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Capítulo 66

Autor: Melissa
last update Fecha de publicación: 2025-10-16 06:12:38

Cristina salió del cafetín con paso firme, aunque por dentro sentía que su mundo se tambaleaba. Jessica caminaba a su lado en silencio, respetando el torbellino que sabía que se agitaba en su amiga. Ambas tomaron un taxi y se dirigieron a la empresa que pertenecía al abuelo de Cristina.

El trayecto fue silencioso; solo se escuchaba el ruido del tráfico y el suspiro profundo de Cristina mirando por la ventana.

Cuando llegaron, la joven bajó y entró al edificio con la cabeza en alto. Era la nieta
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Último capítulo

  • LA ESPOSA RECHAZADA DEL CEO   Capítulo 249

    Epílogo El amanecer de los justosEl invierno en Manhattan era implacable, pero dentro del ático de los Caruso, el calor del hogar contaba una historia diferente. Elio permanecía de pie frente al ventanal, observando las luces de la ciudad que nunca duerme. Ya no era aquel hombre impulsivo que buscaba validación a través de la violencia; el peso de la paternidad y la responsabilidad empresarial habían esculpido en él una madurez serena.La puerta del despacho se abrió con un roce suave. Su padre, Oscar, entró con una expresión que Elio reconoció de inmediato: era la sombra de un pasado que se negaba a morir del todo.—¿Qué sucede, padre?—Se trata de Roxana —dijo Oscar, su voz era un hilo cargado de cansancio—. Volvió a los clubes, Elio. Sufrió una sobredosis severa seguida de un infarto masivo. Los médicos dicen que, aunque sobrevivió, su cerebro ha quedado desconectado de la realidad.Elio cerró los ojos y suspiró. No sintió el triunfo que esperaba, solo una profunda y amarga lásti

  • LA ESPOSA RECHAZADA DEL CEO   Capítulo 248

    – Cicatrices de un nuevo amanecerEl estruendo fue ensordecedor, un eco seco que pareció desgarrar la estructura misma de la catedral. En ese segundo infinito, el tiempo se dilató. Rubén no pensó en su propia vida; su cuerpo reaccionó con la memoria muscular de un soldado y el instinto visceral de un padre. Con un movimiento violento, empujó a Cristina hacia la base del altar y usó su propio torso como escudo para cubrir a Aisel, quien gritaba el nombre de su madre en medio del caos.El proyectil de Clara impactó en el hombro de Rubén, justo por encima del borde del chaleco táctico que llevaba oculto. El golpe lo lanzó hacia atrás, pero antes de que sus rodillas tocaran el suelo, el segundo disparo —el del francotirador— atravesó el aire con una precisión gélida. La bala alcanzó a Clara en el pecho, justo en el centro de su corazón.Clara retrocedió dos pasos, con los ojos abiertos de par en par, fijos en Rubén. No hubo palabras finales, solo un estertor ahogado mientras el arma caía

  • LA ESPOSA RECHAZADA DEL CEO   Capítulo 247

    – El Voto de SangreRubén tomó la alianza de oro, un círculo perfecto que simbolizaba el final de su tormento y el inicio de su paz. Miró a Cristina a los ojos, con una mano temblando ligeramente por la emoción, y comenzó a pronunciar sus votos con una voz que resonaba en cada rincón del templo.—Yo, Rubén, te tomo a ti, Cristina, como mi esposa. Prometo protegerte de todo mal, ser tu escudo en la tormenta y amarte hasta mi último aliento...Justo cuando se disponía a deslizar el anillo en el dedo de Cristina, un estruendo electrónico rasgó el aire. No fue un disparo, sino algo mucho más perturbador. A través del sistema de sonido de la catedral, una risa gélida y distorsionada ahogó las palabras del sacerdote.—¿Protección? ¿Amor? —la voz de Clara, amplificada y cargada de un odio venenoso, rebotó en las bóvedas góticas—. Qué palabras tan vacías para un hombre que está condenado.Los invitados se pusieron de pie, aterrados, mirando hacia todas partes. Rubén, recuperando instantáneam

  • LA ESPOSA RECHAZADA DEL CEO   Capítulo 246

    – El Camino de la RedenciónEl aire dentro de la Catedral de San Judas era solemne, cargado con el aroma de miles de azucenas y el eco de los susurros de una sociedad que esperaba ver el desenlace de la historia de amor más comentada de la capital. Rubén permanecía de pie frente al altar, con la espalda recta y la mirada fija en el gran portón de roble. Su uniforme de gala parecía brillar bajo la luz de los vitrales, pero sus manos, aunque firmes, traicionaban una ligera impaciencia.De repente, un murmullo recorrió las bancas delanteras. Enzo, que estaba sentado junto a Ángela, se puso de pie con una elegancia que el tiempo no había logrado marchitar. Con un gesto de determinación, caminó hacia la entrada de la iglesia. Su instinto le decía que el momento había llegado. Al asomarse, vio cómo el auto nupcial se detenía frente a la alfombra roja.Cristina bajó con cuidado, sosteniendo su falda de encaje con una delicadeza casi etérea. Paula estaba a su lado, ayudándola a acomodar el ve

  • LA ESPOSA RECHAZADA DEL CEO   Capítulo 245

    – El reencuentroEn la planta alta, la habitación de la novia era un hervidero de emociones contenidas. Cristina, ya vestida con la majestuosidad de su encaje blanco, terminaba de ser retocada por Paula y Emma. El ambiente olía a flores frescas y a una esperanza que parecía invencible.De repente, unos golpes suaves en la puerta interrumpieron el murmullo de las risas. Una de las empleadas de confianza asomó el rostro con una sonrisa de incredulidad y alegría.—Señora Emma, señorita Cristina... tienen visitas en la sala —anunció la mujer con voz queda.—¿Visitas ahora? —preguntó Cristina, mirándose al espejo con extrañeza—. Rubén ya debe estar en la iglesia; no podemos recibir visita a esta hora.—Son los señores Caruso —respondió la empleada—. El señor Elio ha llegado con su padre, una joven y un niño.El silencio que siguió fue denso. Cristina miró a su madre y luego a Paula. El nombre de Elio todavía resonaba con ecos del pasado, pero había algo en el tono de la empleada que sugerí

  • LA ESPOSA RECHAZADA DEL CEO   Capítulo 244

    – El perdón antes de la tormentaLa Catedral de San Judas lucía imponente bajo el sol de la tarde. El aroma del incienso y las miles de orquídeas blancas que decoraban el atrio se mezclaban con el murmullo expectante de los invitados de la alta sociedad. Rubén, impecable en su uniforme militar de gala, con las medallas brillando sobre su pecho y los guantes blancos sujetos en su mano izquierda, permanecía en la escalinata principal. Su mirada, sin embargo, no era la de un soldado en guardia, sino la de un hombre que, a pesar de tenerlo todo controlado, sentía un vacío en el costado.Sus hombres de seguridad, ocultos entre la multitud y apostados en los techos, le confirmaban por el pinganillo que el perímetro estaba limpio. Todo era perfecto, pero Rubén no podía evitar mirar hacia la calle, deseando lo imposible.De pronto, un sedán negro con banderas oficiales y escolta motorizada dobló la esquina y se detuvo frente a la alfombra roja. Rubén frunció el ceño; no esperaba a ningún dign

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