INICIAR SESIÓNSin pensar, Lena se acercó al escritorio, y le entregó sus bragas empapadas con sus fluidos.
Moran extendió las braguitas rosadas y hasta un poco infantiles y observó lo mojadas que estaban. Ni siquiera tuvo que acercárselas a la nariz para sentir su perfume afrutado, era aroma almizclado que lo alteró al punto de querer saltar sobre la jovencita y cogérsela contra el escritorio.
Las dobló como si tal cosa y las dejó sobre el escritorio.
―Bien, vaya a la camilla ―ordenó, poniéndose de pie, sin importar que viera la erección pugnando por salir de la bragueta.
Lena observó la entrepierna del doctor y se relamió, gimiendo, estremeciéndose al ver el bulto grande y poderoso. No pudo evitarlo, su deseo le ganaba al raciocinio.
Giró para encaminarse a la camilla, mostrándole el trasero a Moran, y luego se sentó sobre esta, desnuda, respirando con dificultad, inflando sus pechos en el proceso, pera a que no necesitaba hacerlo porque resultaban ser demasiado tentadores para el doctor.
Se acercó a la camilla y la reguló para que ella pudiera recostarse y que siempre quedara sentada. Agarró una de las piernas tersas, pasando las manos desde el tobillo hasta la rodilla. Lena jadeó y su mirada se perdió en la cara de Moran. Subió la pierna al soporte de la camilla, abriéndola, observando la tersura de la piel femenina, repasando los muslos, hasta llegar a la entrada, a esos labios rellenitos que estaban cerrados.
―¿Ha tenido sexo alguna vez? ―preguntó con las ganas de saber cuánto cabía en el interior de la jovencita, anhelando meter todo su cuerpo en el calor que desprendía su sexo.
―Sí.
―¿Cuántas veces lo ha hecho? ―siguió con el interrogatorio, agarrando la otra pierna, acariciando el tobillo, deslizando la palma hasta alcanzar la rodilla, flexionarla y ponerla sobre el soporte, abriendo del todo a Lena, quien solo alcanzó a gemir y arquear la espalda.
Estaba desenfrenada, nunca estuvo tan caliente como en era momento. No se detuvo a pensar que estaba dejando que aquel hombre tuviera una conducta inapropiada, o que ya no estaban en una consulta, sino en algo diferente…
Los ojos de Lena centellaron llenos de lascivia.
―No tantas veces como quisiera… ―susurró la respuesta con la voz aterciopelada.
Moran gruñó al escucharla, sabía que hasta ahí llegaba el doctor, que estaba saliendo la bestia lujuriosa que iba a corromper a esa jovencita en la camilla y que lo iba a disfrutar.
Sus ojos se fueron a los labios vaginales de Lena, empapados, rosados y jugosos, esos labios que quería abrir y degustar, pero eso lo haría con calma, antes, tenía que solucionar su «inconveniente».
—Si le parece bien, procederé con el examen físico, así podré tener un mejor parámetro de lo que ocurre ―indicó saliendo de entre sus piernas, solo para acercarse a la camilla desde el lateral.
Lena asintió como una muñeca sin vida, con la
mirada obnubilada, con los labios entreabiertos, deseando ver qué haría con su cuerpo.
Moran se relamió los labios y bajó sus ojos desde los labios femeninos y gruesos de Lena que se imaginó alrededor de su polla gorda que estaba protestando por salir.
«Despacio, disfruta de su cuerpo y hazla gozar, haz que grite como perra, que quede con ganas de volver, que se convierta en tu puta» ―pensó con malicia, recorriendo la garganta femenina y delicada que quiso probar con los labios, saboreando su piel tersa.
Llegó a los pechos inflados como dos globos de carne, suculentos, llenos de leche. Había visto otras mujeres lactar, siempre eran madres, y la verdad, le disgustaba la idea de probar sus mieles, sin embargo, con Lena… Su cuerpo demandó succionar sus pezones y degustar su leche.
Esas tetas lo llamaban, en especial esos pezones rosados, no tan grandes como los de otras mujeres en sus circunstancias, con las areolas redonditas y mojadas. Dos gotas de leche perlaban las puntas, haciendo la imagen más erótica.
Llevó sus manos al seno derecho y comenzó a palparlo como si se tratara de un examen verdadero. Las gotas en los pezones se hicieron más pesadas y no tardaron en rodar por las circunferencias.
Un gemido femenino y engatusador salió de los labios de Lena, haciendo que sus ojos subieran y admirara la forma en la que se mordía el labio.
―¿Duele? ―preguntó deseando escuchar su voz enarbolada.
―No, doctor, solo es que me excita ―susurró Lena, sin tapujos, su boca se movía sin que las palabras fueran analizadas por su cerebro.
