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Desafiando al vaquero II

Autor: Petit
last update Fecha de publicación: 2026-08-03 05:52:20

La ciudad estaba a una corta distancia, y mientras avanzaba por el camino polvoriento, mi mente no dejaba de dar vueltas a lo que acababa de suceder. No podía dejarla ir sola. No podía dejar que se expusiera por estos caminos, pero en el fondo sabía que había añgo más, no podía soportar verla lejos de mí. Ella había ganado la apuesta, pero había algo más, algo mucho más profundo en su mirada que me decía que lo que había comenzado entre nosotros no iba a terminar ahí.

La vi llegar al pueblo, y
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Último capítulo

  • Herencia Salvaje   Salvajes hasta el final

    SiennaLa camioneta de la policía desapareció por el camino de tierra levantando una cortina de polvo blanco. Me quedé en el porche de la casa principal abrazándome, sintiendo cómo el viento de la mañana me helaba la piel a través del camisón roto y el abrigo lleno de sangre seca. Durante dos días me quedé en el rancho sola, caminando por los pasillos vacíos, limpiando las manchas del suelo y esperando la llamada del hospital del pueblo. El rancho ahora era mío en los papeles, pero nada de esta tierra tenía sentido sin el hombre que se debatió entre la vida y la muerte por recibir un disparo en mi lugar.Al tercer día, el médico del pueblo trajo a Killian de vuelta en la parte trasera de un carro. Bajó débil, con la cara pálida y el torso envuelto en vendas gruesas de gasa blanca que le cubrían el pecho y el costado. Tenía puesto un pantalón de tela áspera y una camisa de franela abierta que le colgaba de los hombros.Lo ayudé a subir las escaleras sin decir una sola palabra. Lo llev

  • Herencia Salvaje   El último disparo

    SiennaEl ruido de pisadas en la parte alta de la casa nos congeló a los dos en medio del salón. El calor del abrazo de Killian y la ternura de su arrepentimiento se transformaron en un terror helado que me oprimió el pecho. Sostuve su brazo con fuerza, sintiendo cómo sus músculos se tensaban bajo mi mano. Levanté la vista hacia las escaleras oscuras, donde la penumbra apenas dejaba ver el primer descanso de madera.Una figura tambaleante salió de las sombras. Era Alec. Llevaba la camisa de franela desgarrada, manchada de barro y sangre seca, con el rostro sucio y los ojos desencajados por la locura. En la mano derecha apretaba un revólver pesado que apuntaba directamente a mi pecho.—Pensaron que me había muerto en el granero —dijo Alec con una voz áspera y ronca, bajando los primeros peldaños con torpeza—. Pensaron que se iban a quedar con el rancho y con todo después de destruirme.—Baja ese hierro, Alec —le dijo Killian, dando un paso al frente para ponerse delante de mí, aunque s

  • Herencia Salvaje   Kilian pide algo que nunca pidió: Perdón

    SiennaEntré a la casa principal y cerré la puerta de madera pesada a mi espalda. El silencio del pasillo me envolvió de un solo golpe, únicamente se escuchaba el crepitar bajo de las brasas que quedaban en la chimenea del salón. Me apoyé contra la pared, sintiendo cómo las piernas me temblaban después de la discusión en el patio y la forma salvaje en la que nos habíamos mirado Killian y yo. Tenía la piel del cuello ardiendo bajo el abrigo por los besos rústicos que me dio en el despacho, y el vientre me dolía con un latido caliente que me recordaba la fuerza con la que me tomó sobre la mesa.Me desabotoné el abrigo de lana con dedos torpes y me miré en el espejo del recibidor. Mi rostro reflejaba una mezcla de cansancio y despecho. El camisón de seda estaba desgarrado en el pecho, dejando al descubierto marcas rojas que me hicieron apretar los dientes. Odiaba a Killian por haberme metido en la trampa del testamento, pero la idea de tenerlo afuera, sufriendo por el dolor de su herida

  • Herencia Salvaje   ¿El rancho es mío? II

    Me quedé parado detrás de ella, observando el contorno de sus hombros bajo el abrigo oscuro, el cabello despeinado por la pasión de hace un momento y la forma en que respiraba con agitación. Me sentía como un esclavo rendido a sus pies, un hombre derrotado que solo deseaba volver a poner las manos sobre su piel, pero que sabía que no tenía derecho ni de rozarle el abrigo.Sienna se giró despacio para mirarme. Tenía las mejillas encendidas por el frío y los ojos azules brillando con un orgullo nuevo.—¿Tienes algo que decir, Killian? —preguntó ella, manteniéndose a dos pasos de distancia.—Nada —respondí con la voz grave, apretando los puños a los lados para evitar la tentación de tocarla—. Hiciste lo correcto. Ese tipo de gente no sirvió nunca.—Ahora este rancho se va a manejar bajo mis reglas —agregó ella, dando un paso hacia el escalón superior, mirándome desde arriba—. Y la primera regla es que te vas a curar esa herida y vas a ponerte a trabajar como el resto de los peones hasta

  • Herencia Salvaje   ¿El rancho es mío? I

    KillianMis palabras quedaron suspendidas en el aire helado del despacho. Sienna me miraba con la barbilla levantada, con los labios rojos e hinchados por la rabia de nuestros besos y la ropa manchada de mi propia sangre. La respuesta que acababa de pronunciar me atravesó el pecho con más fuerza que cualquier bala. Quería hacerme a un lado, quería obligarme a pagar por el engaño de la cláusula y marcharse para siempre.Me acerqué a la mesa de roble y tomé la carpeta de cuero gastado que contenía las escrituras del rancho y el documento de traspaso definitivo que el abogado dejó preparado antes de la tragedia.—Si de verdad quieres que enfrente a la ley y te quieres deshacer de mí, primero tienes que tomar lo que te pertenece —le dije con un tono de voz áspera, extendiendo los papeles sobre la madera limpia—. Aquí están los documentos que te acreditan como la única dueña de esta tierra. Si firmas esto, Alec pierde todo derecho legal, los hombres de este lugar pasan a estar bajo tu mand

  • Herencia Salvaje   ¿Venganza o redención? II

    SiennaTener a Killian tan cerca, sintiendo el calor de su torso desnudo cubierto por la sangre que yo misma le había sacado a golpes, me revolvió la cabeza. Quería destruirlo, agarrar una navaja y cobrarme el engaño con el que me trajo a este rancho maldito. Pero al mismo tiempo, el olor a sudor, a pólvora y a sexo que salía de su piel me encendía un deseo sucio que me daba vergüenza sentir.—Eres un miserable —murmuré contra su boca, tratando de no ceder a la tentación de morderle los labios.—Soy tu miserable, Sienna —respondió él, soltándome las muñecas para deslizar sus manos grandes por mi cintura, apretándome el cuerpo contra su dureza—. Y tú eres mi mujer. Aunque me odies, aunque me desprecies por lo que hice, no vas a poder sacarme de tu cuerpo nunca.Me pegó contra la pared del despacho con un movimiento rudo. La madera fría de la pared me rozó la espalda descubierta por el camisón roto. Killian no pidió permiso. Me agarró la barbilla con brusquedad y me clavó un beso violen

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