Masuk«Me vendieron como a un cordero para salvar sus deudas. Lo que no sabían es que el monstruo más peligroso no estaba esperándome en el altar... sino dentro de mi propia piel.» Para salvar a su familia de la ruina, Valeria es entregada a Dante Moretti, el temido capo al que apodan el Carnicero. Todos creen que la frágil bastarda no sobrevivirá la primera noche. Pero Dante oculta cicatrices que ningún humano debería soportar, y Valeria guarda un secreto antiguo en las venas capaz de enloquecer a cualquiera que intente doblegarla. En un mundo de traiciones, miradas prohibidas y sangre, el cazador descubrirá que la mujer a la que compró no vino a ser salvada: vino a reclamar su propio trono.
Lihat lebih banyakEl olor a whisky barato y a sudor frío siempre precede a las peores decisiones de Marco.
Estaba junto a la chimenea apagada, mordiéndose las uñas hasta sangrar. Esta vez la cifra no cabía en un fajo de billetes ni se saldaba con una paliza: cinco millones de euros en mesas clandestinas, cargamentos que nunca llegaron al puerto y pagarés firmados con sangre. Marco estaba muerto si no pagaba antes de medianoche.
Por eso yo estaba allí, de rodillas sobre la alfombra raída, con la espalda recta y la vista clavada en las tablas del suelo.
—Mírala, madre. ¿Crees que será suficiente? —la voz de Marco tembló, viscosa.
Sentí sus ojos recorrer mi cuello desnudo y el escote del vestido negro que me habían obligado a ponerme; estrecho, marcando cada curva. Marco siempre me miraba así cuando creía que nadie lo observaba: con asco en los labios y el pantalón apretándole. Me odiaba por ser la bastarda, pero no dudaba en vender mi herencia ni en devorarme con la mirada.
Un crujido seco resonó en el salón.
La mano de Eleonora se estrelló contra mi mejilla. El golpe me torció la cara y el sabor metálico del corte en el labio me inundó la lengua.
—¡Baja la cabeza, desvergonzada! —siseó—. ¿Crees que no te veo pavonearte? Eres idéntica a tu madre. Es culpa tuya que Marco pierda la cabeza.
Marco desvió los ojos hacia la ventana, excitado por el castigo.
Eleonora alzó de nuevo la mano enjoyada apuntando a mi ojo. Apreté los dientes, esperando el impacto.
Entonces, bajo mi esternón, la temperatura de mi sangre cayó en picado.
El relicario sellado con cera negra, oculto entre las costuras de mi corpiño, se volvió gélido como hielo polar.
—Quieta, mi pequeña muñeca...
La voz nació en el fondo de mi cráneo, rasposa y hueca, como salida de un ataúd húmedo.
—No pestañees. Deja que te pegue. Guarda la sangre para cuando el teatro esté lleno.
La calma antinatural de ese susurro me anestesió la mandíbula; el dolor desapareció de golpe. Sonreí por dentro. Esperaré, respondí en silencio.
El frenazo de varios motores pesados sobre la gravilla cortó la respiración de todos.
Las puertas dobles del salón se abrieron sin previo aviso. El aire se saturó de un aroma a cuero, tabaco y una frialdad absoluta.
Dante Moretti cruzó el umbral.
Abrigo de lana negro, hombros anchos y una cicatriz fina partiéndole la ceja izquierda. Lo que congelaba el pulso eran sus ojos: un gris pálido, desprovisto de cualquier emoción humana. El Carnicero de San Pietro en persona.
Marco dio un paso atrás, tropezando con una mesa de caoba.
—Moretti... señor Moretti —balbuceó mi hermanastro, frotándose las manos sudorosas—. Como le prometí... todo en regla. El contrato de cesión y renuncia de tutela. Es suya a cambio de saldar la deuda.
Dante ni lo miró. Caminó hasta detenerse a un metro de donde yo seguía arrodillada. Hizo un leve gesto con la barbilla y uno de sus hombres le arrebató el papel a Marco.
Eleonora forzó una sonrisa aristocrática que le temblaba en las comisuras:
—Se lleva una sirvienta joven, señor Moretti. La hija bastarda de mi difunto marido. No tiene a nadie que pregunte por ella. Puede disponer de ella como guste.
Dante bajó lentamente la mirada hacia mí.
Examinó mi labio roto, la marca roja en la mejilla y el dobladillo desgarrado del vestido. No había compasión; era una evaluación quirúrgica, como quien tasa mercancía en un matadero.
Se agachó sobre una rodilla frente a mí. Su presencia resultaba asfixiante. Con una mano enguantada en cuero negro, me sujetó la mandíbula obligándome a alzar el rostro. Su pulgar rozó la sangre fresca.
—Límpienla y al coche —ordenó sin alzar la voz.
Marco soltó un suspiro de alivio patético, pero no pudo evitar dar un paso al frente con una chispa de celo retorcido:
—Asegúrate de domarla bien —susurró con una media sonrisa nerviosa—. Es de las que muerden.
