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Capitulo 5

last update Data de publicação: 2023-03-05 07:14:24

Ciara cerró la puerta del vehículo con un golpe seco antes de que el motor iniciara su marcha por la avenida hacia la terminal privada del aeropuerto. Se cercioró con manos temblorosas de llevar consigo sus identificaciones en el bolso, soltando un largo suspiro antes de buscar a través del espejo retrovisor la mirada de sus dos hermanas menores.

—De acuerdo... Por favor, cuídense mucho y no hagan ninguna travesura mientras no esté —pidió Ciara con el corazón encogido.

—¿Podrías relajarte un poco? —interrumprió Leah, acomodándose las gafas sobre el puente de la nariz con gesto aburrido—. No es la primera vez que nos quedamos solas en la casa. Además, vas a Hawái con el jefazo. Deberías disfrutarlo en lugar de actuar como si fueras a un velatorio.

—Leah, es un viaje de trabajo. Ya hemos hablado de esto varias veces —replicó Ciara con firmeza, aunque sintiendo un ardor repentino en las mejillas.

La pelinegra dejó escapar un resoplido incrédulo, negando con la cabeza antes de girarse para observar el paisaje a través de la ventanilla.

Ciara se recostó contra el asiento, sintiéndose agotada a pesar de que apenas eran las nueve de la mañana. Por suerte, la salud de la pequeña Bella evolucionaba favorablemente; los analgésicos y antiinflamatorios prescritos en el hospital habían surtido un efecto rápido sobre los traumatismos de su torso.

Leah, por su parte, mantenía los cortes de su rostro protegidos y la actitud altanera de siempre. Al parecer, ambas sobrevivirían perfectamente sin su presencia durante esos días.

Durante el resto del trayecto reinó un silencio denso. Ciara apoyó la frente contra el cristal, sumergida en el torbellino de sus propios pensamientos. La incertidumbre continuaba royéndole la conciencia: aún no tenía la menor pista sobre la verdadera identidad de ese tal Josep Rinaldi, el hombre que había saldado la abrumadora cuenta del hospital, ni comprendía las razones detrás de semejante acto. Y, por si fuera poco, la voz de su jefe no dejaba de resonar en su memoria.

«Preciosa. Buena chica. Ciara»

Cada palabra pronunciada por Dominick Müller en aquella llamada nocturna parecía haber dejado una marca imborrable en su piel.

—Hemos llegado, señoritas —anunció la voz del chofer, sacándola de su trance.

Ciara le ofreció una sonrisa amable, le entregó el importe del viaje y descendió del vehículo junto a las niñas. Extrajo su equipaje del maletero y se adentró en la inmensidad del vestíbulo. Cientos de pasajeros transitaban con prisa en todas direcciones. A pocos metros de la entrada, la figura imponente de Bruno emergió de entre la multitud.

—Buenos días, señorita Ciara —saludó el hombre con una reverencia formal.

—Buenos días, Bruno —respondió ella, entregándole la maleta con alivio—. ¿El señor Müller ya se encuentra aquí?

—El señor la aguarda a bordo de la aeronave.

Ciara asintió, sintiendo una repentina opresión en el estómago. Giró sobre sus talones para encarar a sus hermanas; la pequeña Bella permanecía aferrada con fuerza a la mano de Leah.

—Bien, niñas... Recuerden cuidar bien la casa. No le abran la puerta a ningún desconocido bajo ninguna circunstancia. Les llamaré esta misma noche. No salgan a menos que sea estrictamente necesario y...

—Ya lo sabemos, Ciara. Ya somos niñas grandes —interrumprió Bella, soltándose de Leah para abalanzarse sobre la cintura de su hermana mayor en un abrazo sofocante—. ¿Me vas a traer un regalo hermoso de Hawái?

—Por supuesto que sí, mi amor —susurró Ciara, hincándose sobre el suelo para devolverle el abrazo—. Te prometo que para tu próximo cumpleaños te llevaré conmigo a conocer las playas de Hawái.

