El sol matutino se filtraba de manera tímida a través de las cortinas de la habitación, proyectando una luz pálida sobre el rostro cansado de Ciara. Giró sobre el colchón, dejando escapar un suspiro pesado antes de obligarse a abrir los ojos. El cansancio no la abandona nunca; se había vuelto un habitante permanente en su espalda, en sus hombros y en la pesadez de sus párpados.
Se incorporó con lentitud, pasándose las manos por el rostro antes de rehacer con torpeza la coleta alta con la que había dormido.
Al abrir la puerta de su dormitorio, la corriente fría del aire acondicionado del pasillo la recibió de golpe. Caminó a paso rápido hacia la habitación de la pequeña Bella. Al cruzar el umbral, una chispa de calidez le envolvió el pecho: la niña ya estaba despierta, sentada en medio de la cama mientras acariciaba con delicadeza el desgastado peluche de su colección.
—Buenos días, mi princesa —murmuró Ciara, dibujando una sonrisa afectuosa.
Los ojos azules de la pequeña, enmarcados por las sombras de un cansancio injusto, chocaron con los suyos.
—¡Hola, Ciara! —exclamó Bella con una chispa de entusiasmo que parecía desafiar su propia fragilidad.
Ciara se aproximó a la cama y se inclinó para llenar de besos sus mejillas, sacándole una risa cristalina. Con cuidado minucioso, revisó que ningún movimiento brusco le provocara dolor en el torso.
—Soy muy fuerte, Ciara... ya nada me duele —aseguró la pequeña, apretando los puñitos.
—Claro que eres fuerte, mi amor —respondió la castaña, sujetándole las mejillas con ternura—. La niña más valiente del mundo. Vamos a darte un baño para bajar a desayunar y luego iremos al banco a hacer unos trámites.
Las pupilas de Bella brillaron al instante. Asintió con energía y, con la ayuda cuidadosa de su hermana mayor, bajó de la cama.
En el cuarto de baño, Ciara le retiró con suma delicadeza la bata del pijama. La niña se echó el cabello hacia atrás mientras la atención de Ciara se fijaba en la venda elástica que rodeaba el abdomen de su hermana. Al desenrollarla con pulso firme, sintió una punzada de impotencia en el estómago: el traumatismo que días atrás lucía de un tono rosado, ahora se extendía en una herida amoratada y profunda. Era imposible que no le doliera.
—¿Te molesta si toco aquí? —preguntó rozando la zona con la yema de los dedos.
—No —sonrió la niña de inmediato—. Lili la elefanta me dijo que el dolor solo son cosquillas. Y también me dijo que soy muy valiente.
Ciara frunció el ceño con una mezcla de diversión y ternura.
—¿Lili la elefanta?
—Sí —asintió Bella, señalando con convicción hacia el espacio vacío junto al lavabo—. Es mi nueva amiga. Dice que le caes muy bien.
Ciara miró el rincón desierto y volvió a enfocar la mirada inocente de la pequeña.
—Un gusto, Lili... Tú también me caes muy bien. Pero si no te molesta, ahora tengo que bañar a Bella.
—Dice que está bien, que nos espera afuera —concluyó la niña con absoluta seriedad.
Ciara dejó escapar una risita contenida y terminó de quitarle la ropa interior para introducirla en la bañera. Mientras le lavaba el cabello con champú de aroma dulce, la niña jugaba distraída con un patito de goma. Al terminar, la envolvió en una toalla enorme como si fuera un rollo ajustado, haciéndola reír mientras la pequeña intentaba liberarse a pataleos sobre la cama.
La vistió con una camiseta de mangas largas, unos mallas oscuras y sus botas favoritas. Después de aplicar la pomada antiinflamatoria prescrita por el doctor y ajustar de nuevo el vendaje, Ciara le llenó la carita de besos antes de tomarla de la mano para bajar al piso inferior.
