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Jonas, el iracundo

Autor: Neng Alfiani
last update Fecha de publicación: 2026-05-29 09:23:04

En otro lugar.

​Martin y Jonas se encontraban de pie, frente a frente. Sus miradas estaban cargadas del mismo odio y recelo mutuo.

​Detrás de Martin, cinco de sus hombres permanecían alerta con armas ocultas bajo las chaquetas; de igual manera, seis de los secuaces de Jonas estaban listos para destruir a cualquiera que se atreviera a dañar a su señor.

​—¿Dónde está mi hija? —La voz de Jonas sonó grave, conteniendo una furia que llevaba acumulándose desde la noche anterior.

​Martin esbozó una sutil sonrisa. La sonrisa de un comerciante que sabe que tiene el as de triunfo en la mano.

​—Paga primero por mi cocaína. Solo entonces te devolveré a tu hija.

​Jonas resopló, con las venas del cuello a punto de estallar.

​—Eres un verdadero cobarde. ¿Atreverte a entrar en mi propiedad cuando yo no estaba? Secuestrar a mi hija de mi propia casa...

​—Tú eres igual —Martin no se inmutó. Sus ojos, entornados, permanecían fríos—. Liquidaste a mis hombres. Te llevaste mi mercancía sin pagar. ¿Y me llamas cobarde a mí?

​Jonas guardó silencio por un instante. Su pecho subía y bajaba con violencia.

​—Maldito —murmuró—. Jamás vas a cambiar, Martin.

​—Andas tú como para confiar en ti.

​El silencio reinó durante unos segundos. El viento que se filtraba por las grietas de las paredes traía consigo el olor a gases de escape y a la sal del mar abierto.

​Jonas exhaló un largo suspiro. Sus manos, que hasta entonces habían permanecido crispadas en puños, se relajaron lentamente.

​—Está bien —cedió finalmente—. Pagaré por tu mercancía. Pero devuélveme a mi hija de inmediato.

​Martin asintió con satisfacción. Sus ojos siguieron cada movimiento de Jonas mientras este llamaba a uno de sus hombres, quien cargaba un maletín.

​Jonas tomó el pequeño maletín negro. Era de cuero legítimo, con una cerradura de combinación de dos giros. Lo colocó sobre un viejo tambor de petróleo que se interponía entre ambos.

​—Tu cocaína no vale nada en comparación con mi hija —dijo Jonas en un hilo de voz, casi en un susurro—. Pero no tengo opción.

​—Siempre se tiene opción, Jonas. Por desgracia, tú siempre eliges la equivocada.

​Martin estiró la mano para tomar el maletín. Sin embargo, antes de que sus dedos rozaran el cuero negro, un hombre del bando de Jonas dio un paso al frente. Tenía el rostro pálido y el aliento entrecortado, como si viniera corriendo. Se acercó a Jonas y le susurró algo al oído con premura.

Fueron apenas cuatro segundos. Pero bastaron para cambiarlo todo.

​El semblante de Jonas se transformó. Perdió el control; la templanza mutó en caos, y la ira en una locura desatada.

​Los ojos de Jonas se inyectaron de sangre, no por contener el llanto, sino por una furia que estalló como gasolina alcanzada por el fuego.

​—La señorita está en el hospital, señor —susurró su subordinado, con una voz que Martin alcanzó a percibir vagamente—. Aún no sabemos qué pasó. Lo único seguro es que no se encuentra bien.

​Jonas no hizo más preguntas.

La mano que un instante antes amagaba con empujar el maletín, se desvió para extraer algo de su cintura.

​Clic.

El familiar y seco sonido de una pistola al ser liberada de su funda.

​De inmediato, Jonas encañonó la frente de Martin con el cañón.

​—¿Qué le hizo tu hijo a mi hija? —Su voz temblaba. No por miedo, sino por un frenesí que había desbordado cualquier límite racional.

​Martin frunció el ceño. No entendía qué estaba ocurriendo. Su primer pensamiento fue: ¿Fracasó Alan? ¿Le hizo daño a la chica? Pero no tuvo tiempo de reflexionar; los hombres de ambos bandos levantaron sus armas al unísono.

​Clic. Clic. Clic.

Los cañones negros apuntaron directo a los pechos rivales. El aire del almacén se volvió denso y pesado, a pesar del frío exterior.

