo de una sola vez. Penélope estaba muerta. La mujer que me había herido, traicionado y despreciado mis sentimientos se había ido. Y, por más que mi razón gritara que era el final de un tormento, mi corazón sentía un duelo inexplicable. No por ella. Sino por lo que soñé que seríamos. Lloré. No por amor, sino por frustración. Por todo lo que invertí y nunca recibí. Por todas las veces que guardé silencio, que acepté migajas, que creí que ella cambiaría. Lloré por mí. La muerte de Penélope fue el final de un ciclo. Cruel, sí, pero también necesario. Aquella llamada no solo se llevó una vida, también se llevó mis ilusiones, mis debilidades, mi ceguera. A la mañana siguiente, me miré al espejo y vi a un hombre que necesitaba comenzar de nuevo. Mi esposa no tuvo un velorio digno, flores, oraciones ni despedidas cálidas. Solo un acto simbólico, un ataúd vacío que representaba lo poco que había quedado de los restos. Yo estaba allí, rodeado de rostros que murmuraban condolencias vacías, pero mi cabeza ya estaba en otro lugar. Salí de aquel cementerio con una nueva perspectiva. No iba a llorar, lamentarme ni suplicarle a Dios consuelo. No. Iba a descubrir dónde estaba ella, con quién y qué había ocurrido exactamente aquel maldito día. Y si había un culpable, lo encontraría. Y le haría pagar. Fue allí, entre lápidas y el olor a tierra mojada, donde murió el Ethan de antes. El hombre enamorado, ligero, soñador, ese fue enterrado junto a ella. El que nació en su lugar era algo diferente. Más frío. Más calculador. Más peligroso. Me cerré al amor, al afecto y a cualquier sentimiento bondadoso. Ya no había espacio para eso. Las personas a mi alrededor notaron el cambio. Los amigos se alejaron. Los familiares comenzaron a evitarme. Algunos decían que estaba obsesionado. Tal vez realmente lo estoy. Pero prefiero llamarlo enfoque. Determinación. Nadie conoce el dolor que sentí. Nadie puede imaginar lo que significa tener el corazón arrancado sin previo aviso. Por eso, no me importa lo que digan. Porque el nuevo Ethan no está aquí para agradar. Está aquí para descubrir verdades, exigir justicia y hacer que quien tenga la culpa pague caro por cada segundo de sufrimiento que viví. Y lo advierto: a nadie le gusta pagar para ver. Pero si insisten, verán de cerca de lo que soy capaz.Ethan narrando El día fue un verdadero caos. No me detuve ni diez minutos. Entre reuniones, llamadas y visitas inesperadas, la agenda parecía estar cada vez más fuera de control. En medio de todo el caos, dejé que Sophie saliera a almorzar, pero le pedí que, en cuanto terminara de comer, regresara directamente a la empresa. Su hora de almuerzo sería debidamente compensada como horas extras. No se quejó, como siempre, eficiente y profesional.Jhon, que estaba cerca, se ofreció a almorzar con ella, probablemente en un intento de escapar de la sala de reuniones calurosa, pero le ordené que entrara conmigo al despacho. Antes de salir, le pedí a Sophie que solicitara dos platos ejecutivos y los hiciera entregar en la empresa. Lo hizo con la agilidad de siempre y, en pocos minutos, ya estaba fuera.Cerré la puerta, acerqué la silla y miré a Jhon, que ya tenía un cuaderno de anotaciones abierto sobre el escritorio.—Vamos directo al punto —comencé, soltando un suspiro cansado—. El proyecto
Ethan narrando El reloj marcaba las 5:30 cuando sonó la alarma. Me levanté sin dudarlo. Una rutina estricta me acompañaba desde hacía años, y hoy no sería diferente. Después de una carrera ligera de treinta minutos en la cinta, me di una ducha fría, una práctica que mantenía mi mente alerta. El espejo empañado del baño reflejaba mi semblante inexpresivo. Me sequé el rostro, acomodé el cabello con precisión y me puse un traje gris oscuro perfectamente ajustado, una camisa blanca impecable y una corbata azul marino. En el vestidor, ajusté el Rolex en mi muñeca, me puse los zapatos italianos y revisé los documentos dentro de la carpeta de cuero. Una última mirada al espejo. Postura recta. Mirada firme. Estaba listo.El coche me esperaba en el garaje. Durante el trayecto revisé informes en la tableta, mientras el conductor avanzaba en silencio. Al llegar a la sede de Ferraz Ingeniería, subí directamente al piso de la presidencia.Hoy Jhon regresa de sus vacaciones. Hizo un viaje internac
Sophie narrando Puedo decir que este primer día fue una verdadera prueba. Y, sinceramente, creo que la superé. ¡Dios mío, qué hombre tan difícil! No es que sea terrible, ni mucho menos. Es educado, incluso cortés, pero es reservado, serio, sin ninguna expresión en el rostro. Cuando abre la boca, parece que cada palabra está medida y pronunciada como si fuera un látigo chasqueando en el aire. A pesar de eso, tengo que reconocerlo: es extremadamente profesional. Exigente, sí. Pero también justo.Durante la visita a la obra, estábamos en aquel contenedor que funciona como oficina, estrecho, sofocante y con olor a café viejo, cuando ocurrió algo inesperado.El ingeniero responsable de la obra, un tal Rafael Mendonça, me miró de una manera extraña. De esas miradas que hacen que una quiera salir corriendo a darse una ducha para librarse de aquella sensación desagradable. Me estremecí por completo. Intenté disimular, concentrarme en los documentos, fingir que no me había dado cuenta. Pero c
Ethan narrando La mañana fue bastante productiva. La nueva asistente demostró ser tan competente como prometía su currículum. Segura, profesional, sabe cuándo guardar silencio. Me gustan esas características, no tengo paciencia para la gente que habla demasiado o se pierde en sus propios pasos.En cuanto terminé mi última reunión del turno de la mañana, salimos de la sala de conferencias.—Ve a almorzar y regresa a tiempo. No tolero retrasos. Justo después del almuerzo tengo un compromiso externo y quiero que me acompañes.—Sí, señor.Ella asintió con un leve movimiento de cabeza. Seguí caminando, tenía un compromiso.Salí de la constructora. El restaurante estaba a dos cuadras, donde me esperaba el nuevo investigador. Elegí un lugar discreto, nada demasiado llamativo. El asunto requería discreción.Él ya estaba sentado, revisando algo en una pequeña carpeta. Se levantó en cuanto me vio.—Señor Ferraz. Es un honor.—Sin formalidades —dije, estrechándole la mano—. Puedes llamarme Etha






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