En la cocina, el ambiente se volvió denso al instante. Leah estaba sentada junto al ventanal. Tenía las manos cubiertas por vendajes limpios y un parche de gasa sobre la mejilla derecha. Sus ojos, de un heterocromático e impactante contraste entre el azul y el café, lucían distantes, opacos, como si su espíritu habitara en un lugar sumamente lejano y hostil.
Sin embargo, al escuchar los pasos sobre los escalones, la mirada de la adolescente pareció recobrar un destello de vida al posarse en la pequeña Bella.
—Buenos días, botella —saludó Leah, cambiando su semblante de piedra por una mueca divertida. Tomó a la niña por las axilas y la elevó un poco en el aire—. Qué guapa estás hoy. Mucho estilo... Me gusta, me gusta.
Bella rió entre dientes y le dejó un beso en la mejilla sana antes de que Leah la acomodara sobre un taburete. Con movimientos rápidos y mecánicos, la pelinegra alcanzó una caja de cereales de la repisa, sirvió una porción generosa en un tazón junto con un chorro de leche y se lo colocó enfrente a la pequeña.
—Buenos días, Ciara —saludó Leah por primera vez, sin levantar la vista del mostrador mientras limpiaba un plato con un paño seco—. Estaré en mi habitación.
Se inclinó para besar la cabeza de Bella y comenzó a caminar a paso acelerado hacia la salida. Ciara parpadeó, sorprendida por la prisa, e intervino antes de que cruzara el marco de la puerta.
—Oye, Leah...
—Tengo cosas que hacer, Ciara —interrumpió la menor sin girarse del todo.
—Pero... ¿ya desayunaste?
Leah la miró de reojo por encima del hombro durante unos segundos agónicos antes de forzar una sonrisa carente de calidez.
—No te preocupes. Me comí un tazón de cereal y algo de fruta fresca temprano.
—Ah... vale. Bueno... suerte con lo que vayas a hacer.
—Ajá —sentenció la pelinegra, desapareciendo por el pasillo.
Ciara dejó escapar un largo suspiro. Hacía tres días que Leah evitada sentarse a la mesa con ellas; comía antes, cenaba a solas y mantenía una distancia cautelosa, como si llevara encima una culpa que no podía nombrar.
—Ciara... ¿Leah está molesta con nosotras? —preguntó Bella con la cuchara suspendida en el aire—. ¿Ya no quiere comer aqui?
—No es eso, mi amor. Solo está desvelada y se despierta antes que nosotras, eso es todo —mintió Ciara, acariciándole el cabello con suavidad—. Iré a cambiarme para irnos al banco, ¿de acuerdo?
Subió a su habitación, se vistió con unos vaqueros cómodos, una camiseta holgada de tono neutro y sus zapatillas gastadas. Mientras se sujetaba el cabello frente al espejo, la incertidumbre la carcomió. Caminó por el pasillo y se detuvo ante la puerta de Leah. Apoyó la mano en la manija, pero al intentar girarla descubrió que estaba cerrada con pestillo. Desde el interior se filtraba el eco ahogado de una canción de ritmo pesado.
Golpeó la madera con los nudillos.
—¿¡Qué!? —gritó la voz de Leah desde adentro.
—¡Leah! ¡Bella y yo vamos al banco, regresamos en unas horas!
—¡Vale! —fue la única respuesta.
Ni un "vayan con cuidado", ni un "hasta luego". Ciara apretó los labios, sintiendo una amargura sutil en la garganta. Bajó las escaleras, tomó a Bella de la mano y salieron hacia el vehículo.
Al momento de introducir la llave en la cerradura del auto, una voz masculina la hizo girarse.
—¡Hey, Ciara!
Era William, el vecino del chalet contiguo. El hombre se acercó a paso despreocupado y, sin pedir permiso, le rodeó la cintura con el brazo para dejarle un beso demasiado cerca de la comisura de los labios. Ciara se zafó del agarre con disimulo, dando un paso atrás.
