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Capítulo 7

Author: Yin U.
last update publish date: 2026-09-23 15:00:35

Mi mente volvió a Marcus.

==========

Durante seis semanas, después de que me «reclamara», el hombre no volvió a aparecer y nadie más me tocó.

Joder, nadie me llamó para ir a tomar algo con ellos. Perdí mis propinas; mis clientes habituales ni siquiera me miraban a los ojos.

Después de un año entero, todo mi esfuerzo se había esfumado.

Entonces, él vino, pero no me mandó llamar. Estaba furiosa. Salí furiosa del club, gritando en el callejón trasero, en el aire de la noche.

—De verdad que deberías plantearte apuntarte a clases de control de la ira —dijo una voz grave.

Me di la vuelta.

«Tú… tú…»

«Respira, primero respira, luego habla», continuó, pero no estaba siendo condescendiente ni sarcástico, ni siquiera grosero. Estaba siendo… paciente.

«¿A qué juegas?», gruñí. «No consigo trabajo por tu culpa, no...»

Sacó una tarjeta de crédito.

La miré, y luego a él.

«¿Qué?», gruñí, con un tono cargado de sospecha mientras arqueaba las cejas.

«Dinero, ¿verdad?».

Lo miré fijamente.

«Necesitas dinero, ¿verdad?», expuso con calma, con sus ojos negros fijos en mí como si fuera un gato callejero impredecible al que intentaba dar de comer con la mano desnuda.

—Necesito trabajar —gruñí—. Necesito trabajar para GANAR dinero. No puedo...

—Toma —dijo con voz grave.

«¿Qué?», le espeté, con los ojos muy abiertos, casi echando espuma por la boca.

Suspiró exasperado. Se acercó a mí, me tomó la mano y colocó la tarjeta en mi palma. «Esto es para ti. Por las molestias».

Me quedé mirando mi mano en la suya. La suya casi cubría la mía. Casi.

Inspiré. Levanté la vista hacia él. «¿Para qué es esto? ¿Me das tu tarjeta de crédito para qué? ¿Crees que puedes comprar…?»

«Solo estoy...»

—¡Deja de interrumpirme, joder! —gruñí.

Su boca, entreabierta, se cerró.

Lo miré fijamente.

Mi cuerpo empezó a temblar. Apreté la tarjeta con el puño y se la agité bajo la barbilla. «¿Crees que puedes comprarme? ¿O qué es esto exactamente?», le gruñí.

Él me miró con calma.

Le di un puñetazo en el pecho, grande y muy firme. «¡Habla!», le espeté

«No perteneces a este lugar», gruñó.

Parpadeé. Se me quedó la boca abierta. Él continuó.

«Llevo más de seis meses echándote el ojo. He visto cómo hablas, cómo caminas, cómo te comportas… no eres de este lado de las vías… no perteneces a este lugar», afirmó con tono tranquilo.

«Voy a salir a hacer un trabajo pronto; en cuanto salga, ese tipo de la última vez y sus amigos seguro que se lo pasarán en grande contigo. Si no te matan después, tu trabajo aquí se acabará o se convertirá en una pesadilla despierta. Acéptalo y lárgate de aquí», continuó con tono seco.

Lo miré fijamente. Mis oídos no podían creer lo que estaban oyendo.

«¿Qué… qué quieres decir? ¿Por qué… por qué harías esto?», jadeé.

Se acercó.

«Te lo dije aquel día, ¿no? ¿O es que no me escuchabas?», murmuró el hombre.

Sus ojos se clavaron en los míos y, esta vez, di un paso atrás, con la tarjeta aún en la mano, apartando la mirada de esos pozos negros que me confundían. Me confundían, casi como solían hacerlo unos ojos azules.

Ahora temblaba. Igual que aquel día. Su corpulenta figura se movió y levanté la vista de golpe, encogiendo los hombros, con el cuerpo preparado para recibir una bofetada mientras mi mente utilizaba mis ojos para evaluar la situación.

Se había dado la vuelta y se dirigía de nuevo al interior.

—Y eso no es una tarjeta de crédito. Es una prepago. Está recargada. El código es 5679. Intenta recordarlo —dijo por encima del hombro.

Abrí mucho los ojos. Eché un vistazo a la tarjeta, le di la vuelta. El número que acababa de decir estaba escrito en ella.

Se alejaba. Algo me tiraba de dentro. Algo que había olvidado. Algo que había bloqueado dentro de mí.

«¡Espera!», le grité, con la voz quebrada mientras se me revolvía el estómago al verlo dejarme fuera, sola. «¡No lo entiendo! ¿Por qué? ¿Por qué haces esto?», casi le supliqué, casi mostrando mi confusión oculta. Algo que había perdido la capacidad de revelar.

«No te preocupes, vendré a cobrar tu deuda… Cuando puedas pagarla», continuó con desgana, haciendo un gesto con la mano por encima de la cabeza sin volverse, sin detenerse.

«¡Pero!», tropecé hacia delante, «no sé cómo te llamas», le grité.

No te vayas, quería decir.

Se dio la vuelta; sonrió. «Marcus».

==========

Esa cara llenó mi mente mientras miraba fijamente la pared.

El recuerdo de esa voz me reconfortó el alma.

==========

Desde ese día, me había abierto camino a duras penas para volver a la cima. Recuperé mi puesto en la empresa que poseía mi familia, una larga historia, generacional. Se suponía que era mi herencia. La razón misma por la que había estudiado arquitectura en primer lugar.

Con el dinero de Marcus, había vuelto a la universidad, todavía en Canadá; me había vuelto a subir a ese caballo muerto. Me encantaba el diseño, me encantaba crear estructuras. Para mí no era solo un «negocio familiar». Era más feliz cuando tenía mis diseños, mis planos, en mis manos.

Incluso por si acaso, incluso me había sacado una segunda licenciatura en Administración de Empresas.

Pasaron otros cinco años antes de que pudiera volver a enfrentarme a mi padre.

Para entonces, mi madre estaba bien, pero tomaba medicación, mi hermano drogadicto estaba en recuperación y Rina… seguía siendo mejor no hablar de mi hermanita.

En total, gracias a ese demonio de Leon, había pasado siete años lejos de mi hogar.

==========

Y ahora, seis años después de mi regreso, ¿intenta joderme? ¿Para qué? ¿Por qué ahora? ¿Por qué en absoluto? Barajé posibilidades, opciones y sus motivos en mi mente.

La última noticia de Martin me llenó la cabeza.

Cogí el teléfono y le envié un mensaje a mi hermana pequeña.

Algo estaba pasando, y no iba a dejarlo pasar.

Aunque yo no supiera que Sir Sinclair estaba relacionado con ese hijo de puta, ÉL sin duda sabía que era yo quien estaba al otro lado de este contrato.

¡Cabrón!

Maldije para mis adentros.

Nadie se mete con mi vida, mi familia o mis negocios. Ya no.

—Hola, preciosa, tengo algo para ti —le susurré al teléfono encriptado. La persona al otro lado se rió, y mis ojos brillaron.

==========

Tras el día más agitado que había tenido en la oficina en mucho tiempo, me acerqué al mostrador de recepción de uno de los cinco hoteles de lujo más importantes de la ciudad y le di mi nombre a la recepcionista. La señora sonrió y me entregó una llave.

«Tu anfitrión te está esperando», dijo con elegancia.

Asentí con la cabeza y me dirigí a zancadas hacia el ascensor privado. La tarjeta que me había dado era para la habitación de hotel de Marcus.

Casi me eché a reír. «Anfitrión»… Esa palabra me sonaba demasiado, y la inversión involuntaria resultaba cómica.

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