La pequeña se separó de golpe, observándola con los ojos azules brillando de pura ilusión.

—¿En serio lo prometes?

—¡Te lo juro por mi vida! —exclamó Ciara, llenándole el rostro de besos mientras la niña reía a carcajadas—. Y te llevaré a muchísimos lugares más.

—¿Incluso al lugar donde viven las hadas? —preguntó la pequeña con una inocencia que le oprimió el corazón.

—A donde tú quieras ir —respondió Ciara con ternura infinita.

La niña chilló de felicidad, abrazándola nuevamente por el cuello. Ciara se puso de pie cargándola en brazos, mientras Leah la observaba a un lado con los brazos cruzados y una mueca de desaprobación calculada.

—Por favor, Leah... Cuídala mucho —suplicó Ciara mirando a la adolescente.

—Tú también cuídate. Y hazme el favor de no regresar embarazada; un bebé es lo último que nos falta en este manicomio —espetó Leah con sorna..

Ciara le propinó un manotazo suave en el hombro, indignada.

—¡Leah! No tiene gracia.

—"Ni ti gini gricia, Liah" —se mofó la menor quitándose los lentes, rodando los ojos con exageración—. Vete ya antes de que tu amado jefe decida despegar sin ti.

—¡Es única y exclusivamente mi jefe! —protestó Ciara, sintiendo que el rostro le ardía en llamas.

—¡Yo no he dicho lo contrario! —se burló Leah tomando a Bella de la mano—. ¡Tú sola te delatas! ¡Mira cómo te has puesto de roja!

Ciara la miró con severidad, apretando el asa de su bolso de mano antes de dar media vuelta a paso acelerado hacia el puesto de control.

—¡Te amo! —gritó la adolescente a sus espaldas.

Ciara dejó escapar un largo suspiro, entre la irritación y el afecto incondicional.

—¡Yo también las amo a las dos! —respondió girándose un instante—. ¡Leah, no vayas a quemar la cocina!

Varios pasajeros que subían las escaleras mecánicas dejaron escapar risas disimuladas al escuchar la advertencia. Leah frunció el ceño, visiblemente molesta al sentirse el centro de atención.

—¡Y tú no te folles a tu jefe! —bramó la adolescente con la voz modulada para que resonara en todo el vestíbulo.

Los transeúntes a su alrededor se giraron bruscamente para fijar la mirada en Ciara. Incluso Bruno tuvo que morderse el labio inferior para reprimir una sonrisa entrecortada. Ciara sintió unos deseos fervientes de que la tierra se abriera y la tragara entera en ese preciso instante.

—¡Leah! —exclamó Ciara, avergonzada hasta la médula.

—¡Adiós! —se despidió la menor lanzándole un beso al aire.

Ciara vio cómo Leah tomaba a Bella de la mano y caminaba hacia la salida, donde un joven de chaqueta roja las aguardaba junto a la puerta para escoltarlas al auto. Una extraña sensación de soledad la invadió.

Había especulado con la idea de que Bella rompería en llanto al despedirse, pero la pequeña parecía tan acostumbrada a sus largas jornadas de trabajo que la ausencia temporal ya no lograba alterarla.

Sacudió la cabeza, ahuyentando la melancolía. Aquello no eran unas vacaciones; se trataba de un viaje ejecutivo de altísima responsabilidad. Siguió los pasos de Bruno por los pasillos restringidos de la terminal privada. El aire acondicionado helado la envolvió hasta ingresar a un ascensor de cristal que los condujo a la pista de despeje.

Al abrirse las puertas, la magnitud del jet privado de la familia Müller se desplegó ante sus ojos. La aeronave, de un blanco impoluto y líneas aerodinámicas, estaba rodeada por un equipo técnico que ultimaba los detalles previos al vuelo.

