INICIAR SESIÓNAlan se sentó en la silla de plástico blanco al lado de la cama de Jesica.
Habían pasado dua horas.
Dos horas desde que cargó a aquella joven pálida para meterla a la sala de urgencias; dos horas desde que le gritó a una enfermera lenta; dos horas desde que le impuso un casquillo de bala en la mano al médico de guardia.
—Le pagaré el doble. Sálvela.
El doctor solo asintió con timidez y temor.
Desde entonces, la puerta de la sala de cuidados intensivos permanecía cerrada herméticamente. De vez en cuando, las enfermeras entraban y salían con rostros tensos, cargando bolsas de sangre o jeringas, pero ninguna le daba noticias.
Alan se restregó el rostro. Su saco negro ya estaba maltrecho, manchado con la sangre de Jesica que provenía de su pantorrilla, la cual seguía filtrándose a pesar de estar vendada.
¿Por qué me importa tanto?, pensó.
Pero enterró esa pregunta de inmediato. No había tiempo para introspecciones.
La luz del pasillo parpadeó. Alan clavó la mirada en la puerta una vez más. Seguía cerrada.
Se puso de pie, se sentó de nuevo y volvió a levantarse. Sus dedos tamborileaban con impaciencia sobre el respaldo de la silla, delatando su inquietud. En toda su vida jamás se había sentido tan ansioso. Incluso la primera vez que mató a alguien, a los diecinueve años, sus manos no temblaron. Pero ahora, se mordía las uñas; un mal hábito que había desaparecido desde la secundaria y que hoy regresaba.
Justo en el minuto ciento veintitrés, la puerta se abrió.
Un hombre de mediana edad con bata blanca y un estetoscopio colgado al cuello salió sosteniendo una tabla portapapeles, con el rostro visiblemente cansado.
—¿Se encuentra algún familiar de la señorita Jesica?
Alan se levantó de un salto. Inhaló profundamente, forzándose a parecer sereno.
—Sí, yo... soy su novio —mintió Alan.
El médico arqueó las cejas por un breve instante, pero luego asintió. No había tiempo para sospechas.
—La señorita Jesica tiene suerte de que la haya traído al hospital de inmediato. De lo contrario, tal vez ya habría perdido la vida —El doctor abrió la tabla y leyó las notas—. La araña que la picó es una Latrodectus tredecimguttatus. Una de las especies más peligrosas de Europa. Su neurotoxina puede paralizar el sistema nervioso en cuestión de horas.
Alan tragó saliva. —¿Cómo está ella ahora, doctor? —Sin darse cuenta, su voz se elevó media octava por la angustia.
El médico esbozó una leve sonrisa. —Está en recuperación. Ya le administramos el antídoto. Es probable que despierte en unos minutos. Sin embargo, sentirá la pierna izquierda rígida durante unos días; el veneno fue bastante agresivo.
Alan soltó un largo suspiro de alivio. Gracias a Dios. —¿Puedo pasar?
—Adelante. Pero no se quede demasiado tiempo.
Alan empujó la puerta despacio.
La habitación estaba en completo silencio. Una lámpara de noche encendida en la esquina proyectaba una luz dorada sobre el rostro de Jesica, quien yacía sobre una almohada blanca. Una manta hospitalaria de color azul claro cubría su cuerpo hasta el pecho.
Su rostro seguía pálido. No tanto como la noche anterior cuando la cargó en sus brazos, pero aún carecía de su color natural. Sus labios, antes rojos, ahora lucían secos y agrietados. Sus cejas se contraían levemente por momentos, como si estuviera atrapada en una pesadilla.
El monitor del ritmo cardíaco emitía un pitido pausado.
Alan se acomodó en la silla junto a la cama. Sus ojos no se apartaban del rostro de Jesica.
Alan estiró la mano y rozó la mejilla de la joven. Estaba fría, pero no tanto como antes; poco a poco recuperaba el calor.
—Casi me matas del susto, Jesica —susurró, una frase solo para sí mismo, pero pronunciada con total honestidad.
A lo largo de su vida, Alan había presenciado la muerte en innumerables ocasiones. Vio a los hombres de su padre recibir disparos en la cabeza; vio cadáveres de enemigos siendo arrojados dentro de tambores; vio sangre, carne y ojos abiertos que habían perdido la vida. Alan jamás se había inmutado. Pero la noche anterior, mientras Jesica temblaba en sus brazos, cuando su respiración se volvió errática, cuando sus ojos se cerraron y su piel comenzó a tornarse azulada, Alan experimentó una sensación completamente desconocida.