—Hola..
—¿Qué tal todo? ¿Quieres venir a cenar a mi casa esta noche? —preguntó el pelirrojo con una sonrisa conminatoria.
Ciara sabía perfectamente lo que implicaba esa invitación. Echó un vistazo a Bella, quien observaba al vecino con una mueca de evidente desagrado.
—Hoy no puedo, William. Tengo que cuidar a Bella por el accidente que tuvo...
El hombre cambió el rostro, dejando ver un claro gesto de molestia.
—En fin... Nos vemos —se despidió cortante, dando media vuelta hacia su casa sin preguntar un solo detalle sobre la salud de la pequeña.
Ciara suspiró, sintiendo una punzada de incomodidad.
Acomodó a Bella en el asiento trasero, se aseguró de abrocharle el cinturón y subió al lugar del piloto para poner en marcha el motor rumbo al centro financiero.
El calor de la ciudad era sofocante. Frente a la imponente fachada de cristal y granito de la entidad bancaria, la humedad parecía derretir el asfalto. Ciara sujetó con firmeza la mano de Bella mientras ascendían por las escalinatas de piedra.
—¿Será la última vez que vendremos a este lugar? —inquirió la niña, arrugando la nariz con cansancio.
Ciara se agachó a su altura, retirándole un mechón de cabello suelto detrás de la oreja.
—Aún nos queda una deuda enorme por saldar, mi amor... pero te prometo que estoy haciendo todo lo posible para que no tengamos que volver jamás.
Bella observó la enorme estructura del edificio, cerró los ojos con fuerza y cruzó los dedos de ambas manos.
—¿Qué haces? —preguntó Ciara con una sonrisa divertida.
—¡Shh! —la niña le colocó un dedito sobre las comisuras de los labios—. Estoy pidiendo un deseo de verdad. Lili la elefanta me dijo que si pides algo con todas tus fuerzas, se cumple.
Ciara sintió un nudo apretado en la garganta. La devoraba el dolor de saber la dura realidad financiera que las asfixiaba, pero no tenía el valor para destruir la ilusión de una pequeña de nueve años. Siguió el juego, cerró los ojos y cruzó los dedos junto a ella ante la mirada curiosa de algunos transeúntes.
Ingresaron a la sucursal. Tras pasar por el control de seguridad, se incorporaron a la densa fila de clientes. Transcurrieron cuarenta minutos sofocantes en los que la niña saltó sobre las baldosas de mármol y jugó con el teléfono móvil de su hermana para entretenerse.
Finalmente, la luz del panel digital indicó su turno. Ciara avanzó hacia la ventanilla acristalada donde una cajera de gesto apático la esperaba. Extrajo del bolso el cheque que había reunido con el sudor de meses y lo deslizó por la ranura.
—Buenos días. Quisiera depositar este importe para abonar a la cuenta de gastos médicos del Hospital Central —explicó Ciara con voz clara.
La empleada tomó el documento y comenzó a teclear mecánicamente en la terminal informática.
—Nombre del titular o tutor —pidió la cajera sin levantar la vista.
—Ciara Haslye Robert.
La mujer continuó ingresando los datos en el sistema durante varios segundos que parecieron eternos.
—¿Iremos por helado después de esto, Ciara? —susurró Bella, poniéndose de puntitas sobre el mostrador.
—Claro que sí, iremos por...
—Señorita, su deuda fue saldada en su totalidad hace tres días —interrumpió la cajera con tono plano y monótono.
El mundo de Ciara se detuvo de golpe. Parpadeó de manera compulsiva, sintiendo cómo el aire se congelaba en sus pulmones.
—¿Qué... qué ha dicho?
—Que la cuenta médica que intenta abonar no registra ningún saldo pendiente. Fue cancelada hace tres días —reiteró la empleada.