Sin embargo, toda la atención de Ciara quedó cautivada por el hombre que aguardaba al pie de la escalinatas. Dominick Müller vestía un traje de tres piezas en tono azul marino, confeccionado a la medida exacta de sus hombros anchos y su figura erguida. Sostenía un teléfono móvil en la mano derecha, con el ceño severamente fruncido mientras revisaba unos documentos digitales. Lucía inaccesible, impecable y peligrosamente atractivo.

Ciara tragó saliva con dificultad. En su mente cruzó un pensamiento involuntario e indebido sobre la firmeza de su torso. Como si hubiera percibido la intensidad de su mirada, Dominick giró la cabeza bruscamente. Sus profundos ojos grises impactaron contra los de ella.

En un milisegundo, la severidad de su rostro se disolvió. Ajustó el botón superior de su saco y esperó a que ella se aproximara. Ciara caminó a paso lento, tratando en vano de dominar el galope desbocado de su corazón.

—Buenos días, señor Müller —murmuró ella con un hilo de voz al llegar a su lado.

—Ja, Sie sind da... —pronunció él con voz grave y pausada, manteniendo las pupilas fijas en los labios rosados de su asistente— (Sí, aquí está usted...).

Ciara frunció el ceño, desconcertada ante aquellas palabras en un idioma que no lograba comprender.

—¿Disculpe?

—Dije que muy buenos días para usted también, señorita Haslye —corrigió él de inmediato. Tomó la mano diestra de la joven y depositó un beso lento sobre el dorso.

Una descarga de corriente eléctrica recorrió el brazo de Ciara, descendiendo en un estremecimiento directo hacia la parte baja de su vientre.

—¿Cómo se encuentra el día de hoy? —inquirió Dominick, sin soltar su mano por completo.

—Muy bien, señor. ¿Y usted? —respondió ella, aprovechando la cercanía para deleitarse con la masculinidad implacable de su rostro.

—Bastante bien, gracias por preguntar —dijo él, dando un paso al costado y haciendo un ademán elegante hacia las escaleras del jet—. Después de usted.

El gesto resultó tan natural y sofisticado que Ciara sintió que el oxígeno escaseaba en sus pulmones.

—Gracias... —murmuró ascendiendo los tres primeros peldaños.

Al estar un escalón por encima, la respiración cálida de Dominick impactó de lleno contra la parte posterior de su cuello.

—Señor... —susurró ella, deteniéndose.

—Las damas primero —dijo él. Posó la palma de su mano abierta en la curvatura de la espalda baja de Ciara.

El contacto a través de la tela de su ropa envió una nueva ola de calor que le erizó el vello de los brazos. De manera inconsciente, Ciara arqueó ligeramente la espalda hacia atrás, buscando acortar la distancia para sentir la presión de la mano de su jefe con mayor intensidad. "¡Por Dios, Ciara, concéntrate! ¡Es tu jefe!", se recriminó internamente.

Al adentrarse en la cabina del jet, Ciara quedó cautivada por el lujo discreto del espacio. Los sillones de piel blanca, las mesas de madera clara pulida y la iluminación tenue creaban una atmósfera de confort absoluto. El ambiente estaba impregnado de un perfume masculino con notas de madera de cedro y ámbar; el aroma característico de Dominick. Ciara cerró los ojos un instante, inhalando profundo para disfrutar del olor, hasta que sintió el peso de una mirada sobre su rostro.

Abrió los ojos y se topó de frente con las pupilas grises del ejecutivo, quien la observaba desde el sillón contiguo.

Ciara sintió que el fuego le subía por el cuello hasta las mejillas y bajó la vista de inmediato, avergonzada por haber sido descubierta. Desde el otro lado de la mesa de centro, una risa suave y profunda brotó del pecho de Dominick.

—Lo siento... —musitó ella sin comprender exactamente por qué pedía disculpas.

Dominick la contempló con una ternura inesperada que suavizó las facciones rígidas de su rostro.

—No tiene absolutamente nada por lo que disculparse, señorita Haslye —dijo él. Hizo una pausa, apoyando el codo en el apoyabrazos mientras su voz descendía a un susurro íntimo en su lengua materna—: Du bist zu schön. So sehr, dass sie dich auf einen verdammten Altar stellen würden (Eres demasiado hermosa. Tanto que te construirían un maldito altar).

