LOGINLo empujó con fuerza y se metió al coche. Arrancó sin rumbo, con el corazón roto y la mente hecha añicos.
Condujo hasta su oficina. Allí, el silencio era absoluto, distinto al de su casa manchada de traición. Caminó entre las mesas, las telas, los maniquíes, los bocetos colgados en la pared. Todo lo que había construido con esfuerzo la miraba como un recordatorio de que no estaba sola, aunque se sintiera así.
Se sentó en el sofá, tomó su teléfono y marcó.
—Vamos, mamá… contesta —susurró.
La contestadora respondió. Isabella suspiró y habló con la voz quebrada.
—Hola, mamá. Perdona que te llame tan tarde… solo quería que supieras que iré a verte. Espérame. —Colgó, dejando escapar un sollozo.
Se acurrucó en el sofá, abrazada a sí misma, y el cansancio la venció.
A la mañana siguiente, el sol se filtraba por los ventanales iluminando su rostro dormido. Isabella se removió entre sueños hasta que sintió una caricia suave en su mejilla. Abrió los ojos de golpe.
Alejandro estaba allí, inclinado sobre ella, con esa sonrisa que antes le derrumbaba las defensas.
—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó, asustada, retrocediendo.
—Quiero que hablemos —respondió él, con calma ensayada.
Isabella se levantó de golpe, el corazón acelerado.
—No tengo nada que hablar contigo.
Alejandro se acomodó en el sofá, cruzando las piernas con una serenidad que irritaba.
—Claro que sí —dijo, mirándola fijamente—. Hablemos.
Isabella lo observó con incredulidad y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
—¿De qué se supone que debemos hablar, Alejandro? ¿De cómo me traicionaste en mi propia casa? ¿De cómo te revolcabas con esa zorra en nuestra cama?
Él no parpadeó. Solo suspiró y soltó una frase que la dejó helada:
—Olvida todo lo que sucedió… y vuelve a casa.
Isabella soltó una carcajada, vacía, cargada de rabia.
—¿Olvidar? —repitió, fulminándolo con la mirada—. ¿Quieres que borre la imagen de mi marido desnudo con mi mejor amiga? ¿Quieres que actúe como si no hubiera visto nada?
Por un instante el silencio se hizo espeso. Alejandro, sin inmutarse, inclinó la cabeza.
—Si no quieres volver —dijo con voz gélida—, entonces te quitaré todo lo que te he dado.
El alma de Isabella se estremeció.
—¿Qué… dijiste?
—Eso mismo —respondió, directo—. La casa, la oficina, la empresa… todo lo que tienes lo obtuviste gracias a mí. Si decides marcharte, te irás con las manos vacías.
Ella sintió un nudo en la garganta, pero se negó a cederle una lágrima.
—¿Así piensas castigarme? ¿Convirtiéndome en nada?
Alejandro sonrió con cinismo.
—No es un castigo, Isa. Es la realidad. Todo esto existe porque yo te lo di.
Isabella lo miró, furiosa y herida, pero con una calma que empezaba a parecer peligrosa.
—¿Cómo puedes ser tan miserable? —dijo—. Hubiéramos podido hablar, encontrar soluciones. Pero me engañaste con mi mejor amiga. ¡Eso no tiene arreglo!
Él intentó acercarse, con los brazos extendidos.
—Isabella, yo… —intentó decir.
Ella retrocedió de inmediato, repulsiva.
—¡No me toques! —gritó.
Alejandro apretó la mandíbula. Esa negativa le hirió el orgullo más que cualquier insulto.
—Bien —dijo al fin, con frialdad—. Si eso quieres, adelante. Lárgate. Y saca todas tus cosas de mi empresa.
Isabella lo miró por última vez, con el corazón desgarrado pero con una chispa de determinación encendiéndose en sus ojos.
—Me iré, Alejandro. Pero no como una perdedora. Tú me verás caer… y levantarme más fuerte de lo que imaginas.
El silencio que quedó entre ellos fue más brutal que cualquier grito.
La puerta de la oficina se abrió de golpe. Olga entró con paso decidido, sonrisa de triunfo en los labios.
—Buenos días —dijo con tono insolente—. Veo que aún estás aquí, Isabella. ¿Por qué no te largas de una vez y dejas en paz a Alejandro?
Isabella la miró con furia contenida.
—Será mejor que me vaya, antes de perder la paciencia y desgollarte aquí mismo —respondió con voz baja, helada. Tomó su cartera con dignidad—. Mi abogado se pondrá en contacto contigo.
Alejandro, que observaba todo con el ceño fruncido, intervino:
—Lo estaré esperando —dijo con frialdad.
Isabella le sostuvo la mirada un segundo.
—Perfecto —replicó—. Prepárate.
Se giró y caminó hacia la puerta, pero Alejandro la alcanzó antes de que saliera. Le sujetó el brazo con firmeza.
