LOGINEn ese momento, donde su cuerpo reaccionaba de una manera que no podía entender, las palabras del hombre nunca llegaron a sus oídos. Avery solo podía sentir como la parte más ancha de la regadera de mano se frotaba con suavidad y precisión entre sus piernas. La dureza del objeto contrastaba bajo el agua fría que, poco a poco, se calentaba.
Las sensaciones eran como estar en una montaña rusa. Desde la frialdad del agua hasta los espasmos que la atravesaban completa eran una total locura que jamás en su vida había experimentado antes.
Se sentía sucia, pero a la vez el calor la gobernaba y la sensibilidad se adueñaba de sus nervios con cada roce. Soltaba gemidos que eran como una dulce melodía para el hombre, que la veía con fijeza mientras aceleraba el ritmo de su mano y presionaba la regadera, haciendo que la chica se sacudiera y se aferrara del borde de la bañera con todas sus fuerzas.
Sus mejillas estaban rosadas y veía como se relamía los labios y tragaba saliva, tratando de contener los espasmos que la atravesaban y su dulce voz. La podía notar tensa y avergonzada, pese a que, lentamente y con el estímulo, se ponía más sensitiva.
—Nunca me prives de tu voz agitada y entrecortada —murmuró Jeray con la voz profunda y suave, casi enigmática y atrayente debido al deseo latente en su interior—. Ante el placer no debemos cohibirnos, mi ángel. Qué importa si te escuchan gritar mientras tengo mi polla dura dentro de ti o una simple ducha de mano te masturba así de rico —aceleró los movimientos, con la malicia de hacerla gemir por lo alto—. Que te escuchen, que se enteren que no puedes del placer que te brindo.
La corriente que atravesó todo el cuerpo de Avery venía de la mano de un fuerte gemido que endureció un poco más al hombre si es que era posible.
Echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y separando sus labios para tomar algo de aire. No lo quería de manera arbitraria y sabía que no era más que su trabajo complacer al hombre, pero su cuerpo se estaba calentando a gran velocidad y su subconsciente estaba disfrutando de la estimulación que le estaba brindando con una simple ducha de mano, justo como él lo había dicho.
Jeray estaba a tope, duro como una roca y deseoso de hundirse en ese rosado y pequeño cuerpo como un animal. Quería romperla y escucharla gritar por lo alto mientras la hacía suya con todas sus fuerzas y en todas las posiciones que su retorcida mente se podía imaginar. Quería ver sus lágrimas, descubrir hasta dónde era capaz de soportar.
Con esa ansiedad palpitando bajo sus pantalones, apartó la regadera de sus piernas y soltó una risita al escuchar su quejido en una respiración profunda. Se veía que estaba a punto de llegar a su éxtasis, pero no era de esa manera en que la quería hacer explotar.
Había otras formas más divertidas y excitantes, y él se las quería demostrar, hacérselas sentir todas.
Acarició su rostro y sus ojos verdes brillaban de maldad y deseos contenidos. ¿Por dónde empezaría? La bestia que había en su interior se abría paso y tomaba el control de la situación.
—Ven aquí, preciosura.
Así, húmeda como se encontraba, sin importar que mojara su traje y sus carísimos zapatos de cuero, la alzó en sus brazos y la llevó hacia el enorme salón que tenía destinado para sus juegos. La acostó con ternura en el centro de la mesa e hizo extender sus extremidades.
La cabeza de Avery se heló al contemplar todo lo que había allí. El calor que sentía en su cuerpo fue sustituido por una oleada de terror. Había cadenas que caían del techo, cuerdas sujetas de la pared, objetos extraños que no tenían forma para ella en ese momento y, sinceramente, no quería descubrir para qué se usaban.
Giró la cabeza hacia el otro lado y su corazón se paralizó de temor al ver todo lo que había allí. ¿Qué clase de loco era aquel hombre? ¿Qué haría con ella? ¿Acaso todo eso eran sus fetiches y fantasías? Su cabeza explotó al fijar la vista en una silla que quedaba en lo alto, con reposaderas para sus brazos y pies donde había grilletes y cadenas.