Sonrió al escucharla y presionó las manos contra su pecho.
Lena jadeó y se removió inquieta, tratando de cerrar los muslos. Sus labios inferiores palpitaron y sintió su humedad mojar la camilla.
Los ojos de Moran se oscurecieron hasta dejar que el celeste de sus iris se volviera un halo.
Tanteó la piel suave y delicada de Lena, sintió cuando se erizaba, pasó los dedos por la areola que respondió a la caricia, haciendo brotar más leche del pezón.
―Creo que es necesario que haga más que solo tocar ―meditó dubitativo, quitando las manos de sus senos.
Lena abrió los ojos y una protesta salió de su boquita cuando percibió el abandono.
―¿A qué se refiere, doctor? ―preguntó enajenada, con la respiración truculenta, casi sin poder abrir los párpados, mareada con las sensaciones, sofocada con el calor de su cuerpo.
―Creo que tendré que hacer más… Ya sabe, necesita un examen más complejo. Nunca vi tal cosa. Seguro que es molesto tener tanta leche ―apuntó como si no quisiera sugerir lo que tenía en mente, al tiempo que se movía otra vez para ponerse entre sus piernas, moviendo los soportes para abrirla más, hasta hacer que sus labios vaginales se separaran y notara la entradita dulce y candorosa, por donde salía su esencia.
Se relamió de placer. Estaba tan estrecha e hinchadita que entrar en ella sería casi un pecado.
―Sí, es verdad, me molesta tener los pechos tan pesados y cargados, y ni se diga de lo excitada que me encuentro. No soporto estar así… Quiero… ―hizo una pausa en la que tragó saliva con dificultad y se perdió en los ojos azules de Moran, quien la estaba devorando, entendiendo qué quería decir―. Quiero aliviarme ―susurró en medio de un gemido.
―Lo entiendo, y no se preocupe, haré todo lo que esté en mi poder para que todo salga bien ―indicó con una sonrisa pícara.
Lena asintió embriagada, arqueando su espalda, invitándolo a continuar.
Las manos de Moran, grandes y masculinas agarraron sus pechos y sin esperar que la charla continuara, comenzó a pesarlos, a amasarlos, a moverlos de un lado a otros, escuchando los gimoteos ahogados de Lena, mientras sus pechos seguían emanando leche.
Subió las pupilas y con una mirada lobuna, descendió hacia el cuerpo de Lena. Ella retuvo el aliento al comprender lo que haría, pero no lo impidió. Su cuerpo se estremeció cuando la respiración de Moran impactó contra su piel, poniendo su vello como escarpia.
Moran sacó la lengua y lamió la areola, probando al fin la dulce y exquisita leche de Lena, quien cerró los párpados y gimió casi sin fuerza, enloquecida por sentir su lengua mojada, suave y tentadora.
Sacudí la cabeza y saqué la botella para «Dragonston», tiré la leche anterior al fregadero, lavé el recipiente, incómoda por su mirada fija en mi culo. Sequé el recipiente y saqué una bolsa de mi leche que almacenaba para imprevistos como ese, cuando no llenaba las botellas por completo y tenía que hacer uso de algunas estratagemas para cumplir con mi labor.Sus pupilas no me abandonaron en ningún momento, ni cuando calenté la leche para que estuviera a la temperatura correcta, ni cuando rellené el frasco hasta la misma línea que verifiqué antes de tirar la anterior.Me sobró un poco de leche, me acerqué al fregadero para tirarla, pero la mano de Gonzo me detuvo.―Yo me la puedo beber.Me arrebató la leche sobrante y, sin inmutarse ni quitar los ojos de los míos, se bebió el resto. Se relamió al terminar y gimió de placer.―¿Sabes?, hasta ahora he entendido por qué los clientes están tan locos contigo… Eres deliciosa, Lorena.Sonrió, una sonrisa grande, bonita y delicada, nada que ver
―Vamos, vaquita, cabalga a este toro que tiene lechita para ti ―se burló de mí.A horcajadas una vez más, me puse a disposición de su dureza que no dudó en entrarse por mi canal trasero y reventarme con penetraciones potentes que torcieron mis ojos, abrieron mis labios y me hicieron sonreír como una degenerada.Su pene se engrosó y agrandó al sentir mi trasero.―¡Sabía que tu culo sería delicioso!Su expresión se modificó, así como antes, sus ojos se oscurecieron, sus dientes rechinaron, su ceño se frunció, y ante mi horror, se salió y se metió en mi vagina una vez más. La sensibilidad en mis paredes hizo que un grito saliese de lo más hondo de mi ser.Me tomó las tetas, las apretó con furia, enterró sus dedos en mi carne y me instigó para montarlo como una buena vaca.Se lactó de mis pechos, mordisqueó mis pezones y bajó las manos a mi culo para abrirme y meterme dos dedos por detrás, salvaje, con furia, con una clase de perversión que no pude manejar.―¡Mierda, no me canso de tu coñ