Ciara lo miró con curiosidad manifiesta. Aunque no entendía una sola palabra de alemán, el timbre de su voz sonaba tan envolvente y posesivo que le provocó un cosquilleo en el estómago. Quiso preguntarle la traducción exacta, pero algo en la mirada calculadora del hombre le advirtió que no obtendría una respuesta honesta. Se prometió a sí misma buscar la frase en un traductor en cuanto tuviera señal en el teléfono.

Dominick la observó unos segundos más antes de dejar escapar un largo suspiro y presionar el botón del intercomunicador para llamar a una de las azafatas a bordo.

—¿Ha desayunado algo antes de salir de casa? —preguntó de pronto.

—No... la verdad es que no tuve tiempo —admitió ella.

Dominick se giró hacia la azafata y le dictó una orden rápida en aquel idioma extranjero. Minutos después, el piloto anunció por los altavoces que la aeronave estaba lista para el despegue. Ciara giró la cabeza hacia la ventanilla redonda, contemplando con fascinación cómo la pista quedaba atrás y las nubes comenzaban a desplegarse como un manto blanco sobre la ciudad.

La puerta de la cocina del jet se abrió de nuevo. La azafata regresó portando dos recipientes térmicos de porcelana. Ciara se acomodó en su asiento para recibir su ración, pero la escena que presenció a continuación le congeló la sonrisa en los labios: la joven empleada, al depositar la bandeja de Dominick, deslizó la mano de forma deliberada sobre el pecho del ejecutivo, acariciando la solapa de su saco con un atrevimiento incalculable.

Dominick giró el rostro de inmediato y sus ojos grises impactaron contra los de Ciara. La castaña desvió la mirada de golpe hacia el exterior del avión, intentando mostrar una indiferencia absoluta.

Sin embargo, en el fondo de su estómago se desató una presión amarga e incómoda. Una punzada de molestia que le comprimió la garganta. No era simple incomodidad. Era algo mucho más peligroso.

Eran celos. Celos puros e incontrolables.

—¡Lárgate de aquí! —gruñó la voz de Dominick, con una ferocidad que hizo vibrar el aire dentro de la cabina. Apartó la mano de la azafata con brusquedad, alejándola de su cuerpo—. ¡Ahora mismo!

—Señor... yo solo... —balbuceó la empleada, pálida de terror.

—¡Dije que te retires! —ordenó el hombre con un rugido contenido.

Ciara se sobresaltó en su sitio ante la violencia de la reacción. Jamás lo había visto perder la compostura de esa manera ni dirigirse con semejante dureza hacia ningún empleado de la firma. Aunque la escena resultaba impactante, Ciara no pudo evitar experimentar una chispa secreta de satisfacción al ver a la azafata inclinando la cabeza con humillación antes de desaparecer a toda prisa hacia la cabina trasera.

"Tranquilízate, Ciara", se advirtió a sí misma en silencio. "Fácilmente podrías ser tú la que reciba un trato frío si no mantienes las distancias".

Dominick inhaló profundamente, pasándose una mano pesada por el rostro para recobrar la compostura. Cuando volvió a enfocar a su asistente, la dureza de sus ojos se había disipado, reemplazada por una expresión de disculpa sincera. Le tendió el recipiente térmico con una sonrisa pausada.

—Lamento mucho ese exabrupto.

—No se preocupe, señor —respondió ella en voz baja, tomando la bandeja térmica—. Gracias.

Al retirar la tapa de porcelana, el aroma característico de una bechamel perfectamente horneada e hilos de queso derretido inundó sus sentidos. Se trataba de una porción abundante de lasagna boloñesa. A Ciara se le hizo la boca agua al instante; no había probado bocado en horas.

—Es mi comida favorita... —se le escapó en un murmullo involuntario.

—Lo sé —contestó Dominick con suficiencia, alcanzándole una botella de cristal con agua mineral.

