FAZER LOGIN
—Atrapa a esa chica y tráela, tapi que no sufra ningún daño —ordenó Martin.
—¿Pero por qué atacamos mientras Jonas no está en su casa? ¿No es una cobardía? —protestó Alan a su padre.
—¿Acaso crees que lo que hicieron Jonas y sus secuaces no fue una cobardía? —replicó la voz de Martin al otro lado del teléfono—. Traicionaron nuestro acuerdo comercial y se llevaron nuestra cocaína sin pagar. Así que limítate a cumplir mis órdenes.
Alan suspiró. Rozó suavemente la culata de la pistola oculta bajo su saco negro.
—Está bien, Padre —respondió Alan, obediente.
Alan bajó del auto. Al instante, la brisa nocturna le acarició el rostro con crudeza.
—Entraremos por la parte trasera —susurró Alan—. Marco, encárgate del guardia del salón principal. Intenta que no haya muertos, solo incapacítalos.
Marco asintió. —¿Y si se resisten?
Alan guardó silencio un instante. —Acábalos.
Luego se movieron como sombras. La cerca trasera apenas le llegaba al pecho. Alan la trepó con una sola mano y aterrizó sobre el césped sin hacer ruido. Las luces del jardín estaban apagadas porque Marco ya había cortado los cables.
La puerta de la cocina estaba abierta. Una mujer de mediana edad con un delantal azul levantó la mirada; abrió la boca, pero antes de que pudiera emitir un sonido, la mano de uno de los hombres de Alan cubrió sus labios con un paño empapado en cloroformo. Poco a poco, la empleada cayó inconsciente.
En el salón principal se escuchó un fuerte impacto. Alan asomó la mirada desde el umbral de la puerta; Marco había derribado al guardia contratado por Jonas de un solo golpe.
—Segundo piso —susurró Marco.
Alan subió a inspeccionar las habitaciones una a una, buscando a Jesica.
Al llegar frente a una habitación cuya puerta estaba entreabierta, Alan vio la silueta de una mujer sentada en el borde de la cama. Llevaba una camisa blanca holgada y el cabello negro le caía hasta los hombros. Tenía la cabeza inclinada, absorta leyendo algo en su teléfono celular, por lo que no se percató de la presencia de Alan, quien ya se encontraba de pie justo detrás de ella.
—No te muevas —ordenó Alan, apuntándola con su arma.
Jesica levantó la mirada.
Unos ojos grandes y marrones se mostraron confundidos antes de llenarse de terror en un parpadeo. Sus labios temblaban, pero, extrañamente, no gritó.
Por unos instantes, Alan se quedó paralizado ante la belleza de Jesica. Era una mujer verdaderamente perfecta, con esos ojos castaños y pestañas rizadas.
—¿Quién... eres tú? —preguntó ella, con la voz ronca por haber estado durmiendo.
La voz de aquella hermosa joven logró arrancar a Alan de sus pensamientos.
—¡No hagas preguntas! Ven conmigo si no quieres salir herida —amenazó Alan.
—No quiero —lo rechazó Jesica, alejándose de él.
—No acepto un no por respuesta, señorita. Así que camina antes de que use otros métodos para llevarte —dijo Alan dando un paso al frente.
Jesica retrocedió hasta la esquina, presionando su espalda contra el papel tapiz con motivos florales. Su mano tanteó la superficie de la mesita de noche hasta alcanzar algo: un florero de vidrio.
—No intentes resistirte si no quieres salir lastimada —le advirtió Alan.
Jesica le arrojó el florero. Alan esquivó el golpe y el objeto se estrelló detrás de su cabeza. El sonido de los cristales rotos perturbó el silencio de la noche. Desde abajo, Marco gritó en un susurro: —¡Rápido, Alan!
Alan arremetió hacia ella. Con la mano izquierda le sujetó la muñeca a Jesica, mientras que con la derecha guardó la pistola en su cintura. La joven se resistió y le plantó una patada en la espinilla. Dolía, pero Alan no la soltó.
—¡Suéltame! —gritó Jesica, forcejeando con todas sus fuerzas para librarse de su agarre.
—¡Cállate! —Con un movimiento rápido, Alan le dio la vuelta al cuerpo de Jesica, le rodeó el torso con el brazo y la cargó sobre el hombro como si fuera un saco.