​—¡Alto! —Martin alzó una mano. Su voz aún conservaba la calma, pero el sudor frío comenzaba a empapar el cuello de su camisa—. No cometas una locura, Jonas. Sabes que si muero en tus manos, una guerra total será inevitable.

​—¡NO ME IMPORTA! —El dedo índice de Jonas presionó suavemente el gatillo.

​Martin alcanzó a ver los ojos de Jonas. Eran los ojos de un hombre que ya no tenía nada que defender, salvo a su propia sangre.

​Lo va a hacer, pensó Martin.

Y Jonas, en efecto, lo hizo.

​¡DONG!

​El estruendo del disparo rompió la quietud del almacén. Resonó de pared a pared, multiplicándose como el eco de un aplauso macabro.

​El cuerpo de Martin se sacudió.

Su pecho, justo en el costado izquierdo, debajo de las costillas, estalló en un vivo color rojo. La sangre brotó a borbotones, tiñendo su pulcra camisa blanca. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, desorbitados por la incredulidad.

Sus labios se movieron, pero no emitieron sonido alguno. Acto seguido, sus rodillas cedieron.

​Martin cayó de rodillas sobre el frío suelo de cemento. Intentó presionar la herida con ambas manos, pero el torrente de sangre seguía filtrándose entre sus dedos.

​En un parpadeo, el almacén se transformó en el mismísimo infierno.

​Los hombres de Martin intentaron jalar sus gatillos, pero Jonas fue más rápido. Los seis individuos que lo respaldaban abrieron fuego primero.

​¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!

​Una ráfaga sucesiva que tronó como relámpagos en plena sequía.

​Tres de los subordinados de Martin se desplomaron antes de poder reaccionar. Los otros dos lograron parapetarse tras unas columnas de hormigón, respondiendo con disparos ciegos. A Jonas, sin embargo, no le importó.

​Jonas permanecía de pie en medio de la balacera, con la pistola fija en dirección a Martin, quien ya yacía tendido sobre un charco de sangre.

​—¿Qué le hizo tu hijo a mi hija? —repitió Jonas, esta vez casi en un susurro.

​Martin no respondió. Sus ojos comenzaban a nublarse. Su respiración se tornó entrecortada, similar a la de alguien que se ahoga lentamente.

​—Jo... Jonas... —alcanzó a susurrar en su agonía.

​Jonas le plantó el pie sobre el abdomen a Martin. El tacón de su bota presionó con saña la herida de bala.

​Martin soltó un alarido.

​—Dime dónde está mi hija, o te dejaré morir lentamente bajo tortura.

​—No lo... no lo sé. Alan está con ella, él sería incapaz de lastimarla.

​—¡¿ENTONCES POR QUÉ MI HIJA ESTÁ EN UN HOSPITAL, MARTIN?!

​—No lo... no lo sé. Lo único seguro es que no fue por culpa de Alan. Mi hijo jamás desobedecería mis órdenes —La voz de Martin se apagaba por momentos; el aire le faltaba y sus párpados comenzaron a cerrarse lentamente.

​Jonas retiró el pie. Volteó hacia sus hombres, que continuaban el enfrentamiento.

​—¡Basta! —ordenó Jonas.

​El tiroteo cesó. Los dos hombres rezagados de Martin se rindieron, levantando las manos y arrojando las armas al suelo.

​—Alguna vez fuimos hermanos, Martin —declaró Jonas en tono bajo—. Pero tocaste a mi familia. Y por eso, tienes que morir.

​Martin intentó articular una última palabra. Un hilo de sangre le desbordó de la boca, manchándole la barbilla.

Martin ya no pudo responder. Sus ojos quedaron abiertos, las pupilas se dilataron y, finalmente, se congelaron en la nada.

​Jonas le cerró los párpados a Martin con el dorso de la mano.

​—Al hospital Santa María. Ahora mismo. Busquen a mi hija hasta encontrarla y eliminen a cualquiera que se interponga, incluido a Alan —sentenció Jonas.

​Sus hombres asintieron.

Jonas abandonó el almacén a paso firme, dejando atrás el cuerpo inerte de Martin sobre el suelo, flanqueado por sus dos secuaces gravemente heridos.

​A la distancia, el ulular de las sirenas policiales empezó a resonar. Pero a Jonas ya no le importaba nada de eso.

Lo único que ocupaba su mente en ese instante era Jesica, su única hija. Sin tener la menor idea de que Alan le había salvado la vida a Jesica, en lugar de causarle algún daño.

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Último capítulo

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