Chillé y negué con la cabeza, con un ojo cerrado a causa del dolor y el otro abierto. Sonrió y soltó mi botón moreno para lamerlo y volverlo a meter a su boca para saciarse con mi leche que no dejó de salir y le empapó su níveo cuello y pecho. No pareció importarle, al contrario, su alegría y excitación fueron contagiosas.―¿Me dejarías hacerlo otra vez? ―preguntó con curiosidad, con esa mirada brillante capaz de desarmar una bomba―. ¿Podrías amamantarme hasta que me harte de tus tetas?―¿Qué? ¡No!Jadeé gracias a que volvió al ataque.Sonrió y llevó una mano a mi ubre para apretarla y que saliera más leche, como si necesitara tal estímulo. Un rayo me atravesó cuando me movió más cerca de su cuerpo, cuando su latente erección salió a flote, me abrió los labios vaginales y juntó mis pechos para tratar de succionar ambos pezones.Negué con la cabeza y lo amonesté para que se estuviera tranquilo y me vaciara de una vez en lugar de pasar mis pezones por toda su carita de muñequito.Y sigu
―¡Ya era hora! ―exclamé por lo bajito.Negué con la cabeza. No, no podía enojarme con Gonzo, él no tenía la culpa de nada, mucho menos de la mañanita que llevaba, todo por culpa de un imbécil.Abrí la puerta y lo dejé entrar.―¿Cómo estás, Gonzo? ―pregunté y, descalza, caminé hacia la isla donde dejé el paquete con todo preparado.―Ya sabes ―respondió y encogió los hombros.Asentí.Gonzo… Aun recordaba la forma en la que lo encontré hacía unos meses atrás, cuando todavía me prostituía. Estaba delgadísimo, ojeroso, con la piel cetrina y el cabello deslavado. No quedaba nada de ese chico… por suerte. Mientras a mí me protegía la madame de la «casa de citas», Gonzo vendía su cuerpo por unas monedas. Me rompió el corazón ver al chiquillo, al que más de una vez cuidé, trabajando en complacer a hombres sin prejuicios por tan poco.Y cuando creé el sitio web, no dudé en proponerle convertirse en mi repartidor. No tenía mucho por ofrecerle, pero era mejor tener algo que seguir viviendo en tan
―Quiero correrme para ti. Quiero que veas cuando mi mente se queda en blanco, cuando mi cuerpo es pulverizado con el orgasmo y me convierto en una supernova.Presioné mi pecho, las gotas de leche siguieron saliendo, pero, al apretarme, un chorro de leche se disparó al frente y un estremecimiento capturó mi sexo húmedo.Me solté. Mis manos vibraron al alejarlas de mi cuerpo, pese a que estaba segura de que, si llevaba mis dedos hacia mi clítoris, con solo un ligero roce, acabaría.―Deja que esta maldita vaquita termine. ¡Por favor! Con solo imaginarte, con solo tenerte en mente, me he desequilibrado. ¡Estoy tan mojadita!Separé las rodillas y le mostré mi sexo sonrojado, mis pliegues morenos se abrieron y mis labios violáceos, húmedos e hinchados captaron la atención de mis pupilas.Brillé. Mis muslos escurrieron excitación, mi centro pulsó, mi pequeño agujero se contrajo con ardor y todo mi cuerpo tembló.―¿Ves cómo me tienes? Tengo las ubres llenas, ya no puedo más. Si me toco… ―Y er
Meses después, podía darme el lujo de rechazar algunas peticiones, de manejar mis horarios para ir a la universidad, logré cambiarme del pequeño y mugroso cuartucho donde viví durante demasiado tiempo.Aún tenía problemas con la logística. Ir entre clases con el móvil en la mano para revisar cuántas grabaciones debía hacer en el día, sacar tiempo para volver al departamento y fingir como si no estuviera usando mi hora del almuerzo para grabar un vídeo pornográfico en el que me saco la leche de las tetas mientras me masturbo con los dedos o con algún objeto ingenioso, no es un trabajo sencillo, no en realidad.De cualquier manera, prefería mil veces tener las extrañas peticiones, que me sacaran de quicio, que solo incitaran mis senos sin que pudiera descargarme, en lugar de vivir bajo un puente o tener que prostituirme a cambio de unos pocos billetes.Sí, era mucho mejor cumplir una solicitud estúpida, realizada con el objetivo de sofocarme con el ardor de mi libido.Asentí con decisió