—Vamos, Isabella —dijo con un dejo de súplica—. Olvidemos todo lo sucedido.
—¿Qué? —Olga abrió los ojos, incrédula—. Alejandro, ¿qué estás diciendo?
Él volteó hacia ella, cansado de su intromisión.
—¡Cállate, Olga! —rugió.
De nuevo fijó su atención en Isabella.
—Si haces lo que te digo, todo esto seguirá siendo tuyo —dijo señalando la oficina—. Pero si no… desde hoy seremos enemigos.
Isabella sonrió con ironía.
—Perfecto —contestó—. Me parece bien. Seremos dos extraños. Haz lo que quieras con todo esto.
Se soltó de su agarre y salió de la oficina. Alejandro la siguió de inmediato, desesperado.
—¡Te daré la última oportunidad, Isabella!
Ella se giró; sus ojos brillaban de lágrimas y rabia.
—Ya déjame en paz. Quédate con todo esto. No necesito tu dinero, no quiero nada de ti.
Encontró una caja en la esquina y empezó a meter sus cosas: bocetos, carpetas, un par de fotos. Alejandro se acercó, la voz quebrándose entre ira y súplica.
—¡Basta, Isabella! —gritó—. Deja eso, hablemos. Te lo suplico… quédate. Vivíamos muy bien.
Ella levantó la vista, clavando sus ojos en los de él.
—¿Muy bien? —soltó con una carcajada amarga—. ¡Claro, Alejandro! Sobre todo tú vivías muy bien, divirtiéndote cada vez que yo salía.
—¡Vamos, Isabella! —él extendió las manos, intentando justificarse—. Soy un hombre, tengo necesidades.
Ella lo miró con asco, sosteniendo aún la caja.
—Dime algo, Alejandro… ¿Te hubiera gustado que yo te fuera infiel?
Él la miró con frialdad, la mandíbula apretada.
—Te mato si me hubieras engañado.
Isabella soltó la caja, incrédula.
—¿Me matarías? ¡Qué cinismo el tuyo!
Alejandro avanzó un paso, implacable.
—La mayoría de los hombres lo hacen —dijo con crudeza—. Lo importante es que nadie se entere. Es solo… una aventura.
Isabella lo fulminó con la mirada.
—¿Una aventura? —repitió, con voz cargada de veneno—. Dime, ¿Olga también lo entiende así? ¿Ella sabe que solo es “una aventura”? Porque, por lo que veo, ha estado esperando algo más que tus migajas.
El rostro de Alejandro se tensó. La tomó con brusquedad y la acorraló contra la pared.
—Y si lo olvidamos todo, Isabella… ¿Qué? —preguntó, sus labios a centímetros de los suyos.
Ella sostuvo la mirada, sin temblar.
—No, Alejandro. Ya no eres mío… ni yo tuya. Lo nuestro se acabó. —Su voz se quebró, pero sus palabras fueron firmes—. Y no me volverás a tocar.
Alejandro se quedó quieto, mirándola como si de pronto no supiera quién era esa mujer. Isabella apartó su mano de un golpe seco, recogió la caja y caminó hacia la salida.
Cada paso que daba era el final de una historia… y el inicio de otra.
La abuela e Isabella se encontraban en el ala de lujo del centro comercial más exclusivo de la ciudad. Las tiendas aquí no vendían ropa, vendían estatus. Estaban frente a la entrada de la boutique de alta costura, un lugar donde los vestidos costaban más que un coche.El teléfono de la abuela sonó. Ella lo sacó de su bolso, miró la pantalla y luego miró a Isabella con una disculpa implícita.—Ve tú, hija. Mira cuál de esos vestidos te gusta. Yo tengo que responder esta llamada. Es urgente.—Está bien, abuela, ve. Yo me quedaré mirando.La abuela se retiró unos pasos para tomar la llamada, dejando a Isabella sola en el umbral de cristal. Isabella entró con cautela. Las luces suaves destacaban las telas exquisitas.Isabella, la modista en el alma, empezó a admirar la confección de los vestidos. Su mente analizaba los cortes, las costuras invisibles, la calidad del encaje. Se acercó a un diseño espectacular, un vestido de noche bordado en seda cruda. Al mirar la etiqueta del precio, qued
Dimitrix salió del baño envuelto en una toalla oscura. El vapor lo seguía, mezclándose con el aire acondicionado de la habitación. Miró hacia la cama; Isabella estaba acostada, de espaldas a él, inmóvil.Se acercó a la cama y se sentó en el borde, el peso de su cuerpo haciendo crujir levemente el colchón. Sabía que la inmovilidad de Isabella era una defensa, no un sueño profundo.—Sé que no estás dormida —dijo Dimitrix, su voz baja y uniforme.Isabella abrió los ojos. No se giró, pero el ligero parpadeo en la penumbra reveló su vigilia.Dimitrix no esperó respuesta. Se puso de pie, se vistió con sus pantalones de pijama y luego se acostó, dándole la espalda. Se inclinó para apagar la lámpara de la mesita de noche. La habitación quedó sumida en la oscuridad, rota solo por el brillo pálido de la ciudad.—Buenas noches, Isabella —murmuró.Ella no contestó. El silencio se instaló, pesado y lleno de cosas no dichas. Y allí, envueltos en la inmensidad de la cama y de la mentira, ambos se qu
