LOGINTras salir del Grupo Thorne, Isabela tomó un taxi hasta la empresa. Al entrar en la oficina, todas sus compañeras estaban arreglándose el cabello. Los últimos años habían sido de un desarrollo vertiginoso para el sector de la inteligencia artificial, y varios departamentos de P&D habían suprimido los descansos para comer. Los empleados se quejaban en privado, pero no podían hacer nada; la mayoría tenía familias que mantener. Hoy en día, los más fáciles de explotar son quienes tienen padres mayores e hijos pequeños, como Killian.
El director Carili salió de su despacho y, al ver pasar a Isabela, su semblante se ensombreció:
—¡Isabela! ¡Llegas tarde! ¡Te descontaré el bono de asistencia perfecta de este mes!
En un instante, todas las miradas se volvieron hacia ella. Si Isabela hubiera llegado un minuto antes, quizás él habría hecho la vista gorda, pero el director Carili era un esnob de manual. Nunca había sido amable con los empleados que no tenían contactos, y menos aún con Isabela, que había sacado la nota máxima en la prueba de selección, dejándole en evidencia a él, todo un veterano. La baja por maternidad de ella había sido la excusa perfecta para excluirla de los proyectos importantes.
—Entendido —se limitó a decir ella.
Satisfecho con su sumisión, el director se marchó. Acababa de recibir la noticia de que una tal señorita Catarina Viana se incorporaría a la empresa. Normalmente, no habría prestado la menor atención a una mujer en I+D, convencido de que no tendrían capacidad para ello, pero el hecho de que Catarina se saltara la prueba de admisión daba a entender que contaba con respaldo en las altas esferas. Decidido a congraciarse con ella, bajó en persona a recibirla.
Catarina estaba impecable: blusa de seda blanca, pantalón negro y ondas perfectas en el cabello. Irradiaba ese aire inconfundible de chica de familia adinerada.
—Usted debe de ser el director Carili —dijo ella con una sonrisa—. Soy nueva aquí, espero que me oriente bien.
El director Carili, halagado, la acompañó escaleras arriba explicándole que el éxito de P&D se debía a la inversión de más de cien millones realizada por Maison Thorne siete años atrás. Isabela estaba haciendo fotocopias cuando escuchó voces conocidas. Un instante después, el rostro de Catarina apareció en la puerta.
La mente de Isabela se quedó en blanco. ¿Qué hacía Catarina allí? El director Carili la presentó a todos y se encargó de que se sentara justo al lado de Isabela. Pero ahí no quedó la cosa: llamó a Isabela a su despacho y la designó asistente de Catarina.
Isabela casi soltó una carcajada de indignación:
—Catarina y yo somos empleadas del mismo nivel. No hay ningún motivo para que yo sea su asistente.
—¿Cuál es el problema? —gruñó el director Carili—. Ella tiene un doctorado de una universidad de la Ivy League. Serás su asistente y punto.
Isabela apretó los labios. Así que Maison de verdad había pasado todos esos años con Catarina.
—¿Puedo preguntar en qué se doctoró la doctora Catarina?
Según recordaba, Catarina era del área de hardware, lo que no tenía nada que ver con algoritmos. El director Carili perdió la paciencia:
—¡Haz lo que te digo o lárgate!
Isabela comprendió que Maison le había allanado el camino a Catarina, pero no estaba dispuesta a tragarse aquella humillación en silencio.
—El año pasado, durante el Festival Quantum, la vi en el segundo piso del World Trade —dijo ella con calma.
El rostro del director Carili palideció. Recordó perfectamente que el año anterior había estado allí con su amante. ¿Cómo lo sabía Isabela? Si su esposa, una de las fundadoras de P&D y accionista mayoritaria, llegaba a enterarse, estaría completamente arruinado. Su carrera dependía por entero de la familia de su mujer.
Isabela regresó a su puesto sin más contratiempos. Sin embargo, Catarina, desde la mesa de al lado, se inclinó hacia ella y le dijo:
—Isabela, tengo muchos amigos abogados. Si alguna vez necesitas algo, no dudes en contactarme.
Isabela frunció el ceño, desconcertada.
—Gracias, no será necesario.
Al girarse, Isabela vio algo que destelló: un anillo de diamantes en la mano de Catarina. El diseño parecía una alianza, llevada en el dedo corazón de la mano izquierda, señal de compromiso. ¿Quién más podía ser la pareja de Catarina sino Maison?
El corazón de Isabela se encogió. Catarina ya llevaba el anillo, pero los papeles del divorcio aún no habían llegado. ¿Quizás el reparto de bienes llevaría tiempo? Isabela no había firmado ningún acuerdo prenupcial, pero el dinero de Maison le traía sin cuidado. Solo quería quedarse con Killian.
Maison era siempre distante y difícil de descifrar. Como no había manera de entenderle, lo único que podía hacer era esperar a que llegaran los papeles del divorcio. Cuando el destino sigue su curso, forzarlo solo trae consecuencias peores.