Dante se detuvo. Giró apenas la cabeza y le clavó una mirada gélida:
—Tu deuda está pagada. Si vuelves a pronunciar una sola palabra sobre lo que me pertenece, haré que te comas tu propia lengua antes de cortarte las manos.
Marco palideció y retrocedió hasta chocar contra su madre.
Dante me tomó del brazo y me puso en pie de un solo tirón. Su voz descendió a un murmullo destinado únicamente a mis oídos:
—No llores, muñeca. Esta noche aprenderás exactamente para qué te compró un Moretti.
Caminé hacia la salida flanqueada por sus hombres, con la falda rozando la alfombra y la cabeza gacha, fingiendo ser el cordero que necesitaban ver.
Bajo mi piel, el relicario quemaba con furia silenciosa.
Y dentro de mi cabeza, la voz volvió a reírse con un tintineo fúnebre:
—Ya estamos dentro, pequeña... Que empiece la música.
Las luces de la ciudad eran apenas un parpadeo sucio a través de los cristales empañados del todoterreno.Dante no había regresado a la villa tras dejar a Valeria bajo la custodia blindada de tres escuadras de élite en la clínica privada. La acusación de Aurelio De Santis le martilleaba las sienes como un disparo a bocajarro: «Siete impactos de nueve milímetros perforando el radiador... Alguien que jamás ha dejado con vida a una sola mujer de tu estirpe».Aurelio era un zorro viejo, pero en sus ojos no había soberbia, había certeza. Y Dante necesitaba destruirla antes de que esa sombra le arrancara a Valeria de las manos.El vehículo frenó en seco en el muelle viejo de San Pietro frente a un bloque de hormigón armado semienterrado en la roca. Antiguo polvorín naval durante la guerra, servía desde hacía medio siglo como la cámara acorazada de los Moretti; el archivo muerto de sentencias, sobornos y ejecuciones extraoficiales que ningún libro de contabilidad registraba.Dante bajó sin p
A la mañana siguiente, la planta privada de la clínica de San Pietro parecía un polvorín bajo custodia militar.Frente a la puerta de mi suite médica, dos centinelas cruzaron sus fusiles en aspa al ver aparecer a Chiara con abrigo claro y el pelo revuelto por el viento.—No tiene autorización para pasar, señorita De Santis —dijo el guardia con voz de hierro—. Órdenes directas de Don Dante.—¡Es mi hermana! —suplicó Chiara, forcejeando con las manos en el aire—. ¡Solo necesito ver que está viva!El ascensor se abrió con un timbre metálico y emergió Lucas Moretti. El hermano menor de Dante vestía chaqueta de cuero y vaqueros oscuros, con ojeras profundas y el paso apresurado; Dante había puesto al clan en alerta de madrugada tras el atentado y la revelación de mi linaje.Chiara corrió hacia él y le aferró el brazo:—¡Lucas! Por favor, diles que me dejen entrar. Te lo ruego... solo cinco minutos.Lucas la miró con cautela. Conocía el peso de las órdenes de su hermano, pero los ojos de la
En cuanto la puerta se cerró a espaldas de Aurelio y sius hijos, el silencio cayó sobre la habitación como una losa de plomo.Dante no se despegó del muro de inmediato. Mantuvo la vista fija en la madera lacada, sopesando el veneno implícito en las palabras del viejo De Santis. Pero al apartar los hombros de la pared y avanzar hacia la cama, sus ojos grises no albergaban duda, ardían con una frialdad calculadora y despiadada.Se detuvo al borde del colchón y clavó sus pupilas en las mías:—Sabías que la taza llevaba veneno, ¿verdad?La pregunta no admitía rodeos. No alzó la voz, pero el tono cortó el aire como el chasquido de un percutor.Sostuve su mirada sin pestañear:—Sí. Lo supe antes de que la porcelana tocara mis labios.La mandíbula de Dante se tensó con tanta fuerza que los tendones de su cuello parecieron cables de acero. Se inclinó sobre mí, apoyando una mano enguantada a cada lado de mi cuerpo sobre las sábanas, acorralándome con su calor y su furia contenida:—¿Y por qué
El crujido del percutor al armarse sonó antes de que Aurelio terminara de apartar el dedo acusador.Dante se despegó de la pared con la rapidez de una fiera enjaulada. En dos zancadas cruzó el espacio entre la penumbra y la cama, agarró a Aurelio de las solapas del abrigo y lo estampó contra el armario metálico de instrumental. El impacto sacudió los frascos de cristal en un tintineo estridente.El cañón de la pistola se hundió bajo la mandíbula del viejo De Santis, obligándolo a estirar el cuello hacia atrás.Julian reaccionó por puro reflejo llevando la mano a la axila para desenfundar, pero el pestillo se abrió de golpe a sus espaldas; Paolo y dos tiradores de los Moretti irrumpieron encañonando el cráneo del joven heredero antes de que pudiera rozar la culata.—Ni se te ocurra, muchacho —gruñó Paolo con el dedo en el disparador.Dante ni se giró. Sus pupilas grises taladraban a Aurelio a escasos centímetros de distancia.—Te atreves a escupir calumnias sobre mi familia en mi propi


















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