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LDTDMR C68: ENTRE SUS BRAZOS

Auteur: Dirtsa Aijem
last update Date de publication: 2026-09-09 10:02:58

~EMILIANO~

Aquel coche en el que aquellas personas me habían metido iba tan rápido que mi espalda se despegaba del asiento cada vez que doblábamos.

Me agarré de donde pude, pero las manos me temblaban demasiado y no conseguía sujetarme bien. Afuera todo pasaba convertido en manchas oscuras y luces que aparecían y desaparecían por las ventanas. Detrás de nosotros había otro automóvil. Lo sabía porque cada vez que intentaba mirar hacia atrás veía sus luces acercándose y porque desde allí seguía
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Commentaires (9)
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Carolina Baez
como lo criaron pobrecito
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Carolina Baez
es obvio que iba a tener miedo
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Carolina Baez
bueno por lo menos se siente seguro con ella
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    ~MINA~ Lo miré, perpleja, mientras su respuesta me rebotaba en las paredes del cráneo. Artem se iba a tener que regresar y me iba a dejar. Dios. ¿Por qué me incomodaba tanto aquello, si ya debía saber que su tiempo a mi lado tenía fecha de caducidad y yo debía aceptarlo? Ya había hecho suficiente por mí. ¿Qué más podía hacer? No podía dejar su vida tirada por culpa de una desconocida por la que ya había hecho más de lo que debía. Tragué saliva para deshacer el nudo que empezaba a formarse en mi garganta. —¿Entonces te vas a ir a Chicago? —murmuré, todavía sin querer aceptarlo. Artem asintió como si estuviera diciendo algo bastante obvio y yo no me diera cuenta. Levanté una ceja y él frunció el ceño tan malhumorado como siempre, antes de explicarme las razones letra por letra. —Tengo que regresar. Maksim lleva días esperando que vuelva y ya estiré demasiado esto. Bajé la vista. Sabía que ese momento llegaría. Artem tenía una vida, obligaciones y una organización que d

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    ~MINA~ Cuando Artem detuvo el automóvil frente a la casa, bajé la mirada hacia Emiliano y descubrí que se había quedado dormido apoyado contra mí. No supe exactamente en qué momento ocurrió. Durante buena parte del camino había permanecido pegado a mí, todavía aferrado a mi camiseta, sobresaltándose de vez en cuando incluso después de que los disparos dejaron de perseguirnos. Poco a poco su respiración se había vuelto más lenta hasta que terminó apoyando la cabeza contra mi costado y cerrando los ojos, vencido por el cansancio. Lo contemplé durante unos segundos. Dormido parecía todavía más pequeño. Seis años. Tenía seis años y yo apenas comenzaba a descubrir cómo era su rostro cuando descansaba. Artem bajó del automóvil y recorrió con la mirada los alrededores antes de abrir mi puerta. —Vamos. Asentí, pero cuando intenté moverme Emiliano hizo un pequeño sonido y se acomodó más contra mí. —No quiero despertarlo. Artem miró al niño. —No tienes que hacerlo. Rodeó e

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    ~EMILIANO~ Aquel coche en el que aquellas personas me habían metido iba tan rápido que mi espalda se despegaba del asiento cada vez que doblábamos. Me agarré de donde pude, pero las manos me temblaban demasiado y no conseguía sujetarme bien. Afuera todo pasaba convertido en manchas oscuras y luces que aparecían y desaparecían por las ventanas. Detrás de nosotros había otro automóvil. Lo sabía porque cada vez que intentaba mirar hacia atrás veía sus luces acercándose y porque desde allí seguían llegando aquellos ruidos que me hacían encogerme: disparos. Uno sonó muy cerca. Algo golpeó la parte de atrás del coche con tanta fuerza que grité. —¡Agáchense! —ordenó el hombre que conducía. Esa mujer llamada Herminia me agarró inmediatamente. —Ven acá. Intenté apartarme por reflejo, pero otro disparo retumbó detrás de nosotros y me cubrí la cabeza con los brazos. —¡No! ¡No, no, no! —Tranquilo, mi amor. Agáchate conmigo. Me empujó hacia abajo con cuidado y se inclinó sobre mí. Sentí

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    ~MINA~ La pregunta me atravesó el pecho como una bala. ¿Qué era yo para Emiliano? Nada. Absolutamente nada. Una desconocida que había aparecido de repente en medio de una carretera, rodeada de disparos, sangre y muerte. Yo sabía quién era él. Sabía que era el bebé que me habían arrancado de los brazos, el niño al que acababa de encontrar después de haber creído durante años que estaba muerto. Pero Emiliano no sabía absolutamente nada de mí y no podía revelarle quién era yo así. No allí. No mientras él lloraba y temblaba frente a mí, con el rostro pálido y los ojos enormes, tratando probablemente de entender qué demonios acababa de ocurrir. Quería decirle que era su mamá. Dios, quería hacerlo. Quería correr hacia él, abrazarlo y no volver a soltarlo jamás, pero aquello era lo que yo necesitaba, no necesariamente lo que él necesitaba en ese momento. Tragué el nudo que tenía atravesado en la garganta y le respondí la única cosa que me pareció lógica en aquel instante y en med

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    ~MINA~ La pistola pegada a la cabeza de Emiliano consiguió que todo lo demás desapareciera a mi alrededor. Los hombres muertos, el automóvil destrozado, el olor a pólvora y los cristales esparcidos sobre el asfalto. Solo podía verlo a él. Estaba a pocos metros de mí, temblando dentro de los brazos de Lorena, con lágrimas corriéndole por las mejillas y los ojos abiertos de puro terror. Desde los binoculares había pensado que aquel niño tenía algo mío. Ahora que podía verle el rostro con claridad, esa sensación me golpeó con tanta fuerza que tuve que contener el aire. No sabía si eran los ojos. El cabello oscuro. La forma de sus mejillas. No importaba. Solo tenía la certeza de que ese niño era Emiliano. Mi hijo. Y aquella desgraciada tenía una pistola contra su cabeza. —Bajen las armas —ordenó Lorena—. ¡Ahora! —Lorena, no hagas una estupidez —advirtió Artem. —¡Que las bajen! Emiliano se estremeció con su grito. —Está bien —dije inmediatamente y comencé a bajar mi pistola. —Mi

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    ~ARTEM~ Seguí la camioneta durante varios kilómetros, manteniendo suficiente distancia para que el conductor no tuviera motivos para prestarnos atención. No quería hacerlo cerca de una vivienda. Tampoco en una zona donde algún automóvil pudiera aparecer de repente y quedar atrapado en medio. Necesitaba un tramo apartado, oscuro y con suficiente espacio para moverme sin perderlos. Mina permanecía en silencio a mi lado. Desde que le había dicho que aquella era nuestra oportunidad, había dejado de hacer preguntas. Tenía el cuerpo tenso y la mirada fija en las luces traseras de la camioneta. Yo también. Pasaron dos vehículos en dirección contraria y seguí esperando el momento adecuado. Más adelante apareció una curva seguida de un tramo largo, solitario, rodeado de vegetación y sin una sola casa visible. Era justamente lo que necesitaba. Pisé el acelerador a fondo. El motor rugió y Mina giró inmediatamente hacia mí. —¿Ya? —Agáchate. —Artem... —¡Mina, abajo ahora! —

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