FAZER LOGINTrece
«Su solicitud ha sido aceptada». La frase brillaba en la pantalla como una constelación recién descubierta. «Presentarse el próximo miércoles para la firma de contrato». Oliver parpadeó. Leyó de nuevo. Las palabras no cambiaban. «Su pasantía dará inicio a partir del próximo lunes». Era lunes por la tarde y Oliver seguía frente a su viejo portátil, el ventilador zumbando con esfuerzo, leyendo y volviendo a leer el correo electrónico que le había enviado Catherine Jones. Ya lo había abierto tantas veces que conocía cada una de las palabras de memoria, pero aun así regresaba a la pantalla como si en algún momento las letras fueran a cambiar y alguien fuera a decirle que había sido un error, que lo sentían, que se habían equivocado de destinatario. Aceptado. La palabra todavía le resultaba extraña cuando la relacionaba consigo mismo. Como un traje que no terminaba de quedarle bien, como un idioma que apenas empezaba a aprender. Una parte de él aún no podía creer que lo hubiera conseguido. Durante la entrevista había visto a los otros cuatro aspirantes: todos parecían seguros de sí mismos, bien preparados, con trajes que probablemente costaban más que todo lo que él tenía en su armario. Sus sonrisas eran perfectas, sus apretones de mano firmes, sus currículums impecables. Dos de ellos estudiaban en una de las mejores universidades del país. Oliver todavía recordaba haberlos visto esperando su turno, sentados en la sala de espera con las piernas cruzadas y las carpetas sobre el regazo, y haber pensado que cualquiera de ellos parecía pertenecer a Humbert Corporation mucho más que él. Y, sin embargo, el que había conseguido el puesto era él. Él, con sus calificaciones pagadas gracias a una beca universitaria, con un empleo de medio tiempo en una cafetería y con un traje que su madre había comprado un año atrás para un funeral. El mismo Oliver que durante días había estado preguntándose si realmente merecía aquella oportunidad, si no era todo un error, si Eliot no se arrepentiría de haber confiado en él. Se llevó una mano al rostro y soltó una risa baja, incrédula, que le vibró en el pecho como un motor que acabara de encenderse. Lo había conseguido. Por primera vez en mucho tiempo, algo parecía estar saliendo bien. Y no sabía muy bien qué hacer con esa sensación. Era como sostener un pájaro en las manos: demasiado frágil, demasiado hermoso, demasiado fácil de perder. —Tenemos que festejar —dijo Robert más tarde ese mismo día. Había llegado a la cafetería poco después de que Oliver le diera la noticia, irrumpiendo por la puerta con esa energía suya que siempre lograba disipar las nubes. Ahora estaba sentado en una de las mesas, bebiendo su cappuccino con la tranquilidad de alguien que no acababa de enterarse de que su mejor amigo estaba a punto de comenzar una nueva etapa. La espuma blanca le manchaba ligeramente el labio superior. —Y comprarte ropa decente —añadió, señalándolo con el vaso, un movimiento que hizo que unas gotas de café amenazaran con derramarse—. No puedes ir a trabajar en sudadera y jeans. Oliver miró su ropa por debajo del delantal de la cafetería, la camiseta negra desgastada, los vaqueros que ya mostraban signos de fatiga en las rodillas. —Tienes razón. Lo dijo con una resignación que hizo sonreír a Robert, una sonrisa amplia y cómplice. Oliver tenía un poco de dinero ahorrado. No demasiado, pero sí lo suficiente para comprar algunas prendas que pudiera usar en la oficina sin tener que recurrir todos los días al mismo pantalón y a las mismas dos camisas. Quizás una chaqueta decente, unos zapatos que no tuvieran la suela desgastada. —Podemos ir de compras el domingo —aceptó mientras limpiaba el mostrador después de entregar el último pedido, el paño húmedo dejando un rastro de brillo sobre la superficie—. Lo del festejo te lo dejo todo a ti. —¡Aburrido! —lo acusó Robert antes de darle otro trago a su cappuccino, sus ojos brillando con picardía por encima del borde del vaso. Oliver sonrió. Quizá necesitaba precisamente eso. Que Robert hiciera ruido, que llenara el silencio con su entusiasmo contagioso, que convirtiera algo que a él le parecía enorme y aterrador en una simple razón para celebrar. Porque, si se detenía demasiado a pensar en lo que significaba empezar a trabajar en Humbert Corporation, sentía que la emoción se mezclaba con un miedo que todavía no sabía nombrar. Un miedo que olía a lana gris y a colonia cara, a