Isabella subió a la habitación, el eco de la conversación de la cena resonando en su mente. Una fiesta de bienvenida. Un escenario aún más colosal para su mentira. Se quitó la ropa, se puso su toalla y entró al baño. El vapor abrasador no logró disipar la ansiedad que sentía.Al salir, se acercó a la ventana panorámica. Se quedó allí, observando la vasta extensión de la ciudad de noche. Los miles de luces distantes parecían indiferentes a la farsa que se desarrollaba en la mansión. Era su primera noche de convivencia real, y el miedo era una sensación gélida y tangible.La puerta de la habitación se abrió suavemente. Dimitrix entró. Isabella no se movió, sintiendo su presencia sin necesidad de girarse.—Pensé que te habías dormido ya —dijo él, su voz era neutral, despojada de la burla o la orden.Isabella sonrió, un gesto pequeño.—No, aún no tengo sueño.Dimitrix caminó lentamente hacia la zona de estar.—Estás nerviosa, ¿verdad? —preguntó, aunque no era una pregunta.Ella se giró par
La imponente mansión Varallo estaba sumida en una serenidad inquieta al caer la noche. En el despacho, las luces se habían apagado hace un par de horas. En la sala de estar, sin embargo, la atmósfera era de cálida espera. Isabella y la abuela estaban sentadas juntas, el silencio entre ellas salpicado por el tic-tac de un reloj de pie antiguo.Isabella vestía un sencillo pero elegante vestido de seda oscura, una elección deliberada para honrar el luto reciente, pero adecuada para el ambiente familiar. La abuela le había estado contando anécdotas de la infancia de Dimitrix, llenando los vacíos que el propio Dimitrix se negaba a colmar.—Ya debería estar por llegar, ¿verdad? —preguntó la abuela, mirando la hora con impaciencia.—Sí, abuela. Me dijo que no se demoraría —respondió Isabella, con una sonrisa forzada.La verdad era que Isabella estaba nerviosa. Había pasado la tarde desempacando, y aunque la casa era un palacio, se sentía como una prisión dorada. Esperar a Dimitrix, sabiendo
Después de varios días de viaje, Dimitrix, Isabella y la abuela por fin llegaron a la ciudad. El auto avanzó despacio por la elegante avenida que conducía a la mansión familiar, un lugar repleto de historia, tradiciones y recuerdos. Isabella, sentada junto a la abuela en el asiento trasero, sentía cómo el estómago se le encogía con cada metro que los acercaba. Miró por la ventanilla, viendo los altos muros, los jardines perfectamente cuidados y el portón de hierro forjado que se abrió con solemnidad para recibirlos.Dimitrix, como siempre, mantenía el rostro sereno, aunque en sus ojos se leía la determinación de quien sabe que debe imponerse. Él mismo ayudó a bajar a la abuela, quien caminaba con dignidad, y luego a Isabella, que respiró hondo antes de seguirlos. Se adentraron juntos en el recibidor, donde el eco de sus pasos resonaba bajo la lámpara de araña y las paredes cubiertas de retratos familiares.Apenas cruzaron el umbral, apareció Óscar, el hijo de la abuela y tío de Dimitr
Isabella se detuvo frente a la puerta del despacho, respirando hondo. La decisión de acercarse a Dimitrix era un impulso, una necesidad de romper el silencio incómodo que la acompañaba desde el flashback de la traición. Tocó suavemente.Dimitrix, inmerso en un informe financiero, levantó la cabeza.—Adelante —dijo sin alzar la voz.Isabella abrió la puerta con una sonrisa cautelosa.—No interrumpo, ¿verdad?Él la miró, la primera vez que la veía en un ambiente tan íntimo. Su rostro no tenía el rastro de la ira de la noche anterior, solo una curiosidad genuina.—No, claro que no. ¿Qué se te ofrece?Isabella sintió una punzada de nerviosismo.—Bueno, la verdad, solo vine para saber si se te ofrece algo. ¿Un café? ¿Un té?Dimitrix la observó. Era la primera vez que alguien le ofrecía algo cuando trabajaba en el despacho; su abuela sabía que no le gustaba que lo molestaran. Y era la primera vez que él no se molestaba por la interrupción. La presencia de Isabella era extrañamente calmante.







