FAZER LOGINCatorce
Cuando finalmente salió de la cafetería, la campana sonó detrás de él por última vez, un tintineo metálico que se perdió en la noche. Sintió que estaba dejando allí una parte de sí mismo. Era una sensación extraña, casi parecida a despedirse de una casa en la que hubiera crecido, de una habitación donde se hubieran grabado los mapas de su adolescencia y juventud. El aroma a café, el sonido de la máquina de espresso, la campana sobre la puerta y hasta las manchas que nunca conseguían desaparecer por completo del suelo formaban parte de una rutina que había llegado a conocer de memoria, una coreografía de gestos y sonidos que ya formaban parte de su ADN. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, cortante como una navaja, y por mera inercia se encogió sobre sí mismo, los hombros elevándose hacia las orejas. Entonces escuchó una voz. —¿Siempre dejas que la gente tenga tanta confianza contigo? Oliver dio un sobresalto. Eliot estaba apoyado contra la pared lateral de la cafetería, justo a un lado de la puerta, casi invisible en las sombras. La luz tenue de la farola cercana iluminaba solo la mitad de su rostro, dejando la otra sumergida en penumbra, como un cuadro de claroscuro. Por un instante, Oliver se quedó completamente inmóvil. ¿Desde cuándo estaba ahí? ¿Cuánto había visto? Y, más importante todavía, ¿qué estaba haciendo ahí? Su mirada recorrió rápidamente el automóvil estacionado cerca de la acera, el sedán negro, elegante, familiar, y después regresó a Eliot. El hombre llevaba un abrigo oscuro, muy similar al que ahora colgaba en el armario de Oliver, y tenía las manos en los bolsillos, como si llevar varios minutos esperando a alguien fuera la cosa más normal del mundo. Como si su tiempo no fuera valioso, como si no tuviera mil cosas más importantes que hacer. Oliver sintió que el frío dejaba de ser lo único que le hacía estremecerse. —Se estaban despidiendo... —respondió finalmente, la voz baja y cansada. Eliot lo observó unos segundos. Sus ojos azules brillaban en la penumbra, dos gemas heladas que parecían perforar la oscuridad. —¿Y el abrigo? Su ceño se frunció ligeramente, un pliegue apenas perceptible entre sus cejas. Oliver tardó un segundo en comprender la pregunta. Entonces el recuerdo de la última vez que se habían visto apareció con tanta claridad que sintió cómo el calor le subía hasta las mejillas, incendiándole la piel. La cena, el vino, el roce de sus dedos sobre la quemadura. El abrigo. El abrigo de Eliot estaba en casa. A salvo. Colgado en la puerta de su armario, como un tesoro, como una reliquia. Había llegado a convertirse en una especie de obsesión absurda que Oliver trataba con un cuidado casi ridículo. Lo había guardado lejos de cualquier cosa que pudiera mancharlo o dañarlo. Algunas noches, incluso, había tenido que resistirse a la tentación de tomarlo del armario solo para sentir nuevamente su olor, para enterrar el rostro en la lana y respirar profundamente, dejando que el aroma de Eliot lo envolviera como un abrazo. —¿Oliver? La voz de Eliot lo devolvió al presente, cortando el hilo de sus pensamientos. —En casa —confesó en un hilo de voz, casi inaudible—. No quería que se dañara... Eliot se separó de la pared y comenzó a acercarse. Sus pasos eran lentos, deliberados, cada uno acortando la distancia entre ellos. —Te lo di para que te protegieras del frío, Oliver. No para que lo guardaras a salvo en casa. Oliver bajó la mirada, incapaz de sostener esos ojos que veían demasiado. El suelo de cemento, las grietas, una hoja seca que el viento había arrastrado hasta allí, parecían ser bastante interesantes. —Creí... te lo iba a devolver. Eliot se detuvo frente a él. La cercanía era abrumadora. Oliver podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, podía percibir el aroma de su colonia mezclándose con el aire frío de la noche. Durante unos segundos no dijo nada. Solo lo miró a los ojos, como si estuviera sopesando no solo su respuesta, sino también todo lo que aquella respuesta decía sobre él. Sobre su cuidado, su vulnerabilidad, su necesidad de preservar algo que Eliot le había dado. Oliver sintió que se ponía todavía más nervioso bajo aquella mirada, el pulso acelerado, las palmas sudorosas a pesar del frío. —Vamos —dijo finalmente Eliot. Se dio la vuelta y caminó hacia su sedán. No se detuvo para comprobar si Oliver lo seguía. Era como si