LOGINAlexander se hundió en mí a pelo de un empujón hondo y de reclamo.El estirón ardió. El calor de él —desnudo, grueso, latiendo— me robó lo último del aliento. Grité contra su boca al llegar al fondo, los huevos apretados a mi culo, cada cresta y vena arrastrándose contra mis paredes sensibles. Nada de látex. Nada entre nosotros. Solo piel y humedad y el conocimiento asqueroso de que un desconocido estaba a punto de llenarme.No me dio tiempo de adaptarme. Me folló como si poseyera el derecho: golpes duros, hondos e implacables que me forzaban sonidos húmedos y obscenos del coño con cada impacto. El cabecero estrelló la pared. Las tetas me rebotaron. El sudor nos resbaló la piel. Me aferré a sus hombros, las uñas clavándose, las piernas cerradas alrededor de su cintura al clavarse en mí una y otra vez.—Joder… Joana… —mi nombre sonó destrozado en su boca—. Este coño me aprieta tan fuerte. Voy a correrme dentro de ti. Voy a llenar este agujero bonito hasta que gotee.La promesa cruda me
Sonrió, lento y malvado, y añadió un tercer dedo. El estirón ardió de la mejor forma. El pulgar me apretó más fuerte en el clítoris, frotando círculos apretados, y la presión dentro de mí se enroscó más y más hasta que se partió.Me corrí con un grito roto, el coño contrayéndoseme con fuerza alrededor de sus dedos, la humedad derramándose sobre su mano. Me trabajó a través de ello, implacable, hasta que daba tics y jadeaba e intentaba retorcerse lejos de la hipersensibilidad. Solo entonces se aflojó los dedos. Estaban brillantes hasta los nudillos. Se los llevó a mi boca.—Límpialos.Abrí. El sabor de mí misma me pegó en la lengua: salado, almizclado, asqueroso. Le chupé los dedos limpios mientras miraba, los ojos entornados, el pecho subiendo y bajando con fuerza.Cuando los liberó por fin me besó. No fue suave. Fue hambriento, de reclamo, todo lengua y dientes. Podía saborearme en su boca. Su polla se arrastró pesada contra mi estómago, dejándome una mancha de líquido preseminal. Ba
El pulso me era un tambor frenético contra la garganta. Cada pensamiento racional gritaba que debería arrebatar la ropa del suelo y correr. En vez de eso me quedé congelada, completamente desnuda, los pezones tensos y doliéndome del aire acondicionado fresco, los labios suaves de mi coño ya resbaladizos de la adrenalina asquerosa de la última hora. La traición todavía me ardía bajo la piel: la polla de Mike brillante del semen de Laura, cómo me había mirado como si no fuera nada, pero el cuerpo de este desconocido lo estaba borrando, sobrescribiéndolo con pura lujuria estúpida.Era más alto que Mike. Más ancho. El tipo de hombre que parecía que podía clavar a alguien abajo y mantenerlo ahí. El pelo oscuro se le aferraba a la frente en picos mojados. Una mandíbula afilada sombreada de barba. Y entre sus muslos potentes la polla le colgaba pesada, gruesa incluso blanda, la cabeza sonrojada de un rosa hondo y todavía perleada de agua. Una sola gota se arrastró por la parte de abajo y cay
El golpe húmedo de piel contra piel me pegó en el segundo en que empujé la puerta del apartamento abierta.No el tipo suave y perezoso que Mike y yo solíamos hacer los domingos por la mañana cuando todavía fingía que me quería. Esto era asqueroso. Duro. Glotón. El smack-smack-smack grueso y rítmico de una polla clavándose hondo en un coño que ya goteaba. Los gemidos se derramaban por el pasillo: altos, entrecortados, sin vergüenza. La voz de Laura. La voz de mi hermanastra. La misma boca que solía robarme el pintalabios ahora le rogaba a mi novio que la follara más fuerte.—Sí… joder… Mike… lléname…Las llaves se me resbalaron de los dedos y cayeron al suelo. No las recogí. Las piernas me llevaron hacia delante como si estuviera mirando moverse el cuerpo de otra persona. Pasé el sofá que habíamos elegido juntos. Pasé la foto enmarcada de nuestro fin de semana de aniversario. La puerta del dormitorio estaba medio abierta. La empujé más ancha con la palma de la mano.El culo desnudo de
—Enséñamelo.Las dos palabras salen de la boca de mi madre como si ya se arrepintiera de ellas, pero no las retira.La mano de Gabriel se me aprieta en el pelo un segundo y luego se suelta. Da un paso atrás, dándole una vista clara de mí todavía de rodillas, el collar oscuro contra mi garganta, la correa arrastrándose por la alfombra.—Levántate, Ella. Manos en el brazo del sofá. Culo fuera.Me alzo con las piernas temblorosas y me doblo exactamente como me enseñó: la espalda arqueada, los pies separados, los codos trabados en la tapicería para que el culo y el coño se presenten. La postura no deja nada escondido. El aire fresco pega en la humedad que ya me cubre la parte interna de los muslos.Gabriel se mueve detrás de mí. La palma acaricia una vez las marcas que se desvanecen de antes, casi suave. Luego baja con fuerza.El sonido es alto en el salón callado. Me sacudo hacia delante con un grito afilado. No se detiene. El segundo azote aterriza en la otra nalga, más pesado. Luego ot
Señala el suelo. Me dejo caer de rodillas, me meto su polla otra vez en la boca y chupo de verdad esta vez: hondo, húmedo, sucio. Me deja marcar el ritmo un rato, luego toma el control, las manos cerrándose en mi pelo, follándome la garganta en golpes largos hasta que los ojos se me humedecen otra vez. Cuando se corre me sujeta abajo y fuerza cada pulso en mi lengua. Trago. Se queda en mi boca hasta que está blando, luego se libera y me limpia la cabeza por los labios.—Suelo.Me bajo más y lamo el charquito de mi propia humedad del azulejo entre sus pies. El sabor es afilado y humillante. Mira todo el rato.Cuando me siento atrás sobre los talones baja la mano, me cubre la barbilla y me inclina la cara hacia arriba.—Tu madre estará en casa mañana por la tarde. Hasta entonces no llevas ropa en esta casa salvo que yo te diga. Mantienes el coño accesible. Te corres solo cuando yo lo permita. Y esta noche voy a usar cada agujero que tengas para que cuando ella entre por esa puerta mañan