El matrimonio de Killian y SamiaEl jardín de la villa estaba irreconocible. Isabela había pasado tres semanas supervisando cada detalle: las flores blancas y doradas entrelazadas en los arcos, las mesas cubiertas de lino color crema y las luces suspendidas que, al caer la noche, transformarían aquel lugar en una constelación privada.Maison había observado todo en silencio, sonriendo de aquella manera a la que ella todavía no había aprendido a resistirse, y solo había dicho:—Quedó perfecto. Igual que tú.Ella había fingido no escuchar.Pero había sonreído durante todo el camino hasta la habitación.Detrás de escena, el caos era delicioso.João intentaba convencer a Elvis de que se ajustara la corbata, mientras Elvis insistía en que las corbatas eran instrumentos de tortura inventados por personas que nunca habían necesitado respirar de verdad.Kenedy, impecable desde temprano, observaba a los dos con la paciencia de quien ya había renunciado a intervenir.—Ustedes dos van a retrasar
Acompañada por todos, Isabela fue trasladada de urgencia al hospital. El parto se adelantó a la fecha prevista. Maison, presa de los nervios, olvidó una de las bolsas con todo lo necesario; al final tuvo que pedir a la tía Liu que se la llevara.El hospital contaba con los mejores especialistas en control del dolor. Isabela apenas sintió molestias, salvo durante unos minutos en el trayecto. A todos los demás les pidieron salir de la sala; solo quedaron ella, las matronas y Maison a su lado. Isabela permanecía semiconsciente, veía algo de televisión y comía barritas energéticas. Hacia las once de la noche, una de las matronas anunció:—Ya puede nacer.Comparado con lo que fue el primer parto, este resultó mucho más tranquilo. Tras un fuerte llanto, un pequeño ser reposó sobre el pecho de Isabela. El recién nacido tenía los párpados entrecerrados, largas pestañas y la nariz respingada: era la viva imagen de su madre. Maison limpiaba suavemente el rostro y el cuello de Isabela cuando esc
En el patio, bajo un cobertizo improvisado, el aroma de la barbacoa llenaba el aire. Junto a las brasas, Killian enseñaba a Samia cómo asar la carne, mientras tres hombres sentados a la mesa guardaban un silencio algo tenso.Samia se llevó la mano a la boca y le susurró a Killian:—¿Tu padre está enfadado?—Solo necesita tiempo para aceptar las cosas —respondió él con calma, sin dejar de dar vuelta a la carne.Samia miró a su alrededor y sintió compasión por Maison, quien parecía ser el único que salía perdiendo en aquella situación. Con curiosidad, preguntó:—¿Hace cuánto se conocen tú y Dandara?—Desde que nacimos.—¿Y tus padres y los de ella?Killian hizo una pausa, miró a lo lejos un instante y respondió:—Se conocieron en la universidad. El tío Johan es el hermano mayor de la mejor amiga de mi madre.Samia asimiló aquello. Así pues, el destino de Isabela ya estaba trazado desde siempre. No era de extrañar que Killian jamás hubiera tenido ojos para otra. Con una leve sonrisa un t
Tras aquel acuerdo, la relación de Samia pareció encaminarse por fin hacia una senda estable y feliz. Killian cubría todos sus gastos; cuanto Samia lograba ganar en trabajos ocasionales quedaba íntegro en su bolsillo. Tal como él decía: tenía tres años para ir juntando su ajuar. Sin lugar a dudas.Como estrella del equipo de baloncesto universitario, Killian solía jugar partidos cada dos semanas. Siempre que podía, Samia acudía a las gradas a animarlo. Un día, tras una victoria contundente, hizo algo que nadie esperaba: bajó directamente a la grada y la besó ante todos. Sin importarle quién viera, sin reservas. Ante miles de espectadores, anunció de forma pública y sin dejar lugar a dudas que estaba enamorado. Dejó claro a todos que tenía dueña.Al irse, Samia caminaba escondiéndose tras Tany como una niña avergonzada. Tany, entreternida y con una pizca de envidia, le dijo:—¡Pececito, me están ahogando en este mar de amor tan dulce!—No es así —corrigió Samia irguiéndose con dignidad
Un escalofrío le recorrió la espalda. Se acercó con cautela, abrazándose a sí misma como si estuviera a punto de escuchar un secreto que cambiaría su vida… o una sentencia.Maison cruzó una pierna, ignorando su inquietud, y fue directo al grano:—Hace tres días investigué tu lugar de origen. Descubrí que hace dieciocho años, Vanuza —que era estéril— te compró a tus padres biológicos por treinta mil reales.Consolar no era el fuerte de Maison. Habló sin rodeos, sin suavizar las palabras, sin imaginar el impacto que causaría en ella.Hubo un silencio absoluto. Estéril. Así pues, la infancia de Samia no había sido sino un medio en manos de Vanuza… un instrumento para atraer buena suerte y lograr por fin tener un hijo.Tras un largo instante, Samia logró articular apenas:—Gracias.Llevaba mucho tiempo queriendo saber la verdad sobre sus orígenes, pero carecía de medios y no quería preocupar a Killian. Incluso había pensado en contratar a un investigador privado. Y ahora resultaba que alg
Tras recorrer cinco habitaciones de huéspedes todas idénticas, Killian logró por fin convencer a Samia de que se quedaran en la suya.—Tú duermes en la cama. Yo dormiré en el sofá.El sofá medía dos metros: espacio más que suficiente para que un adulto descansara cómodamente.Samia no dijo ni sí ni no. Simplemente frunció los labios y se quedó mirándolo fijamente.Killian se sintió ligeramente incómodo bajo aquella mirada:—¿Pasa algo?—¡Claro que pasa algo! —Samia se estremeció al recordar lo ocurrido horas antes—. ¡Tienes un perro y no me lo dijiste!En realidad, Killian sí se lo había mencionado… pero él mismo lo había olvidado por completo.Se disculpó con sinceridad:—Si necesitas cualquier cosa, usa simplemente esta tarjeta. Sin límite.Samia se quedó sin palabras.Miró aquel rostro digno de estrella de cine y luego la tarjeta bancaria en su mano. ¿Había algo que pudiera reprocharle? Nada.Decidió perdonarle la vida. Dio un paso adelante, lo tomó de la manga de su camiseta y lo