En ese momento se olvidó de todo, incluso de cómo se llamaba, pues todo parecía salido de una tortura medieval, con varios instrumentos que reconoció y otros que no sabía que podían existir.
—¿Lo ves todo, ángel? —murmuró el hombre, acariciando su cabello con ternura—. Aunque pensándolo bien, en una sola noche no podría usar cada uno de mis instrumentos.
El deseo de Jeray aumentó al ver sus lágrimas caer por sus mejillas. Las palpó con la yema de sus dedos y se mordió los labios, frotándose la erección por encima del pantalón, tratando de calmarse o explotaría antes de tiempo.
—Y te aseguro, ángel, que quiero llenarte de placer con cada uno de ellos —se estremeció ante la mirada llena de miedo que la jovencita le dio—. O tomaste clases de actuación muy buenas o en realidad eres un bello ángel que acaba de caer del cielo y no conoce nada de maldad. Respóndeme una cosa, ángel, ¿es cierto que esta es tu primera vez con uno de los clientes?
—Sí, señor —murmuró en un hilillo de voz—. Esta es mi primera vez. Llevo muy poco tiempo trabajando en el club.
Jeray sonrió de oreja a oreja y se agachó para darle un fugaz beso en los labios, acariciando sus brazos, toda su piel.
—Vas a disfrutarlo mucho, ángel —derrapó los dedos más abajo de su ombligo, haciéndola tensar—. Y no querrás que ningún otro hombre te haga suya nunca más en tu vida.
Eso le sonó demasiado posesivo y egocéntrico a la chica, pero no dijo nada. Se limitó a cerrar los ojos y tragar saliva, esperando que pronto acabara todo para volver a su casa y no salir de allí nunca más en su vida.
Sintió al hombre alejarse, aún así, se mantuvo con los ojos cerrados y los sentidos alertas al siguiente movimiento que haría el loco que la había elegido.
«¿Por qué demonios tuvo que ser un loco? ¿Por qué debo tener tan mala suerte», se lamento en su más profundo interior, sintiendo el cuerpo frío.
—Abre los ojos y observa muy bien todo lo que vamos a hacer tú y yo.
Contra su voluntad, obedeció sin rechistar, y un escalofrío la gobernó al ver que venía hacia ella con unas sogas en las manos y varios objetos más que no quería ni nombrar.
Jeray dejó todo lo que necesitaba encima de la mesa, a un lado del cuerpo de la chica, y procedió a atarla con las sogas.
Primero le amarró los brazos, dejándolos hacia atrás sin posibilidad alguna de moverlos y cruzando las sogas desde su pecho hasta su espalda, tan ajustado, que Avery no pudo evitar quejarse. Seguidamente, le cerró las piernas y las hizo doblar tan solo un poco, antes de atarlas con firmeza a la altura de sus muslos.
Con una sonrisa sardónica en los labios y una concentración como si estuviera preparándose para dar a conocer la menor de sus obras, tomó el collar negro con un larga cadena y lo ajustó alrededor de su cuello, apretando lo suficiente para que no tuviera dificultad para respirar.
Avery se encontraba completamente sometida y se sentía tan humillada, que se sintió poca cosa en manos de ese psicópata.
Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas. Las cuerdas estaban demasiado ajustadas a su cuerpo y empezaban a incomodarle y a lastimarle la piel. Se sentía imponente al no poder mover una sola parte de su cuerpo, defenderse de aquel loco y huir por su vida antes de que la destrozara como tanto le venía diciendo.
El hombre era guapo, demasiado bello y lucía tan perfecto, que si en ese momento no estuviera siendo la principal testigo de su locura, no creería que una bestia sin escrúpulos y sedienta de inocencia se escondiera bajo la capa de un hombre bien vestido y adinerado.
Por último, tomó dos pinzas que estaban unidas por una cadena y las puso en cada uno de sus cimas erguidas, arrancándole un quejido y haciéndola retorcer al sentir el dolor en su piel.
—Te ves muy encantadora, ángel —susurró, cubriendo sus manos con un par de guantes negros de látex—. Recuerda gritar mucho y no perderte ni un solo instante de lo que voy a hacerte, ¿entendido?
Asintió, pero él quería escuchar su voz, así que tiró con fuerza de la cadena hasta hacerla sentar en la mesa.
