LOGINla noche en que sorprendí a mi prometido en un encuentro íntimo con otro hombre. Al huir a un hotel, un malentendido me dejó atrapada en el ático a oscuras de un guapo multimillonario semidesnudo. Borracha y desesperada por recibir cariño, le supliqué que me hiciera sentir deseada. Su tacto me provocó escalofríos por toda la piel, dejándome sin aliento y abrumada por sentimientos que nunca antes había experimentado. Hasta que las luces se encendieron… y el misterioso desconocido a mi lado resultó ser el nuevo marido de mi madre.
View More### POV de Elena
La seda color marfil de mi vestido de novia estaba destinada a representar un nuevo comienzo. Dentro de exactamente siete días, tenía previsto caminar hacia el altar de la catedral de San Judas para casarme con Julian. Llevábamos cinco años juntos. Cinco largos y silenciosos años de cenas familiares llenas de formalidades, llamadas telefónicas programadas y una relación tan fría que parecía más una fusión empresarial que una historia de amor. Quería sorprenderlo. Había recogido el ajuste final de mi vestido antes de lo previsto y, en lugar de regresar directamente a casa, le pedí al taxista que me dejara en su lujosa casa adosada. Tenía mi propia llave, un pequeño privilegio que rara vez utilizaba. La casa estaba mortalmente silenciosa cuando entré. El aire era denso y estaba impregnado del tenue y penetrante aroma de una colonia costosa, pero no era el habitual aroma a madera de cedro de Julian. Era algo más intenso, almizclado y desconocido. —Ah… Dios, Julian… Aquel sonido destrozó el silencio. Era un gemido bajo y entrecortado que vibraba a través de las tablas del suelo y provenía de la puerta entreabierta del dormitorio principal. Se me cortó la respiración. Mi corazón dio un salto violento y doloroso. Una mujer. Había llevado a otra mujer a nuestra cama. Aferrando con fuerza la funda del vestido contra mi pecho, obligué a mis piernas entumecidas a avanzar por el pasillo. Quería gritar, arrancar la puerta de sus bisagras y enfrentarme a la mujer que se había atrevido a ocupar mi lugar. Pero cuando empujé la puerta un centímetro más, las palabras murieron en mi garganta. Mi mundo entero pareció inclinarse sobre su propio eje. No era una mujer. En el centro de la cama, bajo el tenue resplandor ámbar de la lámpara de la mesita de noche, había dos hombres. Julian, mi prometido de aspecto impecable y siempre perfectamente sereno, estaba completamente desnudo, con el rostro enrojecido y las manos aferradas al cabecero de la cama. Arrodillado detrás de él había un hombre alto, corpulento y de piel oscura, con un tatuaje tribal que se extendía por sus omóplatos. No podía moverme. Sentía como si mis botas estuvieran cementadas al suelo. —Julian —murmuró el desconocido. —Sí… Damon —susurró Julian, con la voz cargada de una pasión que jamás le había escuchado. Verlos juntos fue como sentir un cuchillo físico retorciéndose en mi pecho, pero lo que más me dolió fue el contraste brutal y agonizante de lo que estaba presenciando. Cinco años. Habíamos estado juntos durante cinco años, y nuestra vida sexual había sido una auténtica vergüenza. Cada vez que nos metíamos en la cama, se repetía la misma rutina torpe y apresurada. Él se colocaba encima de mí en la oscuridad absoluta, apenas me tocaba y me penetraba desesperadamente durante un minuto, quizá dos si tenía suerte, antes de desplomarse y darse la vuelta. Había pasado media década convenciéndome de que simplemente estaba estresado, de que sufría ansiedad por su rendimiento o de que algunos hombres sencillamente no tenían resistencia. Había pasado años sintiéndome poco deseable, preguntándome qué había de malo en mi cuerpo. Pero al observarlos ahora, la verdad se reveló ante mí de la manera más humillante posible. Julian no era malo en la cama. Simplemente no me deseaba a mí. Con aquel hombre, Julian era completamente diferente. Su rostro mostraba una entrega y un deseo que jamás había visto dirigidos hacia mí. Estaban tan absortos el uno en el otro que el mundo exterior parecía haber dejado de existir. Y ni siquiera se habían dado cuenta