—No... no, no. Eso es absolutamente imposible. Debe haber un error de digitación —articuló Ciara de forma atropellada, sintiendo que la sangre se le escapaba del rostro—. Por favor, vuelva a ingresar mi nombre. Se lo suplico, revise bien.
—Señorita Haslye, el sistema no comete ese tipo de fallas —respondió la mujer con leve fastidio.
Giró la pantalla del ordenador hacia el cristal.
Ciara se pegó al vidrio. Allí, en letras digitales color verde, la abrumadora cifra de 1.000.000 de dólares aparecía reducida a un cero absoluto. El saldo adeudado era inexistente.
Su corazón comenzó a martillar de manera salvaje contra sus costillas. El suelo pareció desvanecerse bajo sus pies. Una ola de calor le recorrió el cuello hasta las orejas mientras Bella, inocente del drama que se gestaba, miraba sus pequeñas manos con asombro.
—¡Sirvió mi magia! —chilló la niña con los ojos muy abiertos.
El impacto inicial mutó en un torbellino de pánico. A Ciara le temblaron las manos de manera incontrolable. Se sujetó del borde del mostrador para no colapsar.
—¿Está... está hablando completamente en serio? —exigió Ciara, con la voz quebrándose en un hilo de histeria contenida—. ¿No hay un error en los dígitos? ¿No se confundieron de expediente? ¡Es un millón de dólares! ¡Un millón! ¿¡Cómo va a estar pagado!?
—He reiniciado el estado de cuenta dos veces, señorita —respondió la cajera frunciendo el ceño—. La transacción fue procesada y confirmada por la central bancaria. La deuda ya no existe.
Un grito mudo se le atoró a Ciara en la garganta. La sensación no era de alegría; era un terror paralizante. Nadie regala un millón de dólares por caridad. Nadie limpia una deuda semejante sin esperar algo a cambio. Las preguntas comenzaron a atropellarse en su mente como una avalancha destructiva: ¿Quién demonios había hecho esto? ¿Qué clase de peligro representaba esa transacción? ¿Acaso las habían vendido? ¿Era un error mafioso? ¿Estaba su familia metida en un problema aún más oscuro y peligroso que la propia deuda?
—¡Ciara, ya no tenemos que venir más! —gritaba Bella a su lado, dando brincos de emoción—. ¡El deseo se cumplió!
Ciara la tomó por las axilas y la levantó en brazos, pero la sonrisa que intentó forzar fue una mueca aterrorizada. Las lágrimas comenzaron a agolparse en sus ojos de forma violenta.
—¡Ya no... ya no vendremos! —balbuceó, sintiendo que el pecho le iba a explotar de la angustia.
—Señorita, su cheque... —la llamó la cajera, extendiendo el papel por la ranura.
Ciara se giró bruscamente, con el rostro desencajado y la respiración descontrolada. Se abalanzó sobre la ventanilla, pegando las palmas contra el cristal con una fuerza desgarradora.
—¡Dígame quién lo hizo! —exigió con la voz ahogada en llanto, llamando la atención de los clientes y guardias de la sucursal—. ¡Por lo que más quiera, dígame el nombre de la persona que pagó esa suma! ¡Necesito saberlo ahora mismo!
La cajera retrocedió levemente ante la intensidad del colapso emocional de la joven.
—Señorita, por políticas de confidencialidad del banco...
—¡Me importa un demonio la confidencialidad! —gritó Ciara, mientras las lágrimas se derramaban libremente por sus mejillas—. ¡Es mi vida! ¡Son mis hermanas! ¡Dígame quién pagó esa cuenta o no me voy a mover de aquí!
La empleada, intimidada por el escándalo y notando que la joven estaba al borde de una crisis de pánico real, suspiró y tecleó una clave de acceso rápido.
—El pago fue emitido y respaldado mediante una transferencia internacional a nombre de Josep Rinaldi —reveló la mujer en un susurro.
El nombre resonó en la cabeza de Ciara como un latigazo. Josep Rinaldi.