Miedo. No miedo a la reprimenda de su padre, ni a que su misión fracasara. Era miedo a perderla.
Qué locura, pensó. Apenas la conozco desde hace unas horas. Incluso la detesto por haberme mordido dos veces. A pesar de sus pensamientos, su mano permaneció en la mejilla de Jesica, mientras su pulgar acariciaba con suavidad el pómulo prominente.
El cansancio terminó por vencerlo. Los párpados de Alan se sintieron pesados. Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla, pero no soltó la mano de Jesica; mantuvo sus dedos entrelazados con fuerza, como si al soltarla ella fuera a hundirse de nuevo en el veneno.
Poco a poco, Alan se quedó dormido en una postura incómoda, con el cuello ladeado y la espalda encorvada. Pero no se percató de ello; lo único que registraba su conciencia era el latido pausado y regular de Jesica, que arrullaba su sueño.
Varios minutos más tarde, o tal vez una hora después, Alan sintió que los dedos que sostenía se movían.
Alan despertó por reflejo.
Jesica parpadeó. Sus ojos marrones se abrieron lentamente, deslumbrados por la luz tenue de la esquina de la habitación. Parpadeó dos, tres veces, intentando adaptarse a la claridad.
El primer rostro que distinguió fue el de Alan.
Alan con el cabello negro alborotado; Alan con la camisa arrugada y manchada de sangre; Alan con los ojos todavía entrecerrados por el sueño, pero alerta al instante en que la vio despertar.
—¿Ya despertaste? —La voz de Alan sonó ronca, un tanto áspera por el letargo.
Jesica inspeccionó el entorno. Paredes blancas, cortinas azules y olor a antiséptico. —¿Dónde estoy?
Alan suspiró. Al instante, disimuló el rostro de alivio que se le había escapado y lo reemplazó con su habitual expresión gélida.
—En el infierno.
El auto de Alan se detuvo justo frente al portón.Alan apagó el motor. El aire dentro del vehículo de repente se volvió pesado, como si un plomo invisible presionara sus pulmones. Afuera, dua hombres armados se acercaron de inmediato, pero se detuvieron en seco al ver quién estaba en el asiento del copiloto.—¡Señorita Jesica! —gritó uno de ellos.La puerta principal de la casa se abrió de par en par.Jonas salió a toda prisa. Tenía el rostro pálido y desencajado, lejos de su impecable aspecto habitual; iba sin saco, vistiendo solo una camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos. En sus ojos había algo que rara vez se vislumbraba en él: terror.Jesica abrió la puerta del auto. Alan bajó primero, le abrió la puerta y le tendió la mano para ayudarla a ponerse de pie. Todavía cojeaba, pero ya no tanto como esa mañana. El vendaje blanco destacaba claramente bajo el pantalón, que llevaba ligeramente remangado.—¡Jesica! —gritó Jonas.Corrió hacia ella. No le importó que sus hom
Alan estaba de pie en la terraza de madera de la posada, con una mano todavía aferrada a la de Jesica. La otra la tenía en el bolsillo del pantalón, palpando un pequeño objeto frío: una bala, guardada desde la noche del secuestro, que parecía haber ocurrido hacía una semana, cuando en realidad apenas había pasado un día.Jesica estaba a su lado, ligeramente encorvada porque su pierna aún le dolía. El vendaje blanco de su pantorrilla izquierda comenzaba a mancharse con el polvo del camino, pero no había sangre fresca: señal de que la herida empezaba a cerrarse.Ambos miraron hacia el sendero polvoriento que se extendía desde la puerta de la posada hasta la carretera principal.Y a lo lejos, se levantó una nube de polvo.Un automóvil.No uno solo. Tres puntos negros al final del camino, todavía pequeños, todavía distantes… pero que poco a poco iban creciendo. Sus motores rugían, el sonido característico de vehículos europeos con escapes deportivos preparados para la velocidad.Jesica se