supiera que lo haría, como si ni siquiera contemplara la posibilidad de que Oliver pudiera decirle que no, como si aquello fuera tan inevitable como la marea. Y razón no le faltaba. Oliver lo siguió. Sus pies se movieron solos, llevándolo detrás de esa figura elegante que se recortaba contra las luces de la ciudad. Una parte de él todavía estaba intentando comprender por qué Eliot había aparecido allí precisamente aquella noche, en su último turno, como si hubiera sabido que era importante. Otra, mucho menos racional, estaba demasiado ocupada disfrutando de la posibilidad de pasar unas horas más a su lado, de robarle momentos al tiempo, de acumular recuerdos. Cuando entraron al automóvil, el interior los envolvió con su calidez. Eliot encendió el motor y esperó unos segundos antes de mirarlo, el perfil iluminado por las luces del tablero. —¿Ya cenaste? Oliver negó con la cabeza. Podría haber dicho que no tenía hambre. Podría haber inventado cualquier excusa para no convertirse en una molestia, para no parecer necesitado o dependiente. Pero una cena compartida significaba pasar más tiempo con Eliot, y Oliver no estaba dispuesto a desperdiciar una oportunidad así. No cuando cada minuto a su lado se sentía como un regalo robado al universo. —No. A diferencia de la vez anterior, Eliot no lo llevó a un restaurante. Detuvo el automóvil en el autoservicio de un lugar de emparedados, pidió dos iguales, de pavo y con una salsa cuyo nombre Oliver jamás había escuchado, algo con mostaza y miel, añadió un par de jugos de manzana y volvió a ponerse en marcha. Oliver sostuvo su emparedado entre las manos mientras observaba las luces de la ciudad desaparecer poco a poco detrás de ellos, transformándose en un río de estrellas artificiales que fluía en sentido contrario. Eliot condujo hasta las afueras de la ciudad, hacia un mirador que Oliver conocía demasiado bien. El reconocimiento del lugar le produjo una sensación extraña en el pecho, como un puño apretándose alrededor de sus costillas. Había estado allí dos veces antes. Dos momentos en los que su vida había parecido ponerse patas arriba, desmoronándose como un castillo de naipes. La primera vez había sido cuando su supuesto padre apareció exigiendo sus «derechos paternos», irrumpiendo en su vida como un huracán para reclamar algo que nunca había merecido. La segunda, cuando murió su abuela, la única persona que realmente lo había criado, la que le había enseñado a leer, a sumar, a soñar. Oliver miró por la ventana, las luces de la ciudad titilando a lo lejos como diminutas estrellas caídas. No sabía por qué Eliot había elegido precisamente aquel lugar, pero la coincidencia le resultaba demasiado significativa. Quizá Eliot simplemente lo había escogido porque era tranquilo, porque ofrecía una buena vista, porque era discreto. Quizá no significaba absolutamente nada. Para Oliver, sin embargo, significaba demasiado. Se sentaron en una de las bancas del mirador. La madera estaba fría incluso a través de la tela de sus pantalones. Desde allí, la ciudad parecía extrañamente pacífica, un tapiz de luces que se extendía hasta el horizonte, palpitante pero silenciosa. Las luces se extendían a lo lejos como pequeñas estrellas, y por un momento Oliver sintió que todo el ruido de las últimas semanas se quedaba atrás, flotando en algún lugar entre el cielo y la tierra. La entrevista. La cafetería. La despedida. El futuro. Todo parecía un poco más pequeño desde aquella altura, como si la distancia permitiera ponerlo en perspectiva. —Leí tu análisis —habló Eliot, rompiendo el silencio. Oliver giró la cabeza hacia él, sorprendido. La luz de la luna bañaba su perfil, delineando la curva de su mandíbula, el arco de su nariz, la forma de sus labios... —¿Lo leíste? —Sí. Eliot mantuvo la mirada sobre la ciudad, sus ojos perdidos en el horizonte de luces. —Fue un análisis bastante valiente. Oliver bajó la vista hacia su emparedado y comenzó a desenvolverlo, el crujido del papel rompiendo el silencio. La frase le produjo una pequeña satisfacción que intentó esconder detrás de una mordida, el sabor del pavo y la mostaza llenándole la boca. —Pensé... —dijo después de masticar, tragando con esfuerzo— que si hubieras querido un análisis que te diera la razón, lo harías tú mismo. Eliot lo miró. Aquellos ojos analíticos se detuvieron sobre él con una intensidad que Oliver ya conocía, pero que