de que yo estaba allí. Entonces, los ojos oscuros de Damon se desviaron hacia la puerta. Su expresión cambió. Sus ojos se abrieron ligeramente cuando se encontraron con los míos. Yo seguía allí, inmóvil, con la boca entreabierta y las lágrimas finalmente deslizándose por mis mejillas, calientes y rápidas. —Julian —murmuró Damon con voz ronca mientras se apartaba y tomaba la bata de seda que estaba a los pies de la cama—. Tenemos compañía. Julian parpadeó, aturdido y con el rostro enrojecido, antes de girar la cabeza. Cuando sus ojos grises se encontraron con los míos, no hubo pánico. Tampoco hubo una reacción inmediata de culpa o vergüenza. Se incorporó lentamente, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, completamente indiferente al hecho de estar desnudo. —Elena —dijo con voz monótona, casi molesta—. Deberías haber llamado a la puerta. —Julian… —Mi voz salió como un susurro roto, un sonido patético y entrecortado—. ¿Qué…? ¿Qué es esto? ¿Quién es él? Damon se envolvió la bata de seda alrededor de la cintura, aunque mantuvo los ojos fijos en mí, con una expresión fría y burlona. —Este es Damon —dijo Julian mientras se levantaba y se ponía los bóxeres con una calma exasperante—. Y necesitas tranquilizarte. Estás exagerando. —¿Exagerando? Una risa histérica brotó de mi garganta y me ahogó. Arrojé la funda del vestido al suelo. La impecable seda blanca de mi vestido de novia se derramó sobre las polvorientas tablas de madera. —¡Te estás follando a un hombre en nuestra cama! ¡Nos casamos dentro de siete días, Julian! ¡Eres una mentira! ¡Toda tu vida es una mentira! —Cuida tu boca, Elena —espetó Julian, entrecerrando los ojos—. No soy un mentiroso. Soy un hombre de negocios y tengo una reputación que mantener. Damon es mi socio. Ha sido mi socio desde mucho antes de que mi madre me obligara a fijarme en ti. Sus palabras me golpearon como un puñetazo. —¿Tu socio? ¡Me utilizaste! ¡Me utilizaste como tapadera para poder seguir fingiendo que eras el hijo heterosexual y perfecto mientras tú…! —¡Basta! Julian dio un paso hacia mí. Su voz se elevó y me interrumpió con una autoridad escalofriante. —Damon es diez veces mejor pareja de lo que tú jamás podrías ser. No exige mi tiempo, no se queja por la falta de conexión emocional y, de hecho, sabe cómo satisfacerme. ¿Y tú? Eres una obligación, Elena. Un trofeo que tengo que exhibir para mantener contenta a mi familia. Damon soltó una risita burlona desde la cama y cruzó los brazos. —No te lo tomes como algo personal, cariño. Algunos hombres simplemente necesitan una mano más firme de la que tú puedes ofrecerles. La falta de respeto, la arrogancia repugnante y la manera en que ambos se burlaban de mí rompieron algo en mi interior. La tristeza desapareció, sustituida por una oleada de rabia cegadora y abrasadora. —¡Son dos hombres repugnantes y patéticos! —escupí mientras avanzaba hacia la cama. Clavé los ojos en el rostro engreído de Damon. —¿Creen que pueden burlarse de mí? ¿En la casa que mi familia ayudó a pagar? Levanté la mano y cerré los dedos, concentrando toda mi furia y mi dolor en un golpe dirigido directamente a la mandíbula burlona de Damon. Pero nunca llegué a tocarlo. Antes de que mi mano pudiera alcanzarlo, Julian extendió el brazo de golpe. Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca como una prensa de acero, deteniendo mi movimiento en el aire. Me apretó con tanta fuerza que sentí dolor en los huesos. —Ni se te ocurra tocarlo —gruñó Julian, con el rostro deformado por una mueca de desprecio. Antes de que pudiera siquiera procesar la amenaza, su otra mano se movió violentamente por el aire. ¡PAM! El impacto de su palma contra mi mejilla resonó por todo el dormitorio. La fuerza del golpe hizo que mi cabeza girara violentamente hacia un lado. Las rodillas me flaquearon mientras una punzada ardiente y aguda se extendía por mi rostro. Pero no había terminado. Antes de que pudiera recuperarme de la impresión o apartarme, su mano volvió a moverse, esta vez en dirección contraria. ¡PAM! Mi cabeza se sacudió hacia el otro lado cuando me golpeó por segunda vez. El