Jesica le mordió la mano. Un hilo de sangre brotó del dorso de su palma. Extrañamente, el corazón de Alan comenzó a latir a toda velocidad cuando el pecho de Jesica se presionó contra su hombro.
—Maldita sea, me mordiste —siseó Alan.
—¡Tú me estás cargando, maldito infeliz! —replicó Jesica.
En el pasillo, Marco ya iba bajando para escoltar de inmediato a Alan fuera de la casa.
—¿La tienes? Por cierto, es muy hermosa —comentó Marco al ver a Alan cargando a la mujer, que no dejaba de retorcerse para escapar.
—Gracias —respondió Jesica de manera espontánea ante el cumplido de Marco, provocando que Alan frunciera el ceño.
—De nada, señorita, pero de verdad eres muy hermosa —añadió Marco.
—¡No hables tanto, Marco! Tenemos que salir rápido de esta casa —sentenció Alan.
—Por aquí —Marco se adelantó hacia las escaleras.
Bajaron corriendo. Jesica seguía forcejeando, pero cada vez con menos fuerza, ya que la presión del brazo de Alan sobre su diafragma le dificultaba respirar.
En el patio trasero, dos autos ya estaban con los motores en marcha. Alan arrojó a Jesica en el asiento trasero y se sentó a su lado. La puerta se cerró de un portazo. Al volante, Marco pisó el acelerador a fondo.
Jesica levantó la mirada con los ojos llorosos y la respiración agitada. —¿Quiénes son ustedes?
Alan sacó un pañuelo del bolsillo de su saco y se limpió la sangre de la mordedura en su mano.
—Las personas que harán que tu padre se arrepienta —respondió Marco, acercando su rostro al de Jesica.
—¡Por favor, aleja tu cara de mí!
—¿Por qué? ¿Acaso soy tan guapo que hago que tu corazón lata a mil por hora, señorita? —la provocó Alan.
Apartemen sewaan Alan di Madrid. Malam hari. Hujan turun deras di luar, mengetuk jendela dengan irama yang tidak teratur. Alan duduk di meja kecil, laptop terbuka, flash drive hitam terpasang di port USB.Marco berdiri di dekat pintu, tidak duduk. Ia tahu Alan butuh ruang, tapi ia juga tidak mau jauh."Kau mau aku keluar, Tuan?" tanya Marco pelan."Tidak. Kau tetap di sini. Kau perlu melihat ini juga."Alan membuka folder pertama di flash drive. Isinya: dokumen, foto, dan beberapa file video dengan format lama.Ia membuka dokumen pertama."Laporan Investigasi Internal: Kematian Alejandro Delgado dan Isabella Moreno, 12 Maret 2003."Alan membaca cepat. Matanya bergerak dari baris ke baris."Alejandro Delgado, 28 tahun, dokter di Rumah Sakit Central de Madrid. Istrinya, Isabella Moreno, 26 tahun, guru sekolah dasar. Keduanya ditemukan tewas di dalam mobil di jalan pedesaan dekat Toledo. Mobil mereka tergelincir ke jurang. Polisi menyatakan kecelakaan akibat rem blong."Alan menelan luda
Apartemen Alan di pusat Seville. Dua bulan setelah perdamaian. Pagi hari, matahari masuk melalui tirai yang setengah terbuka. Apartemen itu kecil tapi rapi—satu kamar tidur, dapur kecil, ruang tamu dengan sofa kulit bekas dan meja kayu. Alan belum menemukan tempat tinggal yang lebih baik sejak Martin tewas. Ia tidak punya rumah. Tidak punya apa-apa selain apartemen sewaan ini dan mobil hitamnya.Alan duduk di meja makan, menatap laptop. Di depannya ada cangkir kopi yang sudah dingin—tidak disentuh sejak sejam lalu.Di layar laptop, ada email dari seorang pengacara di Madrid. Judulnya: "Perihal: Warisan Martin Delgado."Alan sudah membukanya tiga kali. Dan tiga kali pula ia menutupnya tanpa membaca sampai selesai.Ia tidak ingin membaca tentang warisan ayahnya. Tentang uang darah. Tentang properti yang dibeli dari hasil penjualan heroin dan nyawa manusia.Tapi ada satu baris yang membuatnya penasaran. Satu baris yang terus menarik matanya kembali ke layar."Ada satu item yang tidak ter