Ciara lo observó petrificada, suspendiendo el tenedor en el aire.

—¿Lo sabe? —parpadeó de forma compulsiva—. ¿Acaso usted conoce mis gustos gastronómicos sin que yo se los haya mencionado jamás?

Recordó en un segundo los desayunos que solían aparecer sobre su escritorio en la oficina los días de alta exigencia laboral, siempre acompañados por el tipo exacto de café que le gustaba. Una marejada de nerviosismo comenzó a apoderarse de su sistema.

¿Cómo era posible que él supiera semejante nivel de detalle sobre su vida privada?

—Soy un hombre sumamente observador, Ciara —explicó él, apoyando la espalda contra el respaldo y clavando la mirada en ella.

Ciara frunció el ceño, sintiendo un cosquilleo extraño en la nuca.

—¿Usted... me observa?

Dominick esbozó una media sonrisa enigmática, cargada de una intención que le aceleró el pulso.

—Todo el tiempo, Ciara.

Las palabras resonaron con un peso denso en la atmósfera del jet privado. Ciara carraspeó, removiéndose en el asiento al sentir una humedad repentina e involuntaria entre sus muslos. Dominick tomó un trozo de su propia porción sin apartar los ojos de ella.

—¿Suele hacer eso con todos sus empleados? —prosiguió Ciara, incapaz de detener el flujo de preguntas que le agolpaban la mente. Probó un bocado de la pasta, dejando escapar un leve jadeo ante el sabor exquisito del queso.

Los ojos grises de Dominick se oscurecieron varios tonos al escuchar ese leve sonido. Su mirada descendió por un segundo a los labios de la joven antes de responder con una voz grave y pausada:

—No. Únicamente con usted.

Ciara se humedeció los labios con la punta de la lengua, sintiendo que el corazón le latía en la garganta. Dominick negó ligeramente con la cabeza, rompiendo el hechizo visual.

—Coma, señorita Haslye. Se le enfriará la comida y perderá el sabor.

Ciara sostuvo la mirada de su jefe durante varios segundos más, tratando de procesar la magnitud de las implicaciones detrás de cada una de sus palabras, antes de obedecer y continuar comiendo en silencio. Comprendió en ese instante que aquel viaje a Hawái no sería una simple gira corporativa. Sería una prueba de fuego para su autocontrol.

§§§§§

La jornada de negociaciones en la capital insular había sido extenuante. Las reuniones con los inversionistas locales se habían extendido hasta altas horas de la tarde, exigiendo de Ciara una atención al detalle implacable. Le dolían las piernas por el uso prolongado de los tacones y sentía los hombros tensos.

Al regresar al complejo hotelero de lujo, Ciara ingresó a la suite ejecutiva que le había sido asignada. Se trataba de un espacio monumental con suelos de madera pulida, una cama de tamaño king size vestida en lino blanco y un ventanal de piso a techo que ofrecía una vista panorámica del océano Pacífico bajo la luz de la luna. Era un espectáculo sublime.

Al principio, no pudo resistir la tentación de arrojarse sobre el colchón para sentir la suavidad del plumón, disfrutando de unos minutos de paz absoluta. Sin embargo, el descanso duró poco: debió tomar una ducha rápida y vestirse con un conjunto formal para acompañar a su jefe a la cena de cierre con la directiva extranjera. Descendió al vestíbulo en tiempo récord y abordó el automóvil privado.

Durante el trayecto de regreso al hotel tras el evento, el silencio dentro del vehículo fue denso. Dominick se pasó la mano por el cabello con gesto cansado antes de ofrecerle una sonrisa de aprobación; ella se la devolvió de inmediato. Ninguno pronunció palabra alguna hasta que el vehículo se detuvo frente al acceso privado del hotel.