ojos azules que veían demasiado. --- El jueves por la noche fue su último turno en la cafetería. El aroma a café parecía más intenso aquella noche, como si el local mismo supiera que era una despedida. Cada grano molido, cada vapor que escapaba de la máquina de espresso, cada tintineo de las tazas contra el mostrador se grababan en la memoria de Oliver con una nitidez dolorosa. Cuando llegó el momento de cerrar, sus compañeros habían preparado un pequeño pastel de chocolate para despedirlo. No era nada extraordinario, pero Oliver tuvo que tragar saliva varias veces mientras los veía reunidos alrededor de la mesa, sus rostros iluminados por la luz cálida del local. Había pasado tanto tiempo allí que le resultaba extraño pensar que aquella sería la última vez que escucharía la campana de la puerta desde detrás del mostrador, la última vez que prepararía café para los clientes habituales, la última vez que limpiaría aquella misma superficie de madera, siguiendo las vetas con el paño húmedo como había hecho cientos de veces. Ceci, su compañera desde apenas seis meses atrás, terminó llorando contra su pecho mientras se despedía de él. Sus lágrimas humedecieron la tela de su camiseta, y Oliver sintió el calor de su cuerpo, el temblor de sus hombros. Entre sollozos, le confesó que siempre le había gustado, pero que nunca había tenido el valor de decírselo. La revelación llegó envuelta en el olor a vainilla de su perfume y en la vergüenza de un secreto guardado demasiado tiempo. Oliver no supo muy bien cómo responder. La abrazó con cariño, sintiendo la fragilidad de sus costillas bajo sus brazos, y le prometió que seguirían en contacto. El señor Douglas esperó hasta que los demás se hubieran marchado para entregarle un sobre cerrado. El papel era grueso, de esos que se usan para ocasiones especiales. —Es un agradecimiento por tu arduo esfuerzo —le dijo antes de abrazarlo con fuerza. Oliver sintió que se le apretaba la garganta, un nudo duro e implacable. El abrazo del señor Douglas olía a tabaco y a café, a años de trabajo compartido, a confianza depositada. No había sido un trabajo perfecto. Había tenido días malos, clientes insoportables, quemaduras en los antebrazos que dejaban marcas plateadas, cansancio que le pesaba en los huesos y más de una ocasión en la que había querido renunciar. Pero aquella cafetería también había sido el lugar que le permitió pagar algunas cuentas, ahorrar un poco y, sobre todo, demostrar que podía ser responsable. El señor Douglas había sido la persona que le había dado una oportunidad cuando nadie más quería contratar a un estudiante tan joven, sin experiencia, sin contactos, sin nada más que su determinación. Oliver guardó el sobre con cuidado, sintiendo el peso del papel contra su pecho. —Gracias por todo. No pudo decir mucho más. Las palabras se quedaron atascadas en algún lugar entre la gratitud y la tristeza.Catorce Cuando finalmente salió de la cafetería, la campana sonó detrás de él por última vez, un tintineo metálico que se perdió en la noche. Sintió que estaba dejando allí una parte de sí mismo. Era una sensación extraña, casi parecida a despedirse de una casa en la que hubiera crecido, de una habitación donde se hubieran grabado los mapas de su adolescencia y juventud. El aroma a café, el sonido de la máquina de espresso, la campana sobre la puerta y hasta las manchas que nunca conseguían desaparecer por completo del suelo formaban parte de una rutina que había llegado a conocer de memoria, una coreografía de gestos y sonidos que ya formaban parte de su ADN. El aire frío de la noche le golpeó el rostro, cortante como una navaja, y por mera inercia se encogió sobre sí mismo, los hombros elevándose hacia las orejas. Entonces escuchó una voz. —¿Siempre dejas que la gente tenga tanta confianza contigo? Oliver dio un sobresalto. Eliot estaba apoyado contra la pared lateral de la ca
Trece «Su solicitud ha sido aceptada». La frase brillaba en la pantalla como una constelación recién descubierta. «Presentarse el próximo miércoles para la firma de contrato». Oliver parpadeó. Leyó de nuevo. Las palabras no cambiaban. «Su pasantía dará inicio a partir del próximo lunes». Era lunes por la tarde y Oliver seguía frente a su viejo portátil, el ventilador zumbando con esfuerzo, leyendo y volviendo a leer el correo electrónico que le había enviado Catherine Jones. Ya lo había abierto tantas veces que conocía cada una de las palabras de memoria, pero aun así regresaba a la pantalla como si en algún momento las letras fueran a cambiar y alguien fuera a decirle que había sido un error, que lo sentían, que se habían equivocado de destinatario. Aceptado. La palabra todavía le resultaba extraña cuando la relacionaba consigo mismo. Como un traje que no terminaba de quedarle bien, como un idioma que apenas empezaba a aprender. Una parte de él aún no podía creer que lo hubi