Rumah Jonas Ortega. Sore hari, tiga hari setelah perang dinyatakan selesai. Langit biru bersih tanpa awan, matahari condong ke barat, menebarkan cahaya keemasan pada halaman yang tertata rapi. Kali ini tidak ada mobil bersenjata. Tidak ada pria-pria berwajah tegang. Hanya dua penjaga di gerbang, berpakaian rapi, tidak mencolok.Alan berdiri di depan pintu utama.Ia mengenakan setelan hitam yang lebih rapi dari biasanya—kemeja putih, dasi tipis, sepatu kulit yang mengkilap. Marco sudah memaksanya berdandan selama setengah jam, dan Alan sempat berdebat keras sebelum akhirnya menyerah."Kau terlihat seperti pengantin," komentar Marco tadi."Aku akan membunuhmu setelah ini.""Tentu, Tuan."Sekarang Alan berdiri di depan pintu kayu besar itu, dan tangannya terasa dingin. Bukan karena takut—setidaknya itu yang ia katakan pada dirinya sendiri. Hanya... gugup. Sedikit.Pintu terbuka.Seorang pelayan paruh baya dengan celemek putih mengangguk hormat. "Tuan Alan? Silakan masuk. Tuan Jonas menun
Di Rumah Jonas Ortega. Malam hari. Jesica baru selesai mandi dan berganti pakaian—kemeja tidur putih, rambutnya masih basah. Ia duduk di tepi tempat tidur, menatap perban di kakinya yang sudah diganti perawat pribadi keluarga.Dari lantai bawah, samar terdengar suara Jonas berbicara dengan Raul. Nada suaranya berat.Jesica tidak bisa tidur.Ia menatap ponsel di nakas. Sudah dua jam sejak Alan pergi, tapi bayangan pria itu masih melekat di kelopak matanya. Senyum tipisnya. Mata dinginnya yang kadang mencair. Cara ia menggenggam tangan Jesica di dalam mobil."Aku juga tidak akan melupakanmu, gadis laba-laba."Jesica memejamkan mata. Dadanya sesak.Ketuk. Ketuk.Pintu kamar terbuka.Jonas berdiri di ambang pintu. Ia masih memakai kemeja putih yang sama, tapi sudah tidak bergulung. Wajahnya lelah. Di tangannya ada dua cangkir cokelat panas."Boleh masuk?" tanyanya pelan.Jesica mengangguk.Jonas melangkah masuk, meletakkan satu cangkir di nakas, lalu duduk di kursi di samping tempat tidur
El auto de Alan se detuvo justo frente al portón.Alan apagó el motor. El aire dentro del vehículo de repente se volvió pesado, como si un plomo invisible presionara sus pulmones. Afuera, dua hombres armados se acercaron de inmediato, pero se detuvieron en seco al ver quién estaba en el asiento del copiloto.—¡Señorita Jesica! —gritó uno de ellos.La puerta principal de la casa se abrió de par en par.Jonas salió a toda prisa. Tenía el rostro pálido y desencajado, lejos de su impecable aspecto habitual; iba sin saco, vistiendo solo una camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos. En sus ojos había algo que rara vez se vislumbraba en él: terror.Jesica abrió la puerta del auto. Alan bajó primero, le abrió la puerta y le tendió la mano para ayudarla a ponerse de pie. Todavía cojeaba, pero ya no tanto como esa mañana. El vendaje blanco destacaba claramente bajo el pantalón, que llevaba ligeramente remangado.—¡Jesica! —gritó Jonas.Corrió hacia ella. No le importó que sus hom
Alan estaba de pie en la terraza de madera de la posada, con una mano todavía aferrada a la de Jesica. La otra la tenía en el bolsillo del pantalón, palpando un pequeño objeto frío: una bala, guardada desde la noche del secuestro, que parecía haber ocurrido hacía una semana, cuando en realidad apenas había pasado un día.Jesica estaba a su lado, ligeramente encorvada porque su pierna aún le dolía. El vendaje blanco de su pantorrilla izquierda comenzaba a mancharse con el polvo del camino, pero no había sangre fresca: señal de que la herida empezaba a cerrarse.Ambos miraron hacia el sendero polvoriento que se extendía desde la puerta de la posada hasta la carretera principal.Y a lo lejos, se levantó una nube de polvo.Un automóvil.No uno solo. Tres puntos negros al final del camino, todavía pequeños, todavía distantes… pero que poco a poco iban creciendo. Sus motores rugían, el sonido característico de vehículos europeos con escapes deportivos preparados para la velocidad.Jesica se







