LOGINLlegué al lugar a las 11:30 p.m. Las luces del estudio estaban tenues, el ambiente olía a humo de porro y los beats callejeros retumbaban en las cornetas. Entré sin tocar. Con paso firme y el taconazo marcando territorio, solté un seco:—Buenas noches.Todos los presentes se giraron al instante. Se hizo un silencio sepulcral en la sala; las miradas de los hombres se clavaron en mí, atónitas. Nadie dijo una palabra. Neyder se quedó completamente congelado. Sosteniendo un porro en la mano, intentó disimular la impresión y le habló al productor fingiendo indiferencia:—Ponla a ver cómo suena...Los chamos en el estudio se miraron entre sí, entendiendo la escena de inmediato. Uno de ellos rompió el silencio:—Brothers... vamos a salir un momento.Se retiraron todos, dejándonos completamente solos. Neyder caminó hacia la computadora, dándome la espalda sin mirarme.—¿Qué carajos haces aquí? —preguntó.—Estoy donde me da mi hijueputa gana —respondí con firmeza, manteniéndome erguida antes
En la noche me tocó a mí devolverle el gesto. Le entregué mis regalos: un reloj exclusivo, una colección de gorras que le encantaban y una pulsera de plata labrada con una imagen en alto relieve de mis ojos. Por la parte trasera de la pulsera le mandé a grabar una frase que definía lo nuestro: «My Demon». Pasamos una noche increíble juntos, como siempre.El 21 de febrero la historia dio un giro gigante. Neyder lanzó su tema «Matón», un trap de calle bien pesado que se volvió una locura internacional en cuestión de días. El impacto fue tan masivo que para marzo ya estaba grabando el remix oficial nada menos que con Luar y Jon Z, dos referentes gigantes de Puerto Rico. Me sentía absurdamente orgullosa de él.Aunque a Neyder le llovía hate en redes de gente diciendo que se estaba «colgando de mi fama», en la industria la cosa cambió: profesionalmente se agrandó el respeto hacia él, pero en la intimidad conmigo siguió siendo el mismo hombre de siempre.El 15 de marzo estábamos instalados
A las 10:30 p.m. salimos hacia el conjunto residencial, llegando cerca de las 11:00 p.m. En el departamento de mi mamá se quedaron Aranza, mi tía Alejandra, Noemí y mi abuela. También se quedaron Mateo y Mía, porque mi mamá quería ver películas con los niños y consentirlos con un postre que tenía reservado en la nevera.Mientras tanto, en el departamento de Michel y mío organizamos una pequeña reunión para tomar unos tragos y conversar. Subimos Michel, Andrés, Franklin, Neyder y yo. Al principio la tensión en la sala se podía cortar con un cuchillo: yo me mantenía seria y distante, pero Neyder no dejaba de buscarme con la mirada cada vez que tenía la oportunidad...Me fui a la cocina a servirme un cóctel. Me apoyé sobre el mesón con un pitillo en la boca, inclinándome un poco hacia adelante. En eso, sentí a Neyder caminando a mis espaldas a propósito. Pasó pegadísimo a mí, rozándome el cuerpo al andar. No conforme con eso, dio la vuelta para regresar a la sala y volvió a rozarme, haci
Llegó el martes. En la mañana, Michel y Neyder hicieron una jornada caritativa entregando desayunos a gente en situación de calle. En la tarde nos tocaba a nosotros regalar juguetes a los niños en la plaza, y Neyder también iría a colaborar.A las 3:00 p.m., Franklin nos pasó buscando en su moto a Noemí y a mí para ir un rato a su casa. Mientras jugaba con la hijita de Franklin —una niña hermosa de dos años—, él intentó sacarme el tema de Neyder.—Por favor, Franklin, no entremos en ese tema. Gracias —le dije cortante.Salí al balcón a tomar aire. Mientras algunas personas del sector me pedíanfotos desde abajo, miré hacia la acera de enfrente y vi a Mateo jugando con sus amigos. Neyder no estaba allí; andaba descansando en la otra casa preparándose para la entrega de juguetes. Mateo levantó la cabeza, me descubrió en el balcón, me saludó con la mano y me regaló una sonrisa hermosa.—¡Te ves rara con esos lentes! —me gritó risueño, haciendo referencia a los lentes gruesos que llevaba p
Nos fuimos a la cena de Nochevieja en la casa de los suegros de Michel.Al llegar, nos encontramos a todos sentados en la mesa rectangular grande.El único puesto libre para mí estaba justo al frente de él. Me senté callada y seria, clavanándole miradas fijas para intimidarlo mientras él se hacía el desentendido.A eso de las 3:00 a.m., arrastré una silla y me le senté al lado.-¿Qué? -me soltó de una, seco.-¿Qué de qué? -le respondí.-¿Michel no te dijo que te mantuvieras alejada de mí? Siéntate para otro lado, por favor.-¡Me siento donde me dé la gana! -le respondí desafiante.Neyder se levantó de la silla con fastidio y se fue a sentar lejos. En ese instante, Michel me picó el ojo y me dijo en voz alta: "Victoria, acompáñame a comprar hielo".Le pidió las llaves de la camioneta a Neyder. Él solo preguntó a qué hora volvíamos porque ya se iba a ir, a lo que Michel le respondió cortante. Nos montamos en el carro pero no fuimos por ningún hielo: nos escapamos directo a mi departamento
A las 8:00 p.m. Neyder me despertó llenándome la espalda y las caderas de besos. Al abrir los ojos noté que mi equipo no estaba en la habitación. Él me explicó que habían bajado y que seguro tardaban en subir, pero no esperó ni un segundo: empezó a besarme la parte baja por encima del short.Eché la cabeza hacia atrás por la excitación mientras intentaba quitarle la mano del muslo.—Espérate, que pueden venir... —le dije entre dientes, tratando de frenarlo.Él no me hizo caso y siguió. Justo cuando estaba a punto de quitarme el short, se escucharon varias voces en el pasillo. Nos quedamos paralizados del susto. Me separé de golpe y me senté en la cama intentando disimular, pero al final solo eran otras personas pasando por afuera.Neyder me jaló del brazo con intención de seguir.—Ven acá... —me susurró.—¡Noooo! —le respondí muerta de la risa.—Acho, ea la madre... Aunque sea dame un beso —protestó él, soltando un suspiro de resignación.Me acerqué a dárselo, pero intentó morderme el