—No quiero que regreses —confesó Alan con total honestidad—. Pero necesito que lo hagas. Por tu seguridad. Por la seguridad de mis hombres. Por... por lo poco que aún queda de mí.Jesica soltó un largo suspiro.Cerró los ojos por un instante y los volvió a abrir.—Está bien —cedió finalmente. Su voz era baja, pero firme—. Regresaré a casa. Pero con una condición.Alan frunció el ceño. —¿Una condición?—Tú me vas a llevar. No Marco. No tus hombres. Tú solo.—Jesica, eso es un suicidio...—Si no me llevas tú, no le diré una sola palabra a mi padre. Me llamaré a un silencio absoluto. Y mi padre seguirá pensando que eres el criminal que me torturó.Alan abrió la boca, furioso, tapi se contuvo. Esta chica era verdaderamente indomable.—¿Eres consciente de que tu padre podría dispararme en el instante en que vea mi rostro?—No lo hará. Porque yo me interpondré entre ustedes.—Jesica...—Esa es mi condición, Alan. O me llevas tú mismo, o no regresaré.Alan la contempló durante u
Alan permanecía de pie ante la ventana de la habitación del segundo piso.Tenía las manos hundidas en los bolsillos del pantalón. Su mirada se perdía en la distancia, fija en el polvoriento sendero que conectaba aquel hospedaje con la aldea más cercana. Hasta mana mencapai el horizonte, no se divisaba ningún automóvil. Ninguno de los hombres de Jonas. Ningún rastro de persecución.Sin embargo, Alan sabía que aquella calma no duraría demasiado.Jonas Ortega no era un hombre que se diera por vencido con facilidad. Mientras más tiempo pasara sin hallar a Jesica, más se expandiría el círculo de búsqueda. Y ese círculo, tarde o temprano, terminaría por alcanzarlos allí.A sus espaldas, Jesica estaba sentada en el borde de la cama.Su pierna vendada seguía apoyada sobre el cojín. Su semblante lucía un poco mejor; las mejillas comenzaban a recobrar el color y sus lips ya no se veían tan resecos como esa mañana. Pero sus ojos... sus ojos se mantenían alertas. Como si fuera capaz de leer
Jonas permanecía de pie ante el gran ventanal de cristal yang miraba hacia el patio trasero.Tenía las manos entrelazadas detrás de la espalda. Sus dedos se crispaban con fuerza; no sostenían nada, solo apretaban el aire, conteniendo una furia que no había dejado de crecer durante las últimas doce horas.Afuera, el sol ya estaba alto. Eran las once de la mañana.Habían pasado seis horas desde que recibió la noticia de que Jesica no había llegado a casa.Seis horas desde que el automóvil que debía traer a su hija de vuelta desvió su rumbo hacia el norte y se esfumó.Seis horas desde que Jonas comenzó a perder los estribos.—El informe —ordenó sin dignarse a voltear.A sus espaldas, un hombre calvo con camisa negra se mantenía firme. Se trataba de Raul, la mano derecha de Jonas desde hacía veinte años. Su rostro era duro, ajeno al pánico, pero en esta ocasión su voz tembló sutilmente.—Hemos desplegado equipos hacia el norte, el este y el oeste. Monitoreamos todas las salidas de
Alan todavía sostenía la mano de Jesica. No con tanta fuerza como antes; era más bien como si fuera consciente de que aún la estrechaba, pero no tuviera la menor intención de soltarla.Jesica clavó la mirada en la ventanilla. Sus ojos seguían la hilera de pinos yang pasaban a toda velocidad. De pronto, divisó un gran cartel: SEVILLA 12 KM con una flecha hacia la derecha, y debajo: RESIDENCIA DE JONAS ORTEGA 3 KM con una flecha hacia la izquierda.El automóvil tomó el desvío a la izquierda.El corazón de Jesica comenzó a latir a un ritmo frenético.Inhaló profundamente y luego exhaló.—Alan.—Dime.—Da la vuelta.Alan volteó a verla, con el desconcierto dibujado en el rostro. —¿Qué?—Da la vuelta —repitió Jesica, esta vez con mayor firmeza—. No quiero ir a la casa de mi padre.En el asiento delantero, Marco pisó el freno por puro reflejo. El vehículo dio un ligero tirón. Miró por el espejo retrovisor, aguardando órdenes.Alan frunció el ceño. —¿No quieres volver a casa? Es t