doble impacto me hizo perder el equilibrio y caí pesadamente al suelo.No podía soportar quedarme ni un segundo más en el hospital.El olor estéril del antiséptico, los pitidos rítmicos de los monitores cardíacos y la imagen de Vanessa de pie fuera de aquella habitación, como una centinela protegiendo sus secretos, me estaban asfixiando. Salí al frío de la noche sin mirar atrás. Mis piernas se movieron por puro instinto hasta que encontré mi coche.Conduje a casa solo.Cuando crucé las pesadas puertas de roble de mi mansión, el silencio me golpeó como si fuera un impacto físico. El majestuoso vestíbulo, con sus suelos de mármol y sus techos elevados, parecía completamente vacío. La casa se sentía diferente, más fría, más grande y aterradoramente desconocida.Avancé por el largo pasillo en dirección a mi despacho, pero mis pasos se hicieron más lentos con cada metro.En las paredes, adornadas con marcos de caoba, cada fotografía de Elena parecía burlarse de mí.Allí estaba ella a los siete años, sosteniendo un dibujo infantil de una casa con un sol amaril
Cuando volví a abrir los ojos, lo primero que vi fue el familiar y estéril techo blanco.El suave pitido rítmico del monitor cardíaco sonaba junto a mi cabeza y resonaba contra las paredes pálidas. Durante unos segundos interminables, mi mente permaneció envuelta en una espesa niebla. Me sentía aturdida y desorientada, incapaz de recordar dónde estaba o por qué todo mi cuerpo parecía completamente agotado.Entonces, la niebla se disipó y vi a mi madre sentada en la silla de plástico junto a mi cama.Todavía llevaba la ropa del día anterior, aunque su chaqueta descansaba sobre el respaldo de la silla. Su aspecto, normalmente impecable, estaba descuidado; tenía profundas ojeras y mantenía las manos fuertemente entrelazadas sobre el regazo, apoyadas contra las rodillas.—Mamá... —Mi voz salió como un susurro ronco y seco.Vanessa se inclinó inmediatamente hacia delante. Sus ojos se abrieron de par en par mientras examinaba mi rostro.—Elena. Has despertado.Alargó la mano para tomar el p
Punto de vista de ElenaLa habitación estaba en silencio, salvo por el zumbido bajo y rítmico de los equipos médicos y el suave clic repetitivo de la bomba de infusión.Permanecía inmóvil bajo las pesadas sábanas blancas, observando cómo el líquido rojo oscuro avanzaba lentamente por el tubo de plástico transparente, acercándose poco a poco a la vía intravenosa fijada a mi muñeca.La sangre de mi madre.El líquido que me mantenía aferrada a este mundo fluía directamente del brazo de Vanessa, al otro lado de la habitación, hasta llegar al mío. Se suponía que debía devolverme el calor, la fuerza y la vida. Sin embargo, cada gota se sentía como un peso helado que se asentaba en lo más profundo de mi pecho.No podía dejar de pensar en lo que el médico había dicho en aquel frío pasillo del hospital.Tu sangre no es compatible con la de ella.Arthur King no era mi padre biológico.La dolorosa verdad se repetía en mi mente como un cruel e interminable bucle. El hombre que me había sostenido
Punto de vista de ElenaAbrí los ojos lentamente.El techo sobre mí era de un blanco impecable y estéril. El zumbido bajo e incesante de la habitación del hospital llenaba mis oídos, interrumpido únicamente por el pitido lento y constante del monitor conectado a mi pecho. Sentía el cuerpo increíblemente pesado, como si tuviera plomo en las extremidades, y la garganta tan seca que me ardía con cada respiración.Entonces la vi.Mi madre.Vanessa estaba de pie junto a mi cama. La compostura impecable que siempre llevaba como una armadura se había hecho añicos por completo. Su costosa blusa de seda estaba ligeramente arrugada, algunos mechones de su cabello perfectamente arreglado se habían soltado y su postura firme y autoritaria se había desplomado bajo un peso evidente.Parecía agotada. Parecía asustada.Durante un breve y desconcertante segundo, mi mente se quedó completamente en blanco. No recordaba por qué estaba acostada bajo aquellas finas sábanas de hospital ni por qué el aire ol


















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