Se dirigieron al ascensor ejecutivo. El elevador parecía desplazarse con una lentitud exasperante. Ciara apoyó la parte posterior de la cabeza contra la pared espejada de la cabina, sintiendo que pequeñas gotas de sudor le bajaban por el escote. Se desabrochó los dos primeros botones de la blusa de seda para permitir que el aire alcanzara su piel. A pesar de estar acostumbrada al clima cálido de Florida, la humedad tropical de Hawái resultaba abrumadora.

Dejó escapar un pequeño gemido de agotamiento, pasándose la mano por el cuello. Al abrir los ojos, descubrió la mirada de Dominick fija sobre su pecho expuesto. La respiración de Ciara se detuvo. Involuntariamente, su mirada descendió por el torso del ejecutivo hasta fijarse en la prominente e inconfundible erección que se marcaba con fuerza contra la tela oscura de su pantalón de vestir.

"¡Dios mío!", pensó Ciara, sintiendo que la boca se le secaba al instante.

​La visión de la firmeza de su anatomía desató una ola de calor abrasador en su interior. Su mente, traicionera y dominada por el cansancio y la tensión acumulada, comenzó a hilar escenas explícitas donde él la tomaba contra las paredes de la cabina. Apretó los muslos con fuerza al sentir que la zona sensible entre sus piernas palpitaba con exigencia. Aquello no podía estar sucediendo. ¡Era su jefe! ¡El hombre más poderoso de la firma!

​El ascensor anunció la llegada al piso de las suites con un suave tintineo. Ciara se apresuró a salir de la estructura acristalada que amenazaba con destruir su cordura. Caminó a paso rápido por el pasillo alfombrado hasta detenerse frente a la puerta de su habitación.

​Buscó la tarjeta magnética dentro del bolso con dedos torpes. De pronto, la voz grave de Dominick resonó a pocos centímetros de su espalda.

​—Que tenga una muy linda noche, Ciara —susurró él.

​Ciara se congeló en su sitio. Sintió la presencia del hombre pegada a su cuerpo por detrás. La firmeza de la erección de Dominick presionó directamente contra la curva de sus nalgas a través de la tela del pantalón. Un temblor incontrolable le recorrió la columna vertebral.

​—Señor Müller... —articuló ella en un jadeo ahogado.

​Las manos grandes y cálidas de Dominick se posaron sobre sus caderas con un agarre de hierro, manteniéndola fija en su lugar. El ejecutivo se inclinó ligeramente y depositó un beso húmedo y demorado en la piel sensible de su cuello. Ciara dejó escapar un gemido bajo e incontrolable, inclinando la cabeza hacia atrás de forma instintiva para permitirle mayor acceso.

​Si él continuaba un segundo más con ese tormento sensorial, ella perdería el último reducto de autocontrol y se entregaría por completo a sus impulsos.

​Dominick se presionó con mayor firmeza contra sus caderas, soltando un gruñido bajo contra su piel.

​—Ciara... —pronunció su nombre con una mezcla de súplica y posesión salvaje.

​El sonido de su nombre en esa voz rasposa la devolvió al borde del abismo. "No puedes hacer esto", se dijo a sí misma con desesperación. "Si cruzas esta línea, jamás habrá marcha atrás".

​Haciendo un acopio de fuerza de voluntad sobrehumana, Ciara se zafó del agarre de sus manos de manera abrupta. Deslizó la tarjeta magnética por la cerradura, abrió la puerta y giró sobre sus talones para encararlo desde el umbral.

​—Buenas noches, señor Müller —pronunció con la respiración completamente desbordada.

​Sin esperar una respuesta, cerró la puerta de golpe y le echó el cerrojo.

​Ciara se apoyó de espaldas contra la madera de la puerta, dejándose deslizar hasta quedar sentada sobre el suelo de la entrada. Sentía la entrepierna palpitando de dolor y la lencería completamente húmeda. Su corazón latía con una violencia salvaje contra sus costillas. Estaba jugando con fuego, y acababa de descubrir que deseaba arder por completo.

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Comentários (1)
goodnovel comment avatar
Quira Mogollon
excelente tu novela, espero tu actualizacion gracias
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