LOGINSolía creer que la forma más alta de lealtad que una mujer podía ofrecer era mantener las piernas cerradas para cualquier hombre que no fuera su marido. Esa era mi línea moral. Sólida. Inquebrantable. La llevaba como una alianza más apretada que la que Lincoln me deslizó en el dedo.Hasta la tarde en que entré en nuestro dormitorio y encontré la prueba de que nunca me había querido en absoluto.No el pintalabios en un cuello. No un mensaje de algún número anónimo. Un vídeo. Reproduciéndose en el portátil que había dejado abierto como si quisiera que lo viera. Lincoln de rodillas, la boca estirada alrededor de la polla de otro hombre, los ojos vidriosos del tipo de hambre que nunca me había mostrado ni una vez. La fecha era tres días después de nuestra boda. Los gemidos eran suyos. Las palabras —«Fóllame la garganta, papi»— eran suyas.No grité. No tiré nada. Solo me senté al borde de la cama que apenas habíamos usado y miré hasta el final, el coño doliéndome de una traición tan honda
La cena de Acción de Gracias fue un tipo especial de tortura.La mesa larga estaba puesta con la vajilla buena que Maria solo usaba dos veces al año. Las velas parpadeaban. El olor de pavo asado y salvia llenaba el comedor. Me senté frente a Sinclair con un vestido negro suave que se paraba a mitad del muslo, sin sujetador, sin bragas, igual que había andado todo el día. Cada vez que me movía, la seda se me pegaba a la parte interna pegajosa de los muslos donde habían estado sus dedos aquella mañana.Maria habló toda la comida. Quejas de que el pavo estaba un poco seco. Comentarios de que seguía viéndome demasiado delgada. Preguntas de si «veía a alguien en serio» o seguía «perdiendo el tiempo con hombres temporales». Respondí en frases cortas y educadas y mantuve los ojos en el plato.Sinclair apenas habló. Trinchó el pavo con manos firmes, pasó platos, rellenó el vino. De vez en cuando la mirada se le alzaba y se cruzaba con la mía al otro lado de la mesa, oscura y paciente, y la pr
La luz de la mañana cortó por las ventanas de la cocina como si tuviera todo el derecho a exponerlo todo.Entré con una camiseta vieja enorme que apenas me cubría la parte de arriba de los muslos y nada debajo. Cada paso hizo que el algodón suave me rozara los pezones todavía tiernos y los labios hinchados y demasiado usados del coño. El semen de Sinclair se me había secado en la parte interna de los muslos durante la noche. No me lo había lavado. Me gustaba la prueba.Maria estaba en la encimera sirviendo café, ya vestida, ya con los ojos afilados. Sinclair se apoyaba en la isla con unos pantalones de chándal negros y una camiseta ajustada, la taza en una mano, viéndose calmado y compuesto y nada parecido al hombre que me había follado hasta que no pude hablar anoche.Mantuve los ojos en el suelo. En los azulejos. En cualquier cosa menos en él. Mirar me haría recordar exactamente cómo me había metido la lengua dentro mientras me atragantaba con su polla. Mirar me haría recordar cómo
Seguía boca abajo en sus sábanas, los muslos pegajosos, el coño latiéndome de las réplicas de lo duro que acababa de follarme, cuando me empujé sobre los codos y lo miré atrás.Sinclair estaba sentado sobre los talones detrás de mí, el pecho subiendo y bajando fuerte, la polla todavía a medio endurecer y brillante de todo lo que habíamos hecho. Su semen se me escapaba en rastros lentos y espesos que me corrían por la parte interna de los muslos y se empapaban en el colchón. Se veía arruinado. Se veía como un hombre que acababa de romper cada regla que se había puesto nunca y ya quería romperlas otra vez.Me di la vuelta, abrí más las piernas para que viera el desastre que había dejado y sonreí.—Me has saboreado —dije, la voz todavía ronca de gritar en la almohada—. Ahora me toca saborearte a ti.Los ojos se le bajaron a la boca. Luego más abajo, a la raja abierta y reluciente de mi coño. Le saltó un músculo en la mandíbula.—Ariana—No lo dejé acabar. Me senté, lo empujé de espaldas
Asentí con frenesí bajo su palma, los ojos en blanco.Cambió el ángulo, me enganchó una pierna sobre el brazo y se clavó todavía más hondo. La postura nueva hizo que la cabeza de su polla me arrastrara justo por aquel punto de dentro que me ponía la vista en blanco. La espalda se me arqueó. Las uñas se me clavaron en sus hombros con fuerza de dejar marcas.—Eso es. Trágatela. —La mano libre se deslizó entre nosotros y me encontró el clítoris, frotando círculos apretados y malos mientras me follaba—. Querías esta polla tan mal que viniste arrastrándote a mi cama por ella. Ahora vas a correrte en ella.Ya estaba ahí. La presión se formó tan rápido que dolió. Las paredes me revolotearon y luego se cerraron con fuerza.Lo sintió.—Córrete. Ahora. Empápame la polla como la chica asquerosa que eres.Me rompí.El orgasmo me partió tan violento que el cuerpo entero se me tensó. Grité contra su mano, los muslos temblando, el coño ordeñándolo en apretones duros y rítmicos. La humedad se derramó
Ni siquiera intenté dormir.El orgasmo que me había dado en las sábanas de la habitación de invitados solo lo había empeorado todo. Los dedos todavía me olían a mí. El coño me seguía latiendo, vacío y glotón, cada pulso un recordatorio de lo duro que había estado contra mi muslo y de lo rápido que había huido.Creía que irse acabaría con ello.Qué mono.Esperé a que la casa se quedara completamente quieta. Nada de pasos. Nada de televisión. Nada del murmullo suave de la voz de mi madre quejándose de algo. Solo el zumbido bajo del aire acondicionado y el tic lejano del reloj de pie del pasillo.Conocía la distribución de esta casa mejor que mi propio cuerpo. La habitación de Maria estaba al fondo del segundo piso. La de Sinclair era la suite principal en el extremo contrario: la que se había mudado hacía dos años después de que las peleas se pusieran demasiado altas incluso para que ellos fingieran. Camas separadas. Vidas separadas. Todo separado salvo el apellido que todavía colgaba s







