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Juego Loco Con El Tío De Mi Novio
Juego Loco Con El Tío De Mi Novio
Autor: Shinee

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Autor: Shinee
last update Data de publicação: 2026-07-31 16:43:30

—¿Verdad o reto? —preguntó Sexiola, confundida. Si no fuera por celebrar el cumpleaños de su novio, Axelion, jamás habría puesto un pie en este lugar ruidoso, frente a una mesa repleta de botellas de alcohol venenoso.

 

—Sí. Reto o beber. Aceptas el reto o te toca beber. Solo tienes esas dos opciones —soltó un hombre al otro extremo de la mesa.

 

—¡Que comience nuestro juego de verdad o reto! —exclamó otro de los amigos de Axelion.

 

Hicieron girar con fuerza la botella verde que estaba sobre la mesa, hasta que su cuello se detuvo señalando directamente a Axelion. Una estruendosa ovación estalló al instante.

 

—¡Reto para el anfitrión! ¡Besa a la mujer que tienes más cerca en este momento! —gritó uno de los amigos de Axelion.

 

Sexiola contuvo el aliento a la derecha de Axelion, cerró los ojos y esperó aquel primer beso tras un año de noviazgo.

 

—Perdón, cariño. Sé que odias el alcohol y su olor —susurró Axelion con voz plana.

 

Los ojos de Sexiola se abrieron justo cuando Axelion tomó a Bianca —la chica más atractiva de la universidad— y besó sus labios con rudeza a la vista de todos. La vergüenza y la humillación le quemaron el rostro al instante.

 

¿Cómo era posible que su novio prefiriera besar a otra mujer?

 

—Voy al baño un momento —se despidió Sexiola brevemente. Se levantó y caminó rápido entre la multitud.

 

Después de lavarse la cara, Sexiola se detuvo tras una columna de madera al escuchar las risas de Axelion y sus amigos.

 

—¿Por qué aguantas a Sexiola desde hace un año, Axel? ¿No es esto solo una apuesta? Suena sexy su nombre, pero su estilo es horriblemente cursi —soltó un hombre.

 

Axelion esbozó una sonrisa torcida.

 

—¿Creen que realmente la amo? Por favor. Estoy tan harto de ella como ustedes. La única razón por la que sigo con ella es porque aún no he probado su cuerpo. Supongo que sigue virgen.

 

Las risas volvieron a estallar. Axelion rodeó la cintura de Bianca, sentada en su regazo, y volvió a besarla sin vacilación.

 

—Prefiero a las mujeres audaces y salvajes como Bianca —murmuró Axelion entre suspiros.

 

—¡Noventa mil dólares si no logras acostarte con ella esta semana! —lo provocó su compañero.

 

—¡Súmale diez mil más, cien mil dólares en total! ¡Trato si logras quitarle la virginidad antes del lunes!

 

—Trato. Cien mil dólares —respondió Axelion de inmediato.

 

Detrás de la columna, Sexiola se rió de su propia ingenuidad. Una risa vacía brotó de su pecho junto con las lágrimas que se acumularon tras sus gruesos lentes. Ese día incluso había apartado parte de sus ahorros para comprar un conjunto de lencería seductora y entregarle un «regalo especial» a Axelion. Resulta que no era más que una payasa y una pieza de apuesta.

 

¡Jamás! —gritó su mente con desesperación. ¡No le entregaré mi virginidad a un imbécil como tú!

 

Aquella humillación se transformó en rabia y en un deseo de venganza que le consumía la conciencia. Sexiola dio media vuelta y se alejó con paso firme de la playa.

 

—Maldito bastardo. ¿Por quién me ha tomado? —Sexiola se secó las lágrimas con rudeza, siguiendo su camino a través de la oscuridad sin importarle hacia dónde se dirigía.

 

Su vista estaba borrosa. Pasó de largo junto a un gran cartel que decía «PROHIBIDA LA ENTRADA — ISLA PRIVADA».

 

Sus pasos la alejaban cada vez más por los senderos solitarios de la isla. Todo estaba en sombras. Su visión empeoró cuando se quitó los gruesos lentes empapados en lágrimas y los arrojó al césped.

 

—¡Ah! ¡Crees que me dejaría tocar por alguien despreciable como tú! —gritó Sexiola hacia la oscuridad. Su voz resonó por encima del estruendo de las olas a lo lejos—. Dios mío… No puedo creerlo. ¡Casi dos años! ¡Dos años he hecho el ridículo ante tus ojos!

 

De pronto, los recuerdos de lo que creía felicidad se agolparon en su mente con crueldad. Las caricias suaves de Axelion, su sonrisa cálida al entrelazar sus manos, y todas aquellas promesas dulces que no habían sido más que basura. Un dolor inmenso le atravesó el pecho.

 

¿Cómo era posible que el hombre al que consideraba perfecto y bondadoso no fuera más que un despreciable cobarde?

 

—¡Eres un maldito! ¡Eres vil! ¡Te odio! —volvió a gritar, con la respiración entrecortada.

 

—Haces demasiado ruido, niña.

 

—¡Aah! —Sexiola soltó un grito de susto. Dio un paso atrás, sintiendo que el corazón se le salía del pecho.

 

De entre las sombras de los árboles, apareció una figura alta y robusta que se alzó imponente frente a ella. Un aroma masculino y refinado de sándalo mezclado con cítricos la envolvió al instante.

 

Aunque sin sus lentes todo se veía borroso, por su porte firme, sus hombros anchos y esa presencia dominante, Sexiola comprendió que aquel hombre debía ser sumamente atractivo.

 

La cordura la abandonó por completo. Una idea descabellada surgió en su mente.

 

—Tú… —Sexiola tragó saliva e intentó alzar el pecho—. ¿Quieres ser el dueño de mi amor por esta noche?

 

El hombre guardó silencio un instante y luego soltó una risa baja y profunda.

 

Ese sonido grave vibró en el aire y hizo que la sangre de Sexiola se agitara con fuerza. Maldición, pensó ella, embelesada, qué forma tan seductora de reír.

 

—¿Sabes lo que acabas de decir, niña? —preguntó él, con voz serena pero cargada de una autoridad abrumadora.

 

Sexiola se obligó a mantenerse erguida. Como el hombre tenía la espalda vuelta hacia la luz de la luna, no lograba distinguir bien sus rasgos. Solo alcanzaba a ver su mandíbula decidida y una mirada tan aguda que parecía capaz de desnudar su alma.

 

—Lo sé perfectamente —lo interrumpió ella con firmeza, retándolo con la mirada—. Hagamos el amor con locura esta noche.

 

El hombre guardó silencio de nuevo. Unos segundos de tenso silencio se prolongaron entre ambos, antes de escucharse un leve resoplido.

 

—Te has colado en mi isla privada y ahora me propones esto —murmuró él con voz impasible.

 

En ese instante, las palabras de Axelion volvieron a resonar en su mente: «Aún no he probado su cuerpo. Y cuando lo haga, la desecharé».

 

La sangre de Sexiola volvió a hervir. La rabia la consumía por completo.

 

—¿Por qué? ¿Me rechazas? —lo desafió ella, dando un paso más cerca y alzando la barbilla.

 

El alto hombre frente a ella calló una vez más. Su mirada se mantuvo fija en los ojos de ella a través de la penumbra. Tras un silencio cargado de tensión, él acortó la distancia entre ambos, envolviéndola por completo con su presencia y su aroma.

 

—Cásate conmigo —susurró él con voz grave y fría—, y entonces haremos el amor con toda la locura que quieras esta noche.

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