Buscó desesperadamente en los rincones de su memoria. Revisó cada rostro, cada cliente de la empresa, cada contacto del pasado, cada sombra de su vida. Jamás en su existencia había escuchado semejante nombre. No conocía a ningún Josep Rinaldi. No existía ningún multimillonario con ese apellido en su círculo.
¿Quién era ese hombre? ¿Por qué pagaría el tratamiento médico de su hermana? ¿Qué cobro le exigirían después? ¿Acaso Leah estaba metida en algo turbio con esa persona? La sola idea de que su hermana menor se hubiera vendido a un desconocido para saldar la deuda le heló la sangre.
—Señorita... aquí tiene su cheque —repitió la cajera, pasándole el papel.
Ciara tomó el trozo de papel con dedos temblorosos. Ni siquiera pudo articular palabra. Sostuvo la mano de Bella y caminó hacia la salida como una autómata, sintiendo que el aire dentro del banco la asfixiaba por completo. Al cruzar las puertas de cristal, la luz del sol la cegó, pero el frío del terror permanecía petrificado en su columna vertebral.
A pesar de la tormenta de angustia que amenazaba con destrozarla por dentro, Ciara obligó a sus piernas a llevar a Bella a un parque cercano. No podía arruinar el único momento de luz que la niña había tenido en semanas.
El atardecer comenzó a teñir el cielo de tonalidades violetas y naranjas. La pequeña Bella, ajena a la crisis nerviosa que consumía a su hermana, corría sobre la hierba fresca alimentando a un grupo de patos en la orilla del estanque con trozos de pan. Ciara permanecía sentada sobre el césped, abrazando sus propias piernas, con la mirada fija en el agua y la mente girando descontroladamente en torno al nombre de Josep Rinaldi.
De pronto, la vibración intensa de su teléfono móvil dentro del bolsillo trasero del pantalón la sobresaltó.
Extrajo el aparato. La pantalla mostraba una secuencia de dígitos correspondientes a un número no guardado. Temiendo que fuera una llamada relacionada con la transacción bancaria o con el misterioso hombre, contestó con el hilo de voz que le quedaba.
—¿Hola...?
—Hola, Ciara —respondió una voz masculina, grave, profunda y aterciopelada desde el otro lado de la línea.
El timbre ronco e inconfundible de Dominick Müller resonó en su oído con una claridad devastadora. Ciara apartó el teléfono del rostro para verificar la pantalla de nuevo, sintiendo cómo un escalofrío eléctrico le recorría la nuca hasta la cintura. Se incorporó bruscamente sobre la hierba.
—¿Señor... Señor Müller? —articuló casi sin aliento, con el corazón acelerándose a un ritmo frenético.
Desde la otra línea se escuchó una risa baja, un murmullo rasposo que le erizó la piel por completo.
—Déjame recordarte que estás de descanso, Ciara. Puedes llamarme por mi nombre.
Maldito fuera ese hombre y el poder magnético de su voz, pensó Ciara, sintiendo un calor repentino en las mejillas que amenazaba con desorientarla en medio de su paranoia.
—¿Cómo... cómo es que tiene mi número personal? —inquirió tratando de recuperar la compostura.
—Está impreso en la primera página de tu currículum vitae en mi escritorio —contestó él con absoluta naturalidad.
—Ah... —Ciara abrió los ojos de par en par al darse cuenta de lo ridícula que había sonado la pregunta—. Es decir... perdón. ¿Para qué me llama, señor? —hizo una pausa, temiendo haber sonado demasiado brusca—. Es decir... no piense que me molesta que me llame, porque no es así... Para nada...
—Tranquila, Ciara. Respira —pidió Dominick con una suavidad que logró serenar parte del caos en su pecho. Ella inhaló profundamente, obedeciéndole de manera casi instintiva—. Te llamo para saber cómo están tus hermanas. ¿Necesitas más días libres?