Doce Tal como había dicho que haría, Oliver envió la solicitud para la pasantía antes de meterse en la cama. El sonido del ratón al hacer clic en «Enviar» resonó en el silencio de su habitación como un disparo. Después dejó el portátil a un lado y se quedó mirando el techo durante varios minutos, la oscuridad punteada por los reflejos de las farolas que se filtraban entre las cortinas. El abrigo de Eliot estaba colgado en la puerta de su armario, una silueta oscura e inmóvil que parecía respirar en la penumbra. Oliver lo había dejado ahí a propósito. Desde su cama podía verlo. Era absurdo, lo sabía. Un simple abrigo no debería significar tanto. Era solo tela, botones, forro. Pero cada vez que sus ojos se posaban sobre él, Oliver casi podía sentir la presencia de Eliot justo ahí, como si todavía estuviera sentado frente a él en aquel restaurante italiano, observándolo con aquellos ojos analíticos que parecían descubrir cosas que nadie más veía. Cosas que ni siquiera Oliver sabía q
Once Oliver fue incapaz de quitarse del rostro la estúpida sonrisa que se le había implantado en los labios después de escuchar a Eliot. Él realmente creía en su potencial. La idea le calentaba el pecho desde dentro, como una brasa encendida que se negaba a apagarse. Durante toda la cena se sintió como si flotara en una nube de algodón, ingrávido, etéreo, como si en cualquier momento alguien fuera a despertarlo de aquel sueño. La pasta era deliciosa, con un suave sabor a mantequilla que le acarició el paladar, cremosa y reconfortante. El vino, del que solo bebió media copa por miedo a decir algo de lo que pudiera arrepentirse, era dulce y terroso, con un sabor intenso que, pensó, debía ser similar al sabor de Eliot. La idea apareció de manera tan espontánea que Oliver casi se atragantó con el siguiente bocado. ¿El sabor de Eliot? ¿En serio? ¿Qué clase de pensamiento era ese? Pero ya era tarde. La semilla estaba plantada, y cada vez que Eliot llevaba la copa a sus labios, Oliver
Diez Los días siguientes se deslizaron en una especie de neblina pesada y espesa, como si el mundo entero hubiera sido envuelto en algodón. Oliver estaba distraído todo el tiempo. En la universidad, varios de sus profesores le llamaron la atención por no responder cuando se dirigían a él, su nombre flotando en el aire sin encontrar eco en su conciencia. Durante los descansos, más de una vez Robert le lanzó todo tipo de cosas a la cabeza para sacarlo de su ensueño. Y en el trabajo, terminó quemándose una mano con el vapor de la máquina, el dolor agudo arrancándole un siseo mientras el señor Douglas le lanzaba una mirada preocupada desde la barra. Y, por supuesto, todo era culpa de una sola persona. Eliot Humbert. Su propuesta era insuperable. El sueldo, escandalosamente alto en comparación con lo que ganaba en la cafetería, casi obsceno. El horario flexible, que le permitiría seguir asistiendo a clases. El seguro médico familiar, que cubriría a su madre. Y, por si fuera poco, la
Nueve La fiesta transcurrió en una especie de idílico ambiente de felicidad, como si el mundo hubiera decidido concederles una noche perfecta. La música había subido un poco de volumen a medida que avanzaba la noche, pero seguía siendo lo bastante baja como para que las conversaciones no se perdieran entre las canciones. Las luces colgadas sobre el jardín proyectaban pequeños círculos dorados sobre el césped y las terrazas, mientras el agua de la piscina reflejaba sus destellos y los devolvía en ondas temblorosas sobre las paredes de piedra, creando un efecto hipnótico, casi mágico. Alguien había encendido unas antorchas alrededor de la zona del jardín, y el aroma del carbón, la carne asada y las bebidas dulces se mezclaba con el del jazmín en una sinfonía olfativa que Oliver inhaló profundamente, dejando que lo envolviera. Las conversaciones se superponían unas a otras, acompañadas por carcajadas repentinas, salpicaduras de agua y el sonido de algún vaso chocando contra otro en un







