FAZER LOGINPara heredar el rancho de un padre al que nunca conoció, Sienna Mercer debe sobrevivir seis meses en una tierra hostil… y bajo la mirada de un vaquero que solo quiere verla caer. Pero Killian Rhodes no contaba con que la “bastarda de ciudad” tuviera garras. Y ella no imaginaba que el hombre que más la desprecia podría ser el único capaz de hacerla arder… o de destruirla. En este juego de poder, orgullo y deseo salvaje, solo uno saldrá intacto. Si es que alguien sobrevive.
Ver maisSiennaLa camioneta de la policía desapareció por el camino de tierra levantando una cortina de polvo blanco. Me quedé en el porche de la casa principal abrazándome, sintiendo cómo el viento de la mañana me helaba la piel a través del camisón roto y el abrigo lleno de sangre seca. Durante dos días me quedé en el rancho sola, caminando por los pasillos vacíos, limpiando las manchas del suelo y esperando la llamada del hospital del pueblo. El rancho ahora era mío en los papeles, pero nada de esta tierra tenía sentido sin el hombre que se debatió entre la vida y la muerte por recibir un disparo en mi lugar.Al tercer día, el médico del pueblo trajo a Killian de vuelta en la parte trasera de un carro. Bajó débil, con la cara pálida y el torso envuelto en vendas gruesas de gasa blanca que le cubrían el pecho y el costado. Tenía puesto un pantalón de tela áspera y una camisa de franela abierta que le colgaba de los hombros.Lo ayudé a subir las escaleras sin decir una sola palabra. Lo llev
SiennaEl ruido de pisadas en la parte alta de la casa nos congeló a los dos en medio del salón. El calor del abrazo de Killian y la ternura de su arrepentimiento se transformaron en un terror helado que me oprimió el pecho. Sostuve su brazo con fuerza, sintiendo cómo sus músculos se tensaban bajo mi mano. Levanté la vista hacia las escaleras oscuras, donde la penumbra apenas dejaba ver el primer descanso de madera.Una figura tambaleante salió de las sombras. Era Alec. Llevaba la camisa de franela desgarrada, manchada de barro y sangre seca, con el rostro sucio y los ojos desencajados por la locura. En la mano derecha apretaba un revólver pesado que apuntaba directamente a mi pecho.—Pensaron que me había muerto en el granero —dijo Alec con una voz áspera y ronca, bajando los primeros peldaños con torpeza—. Pensaron que se iban a quedar con el rancho y con todo después de destruirme.—Baja ese hierro, Alec —le dijo Killian, dando un paso al frente para ponerse delante de mí, aunque s
SiennaEntré a la casa principal y cerré la puerta de madera pesada a mi espalda. El silencio del pasillo me envolvió de un solo golpe, únicamente se escuchaba el crepitar bajo de las brasas que quedaban en la chimenea del salón. Me apoyé contra la pared, sintiendo cómo las piernas me temblaban después de la discusión en el patio y la forma salvaje en la que nos habíamos mirado Killian y yo. Tenía la piel del cuello ardiendo bajo el abrigo por los besos rústicos que me dio en el despacho, y el vientre me dolía con un latido caliente que me recordaba la fuerza con la que me tomó sobre la mesa.Me desabotoné el abrigo de lana con dedos torpes y me miré en el espejo del recibidor. Mi rostro reflejaba una mezcla de cansancio y despecho. El camisón de seda estaba desgarrado en el pecho, dejando al descubierto marcas rojas que me hicieron apretar los dientes. Odiaba a Killian por haberme metido en la trampa del testamento, pero la idea de tenerlo afuera, sufriendo por el dolor de su herida
Me quedé parado detrás de ella, observando el contorno de sus hombros bajo el abrigo oscuro, el cabello despeinado por la pasión de hace un momento y la forma en que respiraba con agitación. Me sentía como un esclavo rendido a sus pies, un hombre derrotado que solo deseaba volver a poner las manos sobre su piel, pero que sabía que no tenía derecho ni de rozarle el abrigo.Sienna se giró despacio para mirarme. Tenía las mejillas encendidas por el frío y los ojos azules brillando con un orgullo nuevo.—¿Tienes algo que decir, Killian? —preguntó ella, manteniéndose a dos pasos de distancia.—Nada —respondí con la voz grave, apretando los puños a los lados para evitar la tentación de tocarla—. Hiciste lo correcto. Ese tipo de gente no sirvió nunca.—Ahora este rancho se va a manejar bajo mis reglas —agregó ella, dando un paso hacia el escalón superior, mirándome desde arriba—. Y la primera regla es que te vas a curar esa herida y vas a ponerte a trabajar como el resto de los peones hasta












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