todavía conseguía ponerlo nervioso, hacerle sentir como si estuviera bajo un microscopio. Durante un instante tuvo la impresión de que había dicho algo que Eliot no esperaba escuchar, algo que lo había tomado por sorpresa. —Si alguna vez vuelves a tener dudas sobre la razón por la que te ofrecí el puesto —dijo Eliot con una suavidad que Oliver no estaba acostumbrado a escuchar en su voz, una textura nueva, desconocida—, recuerda eso que acabas de decir. Oliver asintió. Sintió que algo se acomodaba dentro de él, como una pieza de un rompecabezas que finalmente encontraba su lugar. No era solo el alivio de saber que Eliot había leído su trabajo, que lo había considerado digno de su tiempo. Era algo más profundo. Una confirmación silenciosa de que aquella oportunidad no era un favor vacío, no era nepotismo, no era caridad. Eliot había visto algo en él. Algo que Oliver todavía estaba aprendiendo a reconocer por sí mismo, a aceptar, a creer. Dio otra mordida a su emparedado. Estaba bastante bueno, el pan suave, el pavo jugoso, la salsa ligeramente picante. Aunque probablemente habría disfrutado cualquier cosa mientras pudiera permanecer sentado allí, junto a Eliot, mirando la ciudad, sintiendo su presencia a su lado como un fuego cálido en medio de la noche fría. —Y, Oliver... La voz de Eliot cambió ligeramente. Esta vez tenía un tono marcado de advertencia, un filo que Oliver no había escuchado antes. Oliver levantó la mirada, encontrándose con esos ojos azules que ahora estaban fijos en los suyos. —No permitas que cualquiera tenga tanto contacto físico contigo. Oliver se quedó quieto. El emparedado quedó suspendido a medio camino de su boca. Durante un segundo no supo qué responder. Las palabras se arremolinaban en su cabeza como hojas secas arrastradas por el viento. La frase podía significar muchas cosas. Tal vez Eliot simplemente estaba repitiendo una preocupación que ya le había expresado antes, un consejo práctico sobre límites profesionales. Tal vez se refería a la forma en que sus compañeros se habían despedido de él, a Ceci llorando contra su pecho. Tal vez solo era otra de esas observaciones prácticas que Eliot hacía sobre todo lo que consideraba innecesario o imprudente. Pero Oliver no quería pensar en ninguna de esas posibilidades. Porque había una interpretación mucho más peligrosa. Mucho más emocionante. Y, en el mundo de fantasía que Oliver llevaba años construyendo cuidadosamente dentro de su cabeza, aquella frase definitivamente sonaba a celos. Intentó esconder la sonrisa que amenazaba con aparecer en sus labios mientras volvía la mirada hacia la ciudad, las luces danzando ante sus ojos como un mar de posibilidades. No tenía pruebas. Ni una sola. Pero, por esa noche, decidió que no las necesitaba. Por esa noche, podía permitirse creer.Catorce Cuando finalmente salió de la cafetería, la campana sonó detrás de él por última vez, un tintineo metálico que se perdió en la noche. Sintió que estaba dejando allí una parte de sí mismo. Era una sensación extraña, casi parecida a despedirse de una casa en la que hubiera crecido, de una habitación donde se hubieran grabado los mapas de su adolescencia y juventud. El aroma a café, el sonido de la máquina de espresso, la campana sobre la puerta y hasta las manchas que nunca conseguían desaparecer por completo del suelo formaban parte de una rutina que había llegado a conocer de memoria, una coreografía de gestos y sonidos que ya formaban parte de su ADN. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, cortante como una navaja, y por mera inercia se encogió sobre sí mismo, los hombros elevándose hacia las orejas. Entonces escuchó una voz. —¿Siempre dejas que la gente tenga tanta confianza contigo? Oliver dio un sobresalto. Eliot estaba apoyado contra la pared lateral de la ca
Trece «Su solicitud ha sido aceptada». La frase brillaba en la pantalla como una constelación recién descubierta. «Presentarse el próximo miércoles para la firma de contrato». Oliver parpadeó. Leyó de nuevo. Las palabras no cambiaban. «Su pasantía dará inicio a partir del próximo lunes». Era lunes por la tarde y Oliver seguía frente a su viejo portátil, el ventilador zumbando con esfuerzo, leyendo y volviendo a leer el correo electrónico que le había enviado Catherine Jones. Ya lo había abierto tantas veces que conocía cada una de las palabras de memoria, pero aun así regresaba a la pantalla como si en algún momento las letras fueran a cambiar y alguien fuera a decirle que había sido un error, que lo sentían, que se habían equivocado de destinatario. Aceptado. La palabra todavía le resultaba extraña cuando la relacionaba consigo mismo. Como un traje que no terminaba de quedarle bien, como un idioma que apenas empezaba a aprender. Una parte de él aún no podía creer que lo hubi
Doce Tal como había dicho que haría, Oliver envió la solicitud para la pasantía antes de meterse en la cama. El sonido del ratón al hacer clic en «Enviar» resonó en el silencio de su habitación como un disparo. Después dejó el portátil a un lado y se quedó mirando el techo durante varios minutos, la oscuridad punteada por los reflejos de las farolas que se filtraban entre las cortinas. El abrigo de Eliot estaba colgado en la puerta de su armario, una silueta oscura e inmóvil que parecía respirar en la penumbra. Oliver lo había dejado ahí a propósito. Desde su cama podía verlo. Era absurdo, lo sabía. Un simple abrigo no debería significar tanto. Era solo tela, botones, forro. Pero cada vez que sus ojos se posaban sobre él, Oliver casi podía sentir la presencia de Eliot justo ahí, como si todavía estuviera sentado frente a él en aquel restaurante italiano, observándolo con aquellos ojos analíticos que parecían descubrir cosas que nadie más veía. Cosas que ni siquiera Oliver sabía q
Once Oliver fue incapaz de quitarse del rostro la estúpida sonrisa que se le había implantado en los labios después de escuchar a Eliot. Él realmente creía en su potencial. La idea le calentaba el pecho desde dentro, como una brasa encendida que se negaba a apagarse. Durante toda la cena se sintió como si flotara en una nube de algodón, ingrávido, etéreo, como si en cualquier momento alguien fuera a despertarlo de aquel sueño. La pasta era deliciosa, con un suave sabor a mantequilla que le acarició el paladar, cremosa y reconfortante. El vino, del que solo bebió media copa por miedo a decir algo de lo que pudiera arrepentirse, era dulce y terroso, con un sabor intenso que, pensó, debía ser similar al sabor de Eliot. La idea apareció de manera tan espontánea que Oliver casi se atragantó con el siguiente bocado. ¿El sabor de Eliot? ¿En serio? ¿Qué clase de pensamiento era ese? Pero ya era tarde. La semilla estaba plantada, y cada vez que Eliot llevaba la copa a sus labios, Oliver
Diez Los días siguientes se deslizaron en una especie de neblina pesada y espesa, como si el mundo entero hubiera sido envuelto en algodón. Oliver estaba distraído todo el tiempo. En la universidad, varios de sus profesores le llamaron la atención por no responder cuando se dirigían a él, su nombre flotando en el aire sin encontrar eco en su conciencia. Durante los descansos, más de una vez Robert le lanzó todo tipo de cosas a la cabeza para sacarlo de su ensueño. Y en el trabajo, terminó quemándose una mano con el vapor de la máquina, el dolor agudo arrancándole un siseo mientras el señor Douglas le lanzaba una mirada preocupada desde la barra. Y, por supuesto, todo era culpa de una sola persona. Eliot Humbert. Su propuesta era insuperable. El sueldo, escandalosamente alto en comparación con lo que ganaba en la cafetería, casi obsceno. El horario flexible, que le permitiría seguir asistiendo a clases. El seguro médico familiar, que cubriría a su madre. Y, por si fuera poco, la
Nueve La fiesta transcurrió en una especie de idílico ambiente de felicidad, como si el mundo hubiera decidido concederles una noche perfecta. La música había subido un poco de volumen a medida que avanzaba la noche, pero seguía siendo lo bastante baja como para que las conversaciones no se perdieran entre las canciones. Las luces colgadas sobre el jardín proyectaban pequeños círculos dorados sobre el césped y las terrazas, mientras el agua de la piscina reflejaba sus destellos y los devolvía en ondas temblorosas sobre las paredes de piedra, creando un efecto hipnótico, casi mágico. Alguien había encendido unas antorchas alrededor de la zona del jardín, y el aroma del carbón, la carne asada y las bebidas dulces se mezclaba con el del jazmín en una sinfonía olfativa que Oliver inhaló profundamente, dejando que lo envolviera. Las conversaciones se superponían unas a otras, acompañadas por carcajadas repentinas, salpicaduras de agua y el sonido de algún vaso chocando contra otro en un







