LOGINLara estaba que echaba humo. No podía creer que Gabriel se atreviera a ignorarla de aquella manera, como si ella no hubiera significado absolutamente nada en su vida, como si los años que habían compartido en secreto pudieran borrarse con la misma facilidad con la que alguien elimina un número de su teléfono.Tenía el móvil entre las manos y contemplaba la pantalla con una mezcla de incredulidad y furia. Había perdido la cuenta de cuántas veces había intentado comunicarse con él desde la cena, pero todas sus llamadas habían terminado de la misma manera: sin respuesta. Ni siquiera se había molestado en devolverle una y eso era lo que más la enfurecía.Gabriel Montenegro jamás había sido un hombre sencillo, mucho menos alguien que permitiera que los demás manejaran sus decisiones; sin embargo, con ella siempre había existido una excepción. Bastaba una llamada, un mensaje enviado a la hora adecuada o una insinuación cuidadosamente calculada para conseguir que él le prestara atención.Hab
El silencio era denso, sus respiraciones seguían agitadas. Ambos se miraban sin decir nada, como si quisieran detener ese momento ahí; aunque no duró demasiado. Elena se alejó, quedando a medio paso de Gabriel, sintiendo su corazón martillar con fuerza contra su pecho. Había pasado demasiado tiempo desde que se fue a Rumanía y volvió, sin embargo, no quería dejar que todo esto la asfixiara.La infidelidad de Gabriel seguía repitiéndose en su mente, y no ayudaba que Lara hubiera estado en el mismo restaurante. Sabía que usar a Viktor no fue la mejor decisión, pero necesitaba dejar en claro que aún tenía el poder sobre su esposo.Si era sincera consigo misma, había algo mucho más profundo detrás de aquella provocación: quería lastimarlo. Deseaba que Gabriel experimentara, aunque fuera una pequeña parte, el dolor que ella había sentido al descubrir que otra mujer había ocupado un lugar que creía exclusivamente suyo. Quería verlo perder la compostura, abandonar esa expresión arrogante que
El contacto duró apenas segundos, pero para Gabriel fue suficiente para perder completamente la noción de dónde estaban. La cintura de Elena seguía encajando perfectamente entre sus manos, como si el cuerpo tuviera memoria incluso cuando el corazón intentaba olvidar. Elena abrió lentamente los ojos y lo miró desde abajo, respirando despacio. La cercanía era un error, uno enorme; podía sentir el calor de él atravesando la tela fina de su vestido, podía reconocer su perfume, esa mezcla oscura de madera, whisky y peligro que durante años había asociado con hogar, y odiaba que todavía le afectara. Gabriel tampoco se movió, sus dedos permanecían sobre ella con una suavidad inusual, no había fuerza ni dominio, solo una necesidad desesperada que él ya no sabía esconder. —Suéltame —susurró Elena, aún así, no sonó firme y ambos lo notaron. —No puedo —murmuró Gabriel, tragando saliva. La honestidad de esa frase golpeó más fuerte que cualquier discusión previa, porque Gabriel Montenegro jamás
La puerta del baño se cerró detrás de Lara con demasiada fuerza; el espejo le devolvió una imagen que odiaba: labios tensos, ojos brillosos de rabia y humillación, respiración desordenada. Se apoyó en el mármol unos segundos, intentando recuperarse, pero la voz de Elena seguía clavada en su cabeza como agujas. "La única vez que te notan es cuando te metes donde no te invitaron." Lara apretó los ojos, odiaba a Elena, porque era una mujer que destruía con elegancia y no necesitaba levantar la voz. Porque Gabriel seguía mirándola como si el resto de las mujeres dejaran de existir cuando ella entraba en una habitación, y Lara lo había entendido demasiado tarde. Mientras tanto, en la mesa privada, el silencio seguía cargado de tensión, Gabriel observaba lentamente a Viktor: analizándolo y midiéndolo. Había algo insoportablemente tranquilo en él, como si no necesitara competir porque ya se sintiera ganador, y eso irritaba profundamente a Gabriel. Elena tomó un pequeño trozo de pan con
La puerta cristalina del restaurante del hotel se abrió con un susurro elegante cuando Elena entró del brazo de Viktor. La luz cálida del lugar cayó sobre ellos como si los conociera desde siempre, resaltando la figura imponente de él y la presencia delicada, casi etérea, de ella. No hicieron falta palabras: juntos parecían una escena cuidadosamente calculada. Lo era. Viktor ofreció su brazo con naturalidad, pero Elena lo tomó con una fría exactitud, justo lo suficiente para que pareciera íntimo, y lo suficientemente distante para demostrar que no necesitaba a ningún hombre para sostenerse. Que lo eligiera era otra historia. Una que a Gabriel le iba a destruir la noche. Los dos avanzaron hacia el salón privado donde Viktor había hecho una reserva con anticipación. Una mesa aislada, rodeada de cortinas translúcidas que dejaban ver sombras, pero no detalles. Perfecto para hablar, para mirar, para tensar hilos invisibles entre ellos. Cuando el mozo abrió la cortina para dejarlos pasar
La mañana comenzó con un aire extraño, tan denso que parecía presagiar algo oscuro. Lara abrió los ojos despacio, dejando que la luz tenue del amanecer se filtrara por las cortinas de su loft de Puerto Madero, un espacio demasiado elegante para alguien que vivía de obsesiones más que de sueños. Había silencio. Un silencio casi eléctrico, como si la ciudad misma estuviera conteniendo el aliento, y Lara, que tenía un instinto casi animal para lo que se avecinaba, lo supo de inmediato: algo había cambiado la noche anterior. No en su vida, sino en la vida de Gabriel Montenegro. Y cuando la vida de Gabriel se sacudía, todo lo demás era terreno fértil para ella. Tomó su teléfono y lo desbloqueó sin apuro. No esperaba mensajes dulces ni llamados de cortesía; Lara vivía en un mundo donde la información era la moneda más valiosa, y ella era experta en robarla, comprarla o manipularla. El móvil vibró antes de que pudiera dejarlo a un lado. Un número privado. Ella respondió con voz suave, com