La chica ahogó un chillido por el brusco movimiento y el roce de las cuerdas en su piel.
—Responde. Aunque seas mi perrita, me gusta tu voz —su mirada era tan distinta y aterradora en ese momento—. ¿Vas a perderte de mis atenciones, ángel?
—No, señor —su voz temblorosa y entrecortada lo llenó de satisfacción.
Le dio un beso en los labios como recompensa y la tendió de nuevo en la mesa, dejando su cuerpo en el medio para devorarla a sus anchas.
Tenía tanto en su cabeza para hacerle y descargar, que sonrió ante su primero paso. En ese momento Avery era un manojo de nervios, miedo y dolor, por lo que empezaría a otorgarle el mejor de los placeres.
—Eres preciosa —acarició su cabello, poco a poco, descendiendo las manos por su rostro—. Más que perfecta. No había visto tanto color antes en un lienzo en blanco.
En la parte donde estaban las cuerdas se podía apreciar la carne rojiza de la chica y eso fue el detonante para Jeray. Para él se veía tan preciosa, tan angelical, tan perfecta, como si se tratase de la mejor obra de arte que había podido tener. De todas las chicas que habían estado en esa misma mesa y atadas a su entera merced, ella era la que más exudaba inocencia y pureza.
Aunque quería ir despacio y beberla centímetro a centímetro, realmente quería destrozarla con fuerza y salvajismo.
Acarició sus labios temblorosos y suaves, sus mejillas rojas y llenas de lágrimas, su pequeña nariz, sus pómulos. La chica tenía todo lo que le gustaba y lo encendía a mil.
Avery mo sabía cómo describir lo que sentía en su interior y debía admitir que se sintió furiosa consigo misma. Su cuerpo era un traicionero, que se retorcía bajo el poder de la lengua de Jeray y del dolor producido por el tironeo de las pinzas. No sabía que una mezcla así pudiera hacerla estremecer de manera tan violenta.
—¿A dónde me llevas, mi amor?—Ya te dije, ángel, es una sorpresa —le repitió el hombre, ayudándola a bajar del auto.Avery se sentía nerviosa y su corazón latía emocionado con cada paso cuidadoso que su novio le ayudaba a dar. Desde que salieron del apartamento, le vendó los ojos y no le dijo a dónde la llevaría, solo que tenía una sorpresa para ella.Esperaba expectante a que llegaran a su destino y que le quitara la venda de los ojos. Por su cabeza pasaban cientos de cosas, entre románticas y sucias, pero no podía dejar de pensar en que el hombre la mataría de un infarto en cualquier instante ante todos los detalles que ha tenido con ella y la forma en que día a día le ha demostrado su amor.Flores, cenas, regalos nada estrambóticos porque no le gustaban, palabras que la hacían elevar a lo más alto del cielo, tiernas caricias que la derretían en sus brazos. Cualquier cosa que él le diera o cualquier palabra que le dijera, la enamoraba cada vez más.Contuvo la respiración en el mome
—¿Cómo? —preguntó Jeray, apartándola un poco de su cuerpo y mirándola con fijeza.—¿Ah? —Avery se mordió el labio inferior con nerviosismo.—¿Qué fue lo que dijiste?—¿Qué cosa?—Lo que acabas de decir, ángel —le insistió, poco paciente y sintiendo una sensación extraña en el pecho.La chica lo miró con el corazón latiendo cada vez más fuerte en sus oídos, las manos temblorosas y sudorosas. Estaba tan perdida en sus pensamientos, disfrutando de ese momento tan especial, que no se dio cuenta del instante en que esa confesión tan importante salió de sus labios.Pero, aunque así no quería decirle sobre su embarazo, ya había soltado la lengua. Ahora debía afrontar la situación y terminar con su agonía de una vez por todas. No importaba lo que sucediera y lo que él dijera, ella amaría a su hijo sin importar qué.Avery una honda bocanada de aire y se enderezó, girándose hacia él y quedando cara a cara. Los ojos verdes de Jeray quemaban su piel, hacían que su corazón se detuviera y se dispar
Jeray fue el primero en despertar y, aunque el dolor en su cuerpo parecía haber desaparecido casi por completo debido a los medicamentos, solo pudo sonreír al ver a su ángel dormida a su lado, sosteniendo su mano con una fuerza abrasadora.Se liberó de su agarre como pudo y acarició su cabello, llevándolo tras su oreja y así poder contemplar su rostro a detalle y sin ningún obstáculo. Acarició su mejilla, sus labios entreabiertos y su pequeña nariz. Estaba tan perdido en esa linda chica, demasiado enamorado y obsesionado con su esencia y su amor. Y ahí estaba ella, demostrándole cuánto le importaba y lo amaba, hechos que lo hacían muy feliz y hacían que su sonrisa se hiciera más amplia.Disfrutó del instante, de la compañía y del calor que lo gobernaba cada vez que se trataba de ella, hasta que la vio despertar.Avery se incorporó de golpe y miró a Jeray con los ojos bien abiertos. Había llorado tanto que no podía ocultarlo, su nariz estaba roja al igual que sus mejillas, y sus ojos e
—Estoy bien, ángel. Esto no es nada —se quejó, presionando la herida que había recibido en uno de sus brazos.Avery no podía dejar de llorar y de abrazarlo. Las emociones la rebasaban en ese momento, más cuando el miedo aún seguía corriendo por todo su sistema y la tenía presa. Cuando lo vio caer al suelo tras recibir el impacto de bala, pensó lo peor.—Mírame, mi amor. Aquí sigo, contigo —sus ojos se encontraron, lo que destrozó el corazón del hombre al verla envuelta en lágrimas y fuera de sí—. Dime que esa loca no te hizo ningún daño.—N-no, no me hizo nada —respondió con la voz enronquecida.Jeray descansó la cabeza en el pecho de la joven y suspiró profundamente. Aunque estaba claro para él que su ángel algo le estaba ocultando, no era momento para indagar. Quería irse de ese lugar cuanto antes y proteger a su novia de todo el mal que había en el mundo. Si por él fuera, la encerraría en una cajita para que nadie se atreviera a llegar a ella y tocarla.Jolie, Maykel y dos hombres
—Eres muy linda —susurró el hombre, llevando las manos por los senos y el abdomen de la jovencita tendida en la cama—. Pueden pagar mucho por ti.Avery contuvo el llanto con los ojos bien apretados cuando sintió los dedos del hombre hurgar su sexo sin ápice de delicadeza y compasión.Su corazón se rompía en mil pedazos y sentía que la piel le hormigueaba de asco y repulsión. Quería que, al abrir los ojos, no fuese más que una horrible pesadilla, pero la fuerza con la que el hombre hundía los dedos en su interior, haciendo que el dolor se mezclara con su agonía, incrementaba aún más.Trató de pensar en Jeray, en sus padres e incluso en su hermano, pero de solo imaginarlos, el dolor se aguzó en su pecho. Después de esto Jeray no la vería con los mismos ojos, ni mucho menos su hermano la querría en cuanto se enterara de todo. Y sus padres debían sentirse decepcionados de ella desde donde quiera que la estuviesen viendo.El infierno que estaba conociendo en ese instante era peor del que e
—¿Creíste que podías deshacerte de mí tan fácilmente, querida? —le susurró al oído, antes de ponerle un saco negro en la cabeza—. Jeray puede tener mucho dinero y pagarle a los mejores abogados, pero es un imbécil demasiado honrado que no tiene ni puta idea en el infierno que acaba de desatar.—Le pido que no les haga daño —suplicó Avery con lágrimas en los ojos—. Soy yo la que debe pagar las consecuencias. Todo es mi culpa. Yo le pedí a él que me ayudara a cambio de sexo.—Eres una pequeña zorra, pero para que sea capaz de hacerlo para ti nada más para tener el gusto de entrar en tu coñito, es porque debes tenerlo muy rico —la mujer guio la mano a la entrepierna de la joven y palpó su vagina por encima de su pantalón, haciéndola tensar—. Créeme que tengo muchas ganas de matarte y destrozarte en pedacitos, pero viva me sirves más. Además de que voy a sacar de tu culo y tu coño todo el dinero que me has hecho perder desde que me cerraron el club.Avery cerró los ojos y contuvo su llant