"Toda la vida si es posible", pensó para sí misma antes de responder.
—No... bueno, Bella está mucho mejor. Mañana la llevaremos al médico para un chequeo de rutina. Y Leah... bueno, ella también está bien.
—Me alegro mucho —hizo una pausa breve—. ¿Necesitas más tiempo para cuidarlas en casa?
—La verdad es que no lo sé. Tendría que preguntarle al médico mañana y... —de pronto, una idea espantosa cruzó la mente de Ciara, conectando la llamada con su reciente crisis bancaria—. Un momento... ¿¡Me va a despedir!?
El corazón de Ciara volvió a detenerse.
—Señor Müller, se lo suplico, iré a trabajar mañana mismo. Por favor no me despida. Puede enviarme los informes a casa, puedo redactar los contratos desde aquí, haré turno doble...
—¡Tranquila! Espera un momento, Ciara —interrumpió Dominick, cortando su monólogo histérico—. No te estoy llamando para despedirte.
—¿No...? —inquirió ella, aferrando el teléfono con ambas manos.
Una nueva risa grave escapó de los labios del ejecutivo, enviando una onda de calor directo al estómago de la joven.
—No, preciosa. Eres la mejor asistente que he tenido en toda mi vida —dijo él. Las neuronas de Ciara colapsaron al instante ante la palabra preciosa. La dejó completamente muda—. Solo preguntaba porque necesito saber si requieres la próxima semana. Tengo una reunión de negocios de alta prioridad en Hawái y necesito que viajes conmigo.
—Ah...
—Sí, Ciara. "Ah" —bromeó él.
Ciara sintió el rostro arder como si tuviera fiebre. Agradeció infinitamente que Dominick no estuviera presente para presenciar su sonrojo catastrófico.
—¿Entonces? —insistió la voz al otro lado—. ¿Vendrás conmigo a Hawái?
Ciara alzó la vista hacia el cielo y luego hacia Bella, quien sonreía al borde del agua.
Hawái... Un viaje ejecutivo con su jefe. Con Dominick Müller.
—Necesito ir al hospital mañana para asegurarme de que las niñas estén fuera de todo peligro antes de tomar una decisión...
—En ese caso, ve a la consulta y me llamas cuando salgas para mandar a preparar tus boletos de avión, preciosa.
—Vale... lo haré.
—Buena chica. Ten una linda tarde.
—Igualmente...
Ciara permaneció unos segundos con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el tono de llamada finalizado. Dejó caer el brazo torpemente y se dejó tumbar de espaldas sobre la hierba del parque, contemplando el horizonte teñido de violeta.
El torbellino mental no se detuvo, pero ahora había cambiado de rumbo de forma drástica.
¿Estaba bien hablar con su jefe de esa manera fuera del horario laboral? ¿Estaba bien que la llamara preciosa? ¿Por qué la palabra buena chica había provocado un vuelco tan violento en el fondo de su vientre? ¿Por qué sentía que la sombra de Dominick Müller comenzaba a abarcarlo todo?
Se puso de pie con las piernas aún temblorosas, sacudiéndose la hierba de los vaqueros y recogiendo las cosas de la manta.
—¡Bella! ¡Nos vamos a casa! —llamó a su hermana.
La pequeña corrió hacia ella con una amplia sonrisa, despidiéndose de los patos con la mano.
—¡Compremos pizza para celebrar que ya no tenemos deudas! —pidió la niña dando saltos.
—¿Pizza de triple queso? —sonrió Ciara, tomando su pequeña mano.
—¡Sí!
—Vamos por esa pizza de triple queso entonces.
Caminaron juntas de regreso al vehículo. Mientras la pequeña Bella parloteaba entusiasmada sobre el queso derretido, la mente de Ciara continuaba dividida entre dos abismos peligrosos: la sombra amenazante del misterioso Josep Rinaldi y el fuego inconfesable que encendía la voz de